Por eso, es mejor hablar
recordando
que no se esperaba que sobreviviéramos.
Audre Lorde, “Letanía a la supervivencia”
“¿Por qué me siento tan obligada a escribir?”, se preguntaba la chicana Gloria Anzaldúa por allá de 1980 tratando de conjurar algún hechizo para las mujeres escritoras tercermundistas. Hoy recupero esta pregunta detonadora tras días muertos frente a la computadora y la hoja en blanco, pues a veces me visita la ansiedad y los complejos de inferioridad que me estancan, y entonces debo recordarme lo imperioso que es para mí hacer lo que tengo que hacer. La escritura, como la poesía, no son un lujo.
Soy nieta de campesinos sin tierra, hija de migrantes internos que se fueron a la capital a buscar un mejor futuro y que lo único que pudieron heredar a sus hijos fue la educación; soy la mayor de tres y desde muy pequeña tuve que resolver cuestiones de adulta (como muchas hermanas mayores hijas de migrantes y nietas de campesinos sin tierra han tenido que hacer en América Latina). Soy educadora, de formación y vocación, y he encontrado en el quehacer educativo mi motivo y mi trinchera: licenciada, maestra, doctora, postdoctora, investigadora… escritora. Sin empacho abracé el legado simbólico que una generación de madres y padres sin propiedad ni educación deseó para su prole. No obstante, para nosotras, las hijas, la primera generación de citadinas educadas entre la nostalgia del campo y las pretensiones de la urbe, no fue nada fácil ser universitarias sin el capital cultural, simbólico y material adecuado para tal lid. La diferencia entre pares se sentía, la desigualdad era abismo, y ser las más ñoña (aplicada y cumplidora de sus deberes) se hizo ley. Si bien siempre he tenido dudas sobre el sentido de ese camino, fue el que me aprendí y casi casi que no me sé otro. Pero, debe de haber otro, ¿no?, uno en donde las mujeres y las hermanas mayores y las hijas de migrantes y las nietas de campesinos sin tierra, sin el capital cultural, simbólico y material adecuado, puedan ser universitarias sin sentir el abismo de la desigualdad, sin sentir las marcas de la diferencia, sin la ansiedad y los complejos, sin el miedo a escribir. Por eso escribo, con todo y miedo.
Como mencioné, soy educadora de formación; por tanto, desde temprano supe del potencial de la educación: dispositivo para la reproducción del statu quo o campo para disputar los sentidos y transformar la realidad. Por eso escribo desde y sobre la educación.
Buscando alternativas a la educación hegemónica, hace ya más de una década llegué a la interculturalidad, y desde entonces he trabajado sobre educación superior intercultural, pues creo en sus potencialidades como apuesta epistémica-política-pedagógica. Empero, el trabajo adelantado, tanto en comunidades académicas y universitarias como en comunidades y pueblos indígenas (sujetos quienes, históricamente, han encarnado el ser de lo intercultural en Colombia, Ecuador y México, países que han sido mi hogar durante mi devenir formativo), siempre me ha dejado cierto sinsabor, la sensación de que algo falta, como si hubiera perdido de vista alguna de las caras de un complejo poliedro; como si faltara trazar alguna de las capas en un mapa multiescalar… Y esa sensación de incompletitud o inconformidad, siempre me ha saltado cuando se me recuerda que, además de educadora e investigadora, soy mujer, o migrante, o foránea, o mestiza / no indígena, o “joven”, o académica novel.
Y entonces las pares, las colegas, las amigas y el feminismo; y entonces la búsqueda y la interseccionalidad.
A partir de esta suerte de contexto introductorio, desde ese particular lugar de enunciación y búsqueda, las presentes páginas pretenden esbozar un diálogo entre interculturalidad e interseccionalidad como apuestas epistémico-político-pedagógicas para ubicar, en primera instancia, algunos de sus puntos de encuentro y, posteriormente, algunas de las líneas de reflexión que potencializarían sus alcances; es decir, algunas de las razones por las cuáles esta articulación es no sólo pertinente, sino provechosa y necesaria.
¿Qué tienen en común la interseccionalidad y la interculturalidad?
[…] nuestra tarea específica es el desarrollo de un análisis y una práctica integrados
basados en el hecho de que los sistemas de opresión se eslabonan. Las síntesis de estas
opresiones crean las condiciones de nuestras vidas. […]
La Colectiva de del Río Combahee, “Declaración feminista negra”.
Los conceptos de interseccionalidad e interculturalidad surgieron en el marco de los movimientos sociales de finales de siglo XX ante las injusticias del sistema-mundo moderno/colonial (Wallerstein, 1979), orden global que distribuye el poder y el capital en centros y periferias y jerarquiza a la humanidad en función de esta distribución. Así, más que emerger como conceptos teóricos exclusivos de la academia, atienden a la necesidad de nombrar estrategias para problematizar las desigualdades y responder al problema de la discriminación. Esta necesidad emergió como reflexión vívida propia de los encuentros entre poblaciones organizadas (movimientos sociales) e intelectuales y profesionales críticos/as (académicos, educadores, abogados, periodistas), quienes identificaron que desigualdad y discriminación están organizadas en clave de clase, raza (Quijano, 2007) y sexo/género (Lugones, 2008), y que son los cimientos sobre los que se sostiene la matriz civilizatoria moderno-occidental.
En América Latina, la categoría “interculturalidad” está totalmente ligada al problema de lo indígena y el (des)encuentro con las poblaciones blanco/mestizas. En países como Ecuador y México, por ejemplo, las organizaciones indígenas han empleado la interculturalidad como derrotero para demandar reconocimiento ante el Estado y ante la sociedad contemporánea en general; este reconocimiento, si bien parte de un clivaje identitario y cultural, se extiende a un reconocimiento en donde lo epistémico y, por ende, lo educativo, es central. De a poco, “interculturalidad”, se constituye tanto en una bandera de movilización política como en un concepto de lucha epistémica en el terreno de una academia crítica.
A la par, pero en otra región de América, la categoría “interseccional” fue acuñada en el campo jurídico para dar cuenta de las discriminaciones múltiples que viven las mujeres afrodescendientes en EEUU; este uso resuena con las luchas en ciernes de mujeres racializadas y migrantes (afros, orientales y latinas) que parten de un clivaje identitario que conjuga lo racial con lo sexo-genérico. De manera similar, “interseccionalidad” gana espacio en el mundo de la academia crítica para sumarse a las movilizaciones en marcha.
Palabras, significantes, categorías, conceptos, trincheras, banderas, estrategias, dispositivos, estas apuestas político-epistémicas permiten problematizar la construcción histórica de las relaciones de poder de manera situada, así como revisar sus consecuencias concretas en las cotidianidades del presente. A la par, son herramientas para profundizar y complejizar la comprensión sobre la (re)producción de las desigualdades, pues atienden y dan cuenta de diversos marcadores de diferencia y diversidad, identificaciones y posicionalidades múltiples que se intersectan en cuerpos-territorios específicos y configuran experiencias de discriminación (clasismo, racismo, sexismo, entre otras) que impiden que los seres humanos ejerzan de forma igualitaria sus derechos en justicia y dignidad.
Ambos posicionamientos recurren a la memoria para consolidar sus argumentos: los trabajos con apellido intercultural o interseccional acuden a las genealogías críticas para visibilizar sujetos, cuerpos, territorios y conocimientos negados (no narrados, no validados), reconstruyendo historias en donde se da cuenta de las múltiples experiencias vividas (individual y colectivamente) que hacen parte tanto de los procesos de opresión como de resistencia. En palabras de Parra y Busquier (2022), al definir el concepto de interseccionalidad, “las múltiples experiencias de opresión —como efecto de las imbricaciones simultáneas entre instancias de diferenciación social y relaciones de poder— tienen como reverso experiencias de lucha, organización y resistencia colectiva como formas de participación política” (p. 23).
Dichas genealogías críticas son las que obligan a redimensionar, en una misma escala de tiempo y espacio, las realidades múltiples de “las otredades” históricas, pues desdibujan la idea de La Historia (única, lineal, letrada). Es así que lo indio deja de ser/estar exclusivamente en el pasado, o lo afro exclusivamente en África, o las mujeres exclusivamente cumpliendo el mandato maternidad-matrimonio. Es así que la desigualdad se reconoce como construcción social intencionada y no como devenir natural o designio divino. Es aquí en donde se imaginan otros mundos posibles desde lugares de enunciación no hegemónicos.
Ambas propuestas mantienen como base la denuncia de la desigualdad y el derecho a la diferencia con base en políticas identitarias y de reconocimiento; no obstante, ambas saben que las universalizaciones homogenizantes son violentas y deshumanizantes (como cuando hombre se usa como equiparable a humano, o como sinónimo de blanco; o cuando mujer resulta equivalente a blanca esposa/madre de blanco). En este tenor, ambas perspectivas advierten que las esencializaciones, naturalizaciones y folclorizaciones pueden ser peligrosas (Garcés 2009; Viveros Vigoya, 2016), situación que permite observar que 1) es preciso pensar en identidades situadas, contingentes, históricamente construidas y en perenne tensión – (re)construcción; y 2) es imperativo ir más allá de las identidades y pasar de las políticas de reconocimiento a las políticas de la articulación en donde reconocernos parte de, y habilitar diálogos horizontales que permitan sumar esfuerzos para construir nuevas formas de (auto)representación (Parmar, 2012).
Finalmente, interculturalidad e interseccionalidad, como campos de reflexión y debate, reconocen las distancias entre teoría y práctica, entre discurso y acción, entre prescripción y acción cotidiana situada; así, aciertan al denunciar la posibilidad de un uso despolitizado de las categorías (Garcés 2009; Viveros Vigoya, 2016), de “la masificación acrítica del concepto” (Parra y Busquier, 2022), de una cooptación por parte tanto del Estado y sus políticas públicas inclusivistas como de la Academia y sus prácticas eruditas de escritorio, unas y otras distantes de las realidades concretas. En los estudios interculturales, es clara la escisión entre una “interculturalidad funcional” y una “interculturalidad crítica” (Walsh, 2008; Garcés, 2009), diferenciación que señala el deber ser de la interculturalidad más allá de la romantización ingenua. La interculturalidad comprendida desde una perspectiva crítica,
[…] se refiere a complejas relaciones, negociaciones e intercambios culturales de múltiple vía”, buscando la concreción de interrelaciones equitativas a nivel de personas, conocimientos, prácticas desde el reconocimiento del “conflicto inherente en las asimetrías sociales, económicas, políticas y del poder” (Walsh, 2002: 3). La interculturalidad no hace referencia a un simple reconocimiento o tolerancia de la alteridad ni a procesos de esencialización de identidades étnicas inamovibles. La interculturalidad hace referencia a prácticas en construcción y de enriquecimiento en el conflicto y en el forcejeo por lograr espacios de poder
(Garcés, 2009: 27).
Sobre las potencialidades de la articulación
Situados algunos de los puntos comunes entre interseccionalidad e interculturalidad, sin ninguna pretensión de dar por acabada la tarea comparativa, ahora procuro reflexionar sobre aquello que no es tan similar entre ambos conceptos, sobre lo que quizás se ha desarrollado más desde una perspectiva y menos en la otra, sobre eso que quizás las hace distintas, pero, sobre todo, complementarias. Más que intentar contestar a qué tienen de diferente la interseccionalidad y la interculturalidad, me interesa pensar sobre qué le puede enseñar la interculturalidad a la interseccionalidad y viceversa, y para qué nos sería útil establecer un diálogo entre una y otra. A continuación, un par de ideas para iniciar el debate.
Si hay un campo en el que la interculturalidad ha logrado presencia y expansión es en el campo educativo: la consolidación de políticas afirmativas para pueblos indígenas en educación básica, media y superior (cuotas de acceso, becas, programas de apoyo); las modificaciones curriculares y/o la apertura de programas formativos e investigativos con enfoque intercultural; la enseñanza de lenguas y conocimientos propios en instituciones educativas diversas; la creación de instituciones educativas interculturales; el pensar nuevas metodologías de investigación en donde el vínculo con las comunidades trascienda el extractivismo académico y coloque como protagonistas a los y las sabedores/as locales, entre otras, son acciones concretas hacia la disputa por los contenidos y la función social de la educación en las sociedades contemporáneas.
En este marco, la mirada interseccional podría aportar, mediante la incorporación de diferentes voces multisituadas (como lo han hecho los feminismos, sí, pero convocando a otras, otros, otres), voces que complejicen la comprensión de las desigualdades en perspectiva histórica y nutran la construcción de nuevas sociedades. Aquí, identificar las desigualdades y expresiones de discriminación históricas y actuales —es decir, las opresiones y privilegios que se tensionan estructural y cotidianamente—, no sólo permitirá consolidar una crítica argumentada sobre lo que no queremos, si no que, además, posibilitará posicionarse para construir lo que queremos. Reconocer la serie de identificaciones y posicionamientos que se intersectan para explicar el devenir individual y colectivo de un sujeto político, no sólo sumará a situar los procesos de subjetivación que explican la (re)producción de las opresiones, sino que, sobre todo, transformará estas subjetivaciones para articular las resistencias de manera integral. Como precisaría Ochy Curiel, no nos es suficiente con reconocernos orgullosamente mujeres o afrodescendientes; es preciso actuar contra la matriz de la opresión y devenir feminista, antirracista y anticolonial (Pita, 2023). Es clave, pues, reconocer interculturalidad e interseccionalidad como quehaceres epistémico-político-pedagógico —adentro y afuera de las aulas escolares—.
Por otra parte, aún con su crítica pilar a la racionalidad moderna, la interculturalidad tiene como pendiente darle un lugar protagónico a la “no razón”, entendida ésta no sólo como lo no validado por medio del método científico como ciencia o verdad, sino ampliando su comprensión más allá de lo epistémico, reconociendo a los cuerpos, los afectos, los sentires, los deseos, como parte de la experiencia (individual y colectiva) que puede y debe ser narrada tanto para hacer genealogías críticas (y reconstruir las otras historias / las historias otras) como para reposicionar el valor de la no razón como fuente de conocimiento. Las luchas feministas no hegemónicas, las diversidades sexo-genéricas y las personas con discapacidad ya han iniciado trabajos al respecto. El diálogo entre interculturalidad e interseccionalidad en este rubro no sólo permitiría explorar realidades complejas poco abordadas (como los son los temas de género y sexualidad en comunidades indígenas y afrodescendientes, por ejemplo), sino que, a la par, permitiría diseñar estrategias para atender los impactos específicos de la desigualdad en dichas poblaciones, caso por caso, persona por persona. Sin duda, este encuentro entre agendas y miradas, también nutriría el campo educativo dando pistas sobre posibles nuevas formas de enseñanza-aprendizaje multiactoral y multinivel en donde lo cognitivo se disponga a ser afectado tanto por lo racional como por lo sensorial, lo emocional, lo espiritual.
Finalmente, me gustaría reconocer la potencialidad de la interculturalidad y la interseccionalidad como lentes para ver el mundo, como metodologías para atrapar y analizar la realidad, como enfoques para diagnosticar el presente con un ojo en el pasado y otro en el futuro, como herramientas concretas para responder a las opresiones y violencias de manera situada y construir sociedades justas y dignas para todos. No obstante, en tanto que ninguna de las dos (ni en conjunto ni por separado) es una receta, es preciso intentar-errar-intentar hasta consolidar la estrategia que mejor responda a las necesidades, los deseos y los sueños de lxs sujetxs situados y contingentes, con la tarea permanente de actualizar las reflexiones y las luchas al compás de los retos que se presenten.
Bibliografía
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Garcés, Fernando (2009). «De la interculturalidad como armónica relación de diversos, a una interculturalidad politizada”. En Mora, D. Interculturalidad crítica y descolonización. III-CAB. pp. 21-49.
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Lorde, Audre ([1978] 2022). “Letanía por la supervivencia.” Multitudes, 88, 67-68.
Parmar, Pratibha (2012) “Feminismo negro: la política como articulación”. En Jabardo Mercedes (ed.). Feminismos negros. Una antología. Traficantes de Sueños. pp. 245-268
Pita, Federico (2023). “El feminismo blanco hegemónico, aún hoy, asume que todas las mujeres somos iguales y que en ese sentido tenemos que luchar solo por cuestiones de género”. Entrevista a Ochy Curiel. Página 12. 3 de agosto.
Viveros Vigoya, Mara (2016). “La interseccionalidad: una aproximación situada a la dominación.” Debate feminista, (52). 1-17.
Walsh, Catherine (2008). Interculturalidad y Plurinacionalidad: Elementos para el debate constituyente. Universidad Andina Simón Bolívar.
