Tercera y última parte. Lee aquí la primera y la segunda.


¿Por qué el ascenso y éxito de las derechas?

En 2019, en una amplia y atiborrada avenida de Santiago de Chile, una multitud se congregó ante un templete en que el grupo Inti-Illimani interpretaba la icónica canción “El pueblo unido jamás será vencido”. El público coreaba entusiasta el estribillo cuya letra es el título de la canción. Seis años después, la sociedad chilena votó a José Antonio Kast para la presidencia. Hechos como éste han suscitado asombro por la incongruencia de episodios que, en un breve periodo de tiempo, conducen a conductas sociales y políticas tan dispares. Una tentadora respuesta consiste en atribuir el ascenso de las extremas derechas a la crisis financiera de 2008 y sus efectos socioeconómicos, agravados años después por la pandemia de Covid-19. Se replica de este modo la explicación del ascenso del nazismo por las consecuencias de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, las sanciones que recibió de parte de las naciones vencedoras y la crisis de 1929. No hay duda de la determinación económica de las conductas políticas, pero no es teóricamente correcta la aplicación de una causalidad mecánica entre lo económico y lo político: “Los efectos de las condiciones económicas están mediados por representaciones y expectativas socialmente constituidas, diferenciadas en función de grupos sociales, de los sexos, de las generaciones, de las pertenencias culturales y religiosas, pero también de las especificidades de las biografías individuales” (Corcuff, 2020: 215).

El sugerente título del libro de Pablo Stefanoni, ¿La rebelión se ha vuelto de derecha?, es una fecunda pregunta para intentar contestar dónde radican las claves del despliegue de las derechas actualmente. La mayoría de los análisis sobre el éxito de las extremas derechas se ha volcado al estudio de las estrategias construidas por los dirigentes de los movimientos, pero son muchos menos los que indagan los cambios en la sociedad que la han hecho permeable a esas estrategias.

¿Acaso las derechas son beneficiarias involuntarias de la crisis de las izquierdas? ¿O es que más bien las derechas son las causantes de tal crisis? ¿Qué estrategias comunicativas han construido tan exitosamente las derechas y por qué sus relatos encontraron de pronto una recepción tan amplia en la sociedad?

Las izquierdas no ocuparon el escenario político completo, salvo en contadas ocasiones, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y durante las dos primeras décadas del XXI. El llamado progresismo latinoamericano adoptó prácticas políticas muchas veces contradictorias con el ideario de izquierda y acogió en sus amplias y laxas alianzas a personajes que estaban muy lejos de identificarse con dicho ideario. Pero, en realidad, el progresismo fue o es una pálida expresión de lo que la izquierda pretendió ser durante todo el siglo XX. En Europa, los llamados partidos de izquierda, los socialistas y los socialdemócratas, adoptaron tempranamente los programas neoliberales. De hecho, las izquierdas extraviaron su horizonte utópico, sin el cual no hay movilización social, desde la década del ochenta del siglo pasado. El discurso emancipatorio que había proyectado tantos escenarios futuros dejó de ser verosímil. En ese contexto, las nuevas derechas ocuparon el vacío dejado por las izquierdas y que ellas mismas aceleraron. El capitalismo de la posguerra había entrado en crisis y su prédica parecía acomodarse mejor a las nuevas coordenadas económicas. El neoliberalismo, que llevaba más de cuarenta años madurando, logró finalmente su victoria y desde el poder fustigó duramente a todas las alternativas político económicas, desde el keynesianismo y los Estados de bienestar hasta los gobiernos populistas de izquierda y otros más radicales, sin olvidar a las agrupaciones populares, instaurando el pensamiento único. Sin embargo, ello no implicaba aún colonizar plenamente los imaginarios sociales. El neoliberalismo se franqueó el paso a través de medidas de fuerza: en Gran Bretaña y en Estados Unidos, infligiendo duros golpes a los sindicatos; en América Latina, instaurando dictaduras militares.

Desde mi punto de vista, allí es donde se halla la eficacia político social de las nuevas derechas, fascistas, neofascistas o posfascistas o como se elija denominarlas. A pesar de las derrotas políticas de las dictaduras, su legado persistió, en tanto que habían logrado desbaratar los vínculos societales de solidaridad y de acción colectiva, instaurando una filosofía del individualismo. De este modo, las nuevas formas de trabajo y su encuadramiento jurídico pudieron ser admitidas e incluso legitimadas por los propios trabajadores en lo que se denominó, desde un punto de vista crítico, “precarización”. El Estado constituyó una entidad innecesaria, parásita, eso que Javier Milei llama constantemente “la casta”. La prosperidad podía ser alcanzada con el esfuerzo individual sin tener que recurrir a los servicios públicos ni a las instituciones sociales, cuyo deterioro era cada vez más notorio. Las entrevistas reseñadas por Pablo Semán y Nicolás Welschinger a jóvenes trabajadores de plataformas dan cuenta de ello. No es sólo el descrédito a las políticas sociales, sino también, y como correlato, la estigmatización de quienes reciben algún apoyo del Estado, por una parte, y la alta valoración de quienes, como ellos y ellas, se las arreglan para sobrevivir sin ese apoyo con base en lo que consideran su esfuerzo personal: “Sus experiencias, arraigadas en ciertas condiciones sociales, han constituido una sensibilidad con la que un conjunto de discursos políticos conecta mejor” (Semán y Welschinger, 2023: 183).

 Las derechas capitalizan lo que Alejandro Grimson denomina una “nueva sensibilidad”: “Por motivos tecnológicos, económicos, laborales y de todo orden se ha transformado el modo prevaleciente en que las personas piensan, sienten y ven el mundo” (2024: 16). La incertidumbre que reina y que produce “sentimientos de miedo, de alerta y de máxima precaución” encuentra, pues, un alivio en la narrativa de las nuevas derechas que identifican las causas de la incertidumbre y que prometen combatir: los culpables son los pobres, los inmigrantes, la casta. Tales “nuevos paisajes emocionales” constituyen el terreno abonado de las derechas. Agustín Laje, una de las figuras más connotadas de la nueva derecha y con mayor proyección continental, teorizó el camino que ésta tenía que surcar. Con base en un sinfín de referencias a los clásicos de la filosofía política, incluidos Marx y Gramsci, sostiene que “en un sistema posindustrial, más que antagonismos económicos en términos de clase, lo que se genera y destaca son antagonismos culturales” (2022: 213). La cultura, prosigue, es “una dimensión en la que se puede emprender la búsqueda de voluntad de lucha, resistencia, rebelión” (idem). Con base en ello, retoma la propuesta de Byung-Chul Han en torno a “la pérdida de relevancia de la racionalidad en favor de la emocionalidad en el capitalismo de la emoción” (idem). Son precisamente las iglesias evangélicas, a las que me referiré ulteriormente, las que más eficazmente han logrado movilizar e instrumentalizar las emociones: “El fenómeno evangélico se ha convertido, como una condición para su expansión, en un fenómeno mediático y de entretenimiento… Es la comunicación mediatizada de las emociones lo que permite una eficaz transmisión del mensaje” (Goldstein, 2020: 204).

La “batalla cultural” puede alcanzar la reconfiguración de la memoria a través de la reescritura de la historia. Por supuesto, están las narrativas negacionistas de las dictaduras de los años setenta y ochenta, pero también propuestas más amplias. Destaca la labor de Unión, editora española de extrema derecha. Dos publicaciones de un mismo autor —Cristian Rodrigo Iturralde— son ejemplos fehacientes. La primera, La Inquisición. ¿Mito o realidad?, se consagra a demostrar que el Santo Oficio, o sea la Inquisición, no fue un tribunal tan despiadado como se divulgó durante tanto tiempo. Para ello, compara la benignidad de esa instancia eclesiástica con “el comunismo cubano (que) será casi tan sanguinario como el estalinista” (Iturralde, 2020: 410) y con la actuación en su seno del Che Guevara, denominado “El Carnicero”, o bien con las torturas aplicadas por el ERP argentino a sus cautivos. La segunda, Fin de la barbarie. Comienzo de la civilización en América, intenta revertir la llamada leyenda negra de la conquista de América, afirmando, mediante comparaciones anacrónicas, que los regímenes prehispánicos eran mucho más autoritarios que el implantado por los españoles: “Bajo estos absolutismos teocráticos jamás existió la libertad de conciencia ni expresión ni la pluralidad de partidos políticos ni elecciones libres ni el derecho a protesta. […] ¿Beneficios? ¿Horas extras? Nada de ello existió jamás en estos imperios sedicentemente socialistas” (Iturralde, 2019: 102).

Aunque el arraigo de las iglesias evangélicas en América Latina es muy diverso en función de la fortaleza de la fe católica, no hay duda de su crecimiento en la región. Brasil es el caso más emblemático, por la cantidad de feligreses y por el respaldo que le ha brindado al presidente Jair Bolsonaro durante su mandato presidencial. La agenda de las iglesias evangélicas se corresponde con los temas favoritos de las nuevas derechas: oposición a los derechos reproductivos, demonización del adversario y culto al esfuerzo personal. Además, hay que destacar la potente red internacional de las iglesias evangélicas, cuyo vértice es también Estados Unidos que, aun si logran recaudar ingentes cantidades de dinero con las contribuciones de los creyentes, proporciona un respaldo económico y político considerable.

Si bien las estrategias de comunicación de las dirigencias de las derechas han demostrado gran eficacia, no se pueden ignorar las redes internacionales que las fortalecen, entre otros, mediante el financiamiento de sus organizaciones, la difusión profusa de sus documentos y el patrocinio de sus iniciativas. Entre tales redes destaca el papel de la Atlas Network, cuya sede se encuentra en Estados Unidos. Su publicación del verano de 2025 se dedica, entre otros temas, a Argentina. El artículo en cuestión viene ilustrado con un dibujo de Javier Milei triunfante y sonriente cargando una motosierra. El texto repite la falaz y engañosa referencia histórica esgrimida por Milei, sobre cómo un país que a inicios del siglo XX era uno de los más ricos del planeta, sucumbió, tras décadas de políticas peronistas y corrupción, a la pobreza, el hambre, el desempleo y la hiperinflación. En contraste, afirman, un año de reformas de libre mercado han invertido esa situación. Dice el artículo: “Gracias a la Fundación Libertad” —se trata de la Fundación Libertad y Progreso, difusora del credo neoliberal en Argentina— “los empleadores tienen ahora mayor flexibilidad para trabajar con subcontratistas y freelancers, sin tener que registrarlos como ‘empleados’”. En cambio, deplora la situación en Colombia “bajo el socialista Gustavo Petro”, cuyas políticas redistributivas de la tierra erosionan las garantías constitucionales de la propiedad privada. El Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga, cobijado por Atlas Network, estaría logrando revertir esa tendencia.

El artículo es solo una muestra de ese impulso internacionalista que caracteriza a las derechas del presente, y que también las mueve a organizar reuniones que convocan a personalidades del universo derechista de todo el mundo, como la CPAC.  En México, Eduardo Verástegui quien ha tenido más éxito en telenovelas que en la política, también intentó la internacionalización de su agrupación que lleva la impronta del conservadurismo más rancio en el enunciado de sus principios doctrinarios: Dios, patria, vida, familia y libertad.

A modo de conclusión: las izquierdas ante el desafío de las nuevas derechas

Las derechas extremas de hoy no constituyen una radicalización de los partidos de derecha convencionales, aun si algunos de sus miembros han emigrado hacia aquellas. Su despliegue tiene sus causas en otros sitios de la geografía política. Es más: son muy críticas de esos partidos a los que acusan frecuentemente de haber sido voluntaria o involuntariamente cómplices de las victorias electorales de la izquierda —victorias que, según ellos, serían las causantes de las crisis económicas y sociales que vive el mundo—. Sin embargo, cierto progresismo sólo tiene en la mira a los viejos partidos de la derecha porque parecen ser los únicos que le pueden disputar los resultados en los comicios. El caso de Argentina es icónico de este error estratégico: apenas unos meses antes de las elecciones de 2023, La Libertad Avanza, la agrupación de Javier Milei, contaba con apenas un 15 % de las preferencias, pero logró en ese breve lapso atraer a las opciones de la derecha no libertaria y quedar como facción dominante de aquella alianza. Aun así, no es el momento electoral el único en el que se disputa el poder, y ello requiere de muchos otros géneros de acción política, porque el peligro fundamental que representan las nuevas derechas reside no en la gestión de la cosa pública —aun si pretenden nulificarla—, sino precisamente en el tipo de sociedad capitalista que posibilita su ocupación de los espacios de poder; vale decir, el de la catástrofe ecológica, el de la privatización de los bienes comunes, el de la des-ciudadanización.

Para ello, las izquierdas están obligadas a reinventarse. Ello no significa abandonar lo que fue su brújula identitaria desde el siglo XIX, sino articular a muchos otros sujetos sociales que, con planteamientos emancipatorios, han hecho presencia en la vida social y política, aun si los lugares donde se expresan y manifiestan no es el institucional. Como acertadamente ha dicho Enzo Traverso, el marxismo —aunque no únicamente—, siempre ha tenido problemas para conjugar clase, etnia y género. Es tiempo de rebasar esa barrera epistemológica y política. ¿Será preciso construir una batalla contracultural?

En un libro póstumo, Eric Hobsbawm dijo, refiriéndose a los inicios del nuevo milenio, que se trataba de una era de la historia que miraba hacia el futuro sin un mapa y con perplejidad.  Ese es el desafío que se presenta a las izquierdas: a la manera de los cartógrafos, el de volver a dibujar el mapa para que la perplejidad no conduzca a la inacción.


Bibliografía

Corcuff, Philippe. (2020). La grande confusion. Éditions Textuel.

Goldstein, Ariel. (2020). Poder evangélico. Cómo los grupos religiosos están copando la política en América. Ed. Marea.

Grimson, Alejandro. (2024). Los paisajes emocionales de las ultraderechas masivas. Editorial Universidad de Guadalajara / Centro Maria Sibylla Merian de Estudios Latinoamericanos Avanzados (CALAS).

Iturralde, Cristian Rodrigo. (2019). Fin de la barbarie. Comienzo de la civilización en América. Unión.

_____ (2020). La Inquisición. ¿Mito o realidad?. Unión.

Laje, Agustín. (2022). La batalla cultural. Reflexiones críticas para una nueva derecha. HarperCollins.

Semán, Pablo y Welschinger, Nicolás. (2023). “Juventudes mejoristas y el mileísmo de masas. Por qué el libertarismo las convoca y ellas responden”. En Pablo Semán (coord.). Está entre nosotros. ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir? Siglo XXI Editores.