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“Mi único carruaje es la imaginación, pero no a secas: la mía tiene ojos de lince.” Esto decía, en una conversación con Tomás Eloy Martínez, el poeta cubano José Lezama Lima. “Peregrino inmóvil”, como él mismo llegó a describirse, emprendió sólo dos viajes en su vida —y no muy largos—, pero conoció, podría decirse, el mundo entero: su trabazón más honda, su dinámica sensible. Así de potente era la vista de su imaginación, argótico lince, capaz de abolir la distancia de una ojeada, y divisar, allá lejos, una oreja de ratón que se asoma entre la hierba. La imaginación tiene ojos, entonces.

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Margit Frenk y yo nos conocimos el lunes 6 de mayo del 2013. Yo estaba —tardía, casi fósilmente (al menos así lo sentía en ese momento)— terminando la licenciatura, y por comenzar la redacción de mi tesis. Desde hacía muchos años, Margit daba clases en posgrado, así que no había sido mi profesora. La había leído, claro está. Y su nombre resonaba con insistencia en clases. No sé ahora, pero en ese entonces el suyo y el de Antonio Alatorre, su exesposo, formaban una especie de santoral filológico, él más en las vecindades del XVII novohispano; ella en los terrenos de la lírica popular y la obra de Cervantes.

Fue Ana Castaño quien tuvo la idea: cuando le conté que estaba pensando en escribir mi tesis sobre los poemas contenidos en el Quijote, me dijo, muy como es ella, “esa tesis la tiene que dirigir Margit”. Me costó, de sordo y de sorpresa, entender a quién se refería. Nos puso en contacto por correo electrónico y, luego de un intercambio de pocos mensajes —todos dirigidos, de ida y vuelta, con el vocativo “usted”—, llegamos a ese mayo 6 y al centro de Tlalpan. Yo llegué sudoroso, por el calor y por los nervios. Afortunadamente, en su casa había siempre una jarra eterna y fría y perfecta de agua de jamaica. (También las mejores “pastas secas”, como creo que se llaman esas galletas. Y atención, colegas que las van a extrañar: ya sé dónde las compraba. Escríbanme.) Cambiamos del “usted” al “tú”, por petición de Margit, en cinco minutos.

Yo tenía ideas ya sobre lo que quería plantear en la tesis, pero lo cierto es que, si bien había hecho ya unas tres lecturas del libro (una yo solo; una bajo la guía de David Huerta —la otra gran presencia tutelar de mi vida—; otra más en la maravillosa clase con María Stoopen, en la que aprendí tanto), si bien tenía ya esas lecturas, decía, la bibliografía crítica sobre la obra de Cervantes es tan descomunal por lo vasta que yo me sentía francamente chico, francamente en falta. Pensaba que ella lo notaría y que, por lo tanto, rechazaría ser mi asesora. No fue así. Y su método de trabajo me cambió la vida.

La primera tarea que me dejó fue volver a leer el libro —íntima, profunda, lo más profundamente que yo pudiera—, y desarrollar, en completa libertad, pero con el mayor rigor posible, mis propias ideas sobre el tema. “Toma nota de todo lo que se te ocurra” —me dijo—, “y vienes y compartes conmigo esas notas. Las discutimos, las pulimos juntos, y después, con base en ellas, redactas un primer borrador. Una vez que lo tengas, entonces sí, te pones a investigar todo lo que puedas sobre el tema.” Durante las sesiones —con galletas y vasos de jamaica— en que le leía mis notas, ella me alentaba, a veces, a seguir por una línea de trabajo; otras, me pedía revisar o descartar tal o cual planteamiento que resultaba poco convincente; otras más, me pedía ser más propositivo. (Eran en persona, y a viva voz, porque ella veía ya muy mal, y le costaba muchísimo leer por cuenta propia.) Cuando llegó tiempo de husmear entre los miles de anaqueles de la biblioteca interminable —y en constante crecimiento— sobre Cervantes, yo ya tenía meses trabajando. 

Tal método, que coloca la investigación bibliográfica detallada en el eslabón final y no como punto de partida, provoca que nuestra lectura de la crítica se vuelva también menos servicial y más enriquecedora. Se puede, entonces, debatir con la crítica con mejores argumentos; se puede rechazar tal o cual propuesta, o aceptarla como otra cara de la verdad y contrastarla con nuestras propias propuestas; también, y en muchísimas ocasiones, esa lectura ahora crítica de la crítica, y de la propia escritura a la luz de ella, sirve para aceptar que hemos cometido tal o cual error argumentativo, o que algunas de nuestras hipótesis son de plano filológica o textualmente incorrectas.

El párrafo anterior —y parte del anterior a ése— lo he sacado, casi de manera textual, de mi tesis de maestría. Sí: luego de la licenciatura, nos hallamos tan a gusto trabajando juntos, que, de común acuerdo, enfilamos nuestro dúo al siguiente eslabón académico. Las notas que tomé sobre los poemas preliminares de la primera parte del Quijote fueron tantas que con ellas bastó para redactar la tesis de licenciatura. Así que el proyecto inicial —una revisión de toda la poesía contenida en la novela— se transformó en mi trabajo de posgrado. Cuando una de mis sinodales revisó el manuscrito de esa segunda tesis, me sugirió, precisamente, prescindir de esa declaración metodológica. Entendí sus razones, pero igual me aferré a ella. Sí, en última instancia, acaso lo que importe en mi trabajo son las ideas allí vertidas —si están bien planteadas, si se sostienen por sí mismas, si la investigación detrás es suficiente—. Pero igual me aferré, y por dos motivos: el primero era la honestidad intelectual. Margit siempre me hizo sentir que mis ideas eran valiosas, y su actitud en nuestras sesiones de trabajo fue siempre de respeto y generosidad; de buscar cómo hacer que mis ideas, sin dejar de ser mías, llegaran a ser la mejor versión de sí mismas. No obstante, me parecía francamente inexacto, por decir lo menos, borrar cualquier huella de esa parte del trabajo, que fue diálogo y no monólogo. En un par de ocasiones, llegaron a mis tesis ideas que eran en su totalidad de Margit y que surgieron de manera espontánea en nuestras sesiones (no había, pues, registro de ellas). Recuerdo cuánto se sorprendió cuando se dio cuenta de que yo consignaba, en sendas notas al pie, la procedencia de tales ideas. “Nunca me había pasado eso”, me dijo. Quizá fuera injusta —a decir verdad, era ya entonces muy olvidadiza—, pero intuyo que algo hay de cierto en ello, y que acaso hay aquí una conversación mayor sobre otras formas menos nítidas de apropiación intelectual.

Por otro lado, era muy importante para mí dejar en claro cuán crucial me parecía trabajar primero con las ideas propias y luego con las fuentes de consulta. Yo no aprendí a investigar así en mis clases de licenciatura. Aprendí a empacharme de bibliografía, y luego escribir algo que, si bien me iba, glosaba las ideas más interesantes allí halladas y ampliaba un poquito (un poquitito) su tamaño. Lo crucial en tiempos de la inteligencia artificial no es si ChatGPT puede o no reemplazarnos: es aprender a notar cuánto éramos máquinas ya desde antes —máquinas de glosa y de regurgitación—. Si desde ese entonces la forma de trabajo que me enseñó Margit se volvió, para mí, algo como un manifiesto, hoy vuelvo aferrarme a ella y creo más que nunca en su relevancia. Es tan elemental que parece poca cosa. No lo es.

Sus clases —al fin compartimos aula durante la maestría— eran también puesta en escena de ese manifiesto: la tarea era leer dos capítulos del Quijote por sesión, con el lápiz en ristre. Y la sesión consistía en volver a leer esos mismos capítulos en voz alta, mientras compartíamos nuestras notas —las que hicimos en casa y las que iban saliendo durante la relectura—. Margit me enseñó a leer, sí. Pero también a releer, que es la forma más enfática, más insistente, más minuciosa del amor por la literatura. No faltaban quienes criticaban su método —les parecía poco académico—. Quienes pasamos por ese seminario sabemos cuánta complejidad cabía en su simpleza.

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Mi entrada a la maestría estuvo rodeada de algunos errorcillos burocráticos, de torpezas mías y de malentendidos que no vale la pena retomar aquí. En el proceso de admisión, me asignaron otra tutora —otra maestra querida y admirada, con quien, estoy seguro, hubiera sido un gozo trabajar—. Yo no sabía muy bien cómo funcionaba el protocolo de asignación de tutores, pero sí que Margit y yo habíamos platicado ya sobre seguir trabajando juntos. Así que le conté. Y ella, por su propia iniciativa, buscó la forma de que pudiera hacerse el cambio. Alguien que la quiere mucho, y que genuinamente estaba queriendo cuidarla, me lo reclamó. Margit tenía entonces más de noventa años. Según esa amiga y colega suya, yo debía dejarla en paz, para que descansara y se concentrara en su propia obra —sí: todavía, y hasta hace muy poco, Margit siguió escribiendo y publicando—. Quiero creer que el haber sido mi asesora durante el posgrado no la alejó de su trabajo. Pero, si de algo tengo la certeza, es de que para ella, para Margit, la obra de sus estudiantes era también suya. De una manera mediada y diferida, sí. Pero suya… Sé que yo también lo soy —suyo y su obra—. En su guía y en su amistad —así de cálida como era, así de divertida y entrañable— yo aprendí, en gran medida, a ser quien soy y a entender quién quiero ser. Es así, sencillamente, y perdónenme lo cursi. No siempre toca escribir en luto por quien ha sido una figura así —familia y pizarrón; abrazo y vademécum.

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He dicho ya que, cuando recién comenzamos a trabajar en mi tesis, Margit me pidió que nuestras sesiones consistieran en una lectura en voz alta de mis notas (primero) y de mis sucesivos borradores (después), para que así pudiera, aun con sus problemas de visión, corregirme o sugerirme ciertos cambios. Era apabullante cómo operaba de oídas su lucidez .

Pronto comencé a reflexionar sobre cómo esa falta de visión era, en el fondo, aparente, pues la imaginación de Margit —y su inteligencia y su corazón—, tenían también, como la de Lezama, ojos de lince. Conforme la fui conociendo, me decía a mí mismo: “Observa con cuidado. Aprende lo que es ver al fondo de las cosas; lo que es ver lo posible, lo que está por hacerse” (y algo así escribí en un poema para ella, “Topo y neblí”, que apareció en Sólo esto). Veía, pues, a Margit ver; la veía apuntar cómo un artículo, con su inadvertida y modesta pelusa, cambiaba el sentido de una frase; la veía ver a quienes la rodeaban, queriéndolos, desmenuzando sus peculiaridades con cariño; la veía ver a sus alumnos, identificando sus distintas capacidades y virtudes; la veía ver, en el futuro, la próxima edición de un cancionero, un nuevo artículo sobre el Quijote, un texto sobre el Cid; la veía ver, en mi trabajo, lo que sobraba, lo que faltaba, lo que se repetía, lo que seguía verde; la veía ver el dolor, y ofrecer un refugio en la dimensión honda y humana de su compañía.

Ahora imagino un emblema, como los de Ariosto (ese género de obras textuales y pictóricas, que formaban, mediante la triada de título, dibujo y explicación, una alegoría). En el centro, la elegancia espontánea de un lince —imponente, fabuloso—, que la tinta le arranca al papel. Uno de sus ojos mira al cielo con capacidad telescópica, escrutando más allá de lo evidente; el otro parece percibir, minucioso, los detalles más imperceptibles del paraje a sus pies, cubierto a trechos por una nieve que brilla. En su quietud plástica, se adivina el movimiento pausado con el que avanza. Como el jaguar en el poema de Ted Hughes, his stride is wilderness of freedom (‘es su zancada jungla de lo libre’). Los horizontes se acercan a él: no va él a ellos.

En la parte de abajo, la glosa tendría que ser la estrofa de una copla popular, de esas que le arrancan a cualquiera una sonrisa, y hablaría de la vista y de la imaginación; de la amistad y de la alegría.

El lema, ya se sabe, tendría que ser su nombre: Margit Frenk.

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