Primera de dos partes


Que el hombre, no el tanque, prevalezca.

Adania Shibil

Confieso que batallo con la compulsión de mirar el celular, sobre todo en los ínfimos momentos vacíos de espera, por ejemplo, cuando la señorita pasa los productos por la banda antes de cobrarme, o durante la espera para que me entreguen el coche en el estacionamiento. Sucumbí, abrí el Instagram justo en una publicación de Motaz Azaiza, el periodista que documentó los primeros meses el genocidio en Gaza. Se trataba del video del cuerpo de un joven decapitado. Quise obligarme a desviar la mirada y escrolear para cambiar de imagen, pues ¿qué pinche acto testimonial es encontrarse una imagen en IG mientras espero en un estacionamiento? La primera vez que vi el video no logré descifrar visualmente la decapitación. Me dio morbo y curiosidad. A pesar de mí, lo volví a ver. Viendo de reojo que ya me traen el coche, distingo un cuerpo sostenido por cuatro o cinco personas con una manta azul, sin una pierna. Noto también que los que cargan al cuerpo abren la manta y la empujan un poquito hacia adelante para mostrar el cuerpo decapitado. Fibras de músculos sangrantes cuelgan del lugar del cuello y la cabeza. Siento náuseas y ganas de llorar. El valet se estaciona delante de mí y me entrega las llaves. Miro alrededor de mí aquilatando la indiferencia generalizada en los espacios públicos, anónimos. Siento náusea y emito un sollozo, me permito soltarme, congelada con las llaves y el celular en la mano. Un rato antes había me había topado con una nota en IG sobre una protesta en la embajada de Israel. Al buscar más información, me encuentro en YouTube videos de decenas de granaderos preparándose para la batalla contra los estudiantes de la UNAM que van a protestar contra la invasión y el genocidio en Rafah. Pero eso ya tiene meses. También la última en Reforma, y otras manifestaciones afuera de la embajada israelí.

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En 1996, se publicó, en la revista Hadarim, una conversación entre el poeta palestino Mahmoud Darwish y la escritora israelí Helit Yeshurun.[1] El diálogo tuvo lugar en hebreo durante los esperanzadores años que sucedieron a la firma de los Acuerdos de Oslo (1993). Ambos escritores abordan el tema de las historias de victimismos de israelíes y palestinos, y el tono de los dos es amargo e irónico. Haciendo un ruego por la armonía, Darwish afirma que los israelíes han detentado históricamente el monopolio del victimismo y pide el derecho de la queja como víctima. En respuesta, Yeshurun sitúa el estatus del pueblo judío como los vencidos asociado a una misión estética sin comparaciones: “La cultura judía ha creado grandes obras de arte como pueblo vencido. A ustedes no les gusta escuchar esto. No nos consideren vencidos nacidos ayer”. La entrevista deviene un combate con palabras entre los vencidos. Darwish explica la paradoja del predicamento de los palestinos desde su perspectiva individual pero también la colectiva:

He aprendido a perdonar.

Cada palestino es testigo del desgarre.

Ha pasado más de un año desde que Hamas rompió el cerco militar israelí y perpetró el horrífico ataque sorpresa a los alrededores de la franja contra de la población israelí. Aquél fue el ataque de mayor intensidad e impacto por parte de los palestinos en la historia del conflicto. En los quince meses que han transcurrido desde el siete de octubre de 2023, Israel ha respondido al ataque con el casi-constante bombardeo aéreo de la Franja, incluyendo la destrucción de escuelas, hospitales y la iglesia más vieja del enclave. En la segunda semana del conflicto, Israel exigió a la mitad de la población (de un total de 2.2 millones de palestinos) desplazarse al sur de la Franja.

Alrededor de un millón y medio de personas se desplazaron hacia el sur para habitar campos de refugiados improvisados, reviviendo la Nakba, o catástrofe de 1948, cuando 800 mil palestinos fueron forzosamente desplazados de sus hogares por la incipiente fundación del estado israelí. En este nuevo episodio del conflicto, más de 47 mil palestinos han caído en los bombardeos y ataques. Ésas son las cifras oficiales, pero se calculan alrededor de 200-300 mil muertos más y más de 100 mil heridos. El conteo de cuerpos está resultando difícil a las autoridades en Gaza. Ello puede atribuirse en parte al uso, en zonas residenciales, de “bombas aspiradora” y “armas termales”, al menos según los testimonios de ciudadanos y doctores. Ese tipo prohibido de armamento, vaporiza los cuerpos, de modo que miles de víctimas permanecen “desaparecidas” (sin cuerpo no hay certezas). Otras tantas siguen sin contarse porque sus cuerpos permanecen bajo los escombros o han sido escondidos o enterrados en fosas comunes por las Fuerzas de Defensa de Israel. Familias enteras han sido borradas del registro civil, y la hambruna está siendo usada, por la política genocida de Israel, como arma de guerra. Para el 27 de junio de 2024, el 72% de los edificios de la Franja habían sido dañados o destruidos.

Por si lo anterior fuera poco, grupos de derechos humanos han documentado el arresto a más de 4000 gazatíes que trabajaban en Israel y que están detenidos en bases militares. Adicionalmente, unos 7,000 palestinos fueron arrestados en redadas nocturnas en Cisjordania y Jerusalén del Este. Mientras tanto, toneladas de ayuda humanitaria han sido sistemáticamente detenidas en la frontera con Egipto antes de ser entregados a la población por cuentagotas; reportes cuentan que los soldados han disparado directamente contra los palestinos que se acercan a los camiones para coger alimentos y ayuda básica para sobrevivir. Organizaciones no gubernamentales han sido blancos directos del ejército israelí y, hace unas semanas, Israel expulsó a la UNRWA, la agencia de las Naciones Unidas de ayuda humanitaria más importante del mundo.

Antes de esta guerra, gracias al cerco establecido en Israel desde 2005, la población de Gaza carecía intermitentemente de luz, gas, agua, comida, medicinas y otros servicios básicos. Pero a quince meses de los ataques de Hamas, la situación ha llegado al punto de que se habla de genocidio, ecocidio y urbicidio, de la destrucción de posibilidad de la vida humana en el territorio una vez que cesen los bombardeos.

La violencia de Israel contra los palestinos en Gaza antes de esta guerra era de por sí abrumadora: se ha descrito a la Franja como una cárcel a cielo abierto. A pesar de que con los acuerdos de Oslo se instauró a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) en el poder, los palestinos han sido en realidad gobernados por Israel bajo el estatus de no-ciudadanos: con derechos distintos —o más bien, sin derechos—, sin autonomía ni posibilidad de autodeterminación política. A esto se le llama apartheid. Sin duda, funcionarios de la ANP fueron corrompidos, y cuando hubo un llamado a elecciones en 2006, Hamás ganó por mayoría. La ANP, en complicidad con EU e Israel, echó a Hamás de Cisjordania, con lo cual creó una cisión dolorosísima al seno de la sociedad y política palestinas. Hamas es un movimiento islámico que no reconoce al estado de Israel y ha sido etiquetado por los medios hegemónicos como un grupo terrorista.

Poniendo en perspectiva los ataques del 7 de octubre, vale preguntarse qué medios les quedan a los palestinos para resistir y pelear por su autonomía contra el segundo ejército más poderoso del mundo. La campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones, promovida desde 2005 para ejercer cierta presión internacional sobre Israel, la diplomacia, la mediación estadounidense, los festivales de cine, las negociaciones, todo ha fracasado. Sin duda, las acciones de Hamas del 7-10-23 son abominables: no ejecutaron una acción de guerra, no se rebelaron contra el estado de Israel ni contra el ejército, sino que lanzaron un pogromo contra las comunidades, la gente, los ciudadanos. Podemos condenar los ataques, pero no sin entender el contexto y la historia del conflicto. La prensa internacional calificó a Hamas como un grupo terrorista, sin llamar jamás a los israelíes terroristas cuando matan a sangre fría a ciudadanos desarmados y destruyen sus casas y sus formas de sustento, como olivares y huertas.

En los albores de los Acuerdos de Oslo, hace treinta años, Mahmoud Darwish dijo: “He aprendido a perdonar”. Sin embargo, los Acuerdos de Oslo nunca se llevaron a cabo, la ocupación continuó, se expandió y, desde esta perspectiva, las acciones de Hamas del 7.10.23 derivan de una ideología violenta de venganza que surge de la humillación sistemática ejercida por Israel, del vivir constantemente bajo asedio y amenaza. Cada palestino “es testigo del desgarre”, pues además de heredar el estatus de refugiado, tiene un hermano encarcelado injustamente, un familiar a quien el ejército le ha destruido su casas, o parientes en Gaza desaparecidos, desplazados, muertos, exiliados, refugiados.

A la vez que que grupos como “Not In My Name” o “Jewish Voices for Peace” se han manifestado contra el genocidio en Nueva York y Washington, el ministro de defensa israelí ha llamado a los palestinos “animales humanos”, y el gobierno al que representa persigue la narrativa de que el conflicto no involucra solamente al Estado de Israel, sino a la totalidad del “pueblo judío”, que debe estar unido contra los “animales” que los quieren matar. Sea como fuerte, ni la islamofobia, ni el dolor y enojo israelí y de parte importante de la comunidad judía global pueden justificar los crímenes de guerra en Gaza.

Acaso por cuestiones sistémicas asociadas al legado colonial, la muerte de ciudadanos palestinos no produce, en occidente y entre las élites, la misma indignación moral que la muerte de los israelíes. En ese contexto, hay que considerar que la precariedad, el desplazamiento forzado, la exterminación y la muerte es lo que le espera, a mediano plazo, a una parte importante de la población planetaria.

Bajo el estadio actual del capitalismo post-pandémico (llamado “tecnofeudalismo” por Yannis Varoufakis), el sistema ejerce un nuevo tipo de poder sobre ciertas vidas humanas. Se trata del así llamado “necropoder”, el cual va más allá de la biopolítica —es decir, del poder ejercido al dejar vivir o morir a las poblaciones—. Es, más bien, una noción extendida de la necropolítica, e implica el descarte de vidas atrapadas en bucles de enfermedad, falta de derechos y recursos básicos, esclavitud, deuda, desplazamiento forzado, desaparición y muerte. El necropoder ha transformado a los descendientes de los pueblos colonizados y de esclavos, otrora una fuerza de trabajo explotable, en una masa negativa e indeseada, en una población redundante o, como la llama Neferti XM Tadiar, “sobrante”, que ocupa tierras con recursos considerados más valiosos que sus vidas. Grupos sociales por todo el planeta están siendo estructuralmente obligados a ocupar este estado de desechabilidad. Estamos hablando de gente en centros de refugiados en Australia, México, Estados Unidos; en cinturones de miseria en Berlín, Manila o Sao Paulo; en alojamientos de obreros en China o en las Zonas económicas especiales en el Sureste de Asia; en las cárceles de Nayib Bukele; en la frontera de Estados Unidos y México; o en la maquinaria del complejo carcelario corporativo. Los muertos y desaparecides de la guerra contra las drogas en Filipinas, México o Colombia también son poblaciones sobrantes. No hay que perder de vista cómo todas estas situaciones de merma o destrucción de la vida son la condición de posibilidad de la acumulación de riqueza y poder por parte de las poblaciones cuyas vidas sí son consideradas como valiosas —llorables— por el sistema.

Como bien lo muestra la película Zone of Interest (2023), el costo de la vida valiosa o llorada en enclaves de privilegio es la precarización y destrucción de la vida sobrante. Esto nos lleva a formas injuriosas de interdependencia a escala planetaria que implican desechar y eliminar vidas para que florezcan las vidas llorables de los ciudadanos. Por ejemplo: el desplazamiento forzado de poblaciones cuyos territorios albergan minas de litio o de gas esquisto, o que están destinados a conectarse con los mercados globales por medio de megaproyectos de infraestructura, monocultivos o granjas industriales…

Gaza es, en ese sentido, una expresión extrema y doliente del nuevo orden mundial. 


[1] La conversación fue traducida al francés por Simone Bitton y reimpresa en La Palestine comme métaphore (Actes Sud, 1996). Las citas que aquí presento han sido traducidas por mí.

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