Este texto es un fragmento del libro De armas tomar: Por qué las mujeres eligen la violencia, de Nimmi Gowrinathan, traducido por Marina Azahua y publicado en México por Editorial Sexto Piso, en 2023. El título original es Radicalizing her: Why women choose violence.

Revista Común agradece a Sexto Piso, a la autora y a la traductora la oportunidad de publicar y compartir este fragmento.


Espacios de lucha

“La lucha ocurre en muchos lugares, de muchas maneras diferentes”, a Malathi le gustaba recordarme. En aquel entonces Malathi era una Tigre, una guerrillera, a quien era común encontrar con las botas enlodadas tras sus incursiones en territorio controlado por el ejército. Hoy en día vocifera órdenes a otras mamás y familiares que protestan desde los templetes y en las calles, exigiendo el regreso de sus hijos desaparecidos por el Estado.

Toda activista política termina por acomodarse dentro de su campo de lucha, moviéndose a lo largo de varios espacios hasta encontrar su sitio. La mujer combatiente, la que elige la violencia, también debe encontrar su sitio dentro de un movimiento.

Para algunas militantes sus vidas dentro y fuera del campo de batalla es una coreografía cuidadosa entre la acción y la reflexión, que va construyendo lentamente una nueva conciencia: del tipo que fomenta nuestro conocimiento y amplía nuestra imaginación política. Para otras, se trata de una puesta en escena que ofrece, como lo describió una combatiente en Colombia, “una catarsis y un ajuste de cuentas” con la violencia que han vivido. Las más visibles llevarán su lucha a las calles, armadas para defender su propio derecho a existir.

En cada uno de estos sitios, la mujer combatiente encontrará tanto dolor como posibilidades políticas.

Fragmentos de la mujer combatiente

Ya no es una Tigre. Capturada al final de la guerra por el gobierno de Sri Lanka, hoy es una excombatiente. Para ella, y otras mujeres como ella, la detención es una casa de acogida para quienes están casi muertas, pero aún se cuentan entre las vivas.

El psicólogo del gobierno es uno de sus pocos visitantes. “¿Qué tan enojada estás ahora?”, le pregunta en un tamil entrecortado. “¿Te sientes suficientemente enojada como para aventar un vaso?”.

“No”, me contará ella después. No siente nada.

Reflexiona sobre la pregunta. Fue entrenada en combate, y considera que un vaso que se lanza siempre busca darle a un blanco. ¿Pero hacia dónde podría dirigir su rabia? ¿Hacia los hombres de la guerrilla con quienes compartió el campo de batalla y ahora se rehúsan a casarse con ella? ¿Hacia los soldados que la orillaron a desear haberse unido a sus amigas que terminaron en una fosa clandestina? ¿Hacia la maestra de “rehabilitación” pagada por una ONG que le pone montones de tela en frente y le pide que cosa pequeños patos amarillos? ¿Hacia él, este psicólogo “neutral” pagado por el gobierno?

Él busca una respuesta para evaluar su nivel de locura, no el origen de su rabia.

Movimiento

Cuando estas mujeres que conozco se unieron a los Tigres Tamiles, pusieron sus vidas en movimiento hacia múltiples direcciones. Comenzaron a desplazarse: desde sus hogares hacia el campo de entrenamiento, desde el campo de entrenamiento a la base de operaciones, de la base al campo de batalla, luego a otro campo de batalla, y a otro… hasta que las capturaron, fueron detenidas, escondidas, hasta que de repente terminaron inmóviles.

En cualquier insurgencia el movimiento es un continuo de resistencia consciente. Recuerdos de la movilidad agresiva que involucra la guerra quedan salpicados de momentos apacibles de reflexión. La retirada puede leerse como un símbolo de la derrota, pero también es estrategia —una parte fundamental de la avanzada—. La retirada es al mismo tiempo táctica (para conservar recursos) y reflexiva: un interludio para el pensamiento crítico, para el análisis, y para volver a centrar el objetivo político antes de la siguiente avanzada (algo que a los activistas que habitan fuera del campo de batalla les cuesta reconocer como un punto crítico de la construcción de un movimiento).

El mito más recurrente sobre la mujer combatiente plantea que su psique —vacía y desatada, como seguramente debe estar— fue cooptada por la militancia, o que se le “lavó el cerebro”. En efecto, a muchas de las mujeres que he conocido a lo largo de los años se les mostraron videos de propaganda y participaron de varias formas de adoctrinamiento dentro del movimiento. Pero ellas describen sus años en el campo de batalla, en modo de avance y retirada, como una participación intencionada en un proceso que les permitió acceder a un espacio político que antes les estaba prohibido y donde su conciencia fue evolucionando poco a poco a lo largo del tiempo.

A través del movimiento, un sentido político del ser va emergiendo: la combatiente, la mujer, dispuesta y capaz de resistir a todo tipo de cautiverio, incluso al del propio liderazgo rebelde.

Avanzada: la memoria de un movimiento

Cuando usaba el uniforme de camuflaje y entraba a la ciudad con un arma, había cierto respeto en la manera como me miraban todos. Ahora entro a la ciudad sin arma, sin uniforme. Ahora las personas me voltean la cara cuando me ven, incluso se burlan de mí. Como una moneda falsa, carezco de valor.[1]

Thamizhini

“Nuestra madame”, como le llamaban las combatientes, era de mediana edad. Su rostro se torcía de un modo que evocaba la austeridad de las mujeres capturadas, pero Akila estaba segura de que su físico no era apto para las exigencias de la guerra de guerrillas.[2]

Cuando la madame del gobierno se dirigió a las militantes de los Tigres recién llegadas, se burló: “Debimos haberles disparado a todas en la jungla, para evitarnos todos estos problemas con ustedes”. Les hubiera afectado, si no fuera porque estaban de por sí ya tan rotas —y de todas maneras Akila era la única que entendía su inglés—. Por lo que Akila pudo vislumbrar, la desradicalización tenía dos componentes centrales: el trabajo forzado y la instrucción espiritual —la última más desagradable que el primero—.

Akila voltea los ojos con hastío al recordar las meditaciones forzadas. El monje budista que mandaron para servirles de guía espiritual le contó que su recomendación al gobierno había sido ejecutarlas a todas, o “al menos debieron asesinar a las militantes de más alto rango”. Ella se pregunta si le pagaron para venir a ofrecer este tipo de iluminación. A las más suertudas las forzaban a quedarse de pie bajo el sol, durante horas; a otras las cargaron de positividad con choques de cables eléctricos. Para Akila la vida ahí adentro era “mentalmente tortuosa”. Pasar horas bajo el sol, hacer trabajo manual y enfrentarse con la ocasional fuerza bruta de su madame. “Es como si antes hubiéramos estado en movimiento y, de repente, quedamos paralizadas, quietas, atrapadas”.

En total había cerca de dos mil mujeres militantes de los Tigres en detención. “En los primeros días de detención las mujeres del ejército nos temían. Tal vez no sabían que nosotras les temíamos a ellas”. Un día, la madame se dio cuenta de que Akila hablaba inglés y sabía usar la computadora. Decidió que ella se encargaría de la captura de datos. Esto fue en el otoño de 2009, meses después de la ofensiva final, y los datos eran nombres y números de identidad de militantes Tigres —cada uno, vivo o muerto— encasillado en las celdas de una versión de Microsoft Excel de 2006.

El campo de batalla se había transformado, y Akila entendió su papel frente a la pantalla como la primera (última) línea de defensa entre los militantes y el Estado, que buscaba extraer información por cualquier medio posible. Pasaba los días esperando, no su liberación, sino la aparición del equipo del DIT (Departamento de Investigación Terrorista) que seleccionaría quiénes se enfrentarían a la tortura a cambio de información sobre terrorismo.

Una mañana, un oficial de bajo nivel del DIT se acercó a la computadora. Le preguntó a Akila por una militante mujer, mencionándola por nombre. ¿Estaba ahí? Akila escroleó entre las celdas mientras él la observaba. Ya se había asegurado de que la militante en cuestión estuviera ausente entre las celdas formateadas. “Salvarla a ella, por lo menos, fue una forma de resistencia, incluso cuando ya habíamos sido capturadas, ¿no?”. Las mujeres cautivas se mueven con lentitud y ligereza al zafarse del control férreo.

Para la mayoría de las dos mil mujeres internadas junto con Akila ser aprehendidas fue una decisión que tomaron contra la pared de un asalto militar brutal. En los últimos días de la guerra, mientras el bombardeo indiscriminado desmembraba a familias enteras, un altavoz sonaba por encima del estruendo de las explosiones. La orden llegó en un tamil enrevesado: “Si has estado con los Tigres, incluso un solo día, debes entregarte al ejército. Nos daremos cuenta si no te has rendido”. El anuncio quedó grabado en la memoria de casi todos los tamiles, repetido textualmente en cientos de entrevistas: el momento en que su fe fue arrancada de un movimiento, a la fuerza, para ser entregada al Estado.[3]

Cuando la derrota parecía una conclusión ineludible, las mujeres militantes comenzaron a rendirse. Akila llegó a detención decidida a olvidar sus viejos recuerdos, su tiempo en la batalla. Mientras permanecían inmóviles en largas filas de trabajos forzados, se les repetía una y otra vez: “Perdieron la guerra. Tienen que seguir adelante”.

Le da vueltas a la frase. “Pero esto, la desradicalización y cómo nos trataron, no borra las memorias. Sólo nos recuerda las razones por las que luchamos”.

Ilustración: Osheen Siva.

Retirada: los muchachos

Akila nació un año antes que yo, en Jaffna, el pueblo de mi madre —mi amma— en la punta más al norte de Sri Lanka. Amma vivía ahí todavía, unos años antes de que yo naciera, y recuerda las celebraciones que se dieron cuando su tío, Pata, fue elegido para formar parte del gobierno nacional de Sri Lanka en 1977, como miembro del Parlamento, para representar a los tamiles, la minoría étnica de la isla.[4]

Pata se presentó a las elecciones en un momento de mucha tensión. El grupo étnico mayoritario, los cingaleses, controlaban el gobierno y cabildeaban para excluir a los ciudadanos que hablaran tamil de posiciones en el gobierno. El proceso para limitar la admisión de los tamiles en la universidad ya estaba avanzando. Y la respuesta ante las manifestaciones pacíficas de la minoría tamil fue la violencia militar. Pata era un orador hábil, y argumentó por la liberación de prisioneros políticos tamiles y su enérgica oratoria se iba convirtiendo rápidamente en la voz de un movimiento.

En la marcha de celebración de la victoria de Pata en el verano de 1977, mi amma cuenta que “los muchachos”, como se le conocía en aquel entonces a los militantes en ciernes, se cortaron la punta de los dedos y marcaron con un grueso círculo rojo el centro de la frente de Pata —esto fortaleció su determinación espiritual con la causa tamil que buscaba un Estado independiente—.

Poco menos de un mes después, el éxito del partido condujo a que aldeas enteras ardieran en llamas a lo largo de la isla, conforme los motines anti-tamiles avanzaban hacia la capital. “Los muchachos” se habían convertido en los Tigres Tamiles, que se unían a la progresiva exigencia por una patria tamil que se llamaría Eelam.

Cuando yo tenía catorce años, desde lejos, Pata era mi héroe y “los muchachos” estaban a cargo de la revolución. A los catorce años, Akila se unió a los Tigres.

Avanzada: el campo de batalla

Aunque fundamentalmente me uní al movimiento porque estábamos en un Estado de guerra, como mujer, también lo pensé como una oportunidad de rebelarme y romper con los estereotipos de feminidad que tenía mi familia y la comunidad que me rodeaba.[5]

Thamizhini

Cuando me reúno con Sandra, una comandanta de alto rango de la rama de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo) en Bogotá, acaba de ser indultada. Una diadema roja recoge su cabello encima de las orejas y deja al descubierto unos aretes de oro con forma de ratón, cada uno de ellos adornado con una pequeña piedra roja. Acompañada de las improntas de lo delicadamente femenino, se arremanga un suéter decorado con un corazón de oro antes de sentarse, rígida, en el sofá roto. Una cicatriz profunda le atraviesa la mejilla izquierda. La marca se vuelve un poco más visible cuando habla, como si fuera un hoyuelo. Quiere dejar algo en claro desde un inicio: “Yo no estoy desmovilizada. Yo sigo siendo una combatiente. Miembro de las FARC”.[6]

A Sandra le impresiona que yo conozca a “Los Tigres”. Entre las mitologías particulares que se incuban en la resistencia, los Tigres ocupan un lugar especial. Ella ha leído acerca de las mujeres de los Tigres y las del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán): ambos movimientos lograron que un Estado independiente se vislumbrara como una posibilidad. “Cuando me uní a las FARC no había muchas otras mujeres uniéndose”, me dice Sandra. La decisión implicaba cortar de tajo con cualquier vínculo familiar. “Ninguna familia quiere que se le relacione con guerrilleros”.

Igual que con los Tigres, unirse a las FARC implicaba iniciaciones paralelas en educación política y entrenamiento militar. Con cuidado pregunto sobre su experiencia en entrenamiento militar, el rigor y la dificultad. Ella responde con una reflexión en torno a su propia filosofía de soldado de a pie: “Todo en la vida es un proceso, ¿no?”. Las personas, reflexiona, son “animales de hábitos”, y una vez que comprometes tu vida a un movimiento, tu cuerpo y tu mente se adaptan a esta nueva forma de ser. Las mujeres, piensa Sandra, son vistas en primer lugar por su rol dentro de la familia. Cuando, de hecho, me dice, “son sujetos políticos. Dispuestas al trabajo. Líderes que atraen a otras personas hacia ellas. Los hombres simplemente no son tan buenos”. Vacila y le murmura un “lo siento” poco sincero al caballero que me acompaña.

Sandra no cree que ella haya sido adoctrinada (ni que le lavaron el cerebro) para entrar a las FARC. Tiene cautela de los teóricos fuera del movimiento. Ella considera a las FARC “como una universidad”, donde la injusticia que ella observaba a su alrededor empezó a cobrar sentido. “Antes de unirme a las FARC me tocó ver el asesinato de no sólo unas cuantas personas, activistas, gente que buscaba un cambio social. Había asesinatos masivos”.

Fue la misma Sandra quien reclutó a más mujeres para unirse a las FARC. Aunque constantemente transmitía las reglas de las FARC en torno a la equidad de género, les advertía también que ésta no siempre era la realidad. A medida que fue creciendo el número de militantes mujeres, empezaron las conversaciones internas. “Les pedíamos que no subestimaran las capacidades de las mujeres”. Algunos hombres entendieron; otros no. El mayor orgullo de Sandra es haber cultivado perspectivas políticas dentro de su propio batallón. “Yo era la única que ayudaba a las mujeres que lo necesitaban a fortalecer su posición política”.

Retirada: la mujer combatiente

Mi madre me rogó no regresar a la isla, de la cual había escapado tras la muerte de su propia madre. “No podré dormir de preocupación por tu seguridad”, me decía Amma. Estaba segura de que yo, una tamil, estaría en riesgo. Llena de la euforia característica de los recién graduados de la universidad, fui de todas formas.

Unas pocas semanas antes de mi regreso, una caravana funeraria condujo el cuerpo de Pata por territorios controlados por los Tigres. Llegué demasiado tarde. Las preguntas que le quería hacer, y que llevaba a cuestas a través de los continentes, se quedarían sin respuesta. Entre las divagantes reflexiones de mi diario, guardé tras doblarlas con cuidado las páginas amarillentas de los obituarios regionales de Pata, junto con los dibujos coloridos de los niños tamiles que acababa de conocer.

Al llegar a Sri Lanka me quedaría sólo una noche en la capital antes de viajar hacia las aldeas dentro de territorio Tigre. A estas alturas el grupo controlaba casi una cuarta parte de la isla: Eelam era real. Yo trabajaría con jóvenes mujeres tamiles dentro de la zona de guerra, enseñando inglés en un refugio para niños en el interior de una iglesia. Me cautivó Nirmala, una niña de once años con el pelo perfectamente trenzado, que compartía el nombre de pila de mi amma.

Igual que muchos otros niños, Nirmala no era huérfana, pero “por la guerra este orfanato es el único lugar donde mi amma sintió que yo estaría a salvo”. A cada niño del orfanato se le daba una cajita para guardar objetos especiales para ellos. Los guardaban con cuidado en repisas junto a sus literas. En una de nuestras primeras tardes juntas, Nirmala sacó con cuidado, temerosa de arrugarla, una foto de su hermana mayor en uniforme de combate. “Ésta fue la última vez que la vi”, me dijo. “Fue el día que se unió a los Tigres”. La descolorida imagen de esta mujer empuñando un rifle con follaje a su alrededor contrastaba fuertemente con el papel que me enseñaron le toca jugar a las mujeres tamiles: recatadas, modestas, mimetizadas al fondo de casi todos mis recuerdos de infancia. Fue la primera vez que las esquirlas de mis propias ideas sobre la violencia, y la revolución, me devolvieron la mirada. De cerca, pude ver repentinamente la complicada vida política de las mujeres tamiles en la resistencia.

Durante uno de los varios años que siguieron —se fueron amalgamando unos con otros con el paso del tiempo— recuerdo estar sentada entre el polvo de un campo de refugiados, platicando con mujeres combatientes de los Tigres acerca de un muchacho que era objeto de cariño de alguna. Un hombre mayor se acercó con lentitud y sonrió, mostrando los pocos dientes manchados con hoja de betel que le quedaban. Había venido a contarme que él había conocido a mi abuela. Mirando a su esposa, dijo: “Ella es activista. Vino aquí a ayudar. Igual que Devi”.

Y fue ahí cuando aprendí quién había sido realmente mi abuela. Que poco tiempo después de dar a luz a mi tía, le encomendaron repartir panfletos de la campaña política de Pata en aldeas remotas, y se fue a cumplir esa misión, con pechos hinchados y toda la cosa. Que sentía que era su deber servir al pueblo tamil. Que era una figura diminuta que lograba que Pata se achicara cuando debatía ferozmente con él sobre sus posturas políticas. Que en la misma marcha de apoyo a Pata que mi madre recuerda, de entre “los muchachos” surgió Devi. Fue la única mujer que extendió la mano hacia la frente de su hermano, para marcar con sangre su propia contribución a la lucha.

Y fue sólo entonces, también, cuando me enteré de cómo había muerto la madre de mi amma en 1978 —de fiebre tifoidea, que contrajo al ser una de las pocas mujeres dispuestas a servirle comida a los refugiados intocables que huían de las primeras llamaradas de la guerra—. Devi, los hombres estaban de acuerdo, era la única razón por la cual Pata había llegado al poder.

Cinco años después de la muerte de Devi, una joven estudiante tamil, Mathivathani Erambu, iniciaría una protesta como parte de su propio intento por llegar al poder, exigiendo que los Tigres incluyeran a mujeres en sus filas.

Avanzada: el campo de batalla

Al límite, la Srita. Militancia pide más sangre
vendiendo venganza, construyó una bomba
usando su pecho izquierdo, hizo volar a la condenada ciudad.
Tiempo después de que esa tierra se volviera cenizas,
lo que quedó de su pecho arrancado sangró.[7]

Meena Kandasamy

Los excombatientes y afiliados cercanos de los Tigres sabían que una evaluación de los nuevos reclutas se llevaba a cabo antes de asignarles un sitio dentro de la organización — una especie de versión noventera, y guerrillera, de las apps que sirven para identificar consultores de alto rendimiento en el mundo empresarial—.

Se determinó que Akila era inteligente y fue enviada a estudiar inglés en 1993 antes de unirse a su batallón en el campo de batalla a la edad de diecinueve años. “En esos primeros días yo lloraba. Era todo tan diferente y me daba miedo que los animales me mataran”. Ella recuerda haber pensado que “a las mujeres mayores, las que llevaban ahí una década, parecía gustarles mucho”.

A lo largo de los años, algunas combatientes con quienes platiqué me fueron hablando de la pérdida en el campo de batalla, mencionando casi siempre a las amistades a quienes tuvieron que dejar de un momento a otro en la jungla. Akila habló con claridad de los sentimientos que la acompañaron al ir a la guerra. “Cuando yo era joven, quería hacer cosas extraordinarias. Estaba segura de que podía hacerlas”. Ella describe haberse sentido como una igual, libre. “Odio el concepto de que las mujeres están debajo de los hombres, en cualquier cosa. Yo no seré esclava ni de mi esposo, ni del Estado”. El campo de batalla como igualador de género forzoso es algo que volvería a escuchar a menudo —hay quienes lo añoraban, muchos años después de regresar a la vida civil—.

Incluso dentro del movimiento, las mujeres tenían que luchar. “Había, por supuesto, toda clase de dificultades. No estábamos acostumbradas al desgaste físico que esto implicaría para nuestros cuerpos. Nos despertábamos temprano, a las 4 de la mañana”. Antes de llegar al campo de batalla, su dedicación fue puesta a prueba, una y otra vez.

“Yo estaba lista para ir a la batalla y me dijeron que aún no estaba lista”. Akila se mantuvo firme en su certeza y se unió a la siguiente avanzada, una emboscada a un puesto de control militar que fue planeada con cuidado. “Cuando ganamos, yo estaba extasiada. De repente, todo parecía posible”.


Notas

[1] Thamizhini, In the Shadow of a Sword, traducción de Nedra Rodrigo, Sage-Yoda, Nueva Delhi, 2020.

[2] Akila, entrevista con la autora, Washington D. C., Estados Unidos, 2017.

[3] Personas desplazadas internas, entrevistas con la autora en varios campos en los distritos de Vanni y Vavuniya, Sri Lanka, diciembre de 2009.

[4] Tras haber sido presidente del Parlamento en la década de 1960, Muruges Sivasithamparam se presentó a las elecciones parlamentarias generales de 1977 por el distrito de Nallur, representando al partido nacionalista tamil, el Frente Unido de Liberación Tamil, y ganó por mayoría.

[5] Thamizhini, op. cit.

[6] Sandra, entrevista con la autora, Bogotá, Colombia, 2016.

[7] Meena Kandasamy, Ms. Militancy, Peacock Books, Nueva Delhi, 2011, p. 36.


Ilustración de cabecera: Jia Sung

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