Poner las oficinas de un partido de izquierdas en la colonia Roma se está convirtiendo en una maldición. Aunque, a decir verdad, independientemente de su cercanía geográfica, entre las ruinas del PPS, en la calle Álvaro Obregón, y las del PRD, en la de Jalapa, existe una enorme distancia. Hoy que el PRD pierde el registro luego de su catastrófico resultado electoral (1.86% de la votación), muy pocos llorarán su ausencia, más allá de reivindicar una tradición de lucha electoral, ahora desde Movimiento Ciudadano o MORENA.
El resultado en las urnas sepultó también un tardío intento, desde la academia y la opinión pública liberal, de recrear a un PRD para la historia de la “Transición a la democracia”.[1] Luego de que el poder combatiera al partido como un obstáculo para la modernización y de calificarlo como refugio de “profesionales de la violencia”, en el sexenio de Peña Nieto se multiplicaron los homenajes a Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo en tanto personajes claves en la ampliación del espacio democrático. Convenientemente, pasó al olvido la feroz lucha política de los perredistas de Guerrero y Michoacán a finales de los ochenta y la intransigencia perredista en su oposición al Tratado de Libre Comercio.
Sin embargo, en la mayoría de los postmortems del PRD hay escasas referencias a la experiencia del militante de a pie o al cuadro medio, conformado en muchos casos por funcionarios mal pagados, que se organizaron en una burocracia partidista construida al calor de las luchas por los puestos de elección popular y las candidaturas. Atada a la interpretación de quienes militaron en la izquierda de los setenta y los ochenta, nuestra comprensión del PRD no ha avanzado más allá de la superficie. Habrá quienes incluso salten directamente de los setenta al 2018 para afirmar que la izquierda mexicana no existe ni existió ni existirá, algo así como el proletariado sin cabeza en overdrive.[2]
Me parece que ignorar al PRD tardío es un error y un riesgo para todos quienes deseen que Morena o MC o cualquier intento futuro de izquierda electoral respondan a los valores e intereses de los trabajadores y el electorado progresista. Entonces, ¿qué era el PRD que abandonaron AMLO y sus simpatizantes? La respuesta a esta interrogante aporta elementos de crítica a lo que significa militar en la izquierda electoral, pero también una muestra del costo de la reticencia de una generación de activistas a involucrarse en la construcción de instituciones partidarias.
Empecemos por entender que entrar al PRD luego de 1998 distaba ser una tarea simple. Si alguien ajeno a las organizaciones populares, sin vínculo alguno anterior, quería afiliarse en la Ciudad de México, tenía que pasar de una oficina a otra hasta que alguien por aburrimiento le entregaba un formatito de cartón para llenar con sus datos. Los funcionarios del partido siempre preguntaban “¿quién te manda?”, “¿de dónde vienes?” Catorce años después, los camaradas de Democracia Deliberada vivirían experiencias similares.[3]
Más sencillo era si la afiliación del estudiante o la señora se gestionaba mediante la invitación de un liderazgo, daba igual que fuera en una colonia o en las oficinas centrales. Entonces, uno y otra recorrerían calles volanteando, participarían en las jornadas de protesta y, en las noches finales de la elección interna, se enfrentarían con otros perredistas con trayectorias similares. Esa forma de reclutamiento provocó que, para 2012 difícilmente se escuchara alguna referencia ideológica en las reuniones de promotores del voto y militantes. Lo más cercano a una reflexión de ese tipo era la pregunta sobre si López Obrador seguía dentro del partido o no.
El fin de la ideología
Socialdemocracia, nacionalismo revolucionario, comunismo… Las ideas de la izquierda del siglo XX estaban muy lejos de una izquierda electoral enfocada en ocupar espacios parlamentarios, administrar programas sociales y defender el orden constitucional de 1917. En el PRD tardío, la idea de soberanía nacional funcionó hasta la salida de AMLO, el último soporte ideológico a una casa siempre a punto de derrumbarse. No por nada los temblores en la sede de Jalapa hacían del partido una sonaja.
El partido de las libertades, ese que votó por el matrimonio igualitario y la interrupción legal del embarazo, es más una interrogante que una afirmación de la transformación del PRD en una “izquierda moderna”. Porque, desconectados del movimiento de la diversidad, los perredistas votaron sin problemas, pero también sin apasionamiento por estas medidas legislativas. Al final, no tenían razones para actuar de otra manera. El México de inicios de siglo no vio manifestaciones como las de la marea verde y al cambio social aún le faltaba un trecho por recorrer.
En el tema ideológico, los perredistas de 2010 se hundieron en un limbo del que nunca salieron. La lucha por la democratización acabó cooptada por el PAN, que la vaciaría de su elemento social. El impulso por responder a las demandas populares de vivienda, trabajo digno y reconocimiento social terminó reducido a un problema a ser resuelto con programas sociales diseñados por expertos. Al final, incluso la defensa de la soberanía nacional pasó a un segundo plano. En 2012, el PRD sacrificó los principios de la Constitución de 1917 en el altar del sueño de influir directamente en las decisiones del gobierno federal como socio menor de una amplia alianza: el Pacto por México.
Un partido zombie, unas estructuras vivas
Algún historiador del futuro se hará a la tarea de rastrear las trayectorias políticas de los liderazgos perredistas de inicios del siglo XXI. A contrapelo del juicio sumario de los caricaturistas del Reforma o El Universal, muchos de esos cuadros medios tuvieron historias reales de militancia en el abanico de las izquierdas, desde el movimiento estudiantil hasta el sindicalismo, pasando por la lucha urbano popular. Otros más venían del PRI, pero todos participaron de una forma de hacer política que difícilmente atraerá a quien piense que la política no es más que una lucha de ideas.
Aquí vale la pena hacer un paréntesis. El rechazo al clientelismo y el electoralismo de la política de masas de finales de siglo XX ha producido una narrativa de decadencia que impregna casi cualquier acercamiento al perredismo realmente existente.[4] Curiosamente, es uno de los elementos ausentes en muchos de los pésames de la intelectualidad liberal mexicana. Acaso sea un clasismo muy mal disimulado, pero las miradas al fenómeno convirtieron a los habitantes pobres de la ciudad y el campo en ciudadanos de segunda.
Durante el largo ocaso del PRD, fueron esos “ciudadanos de baja intensidad”, como se dice ahora, los que llenaron plazas y movilizaron brigadas de propagandistas para apuntalar las candidaturas y las carreras de centenares de políticos perredistas. A cambio, los activistas y votantes de rancherías y barrios populares recibieron “ayudas” y avanzaron agendas propias para conseguir vivienda, esparcimiento y becas. Si no se considera esta historia, la eliminación obradorista de esa mediación política y la burocracia que la administraba es incomprensible. De ahí que calificar los programas de transferencias directas obradoristas como una política neoliberal es un error, pues ignora décadas de historia perredista, así como la construcción de mediaciones entre líderes y beneficiarios.
Al mismo tiempo, nada de eso niega el entusiasmo por ciertos liderazgos, como los de Cuauhtémoc y Andrés, e incluso Ebrard o decenas de figuras menores. Comprensiblemente, los votantes clasemedieros del PRD voltearon siempre hacia otro lado, con grados diversos de ignorancia o complicidad. Pocos intelectuales aguantaron tanto, prefiriendo organizaciones y causas menos “turbias”. Para los que se quedaron, la carrera dentro de la burocracia del partido o las posiciones en el Congreso o la administración local proporcionaron la tan anhelada movilidad social.
¿Estaba vivo o muerto el perredismo en 2012? La metáfora del zombie sería más apropiada para describir la transformación de lo que en su momento fue el gran conglomerado de las izquierdas mexicanas de finales del siglo XX. Doce años después, sólo quienes desconocen la historia del PRD o prefieren ignorar su vida interna atrofiada pueden pensarlo como un partido de izquierdas realmente vivo.
El pasado de una ilusión
Como en la última entrega de las películas de El planeta de los simios, los últimos socialdemócratas habitan las ruinas de la desastrosa gestión de una de las facciones el PRD: la Nueva Izquierda. Saltando de consultoría en consultoría, ignoran sin problemas la historia real de los edificios en ruinas del comunismo mexicano y la izquierda setentera. Por eso extraña su enojo por ser excluidos del homenaje a Heberto Castillo, como si sus ideas y prácticas tuvieran algo que ver con el populismo electoral del ingeniero y su defensa de la soberanía nacional.[5] Aun así, se entiende que prefieran no reflexionar mucho, dado lo sucedido durante su iniciación a la política real. El café que puede uno tomarse con los consultores de matriz norteamericana siempre es mejor que el insípido líquido oscuro de las cafeterías universitarias y las fondas baratas de las colonias populares.
[1] Véase Ricardo Becerra y Mariano Sánchez Talanquer, Izquierda, democracia y cambio social: PRD 1989-2019, México: CIDE-Cal y Arena-PRD, 2020.
[2] Véase Ramón I. Centeno, “López Obrador o la izquierda que no es”, Foro internacional, 61, no. 1 (2021): 163-207.
[3] https://eljuegodelacorte.nexos.com.mx/pueden-los-partidos-politicos-negarse-a-afiliar-a-un-simpatizante-democracia-deliberada-vs-prd/
[4] No es que desde la izquierda no se generara una narrativa convergente. Ya por ahí de 2011, Arnaldo Cordova escribió en ese sentido: “El drama del PRD”, La Jornada (México, D.F.), 30 de octubre 2011, Opinión. https://www.jornada.com.mx/2011/10/30/opinion/015a1pol.
[5] Andro Aguilar, “Morena excluye al PRD del homenaje a Heberto Castillo en el Senado”, Animal Político, 14 de junio 2024 (consultado el 18 de junio). https://animalpolitico.com/politica/homenaje-heberto-castillo-senado-morena-prd.
