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Los asuntos locales siempre se inscriben en un marco más amplio. A pesar de esto, las políticas públicas, la discusión en los medios estatales y la opinión pública de ciudades como Puebla muchas veces ignoran la relación de las dinámicas globales con la vida cotidiana de las personas. Esta perspectiva ha sido ignorada en la batalla mediática emprendida por el gobierno del estado para justificar la implementación de un cablebús, pero también por una buena parte del activismo que ha centrado sus esfuerzos en señalar tanto la falta de transparencia en la inversión multimillonaria de este transporte —casi 7 mil millones de pesos—, como su poca eficiencia.
La batalla mediática del gobierno —después de su negativa a revelar los estudios técnicos que, supuestamente, justifican la construcción del cablebús— se concentró en las percepciones de la población. En días recientes, el gobierno poblano publicó una encuesta hecha por el CISO de la BUAP (Centro de Estudios sobre Opinión Pública) que, en apariencia, muestra un respaldo al proyecto. El estudio —compartido velozmente y sin una sola crítica por la mayoría de los medios públicos y privados de la ciudad— tiene innumerables problemas metodológicos, como muestra este artículo del activista Armando Pliego Ishikawa. Sin embargo, como indica él mismo, la disputa ya no es por la viabilidad de un proyecto multimillonario, ni por la falta de transparencia, ni por la forma antidemocrática con la que se impone una decisión en un tema sensible como el transporte público. La legitimidad, pues, ya no se funda en razones sino en percepciones.
El problema que se hará más visible conforme transcurran los meses y los años (y que no es discutido en la actualidad) es la tensión que sufrirán las ciudades con el aceleramiento de la crisis energética mundial. La Agencia Internacional de Energía recomendó en días recientes una serie de medidas para enfrentar la escasez de petróleo. Entre ellas está el trabajo a distancia, la disminución de los viajes en avión y el impulso al transporte público. Las políticas públicas en México –desde la Federación hasta los gobiernos locales– están partiendo de un diagnóstico equivocado sobre la crisis energética. Se asume que es una coyuntura que será superada una vez que el conflicto en Medio Oriente tenga una especie de arreglo que permita la normalización de los buques petroleros en el área de influencia iraní. Se asume, también de manera incorrecta, que el conflicto tiene sus raíces en acciones irracionales por parte de la administración Trump. Una investigación superficial de fuentes confiables en Internet sobre recursos energéticos nos muestra la motivación detrás de las acciones del gobierno de Estados Unidos: el “peak oil” o el agotamiento del petróleo. Ante el estancamiento y posterior declive —más veloz que en los pozos tradicionales— de los yacimientos explotados por fracking en los EE. UU., el mundo entrará en una etapa de decrecimiento económico que creará nuevos conflictos, competencia entre los países —la cual traerá consigo acciones militares— y desigualdades profundas. No hay sustituto para el petróleo y la civilización industrial en la que vivimos depende de él. El transporte será uno de los puntos críticos.
Ante este panorama, el transporte público de las grandes urbes tendrá que responder a una demanda cada vez mayor. El costo de los automóviles, al igual que la gasolina, aumentará, ya que los gobiernos no podrán vaciar las arcas públicas para subsidiar el transporte privado. Si el gobierno actual hereda un sistema ineficiente como el cablebús habrá desperdiciado recursos multimillonarios y, sobre todo, habrá comprometido la movilidad futura. Por desgracia, hemos visto en Puebla –al igual que en otras ciudades del país y del mundo– la tendencia a implementar milagros tecnológicos muy vistosos para los medios y la reputación de los políticos, pero con pocos o nulos resultados para la gente. En 2022, el gobierno de Miguel Barbosa Huerta prometió convertir a Puebla en la capital de la movilidad eléctrica. Ese año se anunció la implementación de 43 cargadores eléctricos para autos. Informes recientes indican que la mayor parte de ellos están abandonados. En su momento, pocas voces criticaron una inversión destinada al fracaso.
