Hace varios años, escuché a una colega decir que para que el mal no se reproduzca había que dejar de negarlo. Sostenía que nuestras sociedades se habían puesto una venda en los ojos. Aunque esto pudiese ser así en algunas partes del mundo, me pareció que en México lo que necesitábamos era más bien una tregua, dejar de estar mirando de frente el horror. Que el problema no era exactamente que debíamos mirar más o mejor, sino que para sobrevivir ante lo que ya veíamos debíamos dejar de mirar. Al menos durante un rato. Esta aparente paradoja —el dolor nos rodea, pero no podemos sensibilizarnos tanto, pues corremos el riesgo de quedar paralizados— es muy importante en este tiempo en el que la violencia y la precariedad extrema se han intensificado. Llega un punto en el que no somos capaces de asimilar todo lo que vemos en un mundo de injusticias. Si en otras latitudes esta situación —a la que podemos llamar de guerra global contra la vida— se declina en la pregunta incipiente de cómo no negar el dolor que se esparce por el mundo, en México, la pregunta dio una voltereta doble: una vez que lo hemos visto todo, una vez que superamos cualquier escenario de ficción, ¿qué tipo de transformación profunda de lo humano necesitamos para que el horror no vuelva a repetirse nunca más?
Hace unos días, el grupo de familiares Guerreros Buscadores de Jalisco destapó los hallazgos en un rancho conocido como La Estanzuela en la localidad de Teuchitlán. En ese lugar, se encontraron hornos crematorios, innumerables fosas (se habla de que una misma excavación servía para varias ocasiones), restos humanos, ropa, calzado de las víctimas… Desde hacía años se sabía que los jóvenes eran capturados mediante ofertas de trabajo. En medio de condiciones de precariedad extrema, muchos optaban por llegar al lugar donde se suponía que se ofrecería el empleo. Nunca más regresaban a sus casas. Otras personas eran llevadas por la fuerza. El rancho servía de reclutamiento: sólo sobrevivían algunos —los más fuertes—, quienes podían ascender en la estructura criminal. Colectivos de familiares de personas desaparecidas afirman que se sabía de esa realidad hacía más de diez años. Habían alertado en innumerables ocasiones. Una superviviente ha relatado que en los tres años en los que estuvo allí fueron asesinadas unas 1500 personas. Es imposible tener cifras exactas, saber la dimensión del horror. Probablemente sólo podamos conocer algo de lo sucedido tejiendo los testimonios de las víctimas supervivientes. Me pregunto cuánto tiempo hará falta para que podamos escuchar realmente sus palabras. Entender el objetivo de una atrocidad de este tipo es muy difícil. La ausencia de inteligibilidad forma parte del mismo dispositivo de poder: mientras menos entendamos, mientras más nos paralice el horror, mientras menos sentido podamos darle a lo que en principio sólo parece responder a lo irracional, a lo monstruoso e innombrable, de más espacio dispondrá este tipo de poder para desplegarse.
México cuenta actualmente con 123 mil 808 personas desaparecidas y no localizadas, según el reporte de la Comisión Nacional de Búsqueda de este mes. Hay que tener en cuenta que estas cifras son siempre provisionales. Por primera vez en el país se está haciendo un esfuerzo mayor de identificación, pero también son innumerables las familias que no denuncian porque o bien tienen miedo a las consecuencias, o bien saben que hacerlo no tendrá ningún resultado. Jalisco se encuentra entre los estados más violentos del país. Y es el estado con mayor número de desapariciones. El gobernador de Jalisco del partido Movimiento Ciudadano, Enrique Alfaro, salió corriendo de México casi al día siguiente de finalizar su mandato en octubre de 2024. En estos momentos, reside en Madrid, siguiendo los pasos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. En los últimos tiempos, Madrid parece ser refugio no sólo de la derecha internacional, sino también de sospechosos colaboradores con el crimen organizado.
Cuando tratamos de entender cómo es posible un horror de este tamaño, hay una lectura que es imprescindible hacer, pero que, por desgracia, no es suficiente: estamos ante un sistema de acumulación de capital absolutamente desbocado y cruel. Que esté “desbocado” significa que todos los límites que delimitaban el marco de esta acumulación saltaron por los aires, de modo que cualquier medio para conseguirla se hace posible. Las atrocidades son normalizadas porque son un medio para abrir nuevos nichos de mercado, pero sobre todo porque, igual que en los mercados lícitos, la pulsión de ir a más —mayor extracción, mayor rendimiento, mayor consumo— es un mandato que moviliza permanentemente (Sayak Valencia ha trabajado este vínculo entre subjetividad, violencia y capital) . La misma competencia dentro del mercado aparece también entre los grupos del crimen: no basta con matar, hay que matar de la manera más atroz, más sofisticada. Como dice Adriana Cavarero, el poder contemporáneo no se contenta con dar muerte porque esto sería demasiado poco. Y aquí es donde la idea de que el horror tiene causas solamente económicas y que, por tanto, podría explicarse desde la lucha de clases, se queda por desgracia corta. Digo “por desgracia” porque si pudiésemos parar este horror con una política de recursos económicos para que las personas no tuviesen necesidad alguna de acudir a una convocatoria de empleo peligrosa, sería evidentemente lo mejor. Y ese camino, por supuesto, no debe abandonarse. Pero quizá es necesario afinar más nuestros análisis.
En principio, acumular capital por medio de la explotación extrema, no necesitaría el plus de sufrimiento y violencia innombrable que encontramos estos días en los relatos de las personas supervivientes de Izaguirre. Someter la voluntad de las víctimas podría ser suficiente para explotarlas en trabajos forzados. Sin embargo, encontramos un exceso, límites que son anulados de las maneras más crueles, dejando un reguero de cuerpos arruinados, donde cualquier sentido de humanidad desaparece. ¿Qué tipo de goce es ese que se activa cuando se anula la humanidad en el otro que tengo ante mí? ¿Qué tipo de ser humano es éste que no usa siquiera el sufrimiento del otro como un medio para conseguir algo —lo que es en sí mismo terrible—, sino que su trabajo consiste en hacerlo sufrir hasta que no quede nada en ese sujeto que sea portador de una vida, esa vida que en algún momento fue irreductible en su singularidad? Es inevitable pensar en Auschwitz. Si para que el campo de exterminio nazi fuese posible, se hizo necesario construir una ideología de largo aliento antisemita, ¿cuál es la ideología que opera en Teuchitlán? ¿O es que ni siquiera hay una idea malévola, un plan sobre la tierra, que explique esta atrocidad?
Una de las líneas de investigación que circula estos días tiene que ver con las técnicas de adiestramiento de los cárteles. Según Michael W. Chamberlain, defensor durante décadas de los derechos humanos en México, provienen del ejército. En una entrevista reciente, explicaba que uno de los objetivos centrales de estas técnicas es la “desensibilización”. Llama la atención que no hablase en este caso de “deshumanización”: no se enfatiza la pérdida de las cualidades con las que se ha definido lo “humano”, como la razón, el logos o la convivencia en sociedad, sino que lo que se ausenta es algo particular: la sensibilidad. Como cuando se pierde la vista o el olfato, una parte del individuo se borra, pero el conjunto permanece. Esto significa que emerge un determinado tipo de sujeto, uno que no deja de ser humano, pero que ha eliminado de sí la capacidad sensible. La elimina para sostener un grado de crueldad que apenas podemos concebir. Me parece que aquí aparece una de las cuestiones más importantes que se están jugando en nuestro tiempo: la mutación hacia un tipo de individuo que cortó todos los lazos que lo vinculan tanto con el mundo como consigo mismo. No es siquiera un sujeto desafectado porque este presupone aún su capacidad de afectación, que habría sido desplazada o incluso negada, pero que allí se encuentra presente, aunque sea como huella. Es como si este individuo, en cambio, hubiese olvidado quién es, obligado a eliminar su inscripción en el mundo por medio de cada práctica de crueldad. Se mantiene de algún modo fuera de la escena que protagoniza.
Parecería que sí hay una idea que circula en medio del horror: una forma de entender lo humano que logra, mediante la práctica extrema de la crueldad, “trabajar” cada día en un campo de exterminio. Según testimonios, esto podía implicar también el ejercicio de violencia sexual: el otro, la otra, la diferencia, es sometida para beneficio propio o goce, para demostrar la superioridad. Lo que aquí se revela me parece que es fundamental para lo que toca pensar como sociedad: no es sólo la acumulación de capital lo que se pone en juego, sino una determinada manera de entender lo humano como jerarquía de lo Uno sobre todo aquello considerado diferente. Un tipo de poder basado en el embrutecimiento contra el cuerpo despojado, feminizado. Es importante recordar que este tipo de crueldad es repudiado por la inmensa mayoría de la población en México y del mundo entero, y eso es importante no perderlo de vista en un momento de fascistización: la vida se sostiene y defiende de muchas maneras al mismo tiempo. Pero es fundamental pensar cómo esta lógica, esta mutación del sujeto, está uniéndose a los procesos planetarios de acumulación de capital, intensificándolos.
No es sólo acumular riqueza en un sentido económico, expandir mercados sin freno, sino también mantener la autoridad de un poder que, para dominar todo aquello que tiene ante sí, necesita romper con los lazos que lo vinculan al mundo en el que habita. Apropiarse de la diferencia, someter la otredad, son condiciones que no tienen sólo que ver con un objetivo monetario. Es un tipo de dominio, un tipo de construcción de autoridad, de demostración de un poder intocable. Es el tipo de poder en el que se basa el patriarcado, ese poder que usa la violencia sexual como apropiación íntima de la diferencia para confirmar su autoridad. Esto significa que desarmar el horror requiere también de una transformación profunda de lo que somos: de una recuperación y reorientación de la sensibilidad obturada.
La otra gran pregunta durante estos días es una cuestión clásica de la filosofía moral: ¿qué tipo de responsabilidad ética es exigible en una situación extrema? En otras palabras: ¿qué pasa con la policía municipal, con la autoridades que veían que los chicos en la estación de camiones de Guadalajara no regresaban? Creo que lo que ha sucedido en Jalisco revela no sólo que hay un poder, sino que, cuando hablamos de “poderes coludidos”, tenemos que integrar cómo las cadenas de mando son también cadenas de amenaza, extorsión y chantaje. No son sólo se trata de individuos libres eligiendo entre el bien o el mal. Es muy peligroso que, como sociedad, juzguemos moralmente las acciones de una persona que seguramente se encuentra bajo amenaza o en condiciones vitales que desconocemos. Para una postura kantiana, probablemente deberíamos morir antes de ir en contra de los principios universales que rigen nuestras acciones. No deberíamos hacer a alguien aquello que no aceptaríamos para nosotras mismas. Pero quizá esta postura sea demasiado heroica e individualista, y olvida que muy posiblemente no sólo esté en juego nuestra propia vida, porque de ella podrían depender otras personas que tenemos en mente cuando nos encontramos frente a la muerte —una hija, un padre dependiente, un hermano—. Cuando decimos que son cadenas ampliadas, tenemos que entender que un centro de exterminio se sostiene por medio de la penetración silenciosa de la violencia que fue ocupando un territorio. Muchos estudios han enfatizado que si algo produce el crimen organizado es el resquebrajamiento profundo de las comunidades a través de la sospecha, el miedo, el silencio. De nuevo aparece la pretensión del poder de hacer de la vida un proyecto donde los vínculos de cohesión social mínimos están rotos. Sólo una sociedad completamente rota puede ser la base de ese proyecto de dominio.
Y aquí aparece la pregunta ética que sí necesitamos hacernos: ¿cómo respondemos quienes no estamos —al menos por el momento— bajo amenaza al horror? ¿Qué acciones masivas ponemos en marcha para decir que no, que resistimos a la mutación psíquica activada por esta ideología de dominio, que vamos a defender a los jóvenes, a las amigas y hermanas, que vamos a volver a forjar nuestros lazos para ser cada vez más fuertes, que no nos seduce el poder de los mercados ni queremos el goce que anula de forma violenta al otro, a las otras? ¿Cómo afirmar, para que quede claro, que estamos contraponiendo con todas nuestras fuerzas y dificultades otra idea de mundo, sin garantías, pero con decisión, una que, además de frenar la acumulación ilimitada de beneficio del capital, reconsidera nuestro lugar en el mundo desde una posición que rechaza la violencia sobre la otredad? ¿Cómo insistir en que por eso este pasado 8 de marzo se celebró una lucha que tiene la capacidad de ser al mismo tiempo contra la explotación económica, el heteropatriarcado y el racismo? ¿Una lucha por impulsar un sujeto no sólo no sometido a la precariedad extrema, sino también contrario a la organización simbólica destinada a la aniquilación? ¿Cómo sostener nuestra contención ética contra la guerra que se despliega sobre la vida?
Este 15 de marzo, Luto Nacional en las calles, contraponiendo nuestra fuerza colectiva al horror y la violencia.
