¿Recuerdas a Karl Marx, ese famosísimo señor barbón? Seguro que sí. ¡Amamos! Pero hoy no vamos a hablar de él, sino de su hija menor y favorita, Eleanor Marx, mejor conocida en su círculo como “Tussy”, en alusión a su amor por los michis. Tussy nació en 1855, después del éxodo de la familia Marx, tras haber sido expulsados de Alemania, Francia y Bélgica. Para aquellos momentos ya se encontraban viviendo en Londres, relativamente tranquilos, aunque en condiciones económicas precarias. La infancia y adolescencia de Tussy estuvieron marcadas por haber transcurrido mientras su papá escribía su magna obra: El capital. Semejante empresa requirió la gestión de una enorme cantidad de trabajo emocional, de cuidados y de artesanía intelectual. Buena parte de ese trabajo recayó en Lenchen, la trabajadora del hogar; en Jenny, la esposa de Karl; y en sus tres hijas, Jenny, Laura y Eleanor. En particular, a las hijas Marx les tocaba la artesanía intelectual, ya que eran las eficientes asistentes de investigación que arreglaban papeles y correspondencia, organizaban material de investigación, buscaban citas y hasta pasaban a letra legible los manuscritos. Con tanto trabajo, las hermanas Marx se formaron política e intelectualmente en un ambiente bastante estimulante, además de que se hicieron muy cercanas a su papá; aunque fue Eleanor quien desarrolló un vínculo más fuerte con él, tanto así que el mismísimo Marx llegó a decir: “Tussy y yo somos uno”.
Tras la represión a la Comuna de París de 1871, la familia Marx abrió sus puertas a refugiados políticos franceses, entre quienes destaca Prosper-Olive Lissagaray. A pesar de ser diecisiete años mayor que ella, él y Tussy sostuvieron una relación amorosa durante alrededor de diez años, la cual mantenían en supuesto secreto, debido a la desaprobación del padre de ella. Este episodio en su vida es la expresión de un elemento que marcó toda su existencia: por ser la hija menor, fue la más tutelada y sobre la que recayó un mayor volumen de trabajo de cuidados, conforme sus papás fueron envejeciendo y enfermando.
Tussy estuvo profundamente involucrada en el movimiento literario inglés y en los círculos dramatúrgicos de la época. Fundó el “Dogberry Club”, un club teatral amateur que representaba obras de Shakespeare. Más aun, su trabajo de crítica literaria es inseparable de sus análisis sociales y de sus posiciones políticas. En las Cartas de San Petersburgo habla de la literatura como instrumento político de preservación de la memoria del movimiento obrero, por lo que asegura que hay novelas que debería leer cualquier persona interesada en tal movimiento.
Junto a lo anterior, tuvo una brillante carrera como traductora literaria. A ella se debe la primera traducción al inglés de Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y le interesó tanto la obra de Henrik Ibsen que aprendió noruego para traducir Casa de muñecas. Su edición se titula Casa de muñecas reparada, debido a que reescribió su tercer acto.
También fue una importante traductora de obras políticas. En 1876 participó en la edición y traducción al inglés de Historia de la Comuna de París de 1871, de Lissagaray, quien seguía siendo su pareja en aquel momento. En 1886 —cuando ya habían dejado de serlo— escribió el prólogo a una nueva edición del libro, donde resalta la relevancia de su lectura para enmendar la deficiente información que se tenía en Inglaterra acerca de la Comuna de París. Allí habla del ejercicio de traducción como una forma de justicia social que da acceso a la verdad a personas hablantes de otros idiomas. Otra muestra de su destacado trabajo como traductora es que, durante la Segunda Internacional, fue la traductora simultánea de las sesiones a tres idiomas.
Pero sin duda su más importante traducción fue la de El capital al inglés, llevada a cabo en colaboración con Friedrich Engels. Y es que, tras la muerte de Karl Marx en 1883, Tussy pasó a ser una de las principales editoras, compiladoras, traductoras y comentaristas de su legado, así como una de sus primeras biógrafas. Aquí encontramos un aspecto que se repite en la biografía de muchas intelectuales: además de su pensamiento propio y original, se han tomado el trabajo de ser preservadoras del legado de “sus hombres”. En el caso de Eleanor, contribuyó a preservar tanto el trabajo de su papá, como el de Lissagaray, su primera pareja.
Muy poco tiempo después del fallecimiento de Karl Marx, Tussy inició una relación de pareja con Edward Aveling, un médico y escritor socialista, que resultó ser un obediente siervo del mandato de la masculinidad hegemónica. Durante dieciséis años atormentó a Tussy con violencias patriarcales, tales como abandono emocional, abuso económico, infidelidades e incluso desaparecérsele. Pero como las mujeres nunca somos sólo víctimas, esos años coincidieron con los más fecundos en la carrera militante e intelectual de Eleanor.
Aun así, tras años de esa relación destructiva, su salud emocional se fue deteriorando, al mismo tiempo que su red de apoyo se erosionaba: como la más joven de una estirpe, fue viendo poco a poco el fallecimiento de la mayoría de sus familiares cercanos, así como de las amistades políticas y familiares, sin mencionar las divisiones en el movimiento obrero del que participaba. Todo esto, además de la relación abusiva con Aveling, la llevó a una severa crisis de insomnio y de agotamiento físico y emocional, hasta que, a sus 43 años, el 31 de marzo de 1898, Tussy decidió que ya no más, y bebió ácido prúsico para liberarse del sufrimiento terrenal. El suceso resultó todo un escándalo en los periódicos londinenses.
La entrañable Eleanor nos dejó textos en los que plasmó su pensamiento propio, más allá del de su eminente padre, tales como “El infierno de la fábrica” (1885), “La cuestión de la mujer” (1886), “El movimiento de la clase obrera” (1888), o su libro El movimiento de la clase obrera en América (1891). Uno de sus temas principales fue el trabajo femenino e infantil, pues lo consideraba central para entender al capitalismo, ya que reconocía que las fortunas burguesas sólo podían existir por la cruel explotación en fábricas a mujeres e infancias. Asimismo, daba cuenta de que había sectores industriales que eran completamente dependientes de la explotación femenina, tal como ocurría en su época con la fabricación de fósforos, un trabajo profundamente feminizado y nocivo para la salud.
Además de esa cruel explotación, en el capitalismo, la mujer “es una doble proletaria: tiene dos tipos de trabajo que hacer, el trabajo de productora en la fábrica y el trabajo de empleada, de esposa y madre en la casa”, ya que en las mujeres recae el “reproducir y alimentar a una nueva generación de proletarios” (la cita fue extraída de su correspondencia). Análisis como éstos la acercan a diversos enfoques de la economía feminista contemporánea que han estudiado a los sectores industriales y de servicios feminizados como los más esenciales de la economía capitalista, o que dan cuenta de la transferencia histórica de riqueza que han hecho al sistema capitalista los trabajos femeninos no remunerados. Además, tematizó aquello que el movimiento feminista reciente ha denunciado con tanto ahínco, como lo es la doble jornada femenina y el trabajo impago y no reconocido de cuidados, que incluso ha sido motivación central de la huelga feminista del 9M.
Por todo lo anterior, hoy en día Eleanor Marx es reconocida como una de las más emblemáticas exponentes del feminismo marxista; aunque en su momento, ella no abrazó para sí misma el título de “feminista”, que en aquel entonces se usaba para referirse a las sufragistas —cuyo movimiento pasaba, por cierto, por un momento vigoroso—. Y es que, al igual que Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, Tussy fue muy crítica de los movimientos feministas sufragistas de su época, pues concentraban su agenda en conquistas legales que no afectaban en nada al capitalismo. En ese sentido, afirmó que “el llamado problema de los derechos de la mujer es una idea burguesa”, que termina apelando a “la libertad de las mujeres para dejarse explotar” (Marx, p. 295). ¡Se tenía que decir y Tussy lo dijo!
En medio de un momento de gran fuerza del movimiento sufragista burgués, pero también del —ideológicamente distante— movimiento de mujeres obreras, la genial Eleanor Marx problematizó en qué consiste realmente la emancipación de las mujeres, sosteniendo que ésta no puede provenir de “dejarse explotar”, y más aún, que no es posible al interior del capitalismo.
Para ella, la mala situación de las mujeres era precisamente una dimensión de los males generados por el capitalismo: “la posición de la mujer refiere a la organización de la sociedad como un todo” (Marx, p.263-263). “Los que atacan el presente tratamiento de las mujeres sin buscar las causas de esto en la economía de la sociedad contemporánea son como médicos que tratan las afecciones locales sin investigar la salud corporal en general” (Marx. en Trabuco, 2022, p. 17).
En “La cuestión de la mujer desde un punto de vista socialista” puntualiza tres críticas al feminismo sufragista de su época:
- Todas sus participantes pertenecen a las clases acomodadas.
- Resguarda intereses y valores propios de la clase burguesa, como lo muestran sus reivindicaciones, que son referidas a la propiedad —como la exigencia del derecho de las mujeres a ser herederas o propietarias—, a aspectos profesionales —como la exigencia del derecho femenino a la educación superior—, o bien a “aspectos sentimentales” que no llegan al fundamento económico del malestar femenino —como la reivindicación de una vida significativa para las mujeres.
- No hace ninguna propuesta fuera de los límites de la sociedad actual.
Estas reflexiones, escritas hace más de 125 años, no me suenan tan añejas ni tan lejanas, y nos ayudan a recordarnos que, ya que las mujeres somos diversas, los feminismos también lo son, y que los feminismos del Sur global —para ser congruentes consigo mismos— no pueden sino apellidarse “anticapitalistas” (además de anticoloniales, pero eso, son otras las pensadoras que nos lo recuerdan). El trabajo de Tussy, pues, nos ayuda a recordarnos, digo yo, que no se trata de romper el techo de cristal, sino que lo necesario es desmontar todo el opresivo edificio del capitalismo. No queremos llegar arriba, al piso más alto del corporativo; tampoco que se reparta proporcionalmente el acceso a ser explotador(a). No queremos gozar equitativamente de los supuestos privilegios del capitalismo: queremos que no haya capitalismo porque éste necesariamente se basa en la explotación.
Yo creo que las ideas de Tussy nos dan elementos para seguir confrontando al feminismo institucional y corporativo, ése de aquéllas a quienes les alcanza con la agenda oficial del feminismo fijada por la ONU, con todo lo torcido que ésta representa.
Titulé a este texto recuperando aquella frase ya citada de Karl Marx, porque creo que tuvo mucha razón al afirmar “Tussy y yo somos uno”, ya que su gran legado no sería lo que es sin ella. Ningún gran intelectual podría serlo sin todo el trabajo de cuidados que lo soporta y que históricamente ha sido brindado por mamás, hijas, hermanas, esposas, novias, amantes, asistentes, secretarias, estudiantes, maestras, enfermeras, trabajadoras del hogar, etc. El legado de uno de los más importantes pensadores y revolucionarios de todos los tiempos lo debemos en buena parte a la bastante olvidada Eleanor Marx, quien además dijo bastante acerca de lo que él guardó silencio, pero que resulta tan importante para las feministas que estos días inundan las calles.
Referencias
Marx, Eleanor. (2022). ¡Siempre adelante! Escritos y cartas, 1866-1897. BANDA PROPIA.
Trabuco, Alia. (2022). “Siempre Adelante”, prólogo a Eleanor Marz, ¡Siempre adelante! Escritos y cartas, 1866-1897. BANDA PROPIA.
