Es σῶμα, sôma, cuerpo: así se designa en ocasiones a los esclavos en los vestigios que nos ha dejado el esclavismo griego y romano. Parecen decirnos: esos individuos son sólo cuerpos y, según Aristóteles, no muy capaces de deliberar aunque, y aquí empieza el problema, los hay que deliberan mejor que los libres y por tanto se diría que esos libres son también σῶμα sôma: sólo cuerpos.
Cuidar el cuerpo, escuchar el cuerpo, sentir el cuerpo, reconocerse en tu cuerpo, poner nuestros cuerpos: una insufrible logorrea corporeísta invade nuestra cotidianeidad, nuestros dispositivos de salud, nuestras conversaciones, nuestras actividades cotidianas. La exhibición corporal ha dejado de restringirse al mundo del atletismo y la estrellas del espectáculo y modela la apariencia política e intelectual, incluso entre quienes se exhiben intelectuales críticos. A menudo, incluso uno podría decir: esta gente sólo quiere ser σῶμα, sôma, sólo cuerpos o, quizá, necesitan ser cuerpos para que se les siga o se les lea. La muy reciente obra de Kate Manne se titula Unshrinking: How to Face Fatphobia y, entre sus enormes aportaciones, nos explica lo que cuesta ser filósofa —¡filósofa!— sin tener un cuerpo normativo o, por decirlo con la claridad de la autora, siendo gorda. Para que escuchen a Kate Manne primero se le examina reduciéndola ser σῶμα, sôma. Volveré en otra columna sobre su gran libro.
Pero la presión corporal no se reduce a posiciones privilegiadas, sino que empleos extremadamente modestos también exigen que la gente, si quiere acceder o progresar, se presenten como σῶμα, sôma. Un cuerpo para trabajar, pero también para exhibir el lustre simbólico de la empresa. Tienen que hacerse ambas cosas: trabajar hasta la extenuación con descansos precarios y sueldos escasos y mantener una modulación corporal de élite. Más que nunca parecemos ser σῶμα, sôma.
Hace unos años publicamos un Informe sobre la discriminación corporal en el trabajo, fruto del debate con sindicalistas a propósito de mi libro La cara oscura del capital erótico: Capitalización del cuerpo y trastornos alimentarios. De éste acabó surgiendo un ambicioso proyecto: la Cátedra Extraordinaria Filosofía Social de la Discriminación Corporal organizada entre el Instituto de las Mujeres del Gobierno de España y la Universidad de Granada. Trabajaremos sobre qué significado y qué legitimidad tiene reducir a la gente a su cuerpo. En esta columna, con textos breves, iremos respondiendo a estas interrogaciones ¿Qué tiene esto que ver con el modo en que los esclavistas clásicos reducían a un ser humano a su cuerpo? ¿Exactamente en qué? ¿Por qué el cuerpo, estilizado al modo de las élites, se ha convertido en cuasicondición de entrada en dominios como la academia (¡incluso la que se presenta como alternativa!), la política o el trabajo de servicios? ¿Cuáles son sus retóricas sanitarias, éticas y estéticas? ¿Cómo interactúa esta violencia con la exclusión, dominación y explotación en el trabajo?
Doy las gracias a la Revista Común por bridarme este espacio.
