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Adam Rutherford, Control: The Dark History and Troubling Present of Eugenics, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 2022. 


El pasado ha sido el tiempo de innumerables catástrofes, de ideologías y creencias que los hicieron posibles. Aparentemente encerrados en los libros de historia, separados de nosotros por años, con frecuencia nos sentimos seguros de la no-repetición de esos hechos. Creemos que nuestro presente es inmune a esas ideas que, en los ayeres, permitieron la perpetración de grandes crímenes. No siempre es el caso. Repasar el pasado de la eugenesia, ideología motora de genocidios, esterilizaciones forzadas masivas y de algunas de las más grandes catástrofes del siglo XX, y evidenciar que aún rondan con preocupante vigencia en diversos espacios de la sociedad actual, es lo que se propone Adam Rutherford en su más reciente libro, Control

Genetista, divulgador de la ciencia y conductor radiofónico, Rutherford se ha esforzado por hacer accesible a un público amplio los conocimientos que, día con día, avanzan en el área de la genómica y la biología evolucionista. Sus trabajos, por demás, tienen la virtud de no sólo divulgar los nuevos hallazgos, sino que se comprometen con una reflexión sobre los lazos políticos y sociales que tiene la producción científica y la recepción del conocimiento. 

El libro se divide en dos partes. En la primera, el autor repasa la historia de la eugenesia a través de las figuras que la consolidaron como una ideología científica y social, y da cuenta de algunas leyes y políticas de los países occidentales que se formularon en línea con la ideología. En la segunda parte, Rutherford hace énfasis en que la eugenesia no ha desaparecido; es una ideología aún vigente, aunque sus formas hayan cambiado. El autor nos brinda varios ejemplos de la contemporaneidad de la ideología, además, presenta los problemas metodológicos y las erróneas concepciones a partir de las cuales parten las prácticas de la eugenesia contemporánea. 

Uno de los aspectos destacables de la obra es la toma posición del autor con respecto al tema que trata y la enunciación de los principios que guían el libro: la ciencia no está exenta de la influencia de la política y, especialmente, aquellas ramas de la ciencia –como la genómica– que tratan sobre los seres humanos. En este sentido, Rutherford afirma que un libro sobre racismo, genética o eugenesia no puede ser un libro políticamente neutro, como no lo es el suyo.

En línea con este principio –y en el contexto, aún incipiente, de remoción de estatuas y borramiento de nombres en las universidades y espacios públicos de científicos que impulsaron el colonialismo, esclavismo o la eugenesia–, el autor subraya que tales acciones no buscan desdeñar el conocimiento por su origen, pero que tampoco se hace ningún aporte ignorando los males de quienes produjeron ese conocimiento. Rutherford señala “que la celebración póstuma de individuos es inherentemente un acto político, y su subsecuente remoción de la esfera pública no elimina el pasado; al contrario, constituye la historia. El pasado está fijado, pero la historia siempre cambia, y siempre es contestada.” 

La primera parte del libro se remonta a la Grecia Antigua, donde se encuentran los rasgos de un primer pensamiento eugenésico. Pero si bien hay rastros en el pasado lejano, fue el siglo XIX cuando nació verdaderamente la eugenesia. La historia de esta ideología inicia por la historia de sus creadores e impulsores, siendo el principal de ellos Francis Galton. Rutherford aborda algunos elementos biográficos de la vida de Galton, su obsesión científica y sus principales aportaciones a la estadística, así como el desarrollo de sus principios eugenésicos. Igualmente, aborda las visiones eugenésicas de otros hombres tales como Pearson y Fisher, cuyos aportes a las técnicas estadísticas –la variación estándar, la prueba x, la Anova, entre otras– seguimos empleando ampliamente el día de hoy.  

Las ideas eugenésicas pasaron a ser leyes en países como Estados Unidos donde se aprobaron medidas de esterilización forzada que afectaron con especial énfasis a los grupos más vulnerables, entre estos, a los migrantes. Los criterios de estas leyes eran imprecisos –demostrando el bagaje ideológico de las medidas– pues no es fácil –señala Rutherford– separar eugenesia del racismo. Así, fueron las poblaciones afroestadounidenses y nativos americanos quienes se convirtieron en el blanco privilegiado de las políticas eugenésicas.

Sin embargo –y esta característica hace que el libro sea no sólo un relato de los penares del pasado–, las ideas eugenésicas siempre fueron contestadas y tuvieron opositores. En este sentido, el autor critica la repetida frase de “hombres de su tiempo” que se blande con frecuencia como una justificación de las ideas racistas, sexistas, colonialistas y, en este caso, eugenésicas, de prominentes figuras del pasado. Quienes las criticaron y se opusieron fueron también hombres y mujeres de su tiempo. Así, figuras como los escritores H. G. Wells o G. K. Chesterton criticaron duramente tales ideas, cada uno desde sus propias convicciones, ya fueran políticas o religiosas. Del lado científico, las ideas eugenésicas también tuvieron sus críticos, como J. B. S. Haldane, que apuntaba a los sesgos y a la mala ciencia de los defensores de aquella ideología científica. El autor no olvida señalar que la eugenesia fue un conjunto de ideas que se extendió igualmente en los espectros políticos de la derecha como de la izquierda. 

La narración histórica está intercalada con lo que se podría ver como unas lecciones básicas sobre el funcionamiento de la genética que permiten al lector comprender los errores en los que se cayeron en el pasado. Así, fue un error –y continúa siendo– la idea de que a un rasgo o característica se le reduzca a un único gen, puesto que los rasgos raramente tienen causas genéticas singulares (dependientes de un solo gen). Los rasgos, desde el color de ojos, condiciones psiquiátricas y la inteligencia dependen de cientos y hasta miles de genes (no todos aún identificados) y, en el caso de la inteligencia, miles de genes aportan un porcentaje mínimo. 

En la segunda parte del libro el autor apunta cómo la eugenesia sigue entre nosotros, en el presente. Rutherford da una serie de ejemplos de las acciones eugenésicas que, aunque en menor escala, se siguen practicando. Desde Canadá con la esterilización de cientos de mujeres indígenas, hecho descubierto en 2018, hasta en los centros de detención migratoria en Estados Unidos. Igualmente, Rutherford da cuenta de algunos personajes –científicos, políticos y personalidades– que hoy en día defienden alguna versión de la ideología eugenésica como, por ejemplo, privilegiar la reproducción de personas con altos resultados en las pruebas de IQ.  

Rutherford apunta que la genética humana es profundamente compleja y que lejos está el día en que podamos comprenderla, y menos aún, controlarla para efectuar las ideas eugenésicas anheladas en el pasado y, aún por muchos, en la actualidad. Si bien, esta ideología apuntaba al mejoramiento de la sociedad, hacerlo es posible por otras vías que han demostrado su eficiencia: la educación de calidad para toda la población, acceso a una mejor alimentación, servicios de salud, etc. Para brindar un mayor bienestar a nuestras sociedades –escribe el autor– no es necesario recurrir a un credo científico pobremente comprendido. 

Las luchas sociales del pasado, que con frecuencia hicieron frente a estas perniciosas ideologías, exigieron la extensión de derechos y un mayor bienestar. Aquellas luchas han dado resultados, aunque siempre resta camino por andar. Si el ideal es hacer una mejor sociedad, tal vez habría que abocar las energías hacia estas luchas y dejar de lado los peligrosos credos científicos.

Con un repaso de la historia de la eugenesia, su presente y los dilemas que presenta, Control es una herramienta para reflexionar sobre estos intrincados temas y un ejemplo del compromiso político y social que puede tener la ciencia.