Segunda de tres partes. Lee aquí la primera.


Las ideas compartidas por las derechas radicales

Si en la primera entrega de este artículo el tema central fue la polémica en torno a la pertinencia de llamar (o no) fascistas a las derechas radicales del presente, esta segunda parte se dedicará a la descripción de las ideas que, a pesar de sus diferencias, comparten tales movimientos políticos. Las derechas no constituyen un bloque monolítico, sino que están constituidas por grupos con biografías político-ideológicas diversas y con antigüedades también disímiles. El nacionalismo de fuerte raigambre católica que enfatiza la salvaguarda de la tradición y de una supuesta esencia identitaria no parece compatible con los postulados libertarios. Sin embargo, uno de los rasgos de las últimas décadas consiste en la capacidad que tuvieron esas organizaciones para articularse con diferentes grados de cohesión en torno a programas comunes y así alcanzar la cúspide del poder político.

Ciertos tópicos como el antisemitismo, característico de movimientos de la primera mitad del siglo XX y de las décadas de los cincuenta y sesenta, tuvieron que ser ocultados porque fueron explícitamente condenados por resolución judicial o porque la alianza con fuerzas aliadas a Israel así lo impedía. Ello no significa que hayan quedado desterrados de las agendas ideológicas, sino que pasaron al ámbito de lo que James Scott denominó el discurso oculto. De este modo, se constituye un repertorio de principios que parecen aglutinar a las nuevas derechas.

1. Oposición a la ideología woke: de acuerdo con estas derechas, ésta comprende un vasto número de posturas que habrían ido ganando espacios importantes en las instituciones públicas, particularmente en las universidades. Se trata de políticas como el derecho al aborto, el reconocimiento del matrimonio igualitario o las relacionadas con los derechos humanos de la comunidad LGBT: todo lo que en el léxico de las derechas queda consignado como “ideología de género”. Pero también quedan incluidas dentro de la ideología woke el ambientalismo y las reivindicaciones ecologistas. Es el gurú del libertarismo, Murray Rothbard, quien expuso más sistemática y crudamente los argumentos contra tal ideología. Formula, por ejemplo, la pregunta siguiente: “¿Por qué han sido los hombres quienes han dominado la cultura durante eones de tiempo? Seguramente esto no puede ser un accidente. ¿No es quizás evidencia de la superioridad masculina?” (2021, 154-155). Igualmente arremetió contra los ecologistas, aduciendo que si los recursos naturales quedaran por completo en el ámbito de la economía de libre mercado se generaría un “grado apropiado de conservación” (ibid., p.172). Por ello propuso la privatización de los océanos.

2. La defensa a ultranza de la propiedad privada: éste es un punto en que el conservadurismo de añeja raigambre y posturas más recientes encuentran confluencias menos problemáticas de conjugar, aun si las razones que llevan a uno y a otras a sostenerla pueden diferir. Va de la mano de la siguiente idea.

3. La limitación de la intervención del Estado: la iconografía más publicitada y más aplaudida por las derechas radicales es la de Javier Milei portando una motosierra con la que supuestamente destrozaría todo el aparato burocrático estatal, porque ahí se localiza la casta; es decir, el personal político parásito de la sociedad y causante de todos los males existentes. No hay en ello ninguna propuesta original, sino que es la recuperación de uno de los postulados más significativos de la escuela austriaca, para la cual la acción estatal impide el cálculo económico y por lo tanto la formación de precios, además de que cercena la libertad individual, valor fundamental de todo el edificio filosófico de von Mises y de Hayek. Esta cuestión constituye el eslabón que conecta al neoliberalismo con los libertarios. Así como éstos se pronunciaban por el derecho al aborto, por un mercado libre de venta de órganos, por el libre consumo de drogas, etc. —esto es, por una restricción de la normatividad estatal—, el neoliberalismo generaliza estas exigencias al ámbito económico. Todo ello no excluye el uso del poder del Estado para realizar negocios privados como lo demuestra el proyecto “New Gaza” impulsado por Trump en territorio palestino y el caso Libra promovido por Milei. Cuando las derechas arriban al proscenio político toman distancia respecto al recorte de la presencia del Estado en la sociedad y la economía. En efecto, si bien aplican severas limitaciones al gasto en educación, en salud y, en general, a los programas sociales, se incrementa el gasto en defensa o, en el caso de un país imperialista como Estados Unidos, para financiar la guerra, lo cual conduce al incremento de impuestos que gravan más a sectores populares y medios que al gran capital y a las fortunas patrimoniales.

4. La xenofobia: éste es un tema caro a las derechas más rancias. La construcción e invención de un enemigo externo o interno forma parte del andamiaje ideológico de los nacionalismos de derecha. Los judíos fueron el blanco favorito en la Europa de la segunda mitad del XIX y después de la Segunda Guerra Mundial, lo fueron los inmigrantes de las colonias, luego excolonias, y de los países africanos y del Medio Oriente. Más allá de la designación específica del enemigo, el denominador común radica en la similitud del sentido que ordena el discurso identitario, el cual divide el nosotros de los otros y los culpabiliza de todos los males padecidos por los genuinos ciudadanos. Una dimensión peculiar de la xenofobia en las nuevas versiones de las derechas radicales consiste en la conjugación de ésta con la incorporación del ambientalismo. Aunque el negacionismo de Trump respecto al cambio climático persiste en su segundo mandato presidencial, en el caso francés, Marine Le Pen incorpora la temática ambiental alegando que “la inmigración es una amenaza para el ambiente local o nacional ante la escasez de bienes naturales y la creciente contaminación”.

En América Latina, la relevancia de la xenofobia ha dependido de la magnitud del flujo migratorio. En Argentina, que recibió a un número significativo de judíos de Europa oriental, el sentimiento xenófobo contra esa población fue importante. En cambio, en México lo fue mucho menos. Actualmente, ese odio se desplazó en América del Sur hacia latinoamericanos migrantes, como es el caso de Chile, donde el discurso francamente xenófobo apareció en la retórica electoral de los candidatos de partidos de derecha y en los últimos años, y de manera importante en Costa Rica, sobre todo contra los inmigrantes de la vecina Nicaragua. En México, el tránsito de migrantes latinoamericanos hacia la frontera norte para luego intentar cruzar la línea hacia Estados Unidos dio lugar a algunos lamentables episodios xenófobos pero no fueron aparentemente impulsados por movimientos de derecha ni instrumentalizados por ellos.

En Europa, la xenofobia forma parte del nacionalismo que procura definir una identidad excluyente que denuncia la presencia invasora de elementos culturales amenazadores del genuino ser nacional. La islamofobia ha remplazado de esta manera al antisemitismo explícito. En Estados Unidos, los inmigrantes son representados por la derecha radical como los culpables de la criminalidad y del uso indebido y exagerado de los servicios públicos que deberían estar reservados para los ciudadanos exclusivamente. Son, por lo tanto, responsables de los déficits públicos y del deterioro de los servicios sociales proporcionados por el Estado, amén del deterioro salarial y del desempleo. La alta receptividad de estas temáticas ha llevado a que agrupaciones de izquierda u otras de signo centrista que viven una profunda crisis desde 1989 las incorporen en sus plataformas para procurar reconquistar electorados que han emigrado hacia la extrema derecha.

5. El elogio de la desigualdad: la naturalización de la desigualdad y, consiguientemente, su abordaje ahistórico es constitutivo de los discursos de las derechas. Si en todas las sociedades humanas puede ser registrada e incluso en el universo natural, resultaría inútil y contraproducente combatirla, como ya vimos que planteó Murray Rothbard. Pero además la desigualdad no es un mal social, sino una prueba fehaciente de las capacidades y de los esfuerzos individuales que deberían ser recompensados y no estigmatizados o penalizados con un régimen impositivo progresivo, por ejemplo. Simultáneamente, toda acción estatal encaminada a la reducción de la desigualdad debe ser desmantelada, puesto que contraviene una legalidad natural y distrae innecesariamente recursos presupuestales.

    Resulta interesante la argumentación que desarrolla Alberto Benegas Lynch (hijo), denominado por Milei héroe del liberalismo: “Las diferencias se hacen necesarias para producir subidas generalizadas del ingreso. Las satisfacciones más preciadas y más escasas naturalmente deberán estar en manos de quienes puedan pagar más. […] Para que muchos tengan pan es menester que algunos tengan caviar” (1997, 81-82). El correlato lógico del carácter natural de la desigualdad es la innecesaria intervención del Estado que lleva a instituir “pseudoderechos o aspiraciones de deseos que infringen (sic) daños irreparables al orden jurídico” (ibid., p. 115). El único remedio a la desigualdad es entonces la caridad: “Existe un estrecho correlato entre libertad y caridad que es la inclinación natural a la solidaridad con el prójimo” (idem.) O sea, es la reiteración del contenido de la encíclica papal Rerum Novarum de 1891.


    Referencias

    Benegas Lynch, Alberto (1997). Socialismo de mercado. Ensayo sobre un paradigma posmoderno. Ameghino Editora/Fundación Libertad.

    Rothbard, Murray. (2021). El igualitarismo como rebelión contra la naturaleza. Innisfree.

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