En las sombras prolongadas de los pasillos universitarios, donde hay múltiples historias que respiran en las paredes y ventanas de las aulas universitarias, se libra un juego silencioso que va más allá de la relación entre estudiantes y docentes, un juego que no es más que un susurro de reconocimiento: la legitimidad académica. ¿Pero qué es significa ese concepto? ¿Cómo opera? ¿Quién diseña y dicta las reglas de ese juego? ¿Quién tiene las piezas necesarias para jugarlo con éxito? ¿Para qué sirve? ¿Realmente sirve?

Las siguientes líneas son apenas un acercamiento, una pincelada, a un tópico pendiente por explorar —es decir, donde hay ausencia de conocimiento en la literatura especializada— dentro del estudio de la educación superior. Se trata de examinar la noción de legitimidad académica y su vínculo con el profesorado de tiempo parcial universitario (PTP).

Bajo la lente aguda de Weber y Bourdieu, es posible analizar que la legitimidad no es un don caído del cielo, sino una conquista ardua, pero que no está al alcance de todas y todos. El profesorado de tiempo parcial, con sus contratos inciertos y sus esperanzas que cuelgan de un hilo, a menudo se encuentran fuera del tablero principal, jugando un juego paralelo, sin fichas suficientes para ganar la partida. Son piezas esenciales, pero más invisibles que visibles, en un sistema que glorifica a unos pocos mientras perpetúa la precariedad de otros. 

En este juego incierto, la legitimidad no se gana únicamente con docencia, investigación u otras acciones laborales, sino con la capacidad de ser visto, de ser escuchado, de ser contado entre aquellos que realmente importan. Y sin embargo, ¿cuántos de esos docentes, cuyas voces se ahogan en la burocracia y cuya labor es a menudo relegada al silencio, pueden alcanzar esa legitimidad que parece tan lejos? El juego continúa, pero las reglas deben cambiar, pues en esta partida, no todos los jugadores tienen las mismas oportunidades de ganar.

¿Quiénes integran el profesorado de tiempo parcial universitario?

Los profesores de tiempo parcial son un actor distinguido por su faceta camaleónica. Habitan en los márgenes de la academia, a pesar de que son mayoría a nivel mundial. Son los docentes que, con una maleta cargada de conocimientos, cruzan las puertas de las universidades sin ser parte integral de ellas —salvo por algunas excepciones, gracias a contratos definitivos, aunque de pocas horas semanales frente a grupo—. Y, sin embargo, son fundamentales para el funcionamiento de las universidades.

Además, se mueven entre el ejercicio de profesiones y la transmisión de saberes, llevando a los salones de clases no sólo teoría, sino la praxis de sus jornadas laborales fuera de los muros académicos. Estos profesores y profesoras son, en múltiples ocasiones, quienes conservan viva la conexión entre el mundo exterior y la universidad. Al no depender exclusivamente de la institución, atesoran una independencia que les permite cuestionar, innovar, y, en ocasiones, desafiar a las estructuras rígidas que tienden a dominar la academia. No obstante, esta libertad tiene un costo: la inestabilidad y la precariedad laboral son sus constantes compañeras, haciendo que su vida profesional se asemeje a una cuerda floja en la que deben mantener el equilibrio entre múltiples roles y responsabilidades (Whitchurch, 2019). 

En ellos, se exteriorizan las contradicciones de un sistema que, al tiempo que los necesita, no siempre les otorga el prestigio ni la estabilidad que merecen. Son, en muchos sentidos, los héroes anónimos, aunque a veces apagados, llenos de creencias y deseos por avanzar y obtener una mejor posición laboral en el corto, mediano o largo plazo. Son personajes inmersos en la investigación, por genuina curiosidad —y también a veces por genuina compensación salarial, por ejemplo, en el caso de aquellos que son integrantes del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) (Acosta-Ochoa y Rivera, 2022; Solares y Vera, 2023). Son eternos aspirantes.

Las reglas del juego: un régimen académico

En la vasta estructura que conforma el campo de acción pública que es la educación superior en México —con especial énfasis en el sector público—, el PTP está inmerso en un entramado complejo, un “régimen académico” que, lejos de ser un simple contexto laboral, constituye un escenario donde convergen fuerzas y tensiones que moldean su realidad cotidiana (Martínez-Pardo & Soto-Bernabé, 2025).

Este régimen no es un ente estático, sino una construcción viva, alimentada por una intricada red de ideas, arreglos institucionales y actores, todos ellos entrelazados en un delicado equilibrio que define las posibilidades (oportunidades) y limitaciones (restricciones) de quienes habitan en sus márgenes. Curiosamente, el régimen no fue diseñado para ellos, sino para sus contrapartes —el profesorado de tiempo completo (PTC) —,[1] pero con el paso de los años sus efectos —algunos no planeados; otros, incluso, perversos— han generado una configuración en la que interactúan día a día para construir su carrera profesional y académica.

Tal configuración consiste en que una parte de estos docentes —no aplica para todos, pues habrá quienes no tienen como meta inmiscuirse dentro de la academia— se adaptan y emulan las rutas establecidas, y, por tanto, sus decisiones y estrategias se ajustan al entorno dado, en el que intentarán aprovechar al máximo las oportunidades, y simultáneamente, evitar y/o aceptar las restricciones que vayan surgiendo en el camino.  

En el corazón de este régimen, encontramos tres grandes fuerzas que actúan como factores causales y que determinan no sólo el presente del profesorado en cuestión, sino su futuro dentro de la academia (Tabla 1). El primero de ellos es el factor estructural-económico, una sombra omnipresente que condiciona la distribución de recursos, la estabilidad laboral y las oportunidades de crecimiento. En un país como México, donde los recursos son escasos y las demandas son muchas, este factor se convierte en un poderoso filtro que, a la par, restringe y dirige las aspiraciones de quienes enseñan.

Pero la economía no es el único elemento en este escenario. A su lado, el factor político-normativo se erige como un conjunto de reglas y regulaciones, a veces invisibles, otras veces asfixiantes, que dictan lo que es posible y lo que no dentro del régimen académico. Aquí, la política está ligada con la educación, en el sentido de que crea un marco normativo que, en su intento de ordenar, igualmente limita, dejando al PTP en una especie de limbo entre lo permitido y lo deseado, entre lo que debería ser y lo que realmente es.

Finalmente, el factor institucional, ese conjunto de ordenamientos jurídicos, prácticas y culturas que definen a cada establecimiento educativo, termina por dar forma al régimen académico. Las instituciones, con sus historias y sus inercias, crean un entorno en el que el PTP debe navegar, a menudo enfrentándose a estructuras que parecen inamovibles, pero que, del mismo modo, pueden ofrecer resquicios de oportunidad para aquellos que sepan adaptarse y encontrar su lugar en ellas.

Así, el régimen académico no es simplemente un contexto; es un laberinto de fuerzas que configuran la existencia del PTP. Estas fuerzas, aunque restrictivas en muchas ocasiones, igualmente son estimulantes, y empujan a quienes enseñan a buscar nuevas formas de sobrevivir y prosperar en un entorno que les es tanto hostil como necesario. En este régimen, el profesorado en turno no es sólo un actor pasivo: es un navegante en un mar tempestuoso, cuya habilidad para leer las corrientes —los arreglos informales con otros actores y las zonas grises de las instituciones— en las que pueden meterse, determinará su destino en la vasta, y a veces inhóspita, tierra de la academia mexicana.

Legitimidad académica

En el escenario de la academia, la legitimidad es un bien preciado. Para el PTP, esta legitimidad no es un derecho inherente, sino una meta que se persigue dentro del régimen académico. En este contexto, significa una búsqueda constante de validación y reconocimiento, una lucha por ser visto y valorado en un entorno que, a menudo, privilegia a quienes ocupan posiciones más estables y visibles.

Max Weber ofrece una distinción crucial: la legalidad no es sinónimo de legitimidad (Weber, 1994). Dentro del régimen académico, la legalidad puede estar garantizada por contratos y normativas que, si bien otorgan un marco formal al PTP, no precisamente le confieren legitimidad. Este profesorado debe, entonces, ir más allá de lo que es legalmente correcto; debe construir su legitimidad por medio de estrategias de supervivencia, promoción y prácticas de inversión académica, utilizando su capital cultural, social y simbólico. Siguiendo a Bourdieu, es notorio cómo el PTP emplea su conocimiento especializado (es decir, su capital cultural), sus redes de contactos (capital social), y su prestigio adquirido (capital simbólico) para cimentar su lugar en la academia, así como fuera de ella, mediante lo cual intentan transformar una posición precaria en una fuente de reconocimiento (Bourdieu, 1987).

La legitimidad académica es, en esencia, la búsqueda de una validación que trasciende lo meramente contractual. Es el intento de que sus aportaciones sean vistas como meritorias, de que sus esfuerzos sean aplaudidos no sólo como cumplimientos laborales, sino contribuciones significativas al conocimiento y a la formación de estudiantes. Sin embargo, este proceso no es sencillo ni equitativo; al contrario, está profundamente marcado por las desigualdades propias de la misma profesión académica.  

Reflexiones finales

Como fue expuesto, la legitimidad implica una dualidad inescapable: por un lado, es un medio esencial para la movilidad profesional; por otro, es una fuente constante de conflicto dentro de la estructura académica. A largo plazo, la lucha por la legitimidad tiene efectos en la construcción de carrera académica. Para el PTP, ese proceso puede ser tanto una fuente de crecimiento como un desgaste acumulado; por ejemplo, recolectar pequeños reconocimientos y validaciones posibilita, con el tiempo (aunque sin certeza, por aquello de la tiranía del mérito), transformar la carrera de un docente, al tiempo que la falta de legitimidad puede conducir al estancamiento y la frustración profesional y personal.

Finalmente, las estrategias para construir legitimidad varían significativamente según el contexto institucional en el que trabaja el PTP. En algunas instituciones, los recursos y las oportunidades son más claras o están más disponibles, mientras que en otras, la lucha por la legitimidad es aún más ardua porque es más limitada. Producto de lo anterior surge una invitación intelectual: es momento de indagar sobre el juego incierto que implica la legitimidad académica, de explorar cómo se adquiere, qué estrategias son diseñadas por parte del docente en turno, así como identificar las diferencias institucionales y disciplinares que pueden moldear, en parte, el trayecto profesional de los docentes a tiempo parcial de manera importante.


Nota

[1] El régimen tiene como origen el diseño y operación de las políticas de calidad y evaluación, en este caso, centrados en el personal académico de tiempo completo. Allí, entran en juego los programas de estímulos económicos, por ejemplo: el SNII (programa que, en la actualidad, sí permite la participación del PTP), el Programa para el Desarrollo Profesional Docente (PRODEP, antes PROMEP, en el cual no participa el PTP) y los Programas de Estímulos al Desempeño Docente, en sus diversas versiones, elaborados por la Secretaría de Educación Pública, con sustento en financiamiento federal y operados por las universidades públicas, a su vez con financiamiento estatal y propio (en ese caso, depende el establecimiento educativo para ubicar si participa o no el PTP). De fondo, los programas han ocasionado que el PTP configure su comportamiento en espera de que llegue “su momento”: el de tener la oportunidad de participar en ellos. 


Referencias

Acosta-Ochoa, A. y Rivera-Huerta, R. (2022). Análisis de condiciones de precariedad en profesores universitarios con base en el tipo de contrato. Argumentos. Estudios Críticos De La Sociedad, (100), 215-233. https://doi.org/10.24275//uamxoc-dcsh/argumentos/2022100-10 

Bourdieu, P. (1987). Los tres estado del capital cultural. En R. Johnson (Ed.), El sentido práctico (pp. 146-157). Siglo XXI Editores.

Martínez-Pardo, J. (en proceso). ¿Quién es el profesorado de tiempo parcial de pregrado en la Universidad de Guadalajara? Un acercamiento a sus itinerarios laborales. [Tesis de doctorado]. Universidad de Guadalajara.

Martínez-Pardo, J. & Soto-Bernabé, A. (2025). Un régimen académico para el profesorado de tiempo parcial en la educación superior mexicana: el caso de dos universidades públicas estatales. Revista Iberoamericana de Educación Superior, 16(45), 118–137. https://doi.org/10.22201/iisue.20072872e.2025.45.1977

Solares, I. y Vera, H. (2023). Precariedad laboral y desigualdad salarial entre profesores universitarios. El caso de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Perfiles Educativos, 45(182), 45-68. DOI: https://doi.org/10.22201/iisue.24486167e.2023.182.61081

Soto, A. (2020). Carreras transicionales de profesores de tiempo parcial en la educación superior privada. [Tesis de doctorado]. Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional.

Weber, M. (1994). Economía y sociedad: Esbozo de sociología comprensiva (vol. 1). Fondo de Cultura Económica.

Whitchurch, C. (2019). From a diversifying workforce to the rise of the itinerant academic. Higher Education, 77. 679-694. https://doi.org/10.1007/s10734-018-0294-6

Author