Desde hace algunos años, hemos atestiguado el crecimiento en popularidad de ciertos personajes de la política internacional, cuyas inclinaciones van de la derecha tradicional a la ultra-derecha, quienes han sido candidatos a cargos de elección popular en diversos países —cargos que van de escaños legislativos a la presidencia—, algunos de ellos con éxito. Los casos, entre otros, de Donald Trump, Jair Bolsonaro (PL), Vikor Orbán (Fidezs), Geert Wilders (PVV), José Antonio Kast (PLR), Giorgia Meloni (FdI), Javier Milei (PL) y, más recientemente, el español Alvise Pérez (SALF), cuyo partido consiguió irrumpir con tres escaños en el parlamento europeo durante las recientes elecciones, son ejemplares. El ascenso popular de personajes como éstos resulta de interés no sólo por su ideología, sino por la similitud de su discurso, actitud y retórica que a menudo se catalogan como políticamente incorrectos (political incorrect), o, como veremos, desvergonzados (shamelessness).
La académica y lingüista Ruth Wodak, en “Entering the Post-shame Era: The rise of illiberal democracy, populism and neo-authoritarianism in Europe” (2019), propone observar los discursos característicos de los líderes de lo que Fareed Zakaria (1997) denominó “democracias iliberales” —básicamente, democracias de libertades restrictas— como marcadores fehacientes de un ingreso a lo que podría ser una nueva era política caracterizada por la pérdida de la vergüenza, tanto en la actitud como en la jerga de sus políticos. En su artículo, donde utiliza como muestra empírica el gobierno iliberal de Viktor Orban, en Hungría, y sus similitudes discursivas con el partido ultra de Austria, ÖVP (antes FPÖ), Wodak define esta nueva gramática política con una serie de rasgos específicos: “retórica anti-elitista y antipluralista/excluyente, política simbólica […], ‘demagogia digital’, ‘malos modales’ y ‘anti-política’ son el soporte de los comportamientos no-condescendientes de políticos poderosos quienes a menudo resuenan como ‘auténticos’ entre sus seguidores, partidos o gobiernos”. (2019: 197)
Si bien más adelante Wodak caracteriza a la era post-vergüenza (post-shame) con una serie de estrategias discursivas (2019: 197) que la enmarcan, tales como el nativismo (nacionalismo), el anti-elitismo, el autoritarismo (centrado en el líder carismático) y el conservatismo/ revisionismo, me gustaría centrarme en el principio de la desvergüenza como representativo y transhistórico del ethos político iliberal. En el ensayo de Wodak, la desvergüenza, que también fue estudiada por Peter Sloterdijk (2003) y Foucault ([1982] 2017) como uno de los valores de la escuela cínica griega (en cuyo caso es pertinente el concepto de anaideia, que también puede traducirse como ‘irreverencia’), pero en clave de potencia emancipadora, parece estar directamente relacionada con la incorreción política y el descaro, en términos de los discursos denostativos y retadores: “El Estado en sí mismo, el sistema político entero, es desafiado, como en un reality show: dominan la desvergüenza, la humillación de los otros participantes, la difamación, las mentiras y los ataques ad hominem” (2019: 197). Sin embargo, creo que el riesgo que se corre al caracterizar politológica y sociológicamente el ethos político contemporáneo en general, y el de las derechas y extremas derechas en particular, es que la misma categoría podría resultar limitante por parecer un simple descalificativo. Sería esto como responder a un fenómeno nuevo y especialmente complejo con un calificativo peyorativo, a la vez que se asume que la desvergüenza en las derechas no preexiste a su discurso contemporáneo.
Soy consciente de que el esfuerzo de Wodak va mucho mucho más allá de la caracterización adjetiva de lo iliberal, y que abarca hasta aspectos institucionales y descripciones de conceptos más amplios. Sin embargo, me gustaría ir un poco más allá y tomar la categoría de post-vergüenza, y más específicamente lo desvergonzado, en el marco específico de las alocuciones y actitudes políticas de determinados actores, para redimensionarla tanto a) como una propiedad consustancial de la inteligibilidad, o la óptica, con la cual el pensamiento político de la derecha mira el mundo; y b) como un recurso estratégico que ha sabido ser capitalizado para atraer determinado crédito político-electoral. Esta segunda dimensión también puede concatenarse con lo que Wodak llama, al final de su ensayo, la normalización de la desvergüenza (shameless normalisation) (2019: 208). En suma, busco 1) no pensar la desvergüienza ni como un descalificativo ni como como una novedad de era de las derechas políticas, sino como una característica transhistórica y consustancial de su pensamiento; y 2) pensar en que si dicha forma de ser (desvergonzada) ha sido últimamente más pública entre los representantes de la derecha internacional es bajo la intención de atraer electorado.
Sobre el primer punto, me gustaría poner sobre la mesa la cita siguiente: “Creo que el gran problema de este país es el de ser políticamente correcto. He sido desafiado por mucha gente y francamente no tengo tiempo para ser políticamente correcto de forma total. Y, para ser honesto contigo, este país tampoco tiene tiempo para ello” (Fox News, Donald Trump Debate 2015). Se trata de la respuesta que dio Donald Trump durante su campaña presidencial de 2015 a la periodista Megyn Kelly al respecto de las ofensas que él mismo había previamente proferido contra la presentadora de TV Rosie O’Donell. Unos minutos más adelante, Trump agregó: “Lo que digo es lo que digo y, francamente, Megyn, si no te gusta, lo lamento. He sido muy bueno contigo, aunque tal vez podría no serlo, basándome en la forma en la que me has tratado.” En sus respuestas es posible notar un individualismo de cierre total y una clara negación de la corrección política que también puede expresarse como el rechazo a cierta reciprocidad dialógica. La ofensa y el desprecio por el diálogo son signos singulares de un tipo de pensamiento que Simone de Beauvoir, en su ensayo de 1955 (2000), El Pensamiento Político de la Derecha, identifica como una de las piedras angulares del pensamiento político de las derechas.
Con ello en mente, podemos poner otro ejemplo: el de las posturas del mandatario argentino, Javier Milei, al respecto del lenguaje incluyente —el cual ha sido parte de la lucha intelectual y socio-política del progresismo internacional desde mediados de 1980—, posturas que se han expresado tanto en una prohibición tajante de su uso oficial, como en una negación categórica al diálogo a ese respecto. En una conferencia del 27 de febrero, el vocero oficial de la presidencia argentina, Manuel Adorni, expresó lo siguiente cuando fue cuestionado: “El lenguaje que contempla a todos los sectores es la lengua castellana, no veo por qué tener estructuras. Es un debate en el cual no vamos a participar porque consideramos que las perspectivas de género se han utilizado también como negocio de la política, eso no tiene discusión” (el énfasis es mío). La no-disponibilidad a la contingencia propia del disenso político, mismo que constituye el corazón de la democracia, no significa sino la inclinación a la negación de la alteridad, puesto que, siguiendo a Jacques Rancière en un comentario hacia los planteamientos de Jacques Derrida, “ésta [la democracia] lleva consigo una apertura infinita a lo que viene, lo que significa también una apertura infinita hacia el Otro o el recién llegado” (Rancière, 2019: 88). Las ‘prohibiciones’ de Javier Milei por medio de su vocero demuestran precisamente una actitud política que equivale a violencia, ejercicio de poder, negación del diálogo y, por tanto, del lenguaje.
De Beauvoir se expresaría así, hace casi 70 años, sobre este tipo de gramática: “su pensamiento [desvergonzado], catastrófico y vacío, no es más que un contrapensamiento” ([1955] 2000: 169). En este sentido, el ensayo de Beauvoir hasta ahora citado responde a mi interés en demostrar algunos de los rasgos aún actuales de la derecha internacional en políticos contemporáneos. ¿No queda entonces en evidencia que la tonalidad misma de los enunciados de la lógica iliberal y sus representantes, con todo y sus cierres identitarios y sus actitudes intolerantes, se inserta en una tradición desvergonzada, más que representar una nueva tonalidad? Pero entonces, si al pensamiento iliberal preexiste la desvergüenza que habita naturalmente en él, ¿por qué aparentemente hoy es un marcador más explícito en el comportamiento de sus representantes?
Aquí me gustaría retomar el concepto de Wodak, ya citado párrafos atrás, de ‘normalización de la desvergüenza’, con el fin de mostrar la estrategia y capitalización de la desvergüenza en aras de la obtención de crédito político. Aunque debemos dar cuenta de que las alocuciones desvergonzadas no son lo único que constituye y ha constituido los discursos de personajes como Milei, Trump, Alvise Pérez u Orban, sino también las ideas de libertad, prosperidad, anti-elitismo, etcétera, la normalización de la desvergüenza ha sabido ser capitalizada mediante un proceso doble: por un lado, por medio de una retórica que pretende decirlo todo sin merodeos, a fin de convocar la agitación afectiva de sectores sociales que, en medio de importantes crisis políticas, se identifican en su descontento como ciudadanos; y, por otro, empleando la manipulación mediática de la espectacularidad de los actores con campañas que muchas veces parecen más Variety Shows o Talk Shows. Gracias a estos procesos, que están alejados de los discursos políticos acartonados, el capital del político en cuestión incrementa obteniendo crédito moral y político, que es al mismo tiempo creencia y legitimidad. Siguiendo a Peter Sloterdijk, en su Crítica de la Razón Cínica, el espíritu de los tiempos que permite el alojamiento de la desvergüenza se debe al desmoronamiento moderno de los utopismos y al pragmatismo y abulia que le sobrevienen. Para el filósofo, el ya pasado “tiempo de la ingenuidad” (2003: 33) es uno de los escenarios perfectos para el relieve de los nuevos cínicos.
De una forma similar, Mark Fisher desliza una perspectiva al respecto del cinismo en el contexto del capitalismo tardío: “el cinismo y el miedo son los afectos preponderantes del capitalismo tardío. Estas emociones no incentivan el pensamiento valiente o los saltos esperanzadores sino la conformidad y el culto de la variación mínima” (2018: 122). Sin embargo, y también pese a los esfuerzos de análisis sociológico ampliado de Eric Sadin (2022) o de Byung-Chul Han en varias de sus obras, todos estos diagnósticos generalizantes podrían pecar en cierto grado de la misma naturalización desesperanzadora, y simplemente descalificativa, del mundo que permite la capitalización de valores como el de la desvergüenza, ahora evidente, de las nuevas derechas.
Aunque, como dirían los juristas, ‘a explicación no pedida, acusación manifiesta’, con esto no pretendo responsabilizar a los sectores sociales que se vuelven acreedores del crédito otorgado a los políticos cínicos, pues, a mi juicio, un gran bastión contra la normalización de la desvergüenza se halla precisamente en ese realismo markfishereano que permite la nulificación de la fe y de las expectativas en pos del culto a las variaciones “mínimas” y estratégicamente espectacularizadas. El núcleo de pensamiento de las nuevas derechas parece ser siempre el mismo y potenciar su innegabilidad, pero además se nutre del adelgazamiento del espíritu crítico y del sometimiento de agenciamientos políticos que él mismo abandera.
La desvergüenza es y ha sido una característica central del pensamiento político de la derecha. Ponerla en discusión como si fuera una nueva marca puede abonar a su conocimiento, pero sólo de manera calificativa: lo que hay que hacer es criticar y evidenciar las matrices discursivas más profundas que constituyen y han constituido la lógica de este tipo de pensamiento. Naturalizar el contrapensamiento, la desvergüenza, la negación del diálogo y de los Otros sólo colabora con la capitalización de tales valores por parte de las derechas. Estos valores les son consustanciales históricamente, no representan ninguna novedad, pero sí están siendo usados a su favor.
Referencias
Brown, Wendy. (2016). El Pueblo sin atributos. La secreta revolución del Neoliberalismo. Barcelona: Malpaso.
Dardot, Pierre y LAVAL, Christian. (2013). La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal. Barcelona: Gedisa
Feher, Michel. (2021). El tiempo de los investidos. Ensayo sobre la nueva cuestión social. Madrid: Traficantes de Sueños.
Fisher, Mark. (2018). Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Buenos Aires: Caja Negra.
Foucault, Michel. (2017). Discurso y verdad: Conferencias sobre el coraje de decirlo todo. Buenos Aires: Siglo XXI.
De Beauvoir, Simone. (2000). El Pensamiento Político de la Derecha. elapleph.com
Sadin, Éric. (2022). La era del individuo tirano. El fin de un mundo común. Buenos Aires: Caja Negra.
Sloterdijk, Peter. (2003). Crítica de la razón cínica. Madrid: Siruela.
Wodak, Ruth. (2019). “Entering the ‘post-shame era’: the rise of illiberal democracy, populism and neo-authoritarianism in Europe”, Global Discourse, vol. 9, NO. 1, 195-213, DOI: 10.1332/204378919X15470487645420
