Durante una estancia reciente en Argentina, tuve oportunidad de dialogar con dos de los palestinos latinoamericanos con mayor trabajo de activismo en el continente. Tilda Rabi y Rafael Araya Masry son herederos del exilio de sus abuelos, quienes llegaron de Palestina trayendo consigo esquejes de sus árboles para sembrarlos acá, en suelo latinoamericano. Se trató de una charla que tuvimos en la Embajada del Estado de Palestina en Buenos Aires: hablamos de sus historias de vida, de literatura y del valor de la resistencia palestina que ha germinado en estas latitudes.
Actualmente, Tilda Rabi es presidenta de la Federación de Entidades Argentino-Palestinas. Rafael Araya Masry es presidente de la Confederación Palestina Latinoamericana y del Caribe (Coplac). Ambos nacieron en Chile y vivieron el golpe de Estado contra el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende. Debido a la persecución política emprendida por el gobierno de Augusto Pinochet, posteriormente migraron a Argentina, donde fueron sorprendidos por una nueva dictadura: la Junta Militar de Rafael Videla. Así, sus militancias los llevaron a enfrentarse no solamente al sionismo más recalcitrante, aquel que niega la existencia y la historia palestina, sino que fueron activos militantes contra las dictaduras chilena y argentina.
Durante la conversación, Tilda y Rafa se ayudaron mutuamente a recordar. Conversamos sobre Palestina, sobre las relaciones que existen entre América Latina y aquella nación en resistencia. Traté de indagar cómo es leer Palestina desde acá y ubicar los elementos que nos brinda para entender nuestras propias problemáticas sociales. Para esto, charlamos intentando comprender las particularidades de los exilios palestinos que llegaron durante el siglo pasado y que fueron atravesados por segundos exilios en este continente. Me contaron, así, sobre el arduo trabajo que supuso el reconocimiento y la vinculación con sus pares, que muchas veces comprendió el proceso de asumir un legado de lucha, una sensibilidad artística y de identificarse como palestino latinoamericano.
La comunidad palestina es la historia del esfuerzo de una presencia que adquirió conciencia y organización política más allá de las coyunturas y de las manifestaciones de protesta ante las masacres en Palestina. Una conciencia que afloró en la manera en que las luchas por la liberación otorgaron el sentido común que los vinculó con los demás latinoamericanos. De esta manera, hablamos sobre cómo se mezcló la lucha palestina en países que vivieron y combatieron el terror de las dictaduras. Terminados estos regímenes, y a diferencia de algunos latinoamericanos, los palestinos todavía no han podido regresar a sus tierras. Sin embargo, en Argentina, asumen una lucha palestino-latinoamericana con el juicio a las juntas militares de fondo, lo que ha propiciado esfuerzos destacados como el Tribunal Ético a la Ocupación y Colonización de Israel en Palestina, realizado en Buenos Aires en 2013.
Además, Tilda y Rafael, después de conocerse, articularon una militancia cultural que tomó a la literatura como alimento y como herramienta política. Así, el tema que atravesó nuestro encuentro fue la vinculación palestina por medio de los poemas, las canciones y las manifestaciones artísticas en general. Exploramos las dificultades de una palabra amurallada como la palestina y de sus bibliotecas disgregadas. Platicamos de poesía, de la necesidad de inventar una lengua poética para decir lo indecible, necesidad que termina vinculando a poetas como Mahmoud Darwish con varios autores y momentos de la literatura latinoamericana.
La trayectoria de lucha de Tilda y Rafael nos habla de cómo convertir el dolor en valor para afrontar lo injusto. Su trabajo interpela las políticas regionales que continuamente ceden ante las exigencias sionistas y que mantienen, hasta el día de hoy, incuestionable la figura de víctima vitalicia de Israel. A continuación, se transcriben algunos fragmentos de esa larga charla, esperando que logre ser una ventana hacia esos lazos que unen a Palestina con América Latina.
Erick Rodríguez (ER): Muchas gracias, estimados Tilda y Rafael, por recibirme en la Embajada del Estado de Palestina en Argentina, uno de los refugios recurrentes para la presencia del pueblo palestino en América Latina. Me da gusto poder dialogar sobre un asunto que está cobrando una relevancia cada vez más especial en nuestras sociedades latinoamericanas: la cuestión palestina. Una realidad que los ha tenido a ustedes, los palestinos, como protagonistas a lo largo de varias décadas, impregnada de sus experiencias, de su militancia y de su trabajo. Quiero dialogar y poder conocer un poco más de lo que han vivido para que las personas de América Latina puedan tener un referente de lazos de solidaridad a veces no tan visibles. Durante la conversación podemos interrumpirnos, regresar e irnos por las ramas. Me gustaría, sin embargo, que como primera intervención pudieran presentarse y decir cómo llegaron a Argentina.
Tilda Rabi (TR): Bueno, yo nací en Chile, hija de palestinos. Llegué a Argentina en 1974, producto del golpe militar en mi país de origen. Debo decir que, desde Chile, mi militancia era totalmente internacionalista. No estaba abocada a Palestina porque en Chile hablar de Palestina no tiene los artilugios ni el negacionismo que sí existía cuando llegué aquí a la Argentina. Se vivía en el simple hecho de hacer un trámite de migraciones. Por ejemplo, cuando fui a presentar mi documentación y se me preguntó por mis orígenes, me dijeron: “los palestinos no existen”. Eso me lo dijo el oficial de migraciones con el que estaba tramitando mi ingreso. Continuó: “los palestinos no existen”; le dije: “pues me acabo de enterar, porque yo soy hija de palestinos, o sea, mi origen es palestino”. Fue muy fuerte.
ER: Claro. Hasta que te ven es que pueden cuestionarse si han entendido bien todo el asunto. ¿Dónde estaban los palestinos?
TR: Sí, ahí comenzó, de alguna manera, ese cimbronazo interior y comencé a deambular por instituciones que pudieran hablar de Palestina. Sin embargo, no fue fácil: por ser “árabes”, eran sirios, libaneses o sirio-libaneses, como les dicen acá en la Argentina. Pero, sobre todo, había una profunda ignorancia. Por ejemplo, me fui a un barrio que en esa época se llamaba Canín, calle Escalabrín de Ortiz, que es lo que sería Palermo, donde había una comunidad interesante de árabes, igual que la otra que está en Boedo y San Juan, por ahí. Y me encuentro un día con un viejo sentado en las escalinatas de la catedral ortodoxa siria de San Jorge. Era un día de tarde y le digo: “buenas tardes, ¿cuándo abre?” —yo, para ir buscando vínculos, más que una cuestión religiosa—. ¡Y no te olvides que estábamos en época de la dictadura militar en Argentina! Le pregunto: “¿cuándo está abierto?, porque quiero hablar con la gente para saber si acá hay palestinos”. Y me dice: “no creo, porque no nos metemos en esas cosas”.

ER: ¡Qué tiempos difíciles! Cuando la sola palabra “palestinos” ya era “meterse en cosas”.
TR: Claro, y bueno, seguí deambulando por mucho tiempo. Yo estudié Teatro en la Universidad de Chile, y paralelamente comencé a hacer talleres y actividad teatral acá, cosa difícil también. Y por el otro lado, había esa necesidad de rescatar los verdaderos orígenes. Porque aún con la simpatía que existe por los palestinos ahora, todavía me dicen: “ah, son los tira-bombas”, “uy, ¿dónde está la bomba?”.
ER: Los estereotipos permean hondo, sí.
TR: Ese tipo de motes, ¿no?, discriminatorios, aun siendo simpatizantes, y mucha ignorancia. Pasó un tiempo largo y entonces se empieza a habla de un director de origen árabe que quería filmar una película que tenía que ver con la historia de algunas familias de origen árabe de aquí de la Argentina. Yo un día llego a la Asociación Argentina de Actores, en donde también era común mi mote de “turquita”, ¿viste?, me dicen: “turquita, andá que hay un lugar donde están tomando casting”, que era el Instituto de Estudios Árabes, que posteriormente se llamará Instituto de Estudios Palestinos.
ER: Interesante también esa transición de lo “árabe” a lo “palestino”.
TR: Exacto. Me dicen: “necesitan gente, digamos, con tu perfil”. Y llego allí, me atiende la secretaria Rosita, lleno el formulario y me preguntan: “¿de qué origen es tu apellido?”; y les digo: “Palestina”. Me despido, voy bajando por el ascensor y me gritan: “¡volvé!, ¡volvé!”. Vuelvo, retorno a la oficina y ahí me saluda el director de esta editorial que era Saad Chedid. Y Saad me dice: “vos no te podés ir, tengo que hablar con vos. Necesitamos, digamos, que vos empieces a incorporarte”. Yo me emocioné mucho porque además me daba la posibilidad de ir involucrándome no solamente desde mis orígenes, sino con una biblioteca impresionante, la que existía allí [ríe], donde uno podía nutrirse dentro de muchos ámbitos. Y así comenzó todo, de alguna manera. Fue a través de él que la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) me envió una invitación para el primer congreso de Coplac en Brasil en 1984. Fue muy conmovedor; ahí tomé el compromiso de poder gestar en la Argentina una entidad que pudiera convocarnos a palestinos y no palestinos, teniendo en claro que nuestra lucha es una lucha fundamentalmente antimperialista y anticolonial.
ER: Esto que apuntas es muy importante, sobre todo ante la negación de la identidad palestina de la que partiste. Es una identidad incómoda para ciertos intereses y que ha configurado una voz que pareciera que ha llegado silenciosa a este continente y que recién ahora está emergiendo con mucha fuerza. Rafael, en tu caso, ¿cómo ha sido tu experiencia de llegada a la Argentina?
Rafael Araya Masry (RA): Yo también, al igual que Tilda, tengo mi origen chileno. Nací en Chile. Me formé en Chile; me formé políticamente con el nacimiento de la Unidad Popular que llevó al poder a Salvador Allende, es decir, con una base ideológica de izquierda muy potente que me permitió ir discriminando las cosas de una manera que hasta el día de hoy perdura. Incluso esto se ve en mi propia concepción de lo que representa la causa palestina: que más allá del afecto por las raíces, éstas también significan una opción ideológica que, como bien decía Tilda, es básicamente anticolonialista y antimperialista. Como causa palestina, nos tomamos muy en serio eso de que los pueblos tienen que estar unidos. Pueblos del mundo unidos. Cuando yo llegué a la Argentina con la idea de radicar acá, estaba saliendo de la dictadura chilena en el año 1975, pero me agarró acá el golpe de Estado argentino. Dije: “más vale dictador conocido que tirano que conocer”. Entonces volví a Chile, me incorporé al mundo cultural y artístico. He sido músico durante muchos años. Me dio por estudiar guitarra clásica, composición, orquestación, qué se yo, todo lo que hace a uno un creador. Estudié con un gran maestro en Chile, pero volqué todo eso a la militancia en contra de la dictadura. Es decir, en todo el mundo underground que se generó contestatariamente a la política represiva del régimen, encontré las vías para poder seguir por medio de la cultura, luchar contra la dictadura, luchar contra un régimen opresivo y paralelamente comencé a vincularme con la causa palestina por medio de la actividad de la propia comunidad en Santiago de Chile.
ER: Interesantísimo. ¿Y cómo fue ese salto definitivo a lo palestino?
RA: Me acuerdo que mi irrupción, ya de manera más desembozada, fue a partir de las masacres de Sabra y Chatila en 1982. En Santiago se hicieron enormes manifestaciones. Nos reuníamos en la Iglesia Ortodoxa de Santiago de Chile, en el barrio de Providencia, que Tilda conoce muy bien seguramente. Ahí comencé un trabajo de militancia por Palestina ya de manera más orgánica, aunque seguía militando en contra de la dictadura en Santiago de Chile. Luego, en 1983, vine a Argentina y comencé a venir acá a ejercer como artista y a difundir la cultura chilena contestataria a la dictadura. Y me acuerdo que acá me llamaba poderosamente que no veía signos de Palestina por ningún lado. No es que uno espere encontrarse una realidad como la chilena, donde hay 400 mil palestinos en un país donde existe una comunidad pequeña, hasta que tuve la buena idea de ir a una feria del libro donde me encontré con Tilda.
ER: ¡Fue en una feria del libro que se encontraron! Por si faltaban dudas sobre la importancia de la literatura.
RA: Exacto, ahí me encontré con Tilda, que estaba atendiendo precisamente el estand de Saad Chedid. Creo que ya nacía en ese tiempo el Instituto de Estudios Palestinos en Argentina…
TR: No, recién estaba en transformación; era Estudios Árabes, porque estábamos todavía en dictadura, acordate.
RA: Claro. Y bueno, estuvimos atraídos por este interés común en la causa, más allá de toda la coincidencia ideológica que tengo con Tilda. Todo desde el concepto de la defensa de la lucha de liberación. Fue muy fácil, fue realmente muy fácil engancharnos para comenzar a dar forma a una estructuración que nos permitiera llevar la causa palestina de manera un poco más organizada, buscando a nuestros pares en medio de esta sociedad. Hasta que empezamos y logramos identificar los grupos que desde lo ideológico estaban más cercanos a nosotros, a diferencia de otros que nos rechazaban y nos segregaban cuando decían: “¡ahí viene los comunistas chilenos!”. Éramos como el terror de las organizaciones árabes.
TR: Aún perdura [ríe].

ER: Tiene todo el sentido, porque las comunidades árabes que llegaron antes de la década de 1980 ya estaban más acomodadas, ¿no? La comunidad sirio-libanesa no se planteaba el regreso, por ejemplo. En cambio, el palestino lucha por recuperar su tierra.
RA: Claro, y porque nosotros llegábamos con nuestras ideas progresistas revolucionarias a plantear una cuestión rupturista con el establishment, ese que estaba tan cómodo con el poder del sionismo en este país y que nunca hizo nada por romper con esa lógica. Todo se reducía a hacer una manifestación de repudio ante una masacre israelí o ante un bombardeo contra la población palestina; todo nacía y moría ahí. Íbamos a tal marcha, nos vinculábamos; hasta que no había una masacre o alguna otra cosa no los veíamos más. Fue ahí que nosotros estructuramos un grupo llamado Sanaud, que quiere decir “volveremos”.
TR: En 1984.
RA: En ese año, con otros compañeros, llegamos a ser unos 30 militantes concretos. Digamos que empezamos a crear lío en esta ciudad, como dicen, llegamos e hicimos lío.
TR: Hicimos lío e inclusive lo llevamos por primera vez a la Embajada de Estados Unidos, por ejemplo.
RA: Exacto, empezamos a copar los espacios centrales de las ciudades y proyectábamos documentales sobre Sabra y Chatila en la Plaza del Obelisco, lo que era un escándalo. Mucha gente se nos acercaba, pero otros, supuestamente aliados, ni siquiera se aparecían. Recuerdo una librería muy grande que se llamaba Kapelusz, que estaba frente al Obelisco; eran judíos y gustosamente nos cedieron un prolongador para conectar el proyector. Porque no teníamos la luz que habíamos pagado, ¿te acordás?, al gobierno de la ciudad; pagamos la luz y no nos la dieron.
ER: Mejor fueron los judíos los que entendieron la importancia y se solidarizaron.
RA: Sí, estas cosas generaban cierto escándalo. Y eso era bueno, porque de alguna manera empezamos a poner el nombre de Palestina poquito a poco en el consciente colectivo. Palestina comenzó a existir. Pero fue un trabajo arduo y es donde entra lo que tú reclamas con interés, pues nosotros también hicimos mucho basados en todos los parámetros de la cultura palestina, básicamente de la literatura, el teatro y la poesía.
ER: ¿Cómo vieron que era importante actuar desde ahí?
RA: Mira, la cultura tiene la particularidad de romper ciertas barreras y ciertos prejuicios y de llegar de manera más fácil a la gente porque explica de forma artística un drama que se está viviendo sin necesidad de escuchar un interminable discurso que te explique qué está aconteciendo. Lo es, lo escuchas, es otra herramienta de difusión. Y ahí nos compenetramos con los grandes poetas palestinos, Mahmud Darwish, Fadwa Tuqan, Ghassan Kanafani, Tawfiq Zayyad, que fueron el alimento para nuestra propia actividad. Es decir, siempre incluimos la literatura y el arte, jamás los divorciamos de la política. Era nuestra herramienta política.
ER: Fundamentalmente política.
RA: Nosotros nos basamos mucho, por ejemplo, en un libro que llegó a nuestras manos, que tenía Tilda, que se llama Poesía palestina de combate (Nuestra América, 2003). Era todo un ABC de la causa, pero con la estética de la poesía, y te permitía contar de otro modo lo que estaba pasando. Entonces, logramos consolidar el nombre de Palestina por primera vez en el consciente colectivo y nos transformamos en una referencia para los movimientos populares, para los partidos de la izquierda, para sectores grandes del peronismo. Aunque también se dio un fenómeno particular en los comienzos: los grupos neonazis, o los filos nazis, que en su profundo antijudaísmo se escudaban en nosotros para expresarlo en las calles, pensando que nosotros éramos esencialmente antijudíos, cuando desde el comienzo nosotros tuvimos compañeros judíos militando con nosotros. Más allá de sus particularidades, fueron personas que estuvieron incondicionalmente con nosotros en los comienzos.
TR: Qué importante fue, además, que nosotros involucráramos a la sociedad civil y sus organizaciones, como decía Rafael, porque sin ellos hubiera sido casi imposible hacer esta gesta. De hecho, cuando comenzamos a hacer teatro y poesía, la Asociación Argentina de Actores, que en ese entonces dirigía un gran actor y director de teatro, prestó su apoyo aun siendo nosotros trashumantes. Y bueno, actores argentinos comenzaron a reconocerse como palestinos a partir de nuestra literatura y de nuestra poesía, o en los sindicatos. Yo soy trabajadora social, y trabajé en un sindicato de la publicidad que nos dio gran ayuda porque todavía seguíamos en dictadura. Hecho no menor. O sea, el sindicato de actores, la Asociación Argentina de Actores y el sindicato de publicidad nos prestaron su estructura para cobijarnos. ¡Lo que les trajo problemas también! Cuando pasamos Cuatro horas en Chatila (Carlos Lapeña, 2005) en el sindicato de actores se armó un tole tole [escándalo]. Pero acá yo recalco el trabajo y la solidaridad de la sociedad civil y sus organizaciones que nos apoyaron en forma unánime; por supuesto, salvo esos sectores que querían empañar nuestra lucha, que eran los neonazis, que pudimos erradicar afortunadamente.
ER: Es una de las muchas adversidades que hay que atravesar para posicionar este tema en Argentina. Pero no me deja de parecer fabuloso que haya sido una feria del libro lo que los haya juntado a ustedes. Aunque los dos tienen trayectorias que están atravesadas, cada quien a su manera por los exilios y la dictadura, me parece que, más allá de la ideología y de lo que pueda representar la lucha palestina, también la cultura escrita tiene una fuerza que congrega. Ha cobrado una importancia inédita poder compartir y leer en voz alta los textos de autores palestinos. Porque a veces las personas pueden, si tienen suerte, encontrarse alguna nota de Palestina, en la tele, en la radio, las cuales son muy pocas, pero la poesía tiene algo especial: es como tomar el pulso emocional del conflicto y es una palabra que llega más profundo. Es una vía de acceso muy privilegiada a la hora de poder tener una ventana a lo que los palestinos están sintiendo. Podemos no ser expertos en el tema, no ser académicos ni palestinos, pero sabemos reconocer el dolor, sabemos reconocer cuándo hay una víctima.
Concluye aquí la primera parte de la conversación, donde Tilda Rabi y Rafael Araya Masry describen los orígenes de sus militancias y el proceso de reconocimiento social de lo palestino que los llevó a incorporar el arte como herramienta política y a establecer alianzas con distintos sectores de la sociedad argentina. En la segunda entrega, profundizaremos sobre los autores y las obras literarias que sirvieron especialmente para estas tareas.
Erick Rodríguez Velázquez es filólogo y maestro en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es integrante del grupo de investigación “Palestina y América Latina” del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).
Tilda Rabi es periodista y una de las activistas más reconocidas de la causa palestina en Argentina. Fundadora del Museo Itinerante de Arte Contemporáneo Fadwa Tuqan. Conductora del programa radial Derribando muros (La voz de la diáspora palestina en Argentina). Actualmente, es presidenta de la Federación de Entidades Argentino-Palestinas e integrante del Comité Argentino de Solidaridad con el Pueblo Palestino.
Rafael Araya Masry es periodista y analista internacional. Fue cofundador del Centro Cultural Argentino-Palestino Sanaud y cofundador de la Federación de Entidades Argentino Palestinas. Actualmente, es presidente de la Confederación Palestina Latinoamericana y del Caribe (Coplac), miembro del Consejo Nacional Palestino y del Consejo Central de la Organización para la Liberación de Palestina.
