Construir comunidad exige que nos mantengamos atentxs al trabajo que debemos hacer continuamente para socavar toda la socialización que nos ha llevado a comportarnos de formas que perpetúan la dominación.
bell hooks
Hace unos días, la profesora Erika Romo Romo nos preguntaba si las materias si las asignaturas de género en la UNAM serían otra forma de hacer universidad. Entre otras reflexiones, nos invitó a detenernos a mirar esas nuevas asignaturas, a pensar cómo las hemos ido caminando y encaminando, a reflexionar sobre qué significaban como parte de los proyectos políticos de las Mujeres Organizadas y qué significados están teniendo hoy. A las profesoras, nos invitó a preguntarnos sobre lo que hemos enfrentado desde lo pedagógico, lo emocional, lo político, e incluso lo administrativo. ¡Qué importantes preguntas para seguir pensando juntas!
Es mucho lo que podríamos contar hoy. De hecho, entre otras iniciativas, hemos realizado foros públicos de balance sobre las asignaturas de género en la UNAM, en los que nos hemos planteado preguntas muy similares. Estos foros han servido para tener un espacio donde poder compartirnos las experiencias, conocernos y articularnos. Las profesoras que de una manera u otra hemos participado en estos diálogos somos conscientes de que existen tantas voces como personas involucradas en la creación de las materias, ya como docentes y académicas, siempre organizadas con las estudiantas, ya como acompañantes o como amigas. También de que es realmente importante sistematizar y compartir este trabajo amplio y diverso, y que su difusión ha de ser no sólo en el ámbito universitario, sino que debe ser puesto en diálogo con la sociedad de la que formamos parte.
Por todo ello, me alegra la iniciativa de la profesora Romo de escribir para un público amplio de qué se trataron las tomas feministas en la UNAM (y otras universidades), y todo lo que nos ha (re)movido. Es realmente importante que las transformaciones logradas en la UNAM desborden los muros que la rodean, los de su Ciudad Universitaria, sus planteles y escuelas, y se mantengan siempre en diálogo con la sociedad en su conjunto. Por ello, continúo este diálogo ya abierto. Lo hago desde una voz propia y a la vez gracias a las reflexiones y los aprendizajes que me han compartido múltiples compañeras. Así, observo los claroscuros, los agridulces, de esta contienda en la que hemos logrado mucho y, aún así, son largos, rocosos y serpenteantes los caminos por andar.
¿Por qué los paros y tomas de las estudiantas han sido tan importantes? Contaré algunas reflexiones al respecto. En un primer momento, durante los meses de múltiples movilizaciones, entre octubre de 2019 y agosto de 2020, las estudiantas pusieron freno a la Universidad más grande de la república porque era ya un espacio inhabitable. Las violencias contra las mujeres y de género, nos dijeron, sostenían las desigualdades que nos atravesaban como comunidad, trastocando vidas concretas y haciendo dolorosa nuestra cotidianidad. No nos dejaron indiferentes. No podíamos continuar así. Los paros y tomas feministas no sólo detonaron tomas de conciencia, sino que nos dieron el tiempo para (con)vivir y trabajar juntas. Esto último no es menor, especialmente si consideramos la dobles y triples jornadas de trabajo que realizamos como mujeres, la separación entre Facultades y la segregación de la comunidad estudiantil, que limita los espacios de convivencia.
Desde entonces, somos nosotras las que no hemos parado. Hemos creado materias, cursos de actualización docente, seminarios, y proyectos de investigación y mejora de la enseñanza; hemos organizado conversatorios, foros y todo tipo de eventos públicos; hemos participado en actualizaciones de planes y programas de estudio, y generado conocimiento, palpable gracias a múltiples publicaciones; hemos impulsado espacios institucionales a nivel local, tales como Unidades de Género, Comisiones Internas para la Igualdad de Género (CinIGs) y Comisiones de Género en los Consejos Técnicos, si bien vale la pena destacar la creación y sostén de la Coordinación para la Igualdad de Género (CIGU). Ha sido un trabajo tan gratificante como, en muchos casos, demandante de tiempo, energía y recursos de todo tipo: materiales, simbólicos y emocionales.
Empezaré por destacar lo gratificante, pues sin duda organizarnos gracias a las estudiantes ha transformado nuestras formas de habitar la Universidad, nuestras pedagogías y métodos de investigación. Un ejemplo de ello ha sido la experiencia que tuvimos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales para la creación y sostén colectivo de la materia “Violencias contra las mujeres: genealogía, actualidad y resistencias”. El trabajo colegiado, colaborativo, que realizamos para deliberar y definir juntas el programa se mantuvo gracias al interés de profesoras titulares, profesoras adjuntas y estudiantes de encontrarnos en Cursos de Actualización Docente en los que compartimos experiencias pedagógicas, propuestas de actividades y métodos de evaluación. Quisiera reconocer la horizontalidad y respeto mutuo que caracterizó los primeros años de este trabajo.
A menudo coincidimos en decirnos que para llegar aquí ha sido clave haber estado juntas. Así hemos celebrado enormes logros. Recordando las múltiples alegrías que atesoramos, me atrevo a decir a las estudiantas que se organizaron, a las Mujeres Organizadas y a tantas colectivas y a las comunidades que las sostienen, que el tiempo y el corazón que pusieron para hacer posible el sueño de una UNAM más libre valió la pena. Dormir sobre el piso; comer lo mismo durante meses; redactar demandas, comunicados y propuestas; organizar todo tipo de actividades siempre a contrarreloj y vivir la incertidumbre pandémica entre los muros inhóspitos de una Universidad a la que parecía importarle más volver las clases en línea que la integridad física de sus estudiantes: cada segundo, cada respiro, cada abrazo, lágrima y sueño que compartieron esos días tuvo sentido.
Hoy, como profesora de asignatura feminista, reconozco que sentir el codo con codo de las compañeras nos ha sostenido en los momentos de desgarros, en los que hemos vivido despidos, despojo de materias, reducción de horas frente a grupo, temor e incertidumbre ante concursos. La lista de agravios contra docentes que acompañaron a las estudiantas organizadas es bastante larga. Yo misma fui despedida sin ningún motivo académico, como represalia por este trabajo. Por eso, insisto en que el apoyo de las compañeras ha sido clave para sostenernos. Este apoyo también nos sirve cuando estamos agotadas de todo el trabajo no remunerado que implica sostener nuestra actividad académica ordinaria, a la par de transformar los programas de las materias, crear nuevos seminarios, organizar foros, etc. Como señala Selene Aldana, profesora en al Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, las profesoras feministas realizamos la doble tarea de la docencia y la investigación, y además el enorme trabajo de investigar autoras, incluirlas a la currícula, generar materiales de difusión, etc. Todo este trabajo no sería posible si no hiciéramos equipo entre nosotras.
Por todo ello, coincido en que tanto las materias de género como todo el trabajo paralelo que hemos realizado desde las tomas de 2019 y 2020 son otra forma de hacer universidad. Una que demanda mucho tiempo, energía y que, en muchos casos, ha sido entorpecida y perseguida, pero que también nos ha recordado la potencia colectiva de organizarnos horizontal y amorosamente, en búsqueda de nuestras propias pedagogías del amor (López, 2021) y de la esperanza (hooks, 2024).
Este 15 de noviembre de 2024 se cumplieron 5 años de los acuerdos firmados en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Gracias por lo caminado, seguimos juntas.
Referencias
hooks, bell (2024) Enseñar comunidad. Una pedagogía de la esperanza. Bellaterra edicions.
López, Lili (2021). “Aprender a hermanar. Por una pedagogía del amor”. Gargallo, Francesca, López Lili, et. al. Las Cómplices. Narrativas feministas de aprendizaje en movimiento. El Rebozo Palapa Editorial.
