Jeremy Bentham, uno de los padres del liberalismo, escribió una defensa de la homosexualidad, hoy recopilada en el libro Sobre el homoerotismo. Tres ensayos inéditos. Aunque no la publicó en vida, Bentham y otros filósofos liberales han sido favorables a la idea de que la sexualidad es un ámbito donde debe reinar la libertad. Esta tradición ha llevado a algunos académicos a pensar que la defensa de los derechos sexuales es inherente al liberalismo. Como muestra, puede leerse el artículo de Gisela Kozak “La izquierda y movimientos LGBT”, donde hace una evaluación de qué regímenes políticos —democracias liberales o autoritarismos comunistas— han sido mejores para el florecimiento de los derechos de las minorías sexuales. Para ella, los gobiernos soviéticos, por ejemplo, fueron poco abiertos en ese sentido, mientras que “mejor destino han tenido los movimientos LGBT en las democracias liberales al haber ganado terreno apuntando a la esencia misma de la tradición política liberal” (Kozak, 2020).

Sin embargo, la idea de que la defensa de la libertad sexual es un elemento inherente al discurso liberal es debatible. En realidad, las democracias liberales, o que encarnan los ideales liberales, no siempre —ni siquiera hoy en día— han cumplido con esta supuesta esencia de la tradición política liberal. El objetivo de este ensayo es analizar los alcances y límites de la defensa de los derechos de la diversidad sexual realizada por las democracias liberales. Mi argumento es que las democracias liberales contemporáneas han defendido ciertas causas de la diversidad sexual, mas no todas, y que aquellas que sí han sido defendidas no lo fueron porque sean parte de la doctrina liberal, sino porque se cumplieron dos condiciones necesarias: el empuje desde un movimiento LGBT y que el costo político de defender dicha postura fuera absorbible por los partidos políticos. Como se ve, la defensa de la libertad sexual que hacen las democracias liberales tiene límites. Estos regímenes han sido incapaces, en ese sentido, de erradicar la lgbtfobia y excluyen a una parte importante de la población de la diversidad sexual que no sigue el modelo “aceptable” de la disidencia sexual.

¿Qué tan liberales son las democracias liberales?

La afirmación de Kozak sobre la naturaleza favorable de los regímenes democráticos para los derechos LGBT es cuestionable, más allá de la obviedad de que los regímenes liberales son más amigables que los autoritarios con temas de la disidencia sexual. El problema de fondo es que Kozak sugiere que las democracias liberales respetan los derechos humanos por su naturaleza doctrinal. En la práctica esto no es cierto. Lo que sucede, en todo caso, es que los políticos de los regímenes democráticos promueven causas contrarias a los derechos humanos pero de una forma que se presenta como legal y legítima. Así, cuando el partido Rassemblement National en Francia promovió la prohibición del derecho de los inmigrantes a recibir servicios de salud o cuando Ron DeSantis presentó propuestas contra los derechos de las personas trans en Florida, nadie dudó en continuar llamando democracias a Francia o Estados Unidos.  

La defensa de los derechos sexuales como parte de la doctrina liberal es difícil de sostener más allá del discurso. Esto se debe en parte a que no existe un consenso sobre si los derechos sexuales son derechos humanos, por lo que los criterios sobre qué derechos son fundamentales varían de país en país, e incluso en un mismo país pueden variar en el tiempo, a veces de administración en administración. Un claro ejemplo es la definición de prioridades en la promoción de derechos humanos como parte de la diplomacia estadounidense. Por un lado, las administraciones demócratas de Barack Obama y Joe Biden privilegiaron la defensa de los derechos de la diversidad sexual como parte de su agenda de derechos humanos. Por otro lado, la administración republicana de Donald Trump desplazó a esta agenda por la promoción de la libertad religiosa como parte de su política exterior (Burack, 2018, 577).

Pero incluso si concedemos que los derechos de la diversidad sexual forman parte inherente de la doctrina liberal de los derechos humanos, hay diferentes derechos que forman parte del conglomerado de derechos asociados con la diversidad sexogenérica. Por esta razón, para responder qué tan liberales son las democracias liberales primero hay que delimitar qué derechos humanos se defienden como parte de la diversidad sexual. Por lo general esta apertura se evalúa si los países permiten el matrimonio igualitario. De acuerdo con un estudio del diario The Print con datos de The Economist, el 88% de las democracias reconoce el matrimonio entre personas del mismo sexo, mientras que sólo 2% de los gobiernos autoritarios lo hace (Boaz, 2023). Si pensamos que la defensa del derecho al matrimonio igualitario es la vara mínima con la cual se evalúa el liberalismo de estos regímenes, entonces podríamos afirmar categóricamente, de la misma forma que lo hace Kozak, que los regímenes democráticos liberales son más abiertos. Sin embargo, éste es un estándar demasiado pobre porque el matrimonio igualitario no es la única causa de la diversidad sexual.

Myles Williamson, doctorando en Ciencia Política de la Universidad de Alabama, realizó el Trans Rights Indicator Project. Dicho proyecto es una base de datos que registra la evolución jurídica del estatus de derechos de las comunidades transgénero a nivel global, y muestra, por decir algo, que, en 2021, 13 países criminalizaban directamente el cambio de género, mientras que 104 lo hacían indirectamente. Los que en cambio permitían el reconocimiento de cambio de género eran sesenta países. Ese mismo año, solamente 39 países tenían una ley antidiscriminación. El mismo estudio reporta que el reconocimiento de la identidad no binaria es minúsculo, pues solamente ocho países en el mundo permiten que sus ciudadanos puedan ser identificados como tales (Wiliamson, 2023, 7-9).

De esta forma, aunque la mayoría de las democracias liberales han reconocido el derecho al matrimonio igualitario, hay muchas otras causas donde hay violaciones sistemáticas de derechos humanos contra la comunidad LGBT+. Cabe señalar que algunas democracias liberales como Estados Unidos no reconocen plenamente los derechos de la comunidad transgénero. La democracia más antigua del mundo ha sido tierra fértil para que 11 leyes estatales transfóbicas fueran promulgadas recientemente. Estas leyes prohíben a las personas trans que no han transicionado ir al baño y les exigen un papel donde se demuestre que hayan cambiado su género (Hanson, 2024). Por lo tanto, si agregamos otras dimensiones al estándar de apertura a la diversidad sexual —acorde a sus características reales, porque ésta no se compone exclusivamente de hombres homosexuales—, nos daremos cuenta que los regímenes democrático liberales no son tan liberales como aparentan.

¿Por qué algunas democracias son más liberales que otras?

El segundo problema con esta postura, ejemplificada en el argumento de Kozak, es que supone que la existencia de partidos políticos llevó a que los regímenes democráticos procuren el cumplimiento de los derechos de la diversidad sexual: “En el caso de Europa occidental los partidos liberales y socialdemócratas han servido de vehículos para las demandas de esos movimientos […] Por esta vía se han logrado los acuerdos políticos y jurídicos necesarios respecto a temas tan polémicos como el matrimonio, la adopción y la identidad de género” (Kozak, 2020). El problema es que no sirve para explicar la variación, es decir, para dar cuenta de por qué en algunas democracias liberales hay un reconocimiento estatal de derechos de la diversidad sexual y en otros no.

Esta postura implica que el reconocimiento de derechos de la diversidad sexual es una consecuencia de los valores liberales condensados en los partidos. No obstante, la presencia de partidos políticos no fue la razón que permitió que estas agendas pudieran avanzar dentro de las democracias liberales, simplemente porque también había partidos en los regímenes autoritarios y porque en todos los regímenes liberales siempre ha habido reticencia a reconocer estos derechos por los costos electorales que ello implica. En realidad, el reconocimiento fue posible gracias a la existencia de 1) una lucha donde los activistas se movilizaron para que el Estado reconociera sus derechos y 2) un apoyo social en favor de ese derecho que permitiera que los partidos políticos no temieran el costo social de ser gayfriendly.

A continuación detallo un ejemplo histórico donde la democracia liberal fue renuente a otorgar derechos a la comunidad de la diversidad sexual: el de Francia. Didier Lestrade, activista histórico de aquel país, cuenta cómo en los años ochenta llega al poder la izquierda de la mano de François Mitterrand en 1981. Al principio, la agenda del nuevo presidente hizo varios guiños históricos a lxs activistas homosexuales y lesbianas: eliminó la criminalización de la homosexualidad y relajó el acoso policiaco contra la diversidad sexual. No obstante, con el tiempo los activistas se dieron cuenta de que las demandas —principalmente el matrimonio igualitario— eran ignoradas por el presidente, lo cual los llevó a una profunda decepción (Lestrade, 2012, 10).

Los partidos políticos de izquierda mantuvieron en su agenda el matrimonio igualitario, pero no hicieron gran cosa por avanzar dicha propuesta, por miedo a los costos electorales (Lestrade, 2012, 10). Esta dinámica se rompió en 2012 cuando las organizaciones LGBT presionaron al Partido Socialista (bastante tarde en comparación con Bélgica y Países Bajos). Al final, el matrimonio igualitario se volvió una de las propuestas electorales del presidente François Hollande. Cabe señalar que en la misma propuesta se leía que el 65% de los franceses apoyaban el matrimonio entre personas del mismo sexo. Aunque ha habido intentos por parte de grupos anti derechos de declarar anticonstitucional la ley, el Consejo Constitucional —el equivalente de la Suprema Corte—, declaró finalmente la constitucionalidad de la ley (Borrillo, 2015).

En el ejemplo anterior, puede verse cómo el alcance de la defensa de los derechos de la diversidad sexual está condicionado por diversos elementos más allá de la doctrina liberal. No fue gracias a la benevolencia de los políticos ni del sistema político que los franceses obtuvieron el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo. Tampoco fue la presencia de partidos, porque desde los años ochenta el Partido socialista francés portaba el estandarte del matrimonio igualitario. Fue, más bien, el esfuerzo de los activistas, quienes usaron las herramientas que les proporcionó el sistema —partidos, instituciones jurídicas y una retórica afín— en un contexto específico lo que permitió que la cuna del liberalismo dijera sí al matrimonio homosexual.

Los límites de la defensa de la diversidad sexual desde el liberalismo

Uno de los problemas de las democracias liberales es su incapacidad para luchar contra la discriminación social que viven las personas LGBT+. Incluso los sectores más liberales aceptan sólo parcialmente a la diversidad sexogenérica. Lo preocupante es que la integración liberal mediante la exotización es un fenómeno que se mantiene en el tiempo. Hannah Arendt en su libro Orígenes del totalitarismo hace una comparación entre los homosexuales y judíos. Para Arendt, que los judíos y homosexuales hayan sido aceptados en los salones de la aristocracia francesa ilustrada no había suprimido la antipatía que tenían los nobles hacia estos grupos excluidos, sino que se fundamentaba en una “atracción-repulsión” por lo prohibido, lo exótico e incluso, lo peligroso (Eribon, 2012, 510-1).

Tres siglos después, esta exotización disfrazada de inclusión sigue siendo una realidad en las democracias liberales, como lo plasma Sylvie Tissot en Gayfriendly: Acceptance and Control of Homosexuality in New York and Paris. Tissot investiga cómo son percibidos los homosexuales por los heterosexuales burgueses que se llaman a sí mismos “gayfriendly”, habitantes de los barrios gays de las dos metrópolis. Encuentra que el discurso sobre la aceptación está ligado con el de la distinción de clase, pues los burgueses consideran que las personas de clases bajas y campesinas son menos tolerantes que las clases altas. Ahora bien, la tolerancia tiene límites. La simpatía está principalmente dirigida hacia hombres homosexuales con expresiones femeninas, mientras que otras expresiones carentes de feminidad son excluidas, lo que los lleva a tener menor simpatía por las lesbianas. Así mismo, se espera que los homosexuales tengan aspiraciones familiares monógamas, y formas relacionales no tradicionales como el poliamor son rechazadas (Tissot, 2023). 

Que la sociedad occidental acepte ciertas formas de diversidad sexual —léase hombres blancos cisgénero homosexuales monógamos— más que otras identidades de género o orientaciones sexuales no es fortuito. Este fenómeno tiene que ver con la construcción de la identidad política LGBT+ dentro de las sociedades occidentales. Para poder “ganar terreno apuntado a la esencia misma de la tradición liberal”, el movimiento LGBT+ tuvo que expulsar ciertas identidades y privilegiar otras para tener mayores oportunidades de éxito en un contexto liberal, como lo argumenta Zein Murib en Terms of Exclusion. Rightful Citizenship Claims and the Construction of LGBT Political Identity. Murib pone el ejemplo de Estados Unidos durante los años sesenta, cuando existió una división entre los activistas asimilacionistas y radicales cuya disputa giraba en torno a quiénes debían ser incluidos en las movilizaciones para tener más éxito en el avance “de las demandas de reconocimiento de ciudadanía”.

Por un lado, los asimilacionistas pensaban que los homosexuales eran iguales a los heterosexuales en todos los aspectos, menos en su gusto por el mismo sexo. Por lo tanto, era suficiente luchar contra la discriminación jurídica —la ley impedía a los homosexuales casarse, adoptar, tener derechos conyugales—. En este sentido, el deseo de los homosexuales asimilacionistas era compatible con el statu quo heterosexual: casarse, tener hijos, pagar impuestos, ir a la iglesia los domingos. Por otro lado, los radicales pensaban que los homosexuales se enfrentaban más que a la mera discriminación jurídica, y en cambio sostenían que la discriminación social marcaba toda su existencia: les impedían rentar departamentos, sufrían acoso en la escuela y luego en el trabajo, sufrían violencia en la familia, en la calle. Su cotidianidad no podía resumirse en un acta matrimonial. Además, esta experiencia los hermanaba con otras luchas como el feminismo y la igualdad racial. Los radicales buscaban una representación más amplia de la diversidad sexual que no se limitara a la homosexualidad blanca.[1]

Murib sostiene que dicha disputa incluyó una estrategia de descrédito contra los radicales para el mantenimiento del statu quo que privilegia a las personas blancas monógamas, las cuales  son más fáciles de integrar en la sociedad heterosexual. Finalmente, los asimilacionistas se impusieron a los radicales (Murib, 2023). Frente a esta construcción político-identitaria basada en la orientación sexual se extendió el presupuesto de que la respetabilidad era la antesala de la aceptación. Aceptamos a todas esas mariconas siempre y cuando no tengan sexo, o bien, hagan sus cochinadas en lo oscurito fuera de la vista de todo el mundo. Como pruebas de su argumento Murib muestra cómo en los años noventa surgieron nuevos movimientos, como el denominado queer, donde se aglutinaron las identidades politizadas que seguían siendo discriminadas por la sociedad liberal.

Por todo lo anterior, hay agendas —como el matrimonio igualitario— que han sido consolidadas con mayor facilidad en las democracias liberales. No obstante, el problema de la idea de respetabilidad es que implica que hay personas consideradas menos respetables. Por lo cual, otra consecuencia de la aceptación de ciertos perfiles en un contexto liberal refuerza la incapacidad de las democracias de eliminar la discriminación. El liberalismo es capaz de eliminar la discriminación jurídica pero esta no se ha traducido en la eliminación de la discriminación social. Ese es el mayor límite de la defensa liberal de la diversidad sexual.

Después de to lo expuesto hasta ahora, hay que reconocer que la democracia liberal ha sido favorable al avance del reconocimiento estatal de las libertades sexuales, pero esto en ciertos contextos y niveles. La idea de que la defensa de la libertad sexual es inmanente al liberalismo invisibiliza la agencia que tuvieron los activistas y aplasta la memoria de nuestros antecesores que se partieron el culo para conseguir los avances que hoy nuestra comunidad disfruta. Así, es fundamental contextualizar que el discurso liberal no siempre ha defendido los derechos de la diversidad sexual, y que al día de hoy defiende sólo ciertas causas. Además, hay que aclarar que el papel de la democracia liberal fue el de proporcionar una serie de ventanas de oportunidad —como un discurso favorable al activismo de la diversidad sexual e instituciones jurídicas—, pero que estos elementos requirieron del activismo y que, como muestra el caso francés, estas luchas sólo se concretaron cuando el costo político era menor para los partidos.

Los límites de la democracia liberal se encuentran no sólo en los partidos políticos, sino también en el modelo de diversidad sexual que defienden. Las democracias liberales han fallado en su lucha contra la discriminación social, pues se piensa que el combate a la discriminación jurídica es suficiente para presentar un piso parejo para que las personas LGBT+ puedan integrarse a la sociedad. Sin embargo, hasta que no haya un combate integral de la discriminación social, la postura contra los derechos LGBT+ seguirá percibida como legítima, y siempre existirá un riesgo de retroceso. Como demuestra el hecho de que Jeremy Bentham haya escrito una defensa de la libertad sexual en el siglo XVIII, la democracia liberal —y el liberalismo en general— no está a favor ni en contra de las personas LGBT+; son las personas quienes se oponen o están a favor.


Agradezco la lectura y los comentarios de Mariana López Jiménez.


Bibliografía

Bentham, Jeremy. (2020). Sobre el homoerotismo. Tres ensayos inéditos, trads. José Luis Tasset y Francisco Vázquez, Pamplona, Laetoli

Boaz, D. (2023, 3 de mayo). “Democracies, Autocracies, and Same-Sex Unions”. CATO Institute.

Borrillo, D. (2015). “Mariage pour tous et filiation pour certains : les résistances à l’égalité des droits pour les couples du même sexe”. Droit et Cultures 69.

Burack, C. (2018). “Sexual Orientation and Gender Identity (SOGI) Human Rights Assistance in the time of Trump”.  Politics & Gender 14. pp. 561-580.

Eribon, D. (2012). “Hannah Arendt et les groupes diffamés”. En su libro Réflexions sur la question gay, 2a ed.,París, Flammarion, pp. 501-514.

Hanson, A. B. (2024, 30 enero). “Utah joins 10 other states in regulating bathroom access for transgender people”. [Nota de prensa]. 

Kozak, G. (2020, 27 de junio). “La izquierda y los movimientos LGBT”. Letras Libres.

Lestrade, D. (2012). Pourquoi les gays sont passés à droite? Paris, Seuil.

Murib, Z. (2023). “Introduction. A seat at the table”. En su libro Terms of exclusion. Rightful Citizenship Claims and the Construction of LGBT Political Identity, Oxford, University Press, ebook.

Tissot, S. (2023). Gayfriendly: Acceptance and Control of Homosexuality in New York and Paris, trad. Helen Morrison, Londres, Polity Press, ebook.

Williamson, M. (2023). “A Global Analysis of Transgender Rights: Introducing the Trans Rights Indicator Project (TRIP)”, Perspectives on Politics, 14, 4, pp. 561-580.


[1] Vid. Benjamin H. Shepard, “The Queer/Gay Assimilationist Split. The Suits vs. the Sluts”, Monthly Review, 53, n. 1, mayo 2001.

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