Segunda de dos partes
Al cierre de la entrega anterior de este texto, se anunciaba que esta segunda parte comenzaría con un repaso, si bien breve, de por qué los movimientos agrupados bajo el epíteto woke han decidido romper con el pensamiento ilustrado. En primer lugar, es importante señalar que las críticas a este legado no provienen únicamente de teóricos posestructuralistas como Michel Foucault. Dentro de la propia tradición liberal, filósofos como Thomas McCarthy, en Race, Empire, and the Idea of Human Development, han elaborado cuestionamientos contundentes sobre cómo la Ilustración también sirvió para construir un orden racial que aún hoy subsiste en las nociones de desarrollo y progreso. Este orden racial se evidencia en la manera en que Europa imaginó a las razas no blancas como niños que necesitaban ser educados y disciplinados, lo que sirvió para racionalizar la dominación colonial y el exterminio de otras cosmovisiones. Insisto: es relevante notar que esta crítica proviene del propio liberalismo, y no sólo del posestructuralismo, o de los estudios poscoloniales o decoloniales.
Lo anterior deja claro que, incluso dentro del pensamiento liberal, se reconoce el carácter ideológico de su universalismo. De hecho, esta cuestión ha sido abordada desde múltiples frentes, tanto en los feminismos como en los estudios críticos de la raza. Un ejemplo de ello es la obra de Ruth Anna Putnam, o la de Charles Mills, quienes han señalado cómo el liberalismo de John Rawls idealiza la justicia de un modo que encubre las desigualdades estructurales producidas por la raza y el género. Para ellos, estas idealizaciones no sólo dejan fuera experiencias fundamentales de opresión, sino que también funcionan como una ideología que impide reconocer la forma en que las jerarquías sociales operan en la realidad, volviendo insuficientes las soluciones propuestas desde el propio liberalismo.
Sea como fuere, el universalismo ilustrado, además de estar vinculado a una noción de naturaleza humana que implícitamente favorecía a los varones blancos, sostenía una idea de progreso que justificaba la imposición de valores eurocéntricos sobre el resto del mundo. Esto es algo que afectó también en aspectos como la sexualidad y la forma misma de habitar el cuerpo sexuado e, incluso, la relación entre el ser humano y la naturaleza.
Más aún, en The Dawn of Everything, David Graeber y David Wengrow argumentan que la idea moderna de progreso surgió como una reacción europea a lo que denominan la crítica americana —aunque quizás sea más preciso llamarla la crítica desde Isla Tortuga/Abya Yala—. Según estos antropólogos, entre finales del siglo XVII y principios del XVIII, intelectuales de Isla Tortuga formularon fuertes críticas al autoritarismo europeo, tanto en las colonias como en las propias metrópolis. Para los pueblos del actual noreste de Estados Unidos, la existencia de sistemas de gobierno con jefes tribales era completamente compatible con el ejercicio pleno de una libertad que no se veía constreñida por jerarquías sanguinarias y violentas como las que en ese entonces caracterizaban a buena parte del viejo mundo. Esto mostraba, por tanto, que las formas de gobierno europeas eran indeseables e injustificadas.
La respuesta europea, impulsada sobre todo por los primeros fisiócratas, consistió en desacreditar esta crítica, calificando a los pueblos americanos de primitivos. Así nació la figura del “noble salvaje”, inmortalizada después por Jean-Jacques Rousseau, pero originalmente concebida como una estrategia para desestimar la defensa de la libertad hecha por los pensadores indígenas. Para los ilustrados, aquella libertad no era un signo de autonomía política, sino una prueba de atraso; en contraste, el progreso requería un avance en la complejidad social, lo que inevitablemente llevaba a la aparición de aparatos burocráticos y sistemas jurídicos coercitivos que garantizaran la paz precisamente mediante el control y la subordinación.
Graeber y Wengrow reconocen que eventualmente el pensamiento europeo reaccionó a esta interpelación, e incluso sugieren que la idea misma de los derechos humanos elaborada por pensadores ilustrados se debe en gran parte a la reflexión que tal interpelación desencadenó en la intelectualidad europea. Sin embargo, al adoptar una lógica teleológica y etapista, en la que la libertad americana era interpretada como un síntoma de primitivismo, no sólo se legitimaba la superioridad europea, sino también la subyugación de esos pueblos. Esta subordinación, según se argumentaba, era un sacrificio necesario que, con el tiempo, rendiría frutos al alinearlos con las lógicas civilizatorias del colonialismo europeo.
Así, la crítica al legado ilustrado y a su triunvirato de valores no es exclusiva del pensamiento decolonial o poscolonial, ni es tan maniquea como sugiere Neiman. De hecho, es compatible con el reconocimiento de que ciertos elementos de la Ilustración fueron emancipadores. Sin embargo, lo que debería quedar claro es que la racionalidad de una época o contexto debe evaluarse dentro de sus propias coordenadas históricas, como ha señalado Larry Laudan. Además, el concepto de progreso implica siempre cierto egocentrismo, pues la comparación entre pasado y presente se basa en los valores de quien realiza la evaluación. Esto significa que el juicio sobre si hemos progresado o no es, paradójicamente, incapaz de universalizarse, ya que siempre depende de un marco espacio-temporal particular.
Finalmente, y dicho todo lo anterior, quisiera abordar en los próximos párrafos los efectos del uso del término woke. Para ello, comenzaré presentando brevemente el modelo sobre la política del lenguaje desarrollado por David Beaver y Jason Stanley en su libro The Politics of Language.
El punto de partida de estos autores es el rechazo a una concepción del lenguaje como un mero contenedor de contenidos conceptuales que se transmiten de manera transparente por medio de la comunicación. Se oponen, en ese sentido, a los análisis que idealizan su funcionamiento, ignorando su capacidad para movilizar emociones, generar acciones, detonar significados ocultos y, en general, constituirse como un medio para la creación de identidades y la configuración de dinámicas de cohesión o distanciamiento entre grupos. De manera explícita, descartan la idea de que el lenguaje pueda ser ideológica y políticamente neutro, así como la noción de que existan formas específicas de habla que transmitan con total claridad las intenciones y significados de un hablante. Asimismo, se distancian de los enfoques centrados exclusivamente en las condiciones de verdad que suelen dominar los análisis semánticos tradicionales.
En contraste, proponen una visión del lenguaje que enfatiza, por un lado, las condiciones de uso de ciertas construcciones lingüísticas, alineándose así con quienes lo entienden como una práctica y con aquellos que han estudiado los lenguajes naturales reconociendo que operan de manera muy distinta a los lenguajes formales utilizados en la lógica contemporánea. Por otro lado, recurren a una serie de metáforas acústicas para repensar su funcionamiento. En lugar de hablar de significados, se refieren a resonancias, destacando que las palabras pueden resonar de maneras distintas según el contexto. En vez de centrarse en las creencias, aluden a la sintonía de un hablante con una determinada resonancia o significado.
Además, reconocen que ciertas asociaciones entre términos constituyen prácticas comunicativas relativamente cohesionadas que pueden entenderse como ideológicas, en la medida en que conforman un entramado de significados que orientan la acción y favorecen el uso de ciertos términos con resonancias particulares en lugar de otras. Finalmente, introducen la noción de armonía para describir cómo los elementos dentro de estas prácticas están interconectados de manera concordante. Esta misma noción les permite mostrar que las ideologías implícitas en tales prácticas no sólo operan a nivel individual, sino también a nivel grupal, de modo que quienes pertenecen a un grupo determinado tienden a armonizar con las resonancias que predominan entre sus miembros.
Todo lo anterior es fundamental para comprender el funcionamiento de un término como woke. Esta palabra posee una resonancia específica que, como hemos visto, está en armonía con un conjunto de términos que descalifican y deslegitiman las políticas identitarias, así como otras corrientes de pensamiento de izquierda, como el ambientalismo o la crítica poscolonial y decolonial. En este sentido, woke opera como una cabeza de playa: un primer elemento resonante que facilita la sintonización progresiva de los hablantes con posturas anti-identitarias y, eventualmente, con perspectivas radicalmente opuestas a las necesidades y realidades de los grupos históricamente marginados.
Este proceso no ocurre necesariamente por medio de argumentos explícitos, sino de la capacidad de ciertos términos para movilizar significados implícitos, que quedan presupuestos en su uso sin necesidad de ser articulados de manera directa. Un ejemplo ilustrativo es el término naco, cuyo empleo activa una serie de significados que no siempre se enuncian de manera explícita, pero que, sin embargo, se integran al trasfondo comunicacional de quienes lo utilizan. Así, estos términos no sólo estructuran los intercambios lingüísticos, sino que también funcionan como vehículos de significados que, de manera sutil, van modelando la percepción del mundo de quienes los emplean.
Desde la perspectiva de Beaver y Stanley, este fenómeno explica por qué la resonancia de un término genera una sintonización que facilita la adopción progresiva de otros términos alineados con determinadas ideologías. Al no explicitarse los significados más nocivos de estos términos, estos se integran al trasfondo comunicacional de manera pre-reflexiva y acrítica, sumergiendo paulatinamente a los hablantes en una estructura ideológica con la que, eventualmente, terminarán por armonizar.
Cuando este proceso opera de manera descontrolada, una expresión otrora neutra o incluso positiva o emancipatoria puede volverse tóxica, arrastrando consigo todo el plexo de significados asociados a esta y convirtiéndolos en algo indeseable. Según Beaver y Stanley, esto ha ocurrido históricamente con términos como welfare, que en la actualidad resulta altamente problemático debido a las interpretaciones racistas que lo han cargado de connotaciones negativas. En Estados Unidos, por ejemplo, muchas personas blancas reaccionan de inmediato con rechazo al escuchar la palabra, pues la asocian con estereotipos que deslegitiman las políticas de bienestar social.
Algo similar parece estar sucediendo con el término woke —y, en inglés, con critical race theory, que ha sido igualmente desprestigiado—: a medida que woke ha ido adquiriendo connotaciones cada vez más negativas, éstas han permeado los términos con los que se le asocia, ampliando así el espectro de ideas y movimientos que quedan atrapados en su estigmatización.
Ahora bien, y para concluir este ensayo, podemos destacar tres aspectos clave sobre el impacto del lenguaje en la configuración de ideologías y prácticas políticas. En primer lugar, el modelo de la filosofía política del lenguaje aquí analizado nos recuerda que las resonancias discursivas no son meras abstracciones, sino que operan sobre los cuerpos y en el mundo material. Como en la acústica, la sintonización con ciertas resonancias ideológicas implica una serie de efectos materiales, en este caso, acciones concretas que repercuten sobre otras vidas. Esto es especialmente relevante cuando hablamos de discursos que armonizan con posturas anti-derechos, pues éstas no sólo modelan formas de pensar, sino que impulsan prácticas que atentan contra la dignidad y la seguridad de grupos históricamente marginados.
En segundo lugar, este modelo también explica por qué es tan difícil romper con el equivalente ideológico de un paisaje sonoro una vez que alguien ha quedado inmerso en su sistema de significados. Cuestionar una creencia particular implica generar una disonancia cognitiva que podría poner en riesgo la armonía del conjunto, razón por la cual muchas personas prefieren racionalizar sus posturas antes que confrontar el conflicto interno que significaría reconsiderarlas. Este fenómeno es evidente en los giros neoconservadores del presente, donde el repudio a ciertas luchas sociales se camufla bajo términos como woke. Estas etiquetas permiten generar rechazo sin que sea explícito el alineamiento con posturas conservadoras. Así, sin darse cuenta, muchas personas terminan abrazando posiciones que, en otro momento, habrían considerado incompatibles con sus valores de justicia e igualdad. Ejemplo de ello es la deriva transexcluyente de ciertos sectores feministas y marxistas, cuyos discursos han terminado más próximos a la extrema derecha que a cualquier postura genuinamente progresista.
En tercer lugar, este modelo nos permite comprender por qué sus teóricos rechazan las posturas que defienden una libertad de expresión absoluta. Irónicamente, son los bloques más reaccionarios y represivos —como el encabezado por Donald Trump y Elon Musk— los que más se presentan como defensores a ultranza de esta libertad, aunque en realidad lo que promueven es el derecho a difundir discursos que desmovilizan, atemorizan y silencian a los grupos vulnerables. Su pugna por una libertad de expresión completamente irrestricta es, por tanto, hipócrita, porque de hecho no genera las condiciones para que todos, todas y todes podamos tomar la palabra. Retomando las metáforas acústicas, podríamos decir que las resonancias fascistas del presente tienen el potencial real de acallar, de manera literal, las voces en resistencia. No se trata, como se suele caricaturizar, de imponer una “dictadura de la corrección política”, sino de reconocer que la posibilidad de escuchar a quienes históricamente han sido silenciados requiere de condiciones que impidan que los discursos de odio los excluyan del espacio público antes siquiera de poder tomar la palabra.
Así, lejos de ser homologable al fascismo que combate, lo que se descalifica bajo la etiqueta de woke es, en esencia, una lucha por la escucha y el reconocimiento. Confundir esta demanda con censura es minimizar la gravedad del problema. Espero que este análisis permita comprender no sólo el peso político del lenguaje, sino también la responsabilidad que implica el uso de términos como woke. Más allá de una moda discursiva o un insulto trivial, lo que está en juego son las condiciones mismas para que las luchas por la justicia social puedan ser tomadas en serio.
