Siempre que me preguntan cómo escribí Procesos de la noche digo que hubo cosas que quedaron fuera, pero nunca había escrito sobre ello. Ésta es, pues, una tentativa y una forma de seguir la conversación con quienes lo han leído y me han hecho esa pregunta.
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Hay cosas insignificantes que de pronto recuerdo y me hacen pensar en lo compleja que es la construcción de la memoria. Por ejemplo, me acuerdo de la vez que tuve que ir al juzgado de Tenancingo a llevar los títulos originales de los peritos del EAAF —uno había sido mandado a traer desde Chile y otro desde Uruguay—, para que fueran cotejados por los secretarios de acuerdos con las copias dejadas previamente. Recuerdo que una de los peritos me encargó muchísimo su título cuando me lo entregó en un porta láminas. Aunque no hubo mayor contratiempo durante el viaje en autobús —poco más de dos horas—, yo iba súper nerviosa como si realmente estuviera cumpliendo con una gran misión. En esa época tuve otras tantas veces esa sensación, no tan emparentada con el sentimiento de heroísmo, como con el temor por no hacerlo bien y estropear, en alguna medida, el trabajo realizado.
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Otra de las veces que sentí algo parecido fue cuando había que hacer un trámite en el aeropuerto internacional de la CDMX para que “dejaran salir” el pedacito de tibia que le habían cortado a Julio para hacer la identificación de ADN. Yo tenía que llevar un papel a un empleado del juzgado 45 del Reclusorio Norte para que, a su vez, él entrara a las oficinas —pues sólo los funcionarios podían hacer ese trámite— y obtuviera otro papel necesario. Sólo me habían dicho que fuera al aeropuerto a encontrarme con este señor, entonces llegué al que la mayoría conocemos, donde hay tiendas, arribos y partidas. Pero no era allí: hay otro aeropuerto más atrás, por decirlo de alguna manera.
Ahora mismo no podría decir cómo llegué. Sólo recuerdo que caminé mucho, porque no había transporte —quizá sólo fue una de esas situaciones en las que tienes tanta prisa que temes perder más tiempo buscando un taxi que caminando—. Lo que sí sé es que había llamado al funcionario y me había dicho el nombre del lugar a donde debía ir, junto con algunas escasas indicaciones. Iba con prisa porque, como en todos los trámites, había un límite de tiempo: las 2 pm. Finalmente, llegué, le di el papelito y esperé.
Después de una media hora, el funcionario salió con otro oficio, que a mi vez debía entregarle a otra de los peritos, quien sería la que viajaría con el paquete donde estaba el pedacito de tibia de Julio para realizar los exámenes correspondientes. Cuando entregué el documento en la oficina del EAAF, quien me lo recibió estaba muy contenta porque eso implicaba que ya no se seguiría retrasando la reinhumación de Julio. Me acuerdo que celebró la existencia del Colectivo El rostro de Julio —al que entonces pertenecía—. Me preguntó: “Son muchos, ¿verdad?” “Más o menos”, respondí. En realidad, éramos 5, pero reconocer nuestra pequeñez me hacía sentir vulnerable. Ese tiempo fue de muchos papelitos de los que dependía todo, de límites absurdos a los que ajustarse y de conocer lugares insospechados detrás de otros lugares conocidos.
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Hubo diligencias tan estériles que no dejaron ni una anécdota graciosa, sino que más bien eran más del mismo tedio, de la misma inercia de la burocracia. Una repetición sin más variación que la fecha del calendario. Pero hubo una que no registré en el libro, en parte porque pensé que luego escribiría sobre ella y en parte porque había quedado fuera del espacio temporal que abarcan las 22 crónicas allí publicadas. Fue una visita que hicimos al juzgado el día 17 de junio de 2016.
Era viernes y el fin de semana pasado había llovido con mucha fuerza. Cuando llegamos a las oficinas del juzgado 2 de Iguala nos dijeron que había habido huracán, pero lo cierto es que el servicio meteorológico no reporta nada grave por esos días, salvo una tormenta tropical. Sólo encontramos a uno de los ayudantes de la secretaria de acuerdos que estaba moviendo cosas de un lado a otro. La vista del juzgado nunca había sido agradable, pero esta vez era desoladora. Había pilas de legajos de expedientes puestos a secar unos encima de otros sobre los escritorios. La oficina del juez estaba inusualmente iluminada, porque se había caído parte del techo. Los fuertes vientos habían arrancado las láminas desde el sábado por la noche y, como no había nadie de guardia, todo estuvo al alcance de la lluvia durante el domingo. El lunes, cuando llegaron los trabajadores intentaron salvar lo que podían. El expediente de Julio, por suerte, estaba en uno de los pocos archiveros con que el juzgado contaba, “de modo que no sufrió daño”, dijo el empleado, adelantándose a cualquier pregunta o reclamo.
Más que humedad, en los escritorios había mucho polvo y las sillas de asientos acolchados se estaban estropeando u olían a humedad. Justo en una de ellas estaba un CPU desconectado y su pesada pantalla de bulbos había quedado abajo. “Nos dijeron que pusiéramos a secar las computadoras y que si arrancaban pues las siguiéramos usando”, nos dijo el empleado, que en ese momento estaba conectando otro monitor, cuya superficie reflejaba una parte morada y otra negra. El resto de los empleados se habían mudado a unas oficinas contiguas, mucho mejor equipadas.
Una de las cosas en las que he pensado mucho es la forma en que retraté a los empleados de los distintos juzgados. Ciertamente, su displicencia y sus actitudes groseras derivaban en impunidad, pero también es verdad que desarrollan su labor en la precariedad. Ello se ejemplifica en el abandono y el poco apoyo que reciben, por ejemplo, para operar con equipos dignos, lo cual desde luego afecta también a los ciudadanos. Es una cadena viciosa.
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Otra de las cosas que quedaron fuera del libro y que con el tiempo me ha ido dejando fuera de la crónica fue la ruptura. Por las fechas en que terminan las crónicas, ya se veían fisuras que con el tiempo sólo se ahondaron. Digo “ruptura”, pero en realidad fueron dos: la de la familia y la del colectivo. De la primera no me corresponde hablar. De la segunda diré que luego de la sorpresa inicial, vino la certeza de que, en buena medida, todo había sido motivado por la violencia de afuera. Esa que nos afecta a colectivos y a personas.
Digo que esta ruptura me ha ido dejando fuera de la crónica, porque desde entonces no he vuelto a escribir desde ese lugar: ése desde el cual se narró Procesos de la noche —ese nosotras— y que ya no existe. En unos casos el vínculo se quebró irreparablemente. No he vuelto a reconstruir ese lugar de enunciación; con el tiempo pensé que podría; es decir, que se darían las condiciones para ello —con otras personas y por otras historias—, pero no ha sido así. La voluntad de trabajar juntas es una de las muchas cosas que no dependen de mí.
Si en ese momento no escribí sobre la ruptura, fue porque esperaba que no ocurriera, o que no fuera definitiva, que pasados los momentos de mayor estrés las cosas se recompusieran. No fue así, sino todo lo contrario. Tampoco abordé el asunto, porque entonces no veía cómo hablar de ello podría ayudar a traer esperanza, que era algo que necesitaba tanto en esos días. Ahora sé que, en efecto, hablar de lo doloroso no será esperanzador, pero es necesario, porque subraya nuestra fragilidad. Acompañar a otros con las palabras y con el cuerpo nos enseña una íntima fortaleza, pero eso no nos hace inmunes al dolor y la violencia; más aún, no nos quita la capacidad de infringir dolor y violencia sobre otros. Quizá estas líneas sean la renuncia a encontrar el camino de vuelta a ese lugar, la forma de dejarlo ir en el texto, donde tuvo su concreción más potente.
