Última de tres partes. Lee aquí la primera y la segunda.
En las entregas anteriores argumenté que existen dos tendencias en la práctica actual de la economía criminal: la sofisticación tecnológica, utilizada para controlar comunicaciones, ejercer violencia y distribuir mercancías; y la diversificación de mercancías, que supera la lógica centrada únicamente en la producción y distribución de drogas. En esta última entrega me enfocaré en una tercera tendencia: las estrategias de terror, entendidas como un conjunto de acciones violentas orientadas a consolidar los intereses de ganancia y poder de los grupos criminales.
Si bien la economía criminal comparte prácticas capitalistas orientadas a la obtención de ganancia, es necesario comprender que su lógica no coincide plenamente con la fórmula general del ciclo del capital; es decir, aquél donde el dinero que compra mercancías (fuerza de trabajo y medios de producción) genera un proceso productivo y, posteriormente, una mercancía que, al salir al mercado, produce mayor dinero. En contraste, la economía criminal no se basa únicamente en la acumulación de riqueza, sino también en la construcción de poder, dominación y control. Por ello, a pesar del decomiso de miles de kilos de drogas, su presencia y emporio en los territorios no disminuye. Estamos, entonces, ante un problema que no se reduce a lo económico, sino que implica de manera central las formas de poder que ejercen y cuyo elemento primigenio en su ciclo de acumulación no es el dinero, sino la violencia.
En el diagrama presentado un poco más adelante, puede observarse que el ejercicio de la violencia constituye la base para la obtención de ganancias, mientras que, simultáneamente, el poder y la dominación se erigen como piezas fundamentales para la reproducción del ciclo de acumulación de la economía criminal. Este ejercicio de la violencia, esbozado en el primer artículo de esta serie —a propósito del uso de la tecnología— supera la mera utilización de drones explosivos, pues existen diversas formas mediante las cuales la economía criminal construye sus estrategias de terror para alcanzar sus objetivos: ganancia, poder y dominación.

Por “estrategias de terror” deben entenderse el conjunto de acciones sistemáticas y continuas de los generadores de violencia orientadas a controlar, desmovilizar e infundir miedo en la población. En este caso, Aluna Acompañamiento Psicosocial señala que la economía criminal recurre a múltiples formas de ejercer la violencia: desaparición y reclutamiento forzados, ejecución extrajudicial, violencia y tortura sexual, control territorial y de horarios de tránsito en las comunidades, entre otras. Si bien antes se caracterizaba un problema a partir de un único ejercicio de violencia (por ejemplo, la desaparición forzada), hoy la línea que divide las distintas prácticas se vuelve cada vez más difusa. Quiero decir: al expandir la diversificación de sus mercancías, en un solo hecho pueden confluir desaparición forzada, violencia y tortura sexual, ejecución extrajudicial, trata de personas y reclutamiento forzado, como sucede en el desplazamiento forzado interno y en otras problemáticas que aquejan al país.
La estrategia de terror que despliega la economía criminal no sólo genera miedo y múltiples afectaciones en la vida de las personas, sino que también desestructura a comunidades enteras para reconfigurarlas desde lógicas funcionales a sus intereses. En otras palabras, la violencia rompe el tejido comunitario y, en muchos casos, mediante el control de horarios o a través del sometimiento para realizar trabajo forzado, las comunidades terminan orientadas a producir mercancías en beneficio de los actores generadores de violencia. De este modo, las estrategias de terror no deben entenderse únicamente como mecanismos de violencia extrema, sino como dispositivos de control para asegurar la reproducción de la economía criminal. La capacidad de dominación y poder que la economía criminal ha adquirido no sólo es una muestra de cómo los grupos criminales transforman la vida cotidiana, reorganizan territorios o dominan a las poblaciones, sino que exhiben las estrategias que utilizan para garantizar su reproducción y la obtención de sus intereses.
Como vemos, la economía criminal no se sostiene únicamente en la sofisticación tecnológica y la diversificación de mercancías, sino que necesita de la violencia como recurso fundamental para alcanzar sus intereses. En este sentido, estamos frente a un problema de gran envergadura que no puede reducirse a cuestiones sanitarias, sino que atraviesa y transforma múltiples dimensiones de la vida social en común. La violencia, las mercancías y la tecnología de las cuales se sirve la economía criminal muestran con claridad que no basta con campañas de prevención o inhibición del consumo de drogas; resulta imprescindible, primero, comprender la magnitud y complejidad del problema, y segundo, escuchar a las comunidades directamente afectadas por esta violencia, con el objetivo de construir rutas colectivas y estructurales para su resolución.
Si el crimen organizado se percibía anteriormente como un “fenómeno” estructural asociado con la producción y distribución de drogas y con sus actos violentos, hoy la economía criminal ha extendido sus tentáculos hacia ámbitos de la vida social que hace apenas quince años eran impensables. Este proceso no sólo reconfigura economías locales y territorios, sino que transforma las relaciones sociales y comunitarias, y acaba por consolidar un régimen de control que combina mercancías, tecnología y terror. Reconocer su magnitud es el primer paso necesario para proponer alternativas que, lejos de la visión reduccionista del narcotráfico, enfrenten de raíz las dinámicas de poder y dominación que, combinadas con sus intereses económicos, sostienen a la economía criminal.
Es fundamental analizar los hechos, pues en ellos se revela de forma más cruda la utilización de la violencia; sin embargo, no podemos dejar de estudiar las estructuras y patrones que sostienen las prácticas de estos grupos. La combinación de hechos concretos y análisis estructural es imprescindible para comprender las tendencias de la economía criminal, entender cómo se reproducen sus dinámicas de poder y terror, y avanzar en la construcción de respuestas que atiendan las bases estructurales de la problemática.
