El pasado 25 de junio, León Krauze, colaborador habitual de Letras Libres, escribió un tuit en el que demerita al candidato demócrata a la alcaldía de Nueva York, Zohran Mamdani. Según él, Mamdani “no parece tener experiencia necesaria y varias de sus propuestas probablemente no prosperarán”. Lo más interesante es lo que dice después: le preocupa que el mensaje que transmite el político socialista valide la retórica trumpista que “caricaturiza a los demócratas como radicales de extrema izquierda” y que las elecciones importantes “no se ganarán mediante la polarización”. Es decir, mientras más se radicalice el Partido Demócrata, más gana Trump, a pesar de que Trump base su popularidad y triunfo electoral reciente en la polarización. Curioso. 

Zohran Mamdani ha basado su campaña a la alcaldía de Nueva York en políticas concretas para ayudar a la clase trabajadora: congelamiento de alquileres; autobuses y guarderías sin costo; una red de supermercados que sea propiedad del Estado; aumentar los impuestos a quienes ganen más de un millón de dólares al año. Este mensaje “polarizador” para Krauze fue capaz de llevar al político a ganar la candidatura demócrata. Sin embargo, también provocó la reacción de Trump, quien lo llamó “lunático comunista”, y de algunos liberales mexicanos, quienes lo han acusado de ser “radical”, como Krauze. No es ninguna sorpresa:  los principales críticos de Mamdani no alineados a la retórica trumpista, aquellos que llamaron a votar por Kamala Harris en las elecciones recientes en EU, no se han distinguido por la autocrítica al modelo de libre mercado —neoliberal— que está atrás de la desigualdad, por más que esa misma desigualdad haya sido aprovechada por personajes como el actual presidente de ese país.

Más allá del caso concreto de Mamdani, conviene revisar el uso de lo “radical” para descalificar aquellas propuestas políticas y sociales que atentan contra el statu quo. El economista y sociólogo Albert O. Hirschman describió en La retórica reaccionaria tres argumentos que usa la élite para descalificar propuestas que benefician a la sociedad, como el surgimiento del Estado de Bienestar o el sufragio universal, a saber: la perversidad (se muestran las consecuencias negativas de las ideas revolucionarias); la futilidad (las ideas revolucionarias son demasiado utópicas para consolidarlas) y el riesgo (las ideas revolucionarias pueden afectar lo conseguido hasta ahora y, por eso, no vale la pena la apuesta). Estas ideas reaccionarias se pueden encontrar en luchas del pasado, como la que logró la abolición de la esclavitud, cuando los esclavistas argumentaban que liberar a los esclavos colapsaría la economía y comercio mundial, pero también en nuestra época. Un ejemplo es la crisis climática, ante la cual los defensores del capitalismo argumentan que ciertas medidas propuestas por los científicos, como el decrecimiento económico, provocarían al planeta más daño que beneficio. 

La derecha global se apropió lentamente del concepto de lo radical. Obviamente, es una trampa, pues este radicalismo asumido por algunos como rebeldía es, en realidad, un reforzamiento de la estructura social dominante. Como han descrito muchos, las coordenadas políticas se han movido tanto a la derecha que, por poner el ejemplo de Estados Unidos, administraciones como las de Barack Obama y Joe Biden son percibidas erróneamente como de izquierda. De esta manera las propuestas realmente radicales —es decir, las que plantean cambios más profundos, de raíz, como indica el origen etimológico de la palabra— quedan descartadas en el debate público. Cuando alguien, como lo ha hecho Mamdani, propone algunos contrapesos a la depredación del neoliberalismo, es difamado o atacado de inmediato en medios como el New York Times. Sin embargo, el político “radical” en realidad tiene en su agenda proyectos que recuerdan a la socialdemocracia de la posguerra, cuando el surgimiento de la URSS como rival político y modelo social provocó que surgiera el Estado de Bienestar en Europa Occidental. No hay nacionalización de la propiedad privada al estilo estalinista, ni ataques a la libertad de expresión, ni concentración absoluta de la producción en manos del Estado. Sólo es un regreso, tímido pero valioso, a algunas políticas redistributivas para la clase trabajadora en una época de agobiante desigualdad. El protagonismo de lo público gestionado por un alcalde que se autodenomina “socialista democrático” ha puesto los pelos de punta a la élite, tanto de su país como global, por no hablar de la cúpula trumpista. El miedo, por supuesto, no es a la creación de supermercados gestionados por el gobierno o al transporte público gratuito que promete el candidato demócrata. La amenaza real, como históricamente ha ocurrido, es que la gente se empodere por medio de estas políticas y el apocalipsis no ocurra. Las campañas políticas, entonces, tendrían que moverse, justamente, a propuestas más radicales. De esta manera, la confrontación no sería entre la ultraderecha trumpista y global contra una ideología conservadora —el así llamada liberalismo que dominó la última parte del siglo XX hasta la llegada de Trump y otros líderes reaccionarios en el mundo—. La confrontación, pues, sería contra una izquierda radical que realmente representaría los intereses de la clase trabajadora. Y allí hay una oportunidad para poner en la mesa políticas urgentes para adaptar nuestras sociedades a la crisis climática, así como para combatir la desigualdad y resistir el embate de las ideas de odio que se multiplican por todos lados.

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