Los resultados de las recientes elecciones en Estados Unidos han causado estupor y sorpresa entre amplios sectores de la opinión pública, no tanto por el resultado en sí, que entraba dentro de lo esperable, como por la forma en que ha tenido lugar y el escenario ante el cual nos sitúa. Quisiera compartir con nuestros lectores unas notas rápidas, escritas al calor del momento, sobre algunos puntos de interés en los que merecería la pena profundizar más adelante. Nada de lo que diga aquí merece por tanto el juicio al que un análisis informado, pausado, necesario en fin, debería someterse. A diferencia de los fast thinkers, que afirman con imperial vehemencia lo que apenas podría constituir una feliz intuición, soy consciente de la línea que separa ambos tipos de discurso.
En un artículo publicado en el dossier de la Revista Común sobre ultraderechas, Federico Finchelstein y Pablo Picato señalaban ciertos elementos importantes que contribuían a explicar la victoria de Trump en 2016. Los autores consideraban que el sistema electoral, tanto en los comicios internos del Partido Republicano como en las elecciones presidenciales, adolecía de sesgos antidemocráticos que distorsionaban el resultado definitivo, lo que habría facilitado el triunfo de Trump. Por otro lado, la composición del electorado y la forma en la que el sistema electoral estadounidense refracta los votos populares en electores estatales hacían que el peso de la población blanca, allí donde reside el grueso del trumpismo, aún resultara determinante. En todo caso, estos equilibrios se encontraban en proceso de disolución ante el avance de una imparable diversificación social, cultural y racial que ponía en peligro la base electoral sobre la que se había forjado el triunfo republicano. El artículo de Finchelstein y Picato, publicado en 2020, días antes de las elecciones presidenciales de las que saldría vencedor Biden, planteaba también la posibilidad de que un segundo mandato de Trump implicara una deriva al autoritarismo y un desguace total de la democracia liberal para afrontar el progresivo debilitamiento electoral del Partido Republicano.
Sin embargo, el resultado electoral de 2024 nos sitúa ante un escenario distinto. En esta ocasión, Trump no sólo ha logrado los votos necesarios del Colegio electoral, sino que ha triunfado en todos y cada uno de los estados decisivos, ha superado a los demócratas en voto popular y ha obtenido la mayoría en el Senado —y probablemente en el Congreso—. Se trata de un hito que los republicanos no lograban desde las elecciones de 2004, en un contexto de guerra contra el terrorismo, y que en esta ocasión viene acompañado de un avance sustancial del trumpismo entre sectores de la población que escapan al tipo de votante del que hablaban Finchelstein y Picato: los hombres hispanos, las mujeres blancas de bajos recursos o la clase trabajadora del cinturón del óxido, quizás sean algunos de los casos más significativos. Explicar la victoria de Trump por los sesgos del sistema de democracia indirecta y por los mecanismos de corrección del voto popular, algo plausible en 2016, ha dejado de serlo en 2024.
No faltan entre los sectores progresistas quienes, ayunos de esta explicación institucional, han arrojado toda esperanza en el género humano por la borda y optado por echar mano de alguna variante más o menos grosera de la famosa tesis marxista de la falsa conciencia: la gente vota contra sus propios intereses, es víctima de la desinformación, carece de conciencia crítica, o directamente de cualquier capacidad para evaluar la situación al margen de sus deseos y emociones más primarias. He llegado a leer incluso a quien coqueteaba, no sin cierta precaución por aquello del “qué dirán”, con la idea de que quizás haya gente a la que no se le debía cargar con el peso de una cosa tan sesuda y relevante como es votar. La demofobia nunca ha sido ni será privilegio de la derecha. Yo, en cambio, creo que la gente tiene buenas razones para hacer lo que hace, aunque no lo compartamos, y que es capaz de explicarse y justificar las decisiones que toma. Y creo también que negarse a entender esto es una forma de pereza intelectual que nos impide comprender, al amparo de un malentendido privilegio teórico, qué es lo que está pasando y cómo encararlo.
Quisiera comenzar puntualizando dos cuestiones que, no por obvias, algunos análisis pasan por alto de forma un tanto apresurada. Por un lado, se encuentra la tesis de Thomas Piketty sobre la “izquierda brahmánica”. Según el economista francés, en las últimas décadas asistimos a una profunda mutación de la izquierda electoral, que habría pasado de ser un partido de los trabajadores a un partido de los titulados. La brecha cultural, y todos los debates a ella asociados, constituirían el nuevo campo en el que tendría lugar este realineamiento. Creo que hay que tener cuidado con esta tesis. Leída de forma gruesa puede hacer pensar que las clases populares ya no votan por opciones progresistas. Esto es falso. En la mayoría de los casos, y no sólo en Estados Unidos, lo siguen haciendo. Lo que sí parece cierto es que hay una parte del electorado popular que, en coyunturas específicas, tiende a votar, como señala Piketty, a la derecha. Ahora bien, y aunque no debemos confundir la parte con el todo, el asunto se vuelve relevante cuando esa parte del voto popular determina el resultado final. Esto es lo que parece que ha ocurrido en Estados Unidos.
En segundo lugar, no deberíamos entender la contienda electoral como un enfrentamiento entre una oligarquía republicana con capacidad de movilización de masas y un conjunto de fuerzas democrático-populares. El recientemente fallecido Bernard Manin nos recordaba que nuestras democracias representativas son en realidad un tipo de aristocracias electivas, en las que el elemento democrático actúa como una suerte de contrapeso a la pugna fratricida entre élites. Un griego de la Atenas clásica dudaría mucho en considerar un sistema en que el pueblo no gobierna, sino que elige a los que gobiernan, como una auténtica democracia. El propio Piketty se hace eco de forma sui generis de este hecho cuando afirma que a la élite brahmánica de izquierdas se opone una élite económica de derechas, cuyo poder radicaría en patrimonios y rentas elevadas. La contienda electoral se decide entonces, en gran medida, en función de cuál será la élite que logra que una mayoría se identifique con los rasgos específicos que la caracterizan. La política norteamericana de los últimos años, con la nueva forma que ha adquirido la polarización entre demócratas y republicanos, sería un caso paradigmático de esta tendencia.
Algunos datos que empezamos a conocer invitan a creer que los resultados electorales del pasado martes podrían explicarse a partir de este planteamiento. Por ejemplo, todo parece indicar que en los estados bisagras esos votantes decisivos dieron preferencia a sus inquietudes económicas sobre las puramente políticas y culturales. Por otro lado, el nivel de estudios parece ser uno de los indicadores que mejor discriminan el apoyo a uno u otro partido, lo que parece reforzar esta lógica de oposición entre lo cultural y lo económico. La élite de la izquierda brahmánica, al centrarse en las luchas culturales e identitarias, habría regalado a la élite patrimonial de la extrema derecha el terreno de las demandas materiales. Si me permiten una analogía extraída de dos series de Star Wars producidas recientemente por Disney, la izquierda habría competido por la audiencia con The Acolyte, mientras la derecha lo hizo con Andor. Como muchos de ustedes sabrán, la primera fue un fracaso y ha sido fulminantemente cancelada; la segunda ha recibido una acogida tan favorable que contará en breve con una segunda temporada, véase: Trump 2.0.
La ventaja de un diagnóstico de este tipo es que establece una ruta relativamente clara para encarar la debacle: la izquierda debe volver a sus orígenes perdidos, debe atender las demandas reales, aterrizar en el suelo firme de las necesidades materiales y abandonar las etéreas brumas de las luchas culturales. Frente al desvarío postmoderno y woke de The Acolyte, es necesario volver a la épica rebelde de Andor, con su vieja estética de paneles cableados, grasa, barro y maquinaria fordista. ¿No parecen ir en esta dirección las declaraciones de un histórico como Bernie Sanders cuando señala que el Partido Demócrata ha abandonado a los trabajadores?
Creo, sin embargo, que el asunto es algo más complejo. Primero porque la identificación entre la élite patrimonial que representa Trump y las inquietudes económicas de estos sectores decisivos no se produce de forma inmediata, sino que debe construirse política y culturalmente. Los tipos de trayectorias que pueden conducir al trumpismo son sumamente diversos. Un hombre blanco desempleado, una abnegada ama de casa, el hijo de un inmigrante latino, una pequeña empresaria que duda de la forma esférica de la tierra, la integrante de un grupo evangélico profundamente antiabortista, un marido divorciado que perdió la custodia de sus hijos o un militar retirado excombatiente de Irak encuentran motivos muy diversos para apoyar a Trump. ¿Dónde radica entonces el éxito de su campaña? En primer lugar, en haber logrado presentarse como una opción creíble. Algo resulta creíble cuando es esperable; es decir, cuando la tensión entre lo que creemos realmente posible y lo que proyectamos como deseable se resuelve en un conjunto de expectativas al que, en última instancia, ajustamos nuestras decisiones. Ha logrado, además, sincronizar esta creencia, de orígenes muy diversos, en un estado de ánimo colectivo. Y ha logrado finalmente configurar esa amalgama de intereses, miedos y expectativas en demandas que, a ojos del votante, tenían cabida difusa dentro de la opción política que él decía representar frente a la de sus oponentes.
Sin duda, sería necesario analizar con detalle de qué forma concreta, mediante qué mecanismos, rituales y discursos esto se llevó a cabo. Si las conclusiones fueran sólidas, aún habría que contrastar su potencia explicativa con la de otras hipótesis. Pero de ser cierta esta intuición, la reflexión postelectoral de la izquierda debería tener en cuenta algunas conclusiones relevantes.[1] La primera es que sería necesario cuestionar la propuesta de la “vuelta a los orígenes” que, como vimos, sugiere que debemos abandonar de una vez las brumas de las luchas culturales, dejar de vagar por el insufrible desierto woke y arribar a ese territorio que nunca debimos abandonar: el de las necesidades materiales y los intereses económicos; en definitiva, el de la política tradicional de clase. Pero esta oposición no es más que una pobre ilusión. No sólo se trata del hecho de que la experiencia de cualquier necesidad material está elaborada por medio de la cultura; es decir, dotada de sentido y significado, cargada de emoción y de valor moral. Se trata también del hecho de que, en el ámbito de la política electoral, cualquier demanda económica debe articularse con demandas que proceden de otros imaginarios, producto de malestares y deseos de muy distinta índole. La construcción de este espacio, lo que algunos autores han denominado como la producción de hegemonía, es resultado de un trabajo de orden político y cultural. No hay una “tierra prometida” más allá de la cultura: la batalla económica es también una batalla cultural.
La segunda cuestión tiene que ver con una situación sorprendente, a la que tristemente nos vamos habituando cada vez más: la relación inversamente proporcional entre la capacidad de la izquierda para pensar la idea de hegemonía de forma sofisticada y la de la extrema derecha para aplicarla con eficacia. Sin duda hay muchos motivos que explican el descalabro demócrata. Pero estoy convencido de que uno de ellos tiene que ver con este asunto. El problema no es que la élite demócrata haya abandonado a la clase trabajadora en detrimento de las minorías étnicas y sexuales, sino su manifiesta incapacidad para producir hegemonía. The Acolyte tiene muy bajos niveles de audiencia, no porque apele a la diversidad cultural y de género, sino porque es muy mala. La trama no se entiende, el infantilismo con el que trata a la audiencia no deja de interpretarse como un gesto de condescendencia y la suerte de los personajes, indudable mérito de los guionistas, nos importa un pimiento. Francamente, nos da igual lo que pase. Aquí radica el problema, y de nada sirve entonces incorporar nuevas demandas, económicas o no, a una secuencia que se experimenta como algo incoherente y ajeno, incapaz de presentar un mundo creíble y esperable. ¿De qué hubiera servido filmar otro bodrio infumable con la temática y la estética de Andor?
La defensa de la democracia y de los derechos de las minorías frente a la amenaza fascista que representa Trump se ha revelado como una estrategia inútil si su objetivo era representar la diversidad de un electorado indeciso. A la torpeza de la campaña demócrata cabría añadir su manifiesta incapacidad para dejar de ser percibidos como la élite de una cultura oficial promotora de esa atmósfera asfixiante de campus universitario, que inunda la vida pública estadounidense con su exceso de corrección política y su puritanismo corporal. También es necesario recordar la pulsión suicida, enfermedad infantil de la izquierda postmoderna, a sobrevalorar las diferencias marginales como si de cuestiones sustanciales se tratara, en una suerte de delirio narcisista que convierte cualquier intento de diálogo en un monólogo autorreferencial. Todo esto ha obstaculizado que la demanda por preservar las instituciones democráticas y los derechos de las minorías haya ejercido adecuadamente su función representativa. Ahora bien, el fracaso no sólo se explica por una cadena de decisiones desafortunadas. La contienda electoral y el trabajo político de reducir la diversidad de demandas a términos equivalentes nunca tiene lugar sobre un espacio vacío, sino sobre un terreno de juego previamente definido, que marca ciertos límites y ejerce determinadas presiones sobre lo que puede hacerse y lo que no: la construcción hegemónica no es una operación que admita infinitas posibilidades.
Alguien dijo antes de que se conocieran los resultados del martes que, independientemente de que ganara o perdiera la presidencia, Trump ya había vencido. Y lo hizo desde el momento en que logró desplazar el foco de la atención pública a un terreno favorable para los republicanos, y que nada tenía que ver con la lucha por preservar la democracia estadounidense. Que la administración de Biden mantuviera los aranceles comerciales que Trump aprobó durante su primer mandato o que en muchos aspectos de política migratoria los demócratas siguieran una línea similar a la de los republicanos son síntomas de la dirección que tomaba el marco de discusión. Pero esto no es mérito de Trump o demérito de los demócratas, al menos no exclusivamente. Es evidente que, en los últimos años, en la mayor parte de las democracias representativas, y con la significativa excepción de casos como México, el eje ideológico se ha desplazado hacia la derecha. Y esto tiene que ver con dinámicas que suceden al margen de la contienda electoral y de la producción de hegemonía.
Antes he dicho que no hay nada más allá de la cultura y que toda experiencia humana está articulada culturalmente. Pero también es necesario afirmar, con la misma rotundidad, que ninguna construcción cultural, ninguna elaboración discursiva, puede sortear los imperativos de la necesidad y de las posibilidades que, más allá de nuestra voluntad, imponen los contextos y coyunturas históricas. Los efectos perniciosos de la globalización liberal sobre importantes sectores de la población en los viejos centros de producción capitalista, los masivos movimientos migratorios y todos los conflictos asociados a la necesidad de incorporar nueva fuerza de trabajo, así como la transformación tectónica de las jerarquías de género y la forma en la que esto está alterando nuestras interacciones cotidianas, la enorme incertidumbre que genera la reciente revolución de las fuerzas productivas o los efectos ya palpables del cambio climático, todo ello, debe ponerse en relación con una nueva estructura de sensibilidad propia de nuestro tiempo, o, como señala Alejandro Grimson, con una nueva configuración cultural sumamente compleja, pero que en las condiciones actuales facilita a la derecha más conservadora la labor de producir hegemonía.
Varios analistas han señalado que la lección fundamental que cabe extraer de estas últimas elecciones es el extraordinario deterioro que sufre la democracia representativa y sus valores. Creo que esto es cierto. Al votante de Trump no le ha importado en absoluto los procesos legales abiertos en su contra, su afición por el buyllying y el acoso sexual, las mentiras y las difamaciones sobradamente contrastadas, su manifiesta simpatía por el cesarismo plebiscitario, su racismo y su segregacionismo. Es más, lo ha votado por segunda vez, después de haber probado la mercancía y “saber a qué sabe”. Definitivamente, la suerte de la democracia liberal no es algo que le preocupe. Pero las condiciones para este deterioro ya estaban dadas en esa nueva configuración cultural a la que Grimson se refiere y que se ha instalado de forma permanente en nuestras sociedades, desquiciándolas. Quizás, antes de pensar en cómo elaborar una estrategia hegemónica en torno a la defensa de la democracia liberal (programa de mínimos) o a su extensión y profundización (programa de máximos), es necesario que desde la izquierda logremos vencer este magnífico obstáculo y ponernos a la tarea de construir, con generosidad y disposición de escucha, una sensibilidad alternativa y acorde a las necesidades de este, nuestro terrible y asombroso presente.
Nota
[1] Aunque sea problemático llamarle “izquierda” al Partido Demócrata, es sin embargo la izquierda electoral en Estados Unidos y la que aspira a atraer el voto progresista.
