El antijudaísmo es el odio hacia las personas de religión judía; tiene raíces profundas que se remontan hasta la época clásica: tanto en la Grecia como en la Roma antiguas los judíos eran discriminados por razones étnicas. Sin embargo, fue a partir del siglo IV d.C., y más durante la Edad Media, cuando los judíos en Europa sufrieron mayor discriminación, maltratos y persecuciones si no se querían convertir a la religión dominante: el cristianismo.

En la segunda mitad del siglo XIX se difundieron en Europa, sobre todo en Rusia y Alemania, movimientos nacionalistas que veían con desprecio a algunas etnias, como la judía, a las cuales llegaron a perseguir y a matar en los llamados pogromos.

Fue en aquel entonces que el antijudaísmo, un concepto meramente religioso, se convirtió en antisemitismo, un concepto racial: el francés Arthur de Gobineau publicó entre 1853 y 1855 el Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, en el que teorizó la superioridad aria respecto a otras “razas”, como la mediterránea y la alpina. Otro francés, Ernest Renan, en su Historia general y sistema comparado de lenguas semitas de 1859 afirmó que los pueblos semitas eran inferiores a los arios. En 1879 el periodista alemán Wilhelm Marr aseguró en su libro La victoria del judaísmo frente al germanismo desde un punto de vista no confesional que los judíos eran una raza o una etnia, no una religión. Por lo tanto no dejaban de ser semitas al convertirse a otras religiones. En el mismo año fundó la Liga de los Antisemitas. En 1886 el periodista y escritor francés Édouard Drumont planteó en La Francia judía, ensayo de historia contemporánea que los judíos eran una “raza inferior” que quería dominar a la aria. En 1892 fundó un diario antisemita, La Libre Parole, que se mantuvo activo hasta 1924. En 1902 un agente de la Rusia zarista publicó un libelo antisemita, Los protocolos de los sabios de Sión, en el que aseveraba la existencia de una conspiración judía para dominar el mundo a través de organizaciones masónicas y movimientos comunistas. En esos años el capitán del Ejército francés Alfred Dreyfus, de origen judío, fue acusado de espionaje y alta traición a la patria; durante su largo proceso se desató una virulenta campaña antisemita en su contra. El caso Dreyfus dejó en evidencia la propagación del antisemitismo en la sociedad francesa. Hannah Arendt distinguió ese sentimiento, definido por ella como un concepto político y social fomentado por prejuicios religiosos, del tradicional odio religioso hacia los judíos.

En los años treinta del siglo XX, el nazismo tomó el poder en Alemania y fundó un régimen totalitario que elevó el antisemitismo a doctrina de Estado. El Tercer Reich tradujo esas ideas en acciones llevando a cabo el Holocausto, o Shoah, es decir, el genocidio de seis millones de judíos de toda Europa, a la par de otros sectores perseguidos por razones políticas, étnicas, religiosas o sociales, en varios campos de exterminio. Bajo la influencia de su aliado alemán, también el fascismo italiano adoptó políticas antisemitas: en 1938 promulgó las leyes raciales que discriminaban a los judíos y deportó a miles de ellos a los campos de concentración nazis.

Tras la Segunda Guerra Mundial y la derrota definitiva del nazi-fascismo, el rechazo al antisemitismo se convirtió en un pilar de refundación de aquellos países que habían permitido y participado en la persecución de los judíos. Para lidiar con su sentido de culpabilidad por el genocidio judío y aparentemente compensar a las víctimas, librándose de ellas, Europa vio con buenos ojos el nacimiento del sionismo y la fundación en 1948 del Estado de Israel en la Palestina histórica. El sionismo era un movimiento nacionalista, surgido en el viejo continente, que abogaba por el regreso de los judíos a la Tierra Prometida, sin importar que para lograrlo tuvieran que expulsar a la población que la habitaba, un hecho histórico que los palestinos llaman Nakba, es decir, la catástrofe. Como asevera el historiador judeo-árabe israelí Avi Shlaim, en Medio Oriente el antisemitismo no existía: en muchos países de la región, judíos, cristianos y musulmanes convivían pacíficamente hasta aquel entonces, pero a raíz del perfil violento que fue adquiriendo la colonización sionista se fracturó la armonía interreligiosa.

Tras la fundación del Estado de Israel y la implementación de políticas de apartheid, limpieza étnica, ocupación y despojo en detrimento de los palestinos, la convivencia entre israelíes judíos y palestinos musulmanes y cristianos se ha hecho cada vez más difícil y el odio interreligioso ha tomado la delantera. La Ley de Nacionalidad o del Estado-nación, aprobada por la Knesset, el parlamento israelí, en 2018, declaró Israel el Estado-nación del pueblo judío, a pesar de la presencia en su sociedad de minorías de otros credos, como la musulmana y la cristiana. Quedó entonces evidente el carácter teocrático de Israel y la incompatibilidad del proyecto sionista con el de una sociedad plural, donde puedan coexistir diversas etnias, religiones y lenguas.

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