Hace cien años hubo una célebre disputa en varios periódicos nacionales sobre las características que debía tener una literatura revolucionaria. El historiador Víctor Díaz Arciniega organizó la diatriba en su libro Querella por la cultura “revolucionaria” (1925), basado en una consulta directa del archivo hemerográfico. La disputa giraba en torno a dos cuestiones, una estética y otra jurídica. Una de las preguntas al centro era qué tipo de escritura —ya fuera literaria o legal— era consecuente practicar tras un periodo de guerra. En la base existía una preocupación real y urgente: la creación y consolidación filosófica de las instituciones —incluida la literaria— que darían sentido al conflicto armado como un suceso fundacional de un tiempo nuevo y de la idea de una nación consciente de sí. De entre los diversos argumentos que se sostuvieron, me quiero enfocar en dos, por sus largas consecuencias y por su relación con mis ocupaciones actuales.
En primer lugar, hubo una polémica en torno a la idea misma de literatura “revolucionaria”: ¿el adjetivo de la frase se refería a una cuestión temática o formal? De un lado, estaban quienes defendían que la literatura debía enfocarse a extender y reproducir la ideología triunfante de la Revolución: alejarse de influencias extranjeras, celebrar “lo propio” y ser un reflejo del “alma del pueblo”, por ejemplo mediante diálogos verosímiles, de esos que uno puede escuchar en los mercados y las plazas públicas. En otras palabras, extender a lo literario una pedagogía del Estado naciente. Del otro lado, estaban los adeptos a buscar lo revolucionario en la forma literaria: experimentar con el manejo verbal del tiempo de la narración, alejarse de convencionalismos tradicionales y dejarse seducir por las vanguardias de las primeras décadas del siglo XX, como el surrealismo o el futurismo. Había, pues, un deseo por participar en una conversación más amplia, relacionada con las herramientas textuales que producen el hallazgo inesperado y traen a la superficie lo extraño que compone el reverso de lo cotidiano. Podría decirse, usando conceptos posteriores, que se enfrentaron allí lo extraordinario contra lo infraordinario.
En resumen, las interpretaciones de lo revolucionario en la literatura tenían de fondo dos enfoques contrastantes: uno extrovertido, que buscaba de alguna manera serle fiel a la realidad más exterior e inmediata, y otro introvertido, que abogaba por la indagación en la experiencia íntima (pero no por eso menos universal) y, a primera vista, inaccesible de las personas. Ambas opciones implicaban, desde luego, un ejercicio de invención. Tanto la nación como el inconsciente son fieras verbales que dependen de un orden específico en las palabras para cobrar existencia.
En segundo lugar, me interesa la perspectiva de género en esta diatriba. Margo Glantz, en un ensayo de 2004 sobre la obra de Nellie Campobello, regresa a esa discusión y subraya el enfoque de un artículo firmado por Julio Jiménez Rueda titulado “El afeminamiento en la literatura mexicana”, en el que el autor se lamenta por la pérdida de la virilidad entre “el tipo de hombre que piensa”. Glantz indica que se trata de un insulto velado hacia los Contemporáneos, conocidos por sus experimentaciones formales (y temáticas) en la poesía y por la abierta homosexualidad de algunos de ellos, frente a los escritores sobrevivientes de batallas y tiroteos. Fuera de ambos equipos se levanta Nellie Campobello, única mujer en la antología canónica de Antonio Castro Leal publicada en 1960 con el título de La novela de la Revolución mexicana, autora de Cartucho y Las manos de mamá. Se trata de obras que ponen en crisis ambos bandos, pues combinan el registro de la memoria con la búsqueda de la expresión. En los dos libros, la narradora es una mujer que a ratos es una niña y a ratos una adulta, que recuerda su vida durante la guerra y que critica, desde la perspectiva ilimitada de la infancia, los horrores y heroísmos de su experiencia.
Como sucede en toda discusión teórica, en la querella de principios de siglo los polos aparentes se cruzan e intercambian una vez que aterrizan sobre una práctica concreta. Ninguna de las obras reunidas en la antología de Castro Leal sobrevive con pureza a las exigencias defendidas por los articulistas de 1924 y 1925. Todas, en algún momento, pisan al menos una raya del bando contrario; sin embargo, los vencedores de la disputa fueron, oh sorpresa, los defensores del carácter nacionalista de las letras verdaderamente revolucionarias.
¿Qué tiene que ver esta historia con la actualidad? Hace ya décadas que los periódicos dejaron de ser, en su mayoría, espacios para ese tipo de correspondencia en extinción que era la disputa pública. Ahora, si hay una pelea acalorada entre distintas ideas de lo literario, sucede al ritmo veloz de las redes sociales y las conversaciones pasajeras de pasillo o sobremesa. El temperamento actual rehúye visiblemente a la parsimonia necesaria para enarbolar una postura y defenderla a lo largo de un intercambio textual ingenioso o al menos interesante. Todavía no ha llegado el ratón de biblioteca (¿o debería decir, de metadatos?) que a golpe de pausas y paciencia explique qué se está discutiendo hoy cuando se habla de literatura. Y, no obstante, aunque prófugas, esas discusiones suceden.
En este aniversario de la disputa más famosa de nuestra historia literaria, hay quien sigue peleando si reproducir un diálogo oral con fidelidad constituye o no materia literaria, si la incorporación de memes (de función parecida a los refranes) y tendencias virtuales (equivalentes, quizás, a meter una que otra copla en la narración) es o no legítima y, aún más, revive entre algunos el mandato de la originalidad y el pionerismo como condiciones irrevocables de la materia literaria.
Los padres fundadores de la literatura mexicana sonríen desde sus tumbas al ver vigentes sus preocupaciones. Las cosas que han cambiado no lograron hacerle un rasguño a la pedagogía del Estado que estableció las reglas del juego en el inicio del México moderno. A la hora de argumentar, importan poco las transformaciones actuales, ya sean la victoria de luchas históricas (la apertura editorial a publicar obras escritas por mujeres, por ejemplo), los efectos colaterales del neoliberalismo (la ampliación del mercado a importaciones y traducciones internacionales) o las posibilidades de las nuevas tecnologías (la democratización del acceso a infinitas bibliotecas virtuales piratas o privadas y la multiplicidad de plataformas para escribir y publicar sin depender de una editorial).
Guardo la ilusión de que en esta vuelta al bucle algo se desatore y comience, por fin, una conversación sobre lo literario que no parezca remedio para el insomnio, o que ni a eso llegue, y sólo produzca entre sus lectores un tibio bostezo insatisfecho.
