El 11 de marzo de 2026 el gobierno del ultraderechista José Antonio Kast inició un giro hacia lo que será una intensificación del experimento neoliberal más exitoso de la región. Después de haber derrotado abrumadoramente en las elecciones presidenciales a la candidata comunista Jeanette Jara, Kast se presenta como un presidente que emulará el paradigma carcelario del salvadoreño Nayib Bukele, la Motosierra de Javier Milei, la pasión de su amigo Jair Bolsonaro por dejar fuera del “juego político” a sus adversarios y la dedicación a cumplir los deseos de la geopolítica neoimperial de Trump. Sin embargo, Kast cuenta con un escenario internacional que no le favorece del todo. El éxito de su gobierno dependerá de mantener las expectativas de seguridad ciudadana y control migratorio que, en términos retóricos, es lo más significativo de su programa de gobierno. Pero también debe considerar los efectos que hoy tiene la guerra que Israel y Estados Unidos llevan a cabo contra Irán por el control del Medio Oriente y del petróleo, en la medida en que desestabiliza los balances del poder por el control global de la economía mundial.

Lo que sí es seguro es que su gobierno se hará con el respaldo del complejo comunicacional controlado por una plutocracia globalizada. El control de la prensa y del juego algorítmico de las redes sociales serán centrales para mantener el apoyo extraordinario con el que inicia su gobierno. El sensacionalismo y la falta completa de mesura de lo que ocurre en los espacios supuestamente no controlados de las redes sociales contribuyeron a hacer posible su triunfo político. A partir de exaltar el sensacionalismo de 1) la violencia que provocó la revuelta social de 2019 y la inseguridad ciudadana compuesta por la inminencia de la protesta social, 2) el fenómeno del narco y de la delincuencia y 3) el desborde migratorio, Kast gobierna con los vientos favorables del algoritmo y los medios de comunicaciones controlados por oligopolios. Estos tres fenómenos de violencia social han sido también una preocupación permanente del gobierno de Gabriel Boric. 

Aunque en los análisis estadísticos Chile es uno de los cinco países más seguros de América Latina, la percepción del aumento de la violencia es uno de los elementos más significativos en el negocio discursivo de la política. La violencia y la criminalización son una retórica que funciona en el espacio irreflexivo del libertinaje de la prensa y de la retórica política. Gracias a estos discursos, las demandas más importantes que expuso la revuelta del 18 de octubre de 2019 y que llevaron a la presidencia a Gabriel Boric fueron desplazadas y derrotadas luego del rechazo, en 2022, de la Carta Magna hecha por la Convención Constitucional.

La nueva constitución, paritaria y plurinacional, iba a cambiar la constitución de 1980, heredada de la dictadura de Pinochet y del padre intelectual de Kast, Jaime Guzmán. Tal derrota fue un punto de no retorno a las demandas que la ciudadanía había mostrado en la conciencia reflexiva y solidaria de cambiar de raíz el modelo neoliberal. Pero si llegamos a ese punto de no retorno fue también gracias al gobierno de Boric; es decir, gracias a la conversión de un gobierno que, habiendo surgido de la revuelta social, se transformó en uno lleno de concesiones hacia la institución policial. El giro hacia un gobierno de la policía no sólo dejó atrás el discurso allendista que Boric dio al comienzo de su mandato, sino que todo su gobierno quedó absorbido por los hilos de la marioneta del complejo comunicacional.

Los efectos de marioneta quedan sujetos al modo en que se construye la percepción de la violencia creada por los medios de comunicación y el control del espacio algorítmico de la plutocracia globalizada dueña de las redes sociales y de las almas acríticas que en el circo virtual actúan como romanos levantando o bajando los deditos del like. El gobierno de Boric es el fracaso del Chile paritario y plurinacional. Pero es también el lugar más exitoso de la restauración de la clase política que amenazó el levantamiento de la sociedad civil, ese que quiso cambiar el Chile de la herencia de la dictadura y la transición democrática hacia la radicalización de la sociedad neoliberal.    

En la lógica del algoritmo y de la normalización de la noticia oscura, el segundo día del gobierno del presidente José Antonio Kast arrastra un pequeño “trapito sucio”, la trágica noticia de un chofer de aplicaciones, supuestamente secuestrado por grupos afines al gobierno de Kast. Estos son los trapitos que en el interior de diferentes narrativas comunicacionales van a ser, probablemente, el patrón de su gobierno. Es decir, oscuridad “medieval” y violencia soterrada, como aquella que Chile conoció bajo el manto espeso de la violencia de Estado de la Junta militar y del General Pinochet.

La comunicación y la información han comenzado de manera oscura y es el signo del teatro de las crueldades de los próximos años. La democracia sustantiva, como la que tomó lugar durante los primeros años del gobierno de Allende, es un fantasma para exorcizar y ha estado ausente desde el golpe militar de 1973 hasta la actualidad. El verdadero fantasma del miedo creado en Chile es el legado y la herencia de la Unidad Popular, pero también el de los cabildos y asambleas que surgieron con el espíritu de octubre. Exorcizar estos dos acontecimientos políticos, los más intensos y los más democráticos de la historia política de Chile, no es algo que hayan perdido de vista las izquierdas acomodadas en la clase política, menos aún, la derecha y la ultraderecha.  

¡No + zurdos!  

En la madrugada del 12 de marzo, Rodrigo Rojas Vade, chofer de aplicaciones, fue encontrado maniatado de pies y de manos, con signos de tortura, inconsciente y abandonado en la ruta 78 de la comuna de Melipilla. Esta noticia oscura presagia el tenor de la violencia de grupos exaltados de ultraderecha. En uno de sus brazos decía “Viva Kast” y en el otro “No + Zurdos”. También se especula que el chofer podría haberse autoatacado. Si no lo hizo en una teatralización política incomprensible o en un brote esquizofrénico, es muy probable que el secuestro haya sido obra de grupos de ultraderecha o simplemente fanáticos del gobierno de Kast. Pero no sabemos aún qué ha ocurrido, porque la noticia es oscura, aun cuando han pasado varios días de su hospitalización.

En cualquiera de los dos escenarios —el secuestro o el autoataque—, la evidencia de que hay un entusiasmo por la violencia política en grupos de ultraderecha es algo que, sin duda, veremos de manera cotidiana, y más con el gozo de los energúmenos del algoritmo de las redes sociales. La hipótesis no es aventurada. Chile es mucho más que sus algoritmos digitales y el manejo de la percepción y la opinión política administrada y controlada por desquiciados multimillonarios.  La historia de la violencia estructurada por el Estado de Pinochet está hoy más viva que nunca. El general ha resucitado como un héroe de la patria segura y cohesionada por su mano dura y su crueldad. Pinochet está en las reivindicaciones y en los deseos de los adeptos y votantes de Kast. Sin embargo, la astucia del actual presidente es no haberlo mencionado aún. No necesita hacerlo. Ha preferido dejarse guiar por los designios de Dios. En la soberanía de los Estados y su correlato en los discursos de la patria —como el que presenciamos con su primer discurso— Dios es más confiable que el general que ensangrentó Chile durante 17 años de dictadura.

Además, sabemos que, en lo ominoso de las técnicas algorítmicas con las que se busca controlar e impedir una subjetividad emancipada del pre-juicio y la mentira, Dios es siempre un lugar más versátil y seguro que cualquier otro artificio político. En el control de masas digitalizadas y programadas para imágenes aceleradas y sentencias cortas destinadas a la acumulación de likes Dios es la figura más estable en la que se afirma el conservadurismo nihilizado. Estos tiempos en los que todo vale, incluso negar la evidencia de que la Tierra es redonda y de que tiene un movimiento de rotación y traslación que da lugar al día y a la noche, son propicios para el fanatismo religioso. Y la retórica teológico-política es un lugar seguro sobre el cual levantar un gobierno de emergencia como el de Kast.

Pero, expuesto a la acumulación de signos en los que se define parte importante de la dominación de las almas, la pregunta abierta es la siguiente: ¿quién es Rodrigo Rojas Vade, el chofer encontrado maniatado y con signos de tortura? Porque no es cualquier chofer: Rojas Vade surgió de la lucha callejera contra el neoliberalismo durante la revuelta social del 18 de octubre. Era él quien llevaba una de las conmovedoras pancartas que sensibilizó a parte importante de la ciudadanía, y que decía: “No lucho contra el cáncer, lucho para pagar la quimio. Salud digna para Chile”. Más allá de su arrojo y valentía durante la revuelta, lo del cáncer era una farsa y le costó perder su representación como convencional, además de pagar una multa y de pasar 61 días con arresto domiciliario. La mentira de un pícaro —que hoy se presta para dudar de si fue o no secuestrado—, más cercana a una estrategia de sobrevivencia que al problema de la mentira en política. Este pequeño diablillo dionisiaco se convirtió en uno de los principales trapos sucios de la Convención Constituyente y, aunque su tragedia no deja de conmover, no tiene ninguna relación con la grandeza del espíritu de octubre que intentó cambiar un país injusto, desigual y caído en la enfermedad del aburrimiento y la depresión. 

El “Pelao Vade”, como apodan a Rojas Vade, es parte de la picaresca popular y se le conoce como un pequeño fabricador de montajes. Solo, pequeño e insignificante, lazarillesco en su arte del ingenio para escenificarse y hacer algo de dinero. La picaresca de estas estafas, que ocurren a diario en el mundo popular, no puede engrandecer la militancia política y menos las verdades políticas que emanaron de la revuelta social del 18 de octubre. Sin embargo, en su montaje o performance asistimos a lo que los algoritmos no dicen porque no les interesa comparar el pequeño montaje con los grandes montajes de grupos de interés capaces de convertir la mentira en rédito político y comunicacional. El montaje de Rojas Vade durante la revuelta no puede compararse al de la gran máquina de producción y manipulación de la verdad. Si pensamos en las tortas de dinero que se pueden almacenar en los paraísos fiscales de Panamá o en bancos como el Riggs, las miguitas de pan que una vida precarizada obtiene faltando a la verdad son insignificantes. La pequeña estafa y la mentira denigran la verdad en política, pero el daño es exponencialmente mayor cuando se expresa por medio de consensos destinados a favorecer grupos de intereses en nombre del respeto y la tolerancia.

Aunque aún no sabemos si realmente el ex convencional ha sido secuestrado, la noticia empaña el ascenso de Kast a la presidencia. Lo empaña porque, más allá de la banalidad de la lógica algorítmica y de los perversos juegos del like y la velocidad del espectáculo de las opiniones por Facebook, hay, por un lado, una tragedia humana que habla de un chofer severamente lastimado o autolastimado. Por otro lado, está la memoria de que, en Chile, no se han podido nunca sanar las heridas dejadas por la dictadura y la Constitución de 1980. La memoria de la tortura, las desapariciones y la violación a los Derechos Humanos sigue atada a las crueldades más siniestras de la historia política de Chile. La historia del odio de los grupos de ultraderecha, de los militares golpistas y de esa pequeña clase alta y pinochetista de la que proviene parte importante del apoyo al gobierno de Kast sigue siendo la materia de la violencia que el algoritmo y los medios de comunicación no perciben o deliberadamente ocultan.

En términos mediáticos y de lógicas algorítmicas, Rojas Vade ha sido una figura importante para la demonización del espíritu de octubre. La vergonzosa exposición que tuvo en la prensa por la mentira del cáncer agitó las almas de la conciencia puritana de las clases medias y acrecentó el porvenir exitoso de la ultraderecha. Al politizarse la mentira, se abrió una de las primeras puertas a la demonización del clamor por la dignidad. Esto contribuyó a sepultar los debates y la intensidad con la que se democratizó el país durante los meses en que la discusión y la voluntad de superar las heridas del modelo neoliberal eran una realidad posible y deseable hasta en los sectores más tibios de la sociedad chilena.

Una vez fracasada la convención que escribió la que posiblemente sea la Carta Magna más democrática de la historia constitucional de Chile, Rojas Vade desapareció, se convirtió en un precarizado chofer de magia laboral sujeto a la uberización del trabajo. Al reaparecer maniatado, y eso incluso más allá de que sea o no un nuevo montaje de Rojas Vade, la memoria de la generación que creció y luchó durante la dictadura de Pinochet recuerda esa ventana del terror y de la mentira con la que el Estado de Pinochet asesinaba y torturaba para asegurar la tan preciada seguridad. El “Pelao Vade”, nombre de pila de la precariedad laboral y de la picaresca chilena, empaña el segundo día del gobierno de Kast, porque, si no ha sido un nuevo montaje de Rojas Vade, no se puede olvidar que en Chile existe una de las historias de chofer de taxi más macabras, obra del terrorismo de Estado durante la dictadura. 

En la época en que lo ominoso de las redes sociales y la parálisis cognitiva de los energúmenos del like ni siquiera eran pensables, hubo un chofer de taxi, miembro del Partido Radical y dirigente sindical de la ANEF, además de ferviente opositor a la Unidad Popular durante los primeros años de la dictadura: Tucapel Jiménez. El 25 de febrero de 1982, fue secuestrado en su taxi por agentes de la CNI (Central de Inteligencia). Le dispararon en la cabeza y posteriormente lo degollaron, simulando que había sido un robo.

La imagen de Rojas Vade, afortunadamente, no es la de Tucapel. Pero no deja de volver y, sobre todo, no deja de ser posible que la imagen del terror se repita emulando las prácticas de la crueldad de la dictadura. En su primer discurso, Kast revela el deseo de sancionar y de tratar como criminal cualquier tipo de protesta que sea organizada desde una oposición con verdades políticas; es decir, con verdades que vuelvan a tener la aspiración de una vida digna. En cambio, deja la puerta abierta para que los espectros de la dictadura encuentren su hogar en la ultraderecha de grupos organizados afines a la ideología y el llamado “gobierno de emergencia” de Kast. También a que lo ominoso sea difundido por el algoritmo en redes sociales, tan proclives a tratar con banalidad los asesinatos y secuestros que podrían producirse por el entusiasmo de la ultraderecha.

En la época del libertinaje del algoritmo y del goce perverso de los energúmenos de las redes sociales, la libertad es un tema de las derechas, no de las izquierdas. En nombre de la libertad, el gobierno de Kast no será como el de Milei. No habrá conciertos ridículos de un rock star en el Luna Park. El parsimonioso y mediáticamente aburrido Kast no será como Bolsonaro ni tampoco contará con la estridencia de un Bukele. Su característica es la parquedad del político de traje y corbata, soporífero, pero serio y dedicado. Cuenta con un escenario favorable y el apoyo popular, así como el de los energúmenos de las redes sociales. Sabrá reprimir estudiantes y desarticular sindicatos para hacer un gobierno parecido a los que hemos visto en la región. Lo que se viene son tiempos ominosos. Con Kast nadie está a salvo, y hay muchas dudas de si el expresidente podrá recomponer la agenda política y social de una casi inexistente izquierda. Boric no parece ser el gurú llamado a rearticular las verdades que en política pertenecen a la superioridad moral del espíritu de octubre.

¡Viva Kast! ¡Viva el mal!

El gobierno saliente de Gabriel Boric no gobernó con el espíritu de la revuelta del 18 de octubre. Por el contrario, ayudó a su demonización. La convirtió en un evento delincuencial y a la policía de Carabineros en héroes. Su gobierno debe ser considerado exitoso en el restablecimiento de la clase política y, aunque Kast lo responsabilice de haber dejado un país inseguro que precisa una política de emergencia, pasará a la historia como un gobierno que se tomó muy en serio la política securitaria. El gran legado de su gobierno es la ley Naín-Retamal. Se trata de una ley de gatillo fácil con la cual un policía puede hacer uso de su arma acogiéndose a la “legítima defensa privilegiada”. La ley fue promulgada por el gobierno de Boric en el 2023 y ha permitido dejar en libertad al teniente coronel de carabineros que disparó a los ojos de Gustavo Gatica dejándolo completamente ciego.

Esta ley ejemplifica la condición delincuencial en la que los medios de comunicación y la clase política, restaurada por el presidente saliente Gabriel Boric, criminalizó el espíritu de la revuelta. Supone la gran mentira en la que la complicidad de lo mediático y la mentira institucionalizada encuentran un lugar imposible para la ética de la dignidad que surgió con el espíritu de octubre. Las fuerzas de los movimientos sociales, ecologistas, feministas, indigenistas, ambientalistas, estudiantiles y obreros son el único lugar en que la resistencia a las guerras globales y a la ultraderecha vuelva a colocar en la agenda de la sociedad civil la discusión por la dignidad de lo común. Hay una realidad virtual de la cual la política y la posibilidad de que vuelva a emerger una sociedad civil a la altura de lo que fue el espíritu de octubre no deben sustraerse. Pero sólo hay sociedad civil donde la vigilancia de la mentira y de los excesos del perverso algoritmo nos permite pensar y volver a colocar en los espacios digitalizados la discusión por aquellas verdades que deben definir y hacer de la política una experiencia de las virtudes contra las injusticias que se avecinan. La dignidad sigue siendo la única verdad en política por la que vale la pena resistir al gobierno de Kast.

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