Mientras navegaba por las redes sociales, encontré un anuncio de la consultora Helix Inteligencia, una de las empresas que han surgido en el país gracias al auge de la Inteligencia Artificial. El anuncio está dirigido a las escuelas y propone el uso de la IA para “reducir la carga administrativa; mejorar la planeación educativa; facilitar la evaluación y retroalimentación; crear ambientes de aprendizaje más inclusivos y permitir que los docentes dediquen más tiempo a enseñar y acompañar”. Con la promesa de que el docente no será reemplazado sino “liberado”, Helix promueve una utopía en la cual la IA organiza aquellos aspectos que pueden automatizarse en la vida diaria de una escuela. El anuncio no ofrece más detalles, por supuesto, pues recomienda una visita al plantel para adaptar su programa al cliente.

Las instituciones educativas que tienen alumnado de nivel básico, media superior y superior han impulsado el uso de la IA. Desde la introducción de las primeras computadoras en México —en la década de los 90—, las escuelas comenzaron una competencia por estar siempre actualizadas. Pronto el aula tradicional (pizarrón, plumones, gises, proyectores) dio cabida —en las escuelas con suficiente presupuesto— a computadoras y pantallas. De igual forma, los planes de estudio integraron materias relacionadas con programación e informática. Hay una idea poderosa que impulsa la adopción de la tecnología en las aulas: las llamadas innovaciones tecnológicas son, por sí mismas, beneficiosas para estudiantes y maestros. Si la comunidad escolar no se actualiza se volverá obsoleta. A estos conceptos se suman los de evolución, adaptabilidad o resiliencia. Si no te sumas a esta ola, la competencia te hará a un lado. Sin embargo, la historia de la tecnología —en distintas áreas— nos enseña que esto no siempre es así.

Después de la pandemia, con la adopción de las pantallas como único medio de comunicación, las escuelas usaron, cada vez más, diversas plataformas en línea para contenidos y evaluaciones. Años más tarde, las empresas ligadas a la IA encontraron terreno fértil para que la educación —privada y pública— difundiera, en sus aulas, el evangelio del algoritmo y del “prompt” —es decir, las instrucciones que se le dan a los Modelos de Lenguaje de IA (LLM por sus siglas en inglés)—, o plataformas de imágenes hechas con IA generativa. En algunos casos, incluso sin la IA, las universidades intentaron aprovechar la fascinación por la tecnología para anunciar eventos que parecían más un espectáculo circense que una propuesta pedagógica. En el 2022, por ejemplo, el Tec de Monterrey se vanagloriaba por tener la “primera clase holográfica intercontinental”. La proyección bidimensional de un maestro dictó una clase a un grupo de 60 estudiantes. Curiosamente, el autor de la nota publicada en el portal del Tecnológico —Asael Villanueva— pondera que el proyecto sea “económico, fácilmente replicable y escalable para necesidades educativas”. A inicios de este año, la misma institución publicó, en su portal Conecta, el artículo “4 tendencias tecnológicas del 2026 para el aula del futuro». En el texto, Úrsula Barrón —directora de Tecnologías Emergentes del Tecnológico de Monterrey— elogió el Consumer Electronics Show (CES) llevado a cabo en Las Vegas, Nevada. El “evento de tecnología de consumo más influyente y reconocido en el mundo”, según sus palabras, no es otra cosa que una exposición comercial de dispositivos de vigilancia, recolección de datos biométricos, entrenamiento de algoritmos y, lo peor, experimentación conductual (algo que está prohibido en muchos países). El catálogo de productos allí presentados incluye lentes inteligentes, relojes, pulseras —los llamados wearables— o robots que hablan e interactúan con estudiantes para recopilar información. Barrón alaba cómo, gracias a esa tecnología, es posible “medir niveles de atención” o “qué momentos de la clase causan mayor engagement en tiempo real”. Es irónico que una institución hecha para las élites mexicanas —con colegiaturas muy caras— use a sus alumnos como conejillos de indias. En lugar de vender sus datos biométricos, los clientes pagan por que se los extraigan.

El uso de la Inteligencia Artificial (IA) en el aula no siempre necesita ostentosos aparatos o robots sofisticados. Lo más probable —considerando los presupuestos de la mayor parte de las escuelas en México— es que consultoras como Helix Inteligencia ofrezcan sistemas de medición para que los algoritmos indiquen medidas para aumentar el rendimiento de toda la comunidad escolar. Quizás la IA sea sólo una etiqueta de venta para un sistema contable y administrativo que diste mucho de las utopías/distopías futuristas asociadas a este nuevo Santo Grial de nuestros tiempos. En ese sentido, si el uso de la IA para gestionar una escuela va más allá y recopila información privada y datos biométricos de los alumnos, habría un serio conflicto ético y legal al respecto. Por otro lado, la idea de que la educación —un proceso complejo basado, sobre todo, en relaciones humanas— puede ser medida es una idea problemática. ¿Quién decide qué se mide? ¿Qué participación tienen los maestros en este proceso? ¿Los padres de familia son conscientes de que la información de sus hijos es, en aras de esa supuesta medición, recopilada por corporaciones que aprovechan vacíos legales para extraer datos sensibles de la población estudiantil?

En La tiranía de las métricas, Jerry Z. Muller hace una crítica al culto de la información y, sobre todo, del resultado medible en muchas organizaciones. En el ámbito académico, según menciona él mismo, la métrica ha servido para reducir la labor docente a un puñado de estadísticas que reflejan la ideología de la productividad. No hay atención a los procesos ni a muchos otros factores que intervienen en la educación. La utopía de la medición combinada con la IA crea otro problema: la imposición de un diagnóstico que se vende como objetivo, pues es generado por un algoritmo al cual no se le puede rebatir ni cuestionar. El dogma de la tecnología vende la fantasía de que estamos ante una tecnología que no tiene sesgos. Sin embargo, no es ni infalible ni objetiva, y cualquier búsqueda en internet sobre los innumerables problemas que tiene la IA hablará de opacidad, desinformación y “alucinaciones” derivadas de información reciclada. Tal es así que en sus mediciones basadas en índices de reprobación estudiantil, ausentismo, obtención de certificados, tiempo efectivo de clase, atención en clase medida por algún dispositivo, podrían ser usados para establecer políticas erróneas no sólo para los alumnos sino para los maestros. Además, el uso de la IA en clases va a contracorriente de las tendencias recientes en muchas escuelas, pues se ha vuelto a privilegiar —fundamentado en estudios científicos— el uso de libros físicos y la escritura a mano, además de eliminar el uso de celulares y pantallas en las aulas. 

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