El 30 de agosto la escritora mixe Yásnaya Elena Aguilar publicó en el diario El País el artículo “La SCJN y su ceremonia ‘tradicional’: efecto Tizoc. Maxän”. El texto aborda el acto en el cual los ministros electos de la nueva Suprema Corte de Justicia de la Nación tomarían posesión de su cargo, al día siguiente de la publicación del artículo. Y en efecto: el 1 de septiembre pasado, además de la parafernalia legal, se realizó una ceremonia tradicional de entrega de bastones de mando de parte de personas provenientes de pueblos indígenas, algo que, como bien vaticinaba Yásnaya, pretendía dotar de legitimidad a los nuevos funcionarios. En ese contexto, la escritora cuestionaba —además de los comentarios racistas en las redes sociales por un evento que muchos usuarios juzgaban poco digno de la investidura de los ministros— la instrumentalización de lo indígena para respaldar al gobierno y, sobre todo, la reducción de los pueblos originarios a un estereotipo. El artículo, me parece, es atendible y ofrece argumentos razonables que no sólo interpelan a nuestra actualidad sino a la relación histórica y desigual entre el Estado y los indígenas.
Una vez publicada la columna, vinieron algunas reacciones en las redes sociales. Quizás la más polémica fue la de Fabrizio Mejía Madrid, un escritor ligado al obradorismo y a la 4T. Mejía compartió una captura de pantalla con el texto de Yásnaya Aguilar y comentó en su cuenta de X: “Bueno, es sólo la opinión de la indígena preferida de Iberdrola”. Como se puede suponer, la descalificación produjo varias críticas, pues Mejía pretende invalidar los argumentos de la columna partiendo de una “mancha de origen”: la supuesta relación de Yásnaya con Iberdrola, una corporación española dedicada a la producción, distribución y comercialización de energía. Quisiera suponer que Mejía pensó que Iberdrola es dueña o accionista mayoritaria de El País, aunque no encontré ninguna prueba en internet de que así sea en efecto. Quizás Grupo Prisa —dueño del periódico, entre otros negocios— tenga vínculos con Iberdrola, o quizá algunos de sus ejecutivos antes hayan trabajado para la empresa energética. Sería lo normal en tiempos de fusión entre competidores en el mercado. Mejía, más allá de estos temas, intentó rebatir las críticas con otro tuit: “Si la identidad te impide ver la palabra ‘iberdrola’, sí, primo hermano, eres buenaondita. Sigue tu camino”. Irónicamente, Yásnaya Aguilar ha denunciado en las páginas del El País el negocio corporativo de las renovables en manos de empresas como Iberdrola.
Más allá de la descalificación y la falta de pruebas de Fabrizio Mejía Madrid sobre la relación de Yásnaya Aguilar con Iberdrola, conviene revisar un fenómeno que se ha acelerado con la hegemonía electoral de Morena. El sociólogo húngaro Karl Mannheim describió en su libroIdeología y utopía (1929) la compleja relación entre la emancipación utópica y su transformación en statu quo. Morena inició como un movimiento utópico que ganó terreno desde lo marginal para convertirse, pocos años después de su irrupción en la política mexicana de mano de Andrés Manuel López Obrador, en una suerte de ideología dominante que va más allá de lo electoral y del servicio público. El nuevo poder, en este caso la 4T, ya es un orden establecido, sobre todo en un escenario en el cual tienen la mayor parte de las gubernaturas del país y de las cámaras legislativas, y la presidenta Claudia Sheinbaum tiene un porcentaje de aprobación cercano al 80%. Este nuevo poder que abarca, incluso, el imaginario popular, se está caracterizando por rechazar cualquier tipo de crítica. Me refiero con esto a las críticas argumentadas y no a los ataques diarios en la prensa de los partidos de oposición. De tal suerte, parecería que la 4T ha decidido cerrar la puerta a cualquier reparo hacia su gestión descalificando al mensajero y no al mensaje. En este caso hemos podido ver, particularmente en las redes sociales, cómo todo crítico es desechado por cualquier pecado cometido en el presente o en el pasado: algún tuit dudando del expresidente López Obrador; una fotografía con un enemigo de la 4T; haber publicado en medios como Letras Libres o Reforma, a pesar de que algunos miembros e intelectuales vigilantes de la ortodoxia morenista como Mejía hayan publicado allí. Refugiados tras sus murallas y libres de ideas peligrosas, los guardianes de la fe morenista —aquellos que nunca dudan— parecen reciclar el “There is no alternative” del thatcherismo del siglo pasado. No hay espacio para una izquierda que ponga en duda la estrategia del gobierno y, mucho menos, que critique su relación con los pueblos originarios, como sucedió con Yásnaya Aguilar. Curiosamente no reciben el mismo trato nuevos integrantes del gobierno pertenecientes al depredador sector empresarial o a la oposición. Ellos, alineados al programa de Morena, son aceptados por los fundamentalistas como un “mal menor”, a pesar de que varios cambien de fe casi de inmediato, como sucedió con la ahora ferviente detractora de la 4T, la senadora Lilly Téllez.
En la feroz estrategia contra la disidencia de izquierda, ha cobrado popularidad un término: “buenaondismo”. La palabra es interesante porque enfatiza, precisamente, el contraste entre la cerrazón ideológica —incluso la disonancia cognitiva— y el idealismo (utopía) que, en teoría, debería animar cualquier movimiento de izquierda y que sólo puede aparecer con el diálogo entre diferentes formas de pensar. Sin embargo, la hegemonía de la 4T y muchos de sus intelectuales han optado por caracterizar el idealismo y, sobre todo, la crítica como “buenaondismo”. Un buenaondista es aquél que no entiende el mundo real —la realpolitik— y se pierde en ensoñaciones irrealizables e inútiles. Un buenaondista es alguien como Yásnaya Aguilar que ofrece argumentos contra el desarrollismo estatal de Morena, pues se siguen extrayendo recursos naturales con un fuerte impacto en las comunidades indígenas. Recientemente, por ejemplo, se autorizó una mina de oro —la más grande de América— a una empresa que tiene vínculos con el emporio del magnate Carlos Slim. Criticar esto sería buenaondismo puro, porque se parte de un escenario ideal y, por ende, irrealizable: cancelar la minería y las llamadas “zonas de sacrificio”, las cuales generan recursos a un Estado que ha sacado a millones de la pobreza. El buenaondista es condenable a todas luces porque no está dispuesto a embarrarse en el fango del pragmatismo y aceptar cosas inaceptables en búsqueda de un bien mayor. De esta manera, la izquierda queda reducida a dos cosas: un grupo hermético de pragmáticos y un grupo de herejes buenaondistas cuyo pecado es soñar demasiado en un mundo en donde el gobierno morenista tiene que tomar decisiones contradictorias con la izquierda y con ideas que habían defendido en el pasado, como la crítica al libre comercio, entre muchas otras. Para los buenaondistas sólo queda la descalificación barata o la purga por sus supuestos pecados de antes, mientras la oposición —por su parte— sigue radicalizándose, fragmentándose y, por supuesto, perdiendo electores.
