Segunda de dos partes
(Aquí puedes leer la primera)
anochecer exhausto luego de anochecer
Suhair Hammad
pájaros volaron sobre la reunión de shifa
una canción enloquecida volando sobre un cielo
desarbolado cargando hospital humeante
pasillos tirando gente
esposada en vestíbulos oscurecidos
pájaros insistieron sangre por todas partes
se cortan las cabezas díganles a todos
los pechos más pequeños implosionan pluma
pájaros embrujados alas costillas exponiendo
un aullido que es asesinato
carece de reposo
murmura esto no es sueño
Lo que hemos estado viendo con terror, desesperación e incertidumbre en los últimos quince meses en Gaza es una expresión —digamos, la expresión hasta hoy más violenta, más despiadada e implacable— de lo que los palestinos llaman la “Nakba”. También conocida como la “catástrofe palestina”, dio inicio en 1948, y ha consistido en el intento sistemático, por parte de Israel, de obliterar las formas de vida palestinas dentro de la Palestina histórica. En 1949, Israel puso en marcha el Plan Dalet para despoblar y destruir pueblos palestinos. Desde entonces, la destrucción es parte de la vida de los palestinos. Por eso he dicho que lo sucedido desde el 07.10.23 en Gaza es la continuidad intensificada de esa política que se ha implementado allí desde hace más de 70 años. Lo que ha cambiado —además de la impunidad con la que Israel está conduciendo esta campaña militar brutal y punitiva que ya se extiende de Gaza a Cisjordania, Líbano, Siria y Yemen— tiene que ver con dos cosas: primero, con una crisis global en los principios y tradiciones del humanismo y en los límites de los Derechos Humanos como garantes de las condiciones de vida básicas o dignas de las personas. En segundo lugar, la intensidad de la destrucción de Palestina está interrelacionada con la destrucción física de los ecosistemas que sustentan la vida humana y no-humana en el planeta. Desde el Ártico, hasta Australia, pasando por la selva del Amazonas, podemos ver que existe una similitud morfológica con los eventos en Medio Oriente, cuyo origen se encuentra en la política de extracción de combustibles fósiles a nivel global.
Desde esta perspectiva, la Nakba no es el despojo original de los palestinos, sino el origen del despojo; no es un evento histórico que ocurre en 1948 con la fundación del estado de Israel, sino un evento que continúa desdoblándose con el paso del tiempo y que está conectado con la historia de los despojos, genocidios y ecocidios perpetrados por Occidente desde hace 500 años. Como expresión intensificada de la Nakba, en la Guerra en Gaza de los últimos meses suena el eco de las declaraciones de Ben Gurion y Moshé Dayan hace 70 años.
En los albores de la fundación de Israel, David Ben Gurion —quien fuera el primero en ocupar el cargo de Primer Ministro— declaró: “Luego de formar un gran ejército cuando se establezca el estado, aboliremos la partición y nos expandiremos a toda Palestina”[1]. Asimismo, en mayo de 1948 dijo: “Nos debemos preparar para la ofensiva. Nuestro objetivo es aplastar Líbano, Transjordania y Siria. El punto débil es Líbano, porque el régimen musulmán es artificial y fácil de socavar. Debemos establecer un estado cristiano ahí, y luego aplastaremos a la legión árabe y eliminaremos Transjordania; Siria caerá en nuestras manos. Luego bombardearemos y tomaremos Puerto Said, Alexandria y el Sinai”.[2]
Unos años después, a principios de los cincuenta, las incursiones de fedayines de Gaza y de la milicia egipcia contra ciudadanos israelíes eran algo común. En esa época, Israel buscó maneras de garantizar la seguridad de sus ciudadanos, y en 1955 lanzó una operación llamada “Flecha Negra” para aplacar los ataques. Las Naciones Unidas condenaron la operación y hubo levantamientos por toda la Franja para apoyar los ataques armados contra Israel. En ese contexto, y haciéndose eco de las declaraciones de Ben Gurion, el político y militar Moshe Dayan —quien sucedió a aquél como Primer Ministro de Israel— pronunció en 1956 una elegía dedicada a un israelí que había sido víctima de un ataque de palestinos de Gaza, quienes lo asesinaron, mutilaron su cuerpo y lo llevaron a su lado de la frontera. En la elegía, Moshe Dayan llama a una operación a gran escala —otra “Flecha Negra”— contra los ataques que venían de Gaza y Egipto:
No hay que retroceder ante el odio que acompaña y llena las vidas de cientos de miles de árabes, que viven a nuestro alrededor y que están esperando el momento en que sus manos puedan reclamar nuestra sangre. No debemos desviar la mirada, para que no se debiliten nuestras manos. Ese es el decreto de nuestra generación. Eso es lo mejor de nuestras vidas —estar dispuestos y armados, fuertes e inflexibles, no sea que nos arranquen la espada de los puños, y sesguen nuestras vidas.
Así, desde su fundación hace siete décadas, los dirigentes de Israel eran claros en su visión política: los israelíes tenían que estar armados y seguir expandiendo su territorio y matar antes de que los mataran para mantener la mayoría demográfica en su país. Las declaraciones de Ben Gurion y Moshe Dayan pueden ser, en ese sentido, leídas bajo la luz de una resolución que pasó el julio de 2024 en el parlamento israelí, con 68 votos a favor y 9 en contra, la cual declara que Israel “se opone firmemente” al establecimiento de un estado Palestino al occidente de Jordania, porque ello plantea un peligro existencial a Israel, y que promover la idea de un estado palestino sería premiar a los terroristas.
Cuando Benjamín Netanyahu llegó al poder en 1996, hizo evidentes sus intenciones: liquidar los Acuerdos de Oslo, seguir colonizando Cisjordania e impedir la creación de un Estado palestino. Todo ello, así como el abandono de Netanyahu de las leyes humanitarias y de los rehenes en poder de Hamás hasta el reciente cese al fuego, puede leerse como la continuación de la misma lógica desarrollada por Ben Gurion y Moshe Dayan: que todo vale para asegurar la supervivencia de Israel, que Israel no tiene fronteras permanentes y que a los palestinos no les queda opción que estar a merced de su proyecto de Estado. El significado de que una población esté siendo aniquilada de esta manera no sólo es aterrador, sino que sus consecuencias serán de peso para todo el planeta, pues esta aniquilación está ligada a las maneras en las que estamos destruyendo el resto del planeta. Por eso, este momento se siente como una crisis política y climática, pero también existencial.
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Otro aspecto que considerar es la existencia de un cerco global que circunscribe el lenguaje y la manera de hablar de esta guerra. Además de la represión global de expresiones de solidaridad con la causa Palestina (desde lo acaecido en los campus de universidades de élite en Estados Unidos, o la cancelación en Alemania de proyectos y eventos culturales de artistas o escritores que han posteado o firmado cartas en apoyo a la causa palestina, hasta lo ocurrido en mis salones de clase, donde alumnos pro-israelíes me censuran), comentaristas por todo el mundo han hecho unas contorsiones lingüísticas impresionantes para evitar enunciar con toda la gravedad necesaria el asalto de Israel contra Gaza (y luego contra Líbano, Siria y Yemen). Distorsionando el lenguaje y los hechos, se ha logrado propagar un discurso en el que pareciera que Palestina se encuentra en una situación de poder similar a Israel, como si se tratara de una guerra simétrica con dos ejércitos con poderes y alcances similares en vez de un genocidio. Si decimos “genocidio”, se nos acusa de amenazar a Israel, de antisemitas, de intimidar y agredir. Esta táctica represora sirve para distraer la atención de una práctica militar, económica y geográfica de largo aliento, cuyo objetivo político es, ni más ni menos, obliterar a la nación palestina.
El cerco del lenguaje tiene también una dimensión mediática. Por un lado, según un documental de Al Jazeera, se ha detectado un patrón que, además de ataques directos contra periodistas, busca destruir infraestructura de medios, expulsar a medios internacionales y no sólo bloquear el regreso a periodistas palestinos a la Franja, sino tenerlos como objetivo de guerra. A excepción de periodistas incrustados en las fuerzas militares israelíes, Israel está generando un blackout mediático, mediante la restricción de la cobertura, para minimizar las críticas a lo que está haciendo su ejército. El objetivo, como dice Justin Salhani, es continuar imponiendo su versión, generando el silencio de los palestinos, desinformando. En lo que lleva esta escalada del conflicto, se reportan 217 periodistas asesinados a finales de 2024; desde hace varios meses ya, no hay periodistas extranjeros en la Franja, sólo periodistas gazatíes en peligro de muerte inminente y aterrados de sacar sus cámaras. Por otro lado, se repite con venganza la historia de Abu Ghraib, ahora con la diseminación en redes sociales de miles videos y fotos de soldados israelíes cometiendo atrocidades en la Franja. Ha circulado pietaje de soldados explotando edificios, destruyendo muebles, rompiendo vajillas (según las leyes internacionales, las milicias no tienen permitido destruir propiedad civil: no son objetivos militares), por ejemplo, y otras cosas por el estilo al interior de las casas de los gazatíes, lo cual vuelve sin duda más difícil la posibilidad de reconstruir la vida ciudadana una vez que cese el fuego. También circulan videos de robo y quema de efectivo; de soldados exhibiendo o poniéndose lencería de mujeres palestinas. Vemos imágenes de tortura y humillaciones contra los detenidos. Hay videos de cuadras enteras siendo explotadas en las ciudades, de la destrucción musicalizada de universidades, con soldados israelíes que se identifican con sus nombres y sus batallones, diciendo delante de la cámara que lo hacen por venganza. Estos posteos son testimonio de violaciones de leyes internacionales de guerra, pero a los soldados no les preocupa ser fácilmente identificables. Han actuado con una impunidad apabullante.
Además de estos actos de hubris, el poder en esta guerra se basa en otorgar el derecho a nombrar, el derecho al lenguaje, el derecho a capitalizar las imágenes de los cuerpos destazados, destrozados, molidos, muriendo de hambre, el derecho a escribir guiones que toquen al público a nivel afectivo e irracional para justificar el genocidio. Por un lado, las imágenes de las víctimas israelíes de los ataques del 7.10.23 fueron diseminadas estratégicamente para exacerbar el trauma y conectar los ataques con el Holocausto: se hicieron visibles estratégicamente a periodistas y aliados en embajadas por todo el mundo; fueron retiradas del público y así se explotó su impacto y se reforzó la narrativa del trauma. En un artículo reciente en The Guardian, Naomi Klein analiza cómo la conmemoración de la masacre del 7.10 en Israel ha sido explotada para maximizar el efecto traumático de los eventos, reducir la simpatía hacia los palestinos y generar apoyo para la expansión de la guerra de Israel: obras de teatro, exposiciones de arte, películas de testimonio, incluyendo recreaciones minuto a minuto de las atrocidades; un largometraje creado por los productores de Fauda (Netflix) y una serie desarrollada por Fox que se estrenó hace poco. Según Klein, con muy pocas excepciones, el objetivo principal explícito de esta diversidad de obras parece ser transferir el trauma al público, recreando los eventos aterradores de forma tan vívida e íntima que el espectador tiene la experiencia de fusionar su identidad con las víctimas, como si elles mismes hubieran sido violades. Otro ejemplo de cómo se produce este “trauma prostético” son las “Misiones de solidaridad” al sur de Israel, con tours a los bordes del sitio donde tuvo lugar el Festival Supernova, durante el cual sucedieron los ataques del 7.10, hoy poblado de monumentos conmemorativos y la experiencia de Realidad Virtual Gaza Envelope 360 Tour: un paseo guiado a las comunidades atacadas ese día. Por otro lado, no cesan de circular imágenes deshumanizantes de los palestinos que cimentan su aniquilación. Edward Said hablaba de la construcción del árabe como “sujeto otro”; Judith Butler lo llama la construcción de “vidas no llorables”, término que recuperé en la primera entrega de este texto. Netanyahu y sus ministros les llamaron “animales humanos”. A través de las imágenes de palestinos destrozados, se normaliza la destrucción y la hambruna como herramienta de guerra, así como una jerarquía de cuerpos violentados: los visibles o aniquilables y los que se invisibilizan estratégicamente para sacralizarlos, valorizarlos, hacerlos superiores a los de los palestinos destazados.
Comentaristas han comparado al Festival Supernova en el sur de Israel, a escasos cinco kilómetros del muro que cerca la Franja de Gaza desde 2006, con lo que ocurre en la película Zona de interés, ya mencionada en la entrega anterior de este texto. Concebido como una celebración de la vida, como un “viaje de unidad y amor”, el festival representa, según el cineasta franco-israelí Eyal Sivan, la noción de paz para los israelíes: la capacidad, la libertad para ignorar al otro, a sólo cinco kilómetros.
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El jueves 17 de octubre de 2024, Israel golpeó con un misil el palacio municipal de Nabatiye, a 12 km de Israel, donde se repartían comida, agua y medicamentos; mató a 16 personas. Éste fue el primer ataque directo durante la guerra contra la sede de una autoridad civil del gobierno del Líbano. Francesca Albanese, la autoridad de las Naciones Unidas sobre derechos humanos en la región ocupada de Palestina, teme que esta escalada militar sea más bien un componente del proyecto ideológico enraizado en el mito del llamado “Gran Israel”. Este proyecto implica imponer una nueva realidad en el terreno, basada en una interpretación de la Torah que asegura que las fronteras del estado israelí se extienden desde el Río Nilo en Egipto hasta el Éufrates en Siria e Iraq. La siguiente leyenda aparece en la entrada de la Knéset —la sede del parlamento israelí—: “Y cuando el Señor se le apareció a Abraham, le dio la Tierra Santa del Nilo al Éufrates”. Theodor Herzl elaboró un plan en 1904 delineado por esta idea, la cual se halla en los cimientos del Partido Likud, establecido por Netanyahu. Esta visión religiosa es indisociable de una económica: una de las más grandes fronteras para la extracción de petróleo y gas es la Cuenca del Levante, a lo largo de la costa que va de Beirut, pasando por Akka hasta Gaza. Hay dos campos de gas allí, Karish y Leviathan, reclamados por Líbano. Desde 2022, a raíz de la guerra en Ukrania, la cual causó crisis en el mercado de gas, Israel empezó a exportar gas de Karish y Leviathan y petróleo crudo a Alemania y otros países de la Unión Europea.
Según Eyal Sivan, a nivel gobierno, Israel se presenta en el plano internacional como un estado bajo amenaza constante; su economía se ha basado mayoritariamente en la tecnología militar, y ha sido un laboratorio de guerra que suministra tecnología militar y know-how de administración de la excepción al resto del mundo. Por eso, dice Sivan en la entrevista ya citada, la paz es un peligro para Israel. Ello explica que el último año de genocidio en Gaza sea una nueva fase en la larga historia de colonización y extractivismo que comenzó hace quinientos años.
El Estado de Israel está cometiendo el peor crimen conocido por la humanidad, y este genocidio particular tiene características únicas que lo ponen aparte de otros más recientes. Primero: es un esfuerzo trasnacional coordinado con países occidentales (Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia, y en general la Unión Europea). Segundo, el genocidio está teniendo lugar en un momento en el que el Estado de Israel está más profundamente integrado a la acumulación primitiva del capital de combustibles fósiles (lo que se conoce como los Acuerdos de Abraham). El politólogo y activista Andreas Malm detalla cómo la devastación en Gaza va más allá de la imaginación y señala similitudes entre el proceso de destrucción de Gaza y la destrucción de la ciudad libia de Derna el 11 de septiembre de 2023 por el huracán Daniel. El fenómeno metrológico rugió por la ciudad mediterránea con tal fuerza que las calles y edificios se convirtieron en un gigantesco lodazal marrón. Murieron 11 mil personas en una noche: la extracción y venta de combustibles fósiles mata a la gente en Libia, Congo, Bangladesh, Perú, Derna. El genocidio en Gaza coincide con la expansión ilimitada de la infraestructura para la extracción de combustibles fósiles, a fin de expandir los límites de un planeta habitable con la meta inamovible de acumulación de capital. Justo cuando teníamos que desmantelar sostenidamente el uso de combustibles fósiles para evitar el calentamiento global de 1.5-2 centígrados, en la segunda década de los dosmiles se acelera su producción. Genocidio y ecocidio son dos caras de la misma moneda.
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En México, a pesar del cerco mediático y del generalizado sesgo sionista de la cobertura sobre el conflicto, el movimiento de apoyo a la causa palestina tiene dos victorias más o menos recientes: la cesión de relaciones del Colegio de México con la Universidad Hebrea de Jerusalén y la cancelación de un panel en la Feria del Libro de Guadalajara para discutir en qué términos o con qué lenguaje se “debe” hablar de la guerra. Sin duda, lxs activistas jóvenes comprenden que la democracia es un frente falaz para legitimar el genocidio y se están haciendo algunas preguntas urgentes. ¿Qué mundo habitaremos cuando cesen esta violencia y esta destrucción sin precedentes, que no son más que la intensificación exagerada de las violencias cotidianas padecidas por el pueblo palestino, y todo con el beneplácito de las potencias mundiales? ¿Qué resultará de la persecución y cancelación generalizada y fascista de palestinos en la diáspora y de las personas que denuncian el genocidio, notablemente en Norteamérica y en algunos países europeos? ¿Qué de la imposibilidad casi global de hablar del conflicto en instituciones culturales y educativas?
Luego del acuerdo del cese al fuego el 19 de enero pasado, no podemos olvidar la urgencia de estas preguntas, a las que se suma la gran interrogante de qué sigue ahora para las vidas de los palestinos. Con todo ello de fondo, he pasado los últimos días conversando con dos artistas gazatíes —Carmel Alabassi y Mohammad Jabaly— en la Escuela de Bellas Artes de Oslo. En las noticias, se habla de la invasión del IDF del campo de refugiados en Jenin, en una operación llamada “Muro de Hierro”, con la cooperación de la Autoridad Nacional Palestina, y que significa una intensificación de los ataques por todo Cisjordania. Carmel Alabassi está a punto de graduarse, pero no ha tenido cabeza para enfocarse en su proyecto final. Hablamos de un texto que escribió sobre la cuestión del duelo suspendido de los palestinos. Se trata de cómo se ha posopuesto el duelo de las vidas que se han perdido en esta guerra, de las personas y de la vida que tenían los habitantes de Gaza antes de esta guerra. Por un lado, ello ha sido inevitable por la urgencia de sobrevivir día con día. Por otro lado, la reticencia de los palestinos de hacer el duelo de lo perdido es una forma de resistir la ocupación israelí de sus territorios. Además, en casos de desaparición de personas, es inevitable, pues, ya porque sus cuerpos fueron extraídos por soldados israelíes, ya porque permanecen bajo los escombros, o porque son irreconocibles, o porque fueron completamente vaporizados por bombas termales (cuyo uso, repito, está prohibido por las leyes internacionales), lo cierto es que sin sus restos los familiares no pueden darlos así nada más por muertos. Carmel me habla del agotamiento de la gente que se quedó en Gaza, de que muchos gazatíes exiliados quieren regresar a ayudarlos a reconstruir. También de que muchos, sobre todo los más jóvenes, quieren salirse de ahí a como dé lugar. Hablamos de los niños amputados, que se suman a los 1600 jóvenes de una generación entera que perdieron una pierna luego de ser atacados por solados israelíes en 2018, tras la ola de protestas conocida como “La marcha del retorno”. Carmel y Mohammad Jabaly comparten una preocupación: la de encontrar mecanismos estéticos que les permitan acercar la tragedia de su pueblo al resto del mundo a través de su arte. Lo anterior en un momento en que, ante la crisis existencial y planetaria que ha hecho tan evidente esta guerra, el horizonte del humanismo se desdibuja, pues ve completamente rebasados sus marcos narrativos, dejándonos en la incertidumbre y el dolor. Por eso, a la vez, búsquedas como las de Carmel y Mohammad son más difíciles, urgentes y necesarias que nunca.
Notas
[1] Citado por Simha Flapan en su The Birth of Israel (1987).
[2] Citado por Michael Ben-Zohar en Ben-Gurion, a Biography (1978).
