Estudiando los trastornos alimentarios, me di cuenta de que había personas que no los abandonaban completamente. Sucedía algo muy interesante y pueden consultarlo en el capítulo VIII de Moral corporal, trastornos alimentarios y clase social: tendían a mantener una relación más o menos tensa con las prácticas restrictivas a lo largo de toda su vida. Desde una lógica médica, la cosa estaba clara: se trataba de una enfermedad que tenía sus fases y sus recaídas. Ahora bien, podría cambiarse la perspectiva y preguntarse: pese a todo el horror que producen los trastornos alimentarios, ¿qué es lo que de ellos pocas personas se encuentran dispuestas a abandonar? La respuesta era muy sencilla. Las personas entran en los trastornos alimentarios persiguiendo cuerpos de élite —en nuestra cultura obligatoriamente delgados— y no están dispuestas a abandonarlos si renuncian a tal objetivo.
Este lenguaje es injusto porque a poco que se reconstruían las historias de las personas afectadas, ese objetivo no nacía de su voluntad, sino de conversaciones familiares, de reconvenciones entre amistades, de escuchar o leer a profesionales escandalizados por la gordura, de desprecios sufridos en interacciones íntimas y, por supuesto, de rechazos sufridos al entrar o pretender ascender en el trabajo. Las personas no elegían los trastornos alimentarios, las personas lograban con ellos responder a un machaqueo insistente procedente de muchos ángulos cotidianos.
Sentado esto, ¿cómo podían persistir? Por un lado, las personas desarrollaban un discurso experto sobre su malestar o enfermedad, resultado de su contacto con diversas figuras terapéuticas, a menudo enfrentadas entre sí. En segundo lugar, las personas iban adquiriendo, o siempre tuvieron, recursos económicos para recurrir a un determinado especialista o especialistas en función de los costes de mantenimiento de la ortodoxia corporal. A veces recurrían a un nutricionista y un terapeuta sistémico, otras, si los costes psicológicos eran fortísimos, a un profesional de la psiquiatría e incluso demandaban un ingreso. En otras ocasiones, bastaba cambiar de terapeuta o se recurría a alguien que te entrenase para ser como mandaban los discursos y sus imposiciones.
En fin, las personas necesitaban un equipo para producir un cuerpo ortodoxo, para mantenerlo y para cuidar los efectos dañinos que producía.
Alguien escribió: cuando ves cómo circulan las personas, todo parece de mutuo acuerdo. Cuando ves cómo producen unas y otras, enseguida te das cuenta de que algunos construyen su apariencia —con la que circulan— sobre el trabajo de otros —que circulan con peor apariencia—.
Con el cuerpo también: los cuerpos de élite difícilmente se pueden sostener sin el concurso de todo un equipo, con los recursos culturales y económicos que tal exigencia lleva asociados.
Es la primera reflexión que comparto en σῶμα. Existen construcciones colectivas de la ortodoxia corporal. No se encuentran accesibles sin bastantes condiciones económicas, culturales, físicas y de edad pese a que, cuando contemplamos a sus portadores, todo parece absolutamente unido a la inmarcesible gracia de su persona. Si pensamos desde este punto de vista, tendremos otras perspectivas sobre los malestares corporales: a veces llamamos malestar al efecto de modelos selectivos de singularización que requieren, muy a menudo, el compromiso de un equipo especializado. Nadie puede sostenerlos con sus propias fuerzas. Quizá ése sea un criterio importante de lo que constituye un modelo dañino: requiere fuerzas que desbordan a casi cualquiera.
