El #MeToo no ha parado desde que arrancó en el contexto de Hollywood y Harvey Weinstein en 2017.[1] En estos siete años, se ha extendido de diversas formas y en diversos momentos a más de 90 países. Los casos concretos y personajes expuestos en los medios y en las redes son ingentes. En España, han sido múltiples las revelaciones que han levantado una indignación generalizada, antes impensable. Ha habido denuncias de enorme calado en la iglesia católica, en las escuelas, en el teatro, en el cine y en las universidades. Los más mediáticos han ocurrido en el deporte, con el #SeAcabó que fulminó a Rubiales, el entrenador que le dio un beso en los labios a una futbolista, o el caso del violador Dani Alves. Ahora el #MeToo ha llegado a un espacio hasta hace poco intocado pero cargado de dinamita: los políticos de izquierdas.

El caso de Íñigo Errejón, diputado de Sumar, un partido emanado del 15M, ha salido a la luz en el perfil de Instagram de la periodista Cristina Fallarás. Fue ella quien en 2018 lanzó el #Cuéntalo tras la sentencia de la Manada, aquella violación tumultuaria en Pamplona denunciada por la víctima y no reconocida por los jueces, que arrojó a la gente a la calle y creó uno de los símbolos más potentes de esta era del feminismo global: el #YoTeCreo.

Ese primer alud de testimonios de violencias sexuales del #Cuéntalo se viralizó y se extendió a todo el ámbito hispanoparlante. Como pasaba con en el #MeToo, la narración de experiencias tomaba la forma de cascadas de redundancia, de espejo multiplicado.

En la era del #MeToo, el miedo y la vergüenza no han podido con la voluntad de darse voz y acoger con empatía la escucha, con la decisión colectiva de romper el silencio, de contar y contarnos. La amistad política entre mujeres llegó como un fenómeno irreversible. Cada una cuenta su experiencia a su tiempo y a su modo; cada caso se suma a la cuenta y muestra por agregación la dimensión estructural de la violencia sexual: el daño monstruoso y extendido del poder disciplinador patriarcal en las familias, en el trabajo, en las escuelas… En todos lados.

En el centro de la constelación de tuits que se recogieron durante el #Cuéntalo en 2018, y que puede consultarse en línea gracias al esfuerzo de La Asociación de Archiveros y Gestores de Documentos de Cataluña, están las denuncias de quienes no lo pueden contar: los feminicidios. En diversos círculos concéntricos están las violaciones y los abusos, y más en la periferia los acosos cotidianos, los celos, los malos tratos.

En este “contar y contarnos” que hemos emprendido las mujeres en red y enredadas ya no parece haber marcha atrás. Algo de la “estructura de sentimiento”, de la forma como percibimos la violencia sexual, ha cambiado. Hoy lo que era un “piquito” (beso rápido en labios) puede verse inaceptable. De repente, surge la otra manada, ya no la de los depredadores mostrándose unos a otros su capacidad de imponer su dominio, sino la de aquellas que dicen #SeAcabó. Y así ha ocurrido. Se le acabó a Errejón la fiesta. 

En el capitalismo global, las herramientas conectivas, esos espacios digitales que prometían la democratización de la comunicación y el periodismo ciudadano, han derivado en negocios corporativos vociferantes orientados a la desinformación y el alarmismo social, de la misma manera como todo el conocimiento técnico se ha puesto al servicio de la creación de armas letales “inteligentes” que matan a distancia y destruyen a poblaciones enteras.

Twitter ha derivado en X, un espacio de ultras dispuestos a los bulos, la mentira y el odio. Cuánta falta hace hoy recuperar los fundamentos del buen periodismo y acabar con prácticas en las que cualquiera, sin ninguna responsabilidad, pueda mentir y engañar y linchar.

Y sí. El caso de Errejón ha ocurrido en una ecología mediática omniabarcadora que incluye los medios de comunicación: la televisión, la radio, la prensa y todas las redes sociales corporativas, cuyo interés es siempre capturar la atención, los datos y el dinero. No hay que olvidar que el “escándalo” es el principal criterio noticioso, y más si el tema incluye el morbo sexual.

En las redes, medra el ruido vociferante de los trolls y la misoginia. Ni Instagram ni X son el mejor lugar del mundo para exponer testimonios de este tipo. Pero tenemos que entender por qué pasa. Entender que durante siglos, e incluso milenios, las violencias contra los cuerpos feminizados, mujeres e infancias se han sostenido en parte por el silencio de las víctimas. Así, la impunidad está garantizada. La ocultación permite la repetición sin consecuencias. ¿Por qué lo hacen? Porque pueden. Por eso, romper este emponzoñado silencio en redes sociales es la acción directa que emprenden las mujeres en un espacio donde no hay filtros de acceso y no se necesita autorización para hablar. Lo hacen juntas y una tras otra. No es sencillo. Exhibir públicamente al presunto perpetrador de acoso o violencia tampoco lo es: se sabe que todo tiene consecuencias. El relato de la víctima queda a la vista de una cantidad indeterminada de personas. A veces, de millones. Por eso, muchas denunciantes recurren al anonimato, como permite el Instagram de Cristina Fallarás, que publica en su propio perfil las narraciones sin dar nombres. Pero el juego de espejos permite reconocer patrones de comportamiento del “político de Madrid” y anima a otras a hablar. Se sabía que la derecha de inmediato aprovecharía para hacer su agosto y aceitar su máquina del odio que utiliza el feminismo como arma arrojadiza. Son muchas las trampas del momento.

Los medios de comunicación y las redes digitales entran al trapo para hacer leña verde de Errejón, presentándolo como un monstruo excepcional y capitalizando titulares y audiencias. Se corre ahí la tentación de creer que se trata de una manzana podrida en la canasta, cuando lo que revela el caso en sí es “la banalidad del mal”, como diría Hannah Arendt: la multiplicada y extendida práctica del abuso sexual.

Por eso, hay que hablar de todo esto, respetar la palabra de las víctimas y darle vueltas. Es imprescindible una pedagogía del cuidado que sustituya la crueldad en la que nos socializamos. Aprender a hablar, lograr identificar y nombrar situaciones de violencia sexual son una tarea colectiva que nos permite hacer consciente lo no contado, lo oculto. Aquello negado por nosotras mismas gracias a la resiliencia. Sólo si tenemos un buen archivo de experiencias podremos reconocer, identificar y por tanto reaccionar ante situaciones por las que no queremos pasar ni que les pasen a otras. Se necesitan voces de unas para detonar los recuerdos de otras y para que, así, no les pase a otras.

Cuántas conversaciones se han iniciado al calor del #MeToo. Sin duda, en este aprender a hablar del tema, algunas voces pueden parecer balbuceos, mientras otras logran más claridad. Pero hay mucha niebla que despejar para avanzar colectivamente y mirar de frente el paisaje devastador que deja el abuso sexual en infancias y personas de toda condición, aunque cuanto más vulnerables más agredidas y con más candados interseccionales para el dolor y el silencio.

Se trata de Violencias que ocurren porque infancias y mujeres han sido por siglos propiedad de los hombres y del Estado, que ha regulado los frutos de sus vientres. La “dueñidad” de nuestros cuerpos en manos ajenas se evidencia en que apenas en la era del #MeToo nos enteramos de que la violación en el matrimonio no es aceptable como en el fondo “creíamos”.

Hay que dejar de creer, desobedecer el mandato de género para salir de la prehistoria patriarcal de la humanidad, como dice Rita Segato. No hay manera ordenada ni “civilizada” de hacerlo, porque es justamente en nombre de la civilización que hemos llegado hasta acá. Por eso cualquier caso de #MeToo causa dolor y escándalo. Por eso el uso de las redes para romper el silencio tiene que ser táctico y no un lugar común que banalice la acción: contra la estrategia del poder, la táctica de lo imprevisto, lo que rompe, el sabotaje, lo que cae como rayo. Pero no podemos quedarnos ahí. Tampoco repetir la fórmula sin tomar precauciones, porque se va a volver en nuestra contra, como ha pasado en muchos lugares durante la ola del #MeToo.

Es necesario estabilizar avances en leyes y protocolos, espacios de asesoría y apoyo psicológico, centros de crisis, servicios especializados, líneas telefónicas y pedagogía, una que logre predicar con el ejemplo. Sólo la reflexividad cultural puede hacernos conscientes del sesgo patriarcal que nubla nuestra capacidad de entender la violencia sexual. Por eso hay que recurrir al arte, los libros, las películas, el teatro. Nuestro disco duro está programado para un código fuente que es el machismo. Cambiar eso no es solamente un acto de voluntad. Es un proceso colectivo de amplio calado que produce miedo, rabia e inseguridad, sobre todo en quienes han tenido la sartén por el mango, pero no hay que dejarles otra opción. Confundir eso con punitivismo es tan absurdo como querer acabar con el desigual reparto de riqueza pidiéndolo por favor.

¿Es correcto lo que está pasando? El desasosiego se hace presente porque sabemos que las personas que aparecen denunciadas o denunciando en las redes sociales pueden ser cualquiera, y de alguna forma nos desarregla el cuerpo sabernos cómplices. Nos obliga a revisar las trayectorias personales y las de gente que queremos. Debemos asumir la complejidad del momento y el daño infligido por la violencia, y no descalificar ni simplificar. Todo sale como mierda en ventilador porque sin duda es mierda. Estamos a la intemperie, fuera de toda zona de confort. Entonces buscamos formas de imponer certezas.

Se ha llegado a decir desde algunas voces feministas que lo que está pasando en la era del #MeToo pone en peligro el sexo y el deseo. Parecen descubrir algo que ya todas sabemos: que las mujeres también participamos en las relaciones que nos dañan. Agradecemos la información: años de trabajos y estudios dentro del feminismo muestran cómo la dialéctica del amo y el esclavo se nutre del lazo entre poder y sexo. No se trata de mujeres contra varones. Es un problema estructural. Como señala Laura Llevadot en su libro Mi herida existía antes que yo, “ser mujer no es más que encarnar un patrón de dominación, puesto que no es la naturaleza lo que explica su opresión”.

El patriarcado es una estructura social que subordina al polo feminizado de toda relación, de la misma forma que masculiniza el polo dominante. Nuestro deseo se ha construido en ese marco: no existe un deseo prístino, intocado por la cultura, en defensa del cual podamos salir. Al revés, que cada cual haga con su deseo lo que quiera, pero que nadie sea avasallado por el deseo del poder ajeno. La violación, ya nos lo ha explicado Segato, va más de poder disciplinador que de deseo.

En un artículo reciente sobre el caso Errejón, varias autoras decretan el fin del ciclo feminista, al que acusan de haber caído en una especie de “proyecto de reforma moral”. Este tipo de expresiones calan en los grupos de izquierda y gustan, porque en el fondo se siente el alivio de la negación. Esto no está pasando, no es importante. Así, las autoras, desde sus atalayas, quedan bien con todo el mundo del activismo social menos con las mujeres que se han atrevido a hablar. Les endilgan veladamente a las víctimas el calificativo de privilegiadas y exageradas. Dicen que si nos preocupamos por estas violencias sexuales, estamos abandonando los problemas reales, como la precarización de la vida y el racismo —como si una cosa quitara la otra—. Estas autoras parecen querer restaurar un silencio muy propio de las izquierdas: siempre hay un mal más digno de defensa que el que sufren las compañeras; primero hay que hacer la revolución, luego ya hablaremos de “sus cosas”.

Quiero acabar con otro mito que se repite en algunos sectores feministas: el miedo a que las mujeres sean vistas todas como víctimas. No es ninguna vergüenza ser víctima, como no lo es ser pobre o ser racializada o sufrir cualquier discriminación. La vergüenza debe cambiar de bando, como dijo recientemente Gisèle Pelicot.

La periodista británica Laurie Penny, autora del libro Bitch Doctrine, explica: “Ha sido responsabilidad de las mujeres en la sociedad proteger a los hombres de conocer el verdadero alcance del daño que han causado y continúan causando. Y esa es la última barrera de lo que a los hombres les gusta llamar victimización.”

No es pasividad luchar y denunciar el daño sufrido. Como han mostrado los grupos de autoconsciencia feminista desde hace décadas, como hacen los diversos #MeToo que sacuden el mundo, romper el silencio es acción directa y apela a una comunidad de escucha; es por tanto un proceso colectivo multitudinario que busca el reconocimiento social de un daño. Que las redes sean espacios más seguros para denunciar que los juzgados llama la atención, pues las redes no son seguras en absoluto.

Pero además no todo es delito. Hay que cambiar lo normalizado, la norma oculta que opera en todos los espacios, no sólo el caso individual que pueda ser juzgado en un tribunal. Aunque también. Necesitamos leyes y denuncias formales. Por eso el antipunitivismo como dogma y como regla totalizante es estéril. Si no, que se lo pregunten a las madres que exigen justicia para sus hijas víctimas de feminicidio: quieren que se encuentre y se juzgue al culpable. Laia Serra señala en un artículo reciente en Pikara Magazine que hay un antipunitivismo “remasterizado” que puede ser “funcional al sistema patriarcal: relativiza las violencias, deslegitima las respuestas y, sobre todo, exonera de la obligación personal y colectiva de responsabilizarse de estas, de repararlas y de garantizar su no repetición.”

Por supuesto, la agenda de los feminismos no se agota en las denuncias en redes sociales: el feminismo opera en todos los frentes porque es una impugnación a la totalidad. Porque trata del poder y sabemos que no se acabará con el abuso de poder sexual si no logramos otro reparto material del mundo y unas subjetividades más libres y amorosas.


Nota

[1] Para una mayor comprensión del fenómeno a nivel global, véase mi libro #MeToo. La ola de las multitudes conectadas feministas, publicado por Bellaterra en Barcelona y por Bajo Tierra en México

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