Dejamos asentado en la entrega anterior que la producción mercantil capitalista es una forma específica de producción mercantil, pero no la única. Por supuesto, las diferencias abarcan múltiples niveles. Engels, en particular, privilegia el salto cualitativo que impuso el capital industrial: la reducción de los precios de las mercancías y las consecuencias sobre los productores. Nosotros destacaremos la mutación en la racionalidad productiva que abre una sima entre unos mercados y otros a partir de la descripción histórica que hace Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra. Por descontado, los agentes, ya lo hemos dicho, actúan siguiendo también motivaciones altruistas, recíprocas o fraternas; sin embargo, lo que queremos destacar es que la racionalidad económica no es unívoca ni escapa a su institucionalidad e historia.

Los trabajadores semiproletarios previos a la Revolución Industrial producían las mercancías en casa, hecho que imponía unas costumbres y ritmos de trabajo específicos. Engels recalca que compaginaban esta actividad con el arriendo de pequeñas parcelas para el cultivo que les permitía complementar los ingresos. Estos trabajadores (quizá sea más preciso hablar de unidades familiares):

no tenían la necesidad de excederse en el trabajo; no hacían más que lo que deseaban y, no obstante, ganaban lo que les era necesario, tenían descanso para un trabajo sano en su campo o jardín, trabajo que era para ellos un pasatiempo, y, además de eso, podían formar parte en las diversiones y juegos de sus vecinos, y todos esos juegos, bolos, juegos de balón, etc., contribuían a la conservación de la salud y el fortalecimiento del cuerpo.

La racionalidad económica que regía la actividad de los agentes era la de una reducción del gasto de trabajo a su mínimo necesario para la reproducción. A la misma conclusión llegan economistas como Alexandr Chayánov, quien, en La organización de la unidad económica campesina, describe la economía campesina según la misma racionalidad: el trabajo no se maximizaba para aumentar la producción, sino que se adaptaba a la satisfacción de las necesidades. Esto significa que la cantidad de trabajo consumida depende de la productividad de la tierra, de modo que se consumía menos trabajo en tierras fértiles y mucho más en las tierras menos productivas. La comprensión del ajuste del esfuerzo a la productividad de la tierra es indispensable si tenemos en cuenta la posibilidad, pronosticada por sectores del ecologismo, de emergencia ecológica que obligue a reducir la intervención tecnológica en la producción, especialmente en la agricultura.

Sin embargo, para Engels estos semiproletarios y pequeños propietarios no son verdaderos ciudadanos. Dice de ellos que “vegetaban en una existencia dulce y plena”, pero “estaban muertos intelectualmente, vivían sólo para sus pequeños intereses privados” y su vida “por muy romántica que fuera, no era digna para los seres humanos”.

Los obreros industriales vegetan también, aunque con el agravante del castigo del “trabajo obligatorio”, “el tormento más duro y envilecedor”. Frente al semiproletario, que ajustaba los tiempos de trabajo a las necesidades, el trabajo en la fábrica “quita al obrero todo el tiempo disponible quedándole sólo el necesario para comer y dormir, nada para el ejercicio del cuerpo al aire libre para gozar de la naturaleza. Y no hablemos de la actividad intelectual: ¡no debe degradarse a los hombres, con semejante condena, a la condición de bestias!”. La racionalidad que se impone, contra la voluntad del obrero, es la de la maximización del beneficio para lo que el aumento del consumo de la fuerza de trabajo hasta su límite es condición necesaria.

Vemos que se oponen dos racionalidades productivas distintas. La tecnología ha aumentado la producción de bienes y servicios producidos reduciendo el tiempo de trabajo consumido por unidad. Ante estas dos variables se abren dos soluciones económicas opuestas. En la primera, el trabajo es la variable que minimizar dado un objetivo previo, mientras que, en la segunda, opera una lógica de maximización de la diferencia entre producción y costes, orientada al beneficio, que exprime al trabajador hasta la última gota de sangre. Cuando Marx alzaprima la reducción de la jornada como condición básica de la libertad, de algún modo ha de optar por la primera. Marx, en cualquier caso, continúa aquí una de las reivindicaciones del primer movimiento obrero que, según E. P. Thompson en La formación de la clase obrera en Inglaterra, propugnaba ya en la década de 1820:

Pero, de hecho, los operarios y tejedores declararon abiertamente su objetivo. En su modelo alternativo de economía política se hallaba intrínseco el hecho de que una jornada laboral de menos horas en la fábrica aligeraría el trabajo de los niños, permitiría hacer una jornada más corta a los obreros adultos y extendería el trabajo disponible de manera más amplia entre los trabajadores manuales y los desempleados.

Hoy, añagazas del capital, se da la paradoja de que hay contratos de trabajo a tiempo parcial, incluso de cero horas, que ocupan toda la vida y anulan cualquier tiempo de ocio puesto que se basan no ya en la ocupación, sino en la disponibilidad para ser ocupados. Incluso la reducción de la jornada puede ser un arma capitalista de exterminio de la vida.

La reducción de la jornada es una condición básica, dice Marx, pero no suficiente. El semiproletario disfrutaba de tiempo suficiente para el descanso y la socialización, pero vegetaba, como hemos visto. Es la lucha o la participación política la que resucita a los trabajadores de su muerte intelectual, sentencia Engels sobre la derrota de una huelga minera de cinco meses: “Una vez más, los obreros, no obstante su tenacidad sin par, se doblegaron a la fuerza de los capitalistas. Pero sus esfuerzos no fueron vanos. Ante todo, ese paro de 19 semanas sacó para siempre, a los mineros del norte, de Inglaterra, de la muerte intelectual en que hasta entonces habían vegetado”.

De lo dicho hasta aquí, se concluye: 1) la pequeña propiedad no garantiza la ciudadanía, sino que, se deduce, se requiere la cooperación en el ámbito productivo y no sólo la socialización ociosa. 2) Ese trabajo se ajusta al trabajo mínimo que satisface las necesidades. Estas necesidades son individuales y colectivas si nos atenemos a la deducción anterior: la cooperación social en el ámbito productivo ha de implicar, por un lado, la contribución a la reproducción social y, por otro lado, el reconocimiento de los agentes que desempeñan esas tareas imprescindibles. El magnífico Trabajos de mierda de David Graeber insiste en la satisfacción que produce en los trabajadores la conciencia de que su trabajo contribuye positivamente a la reproducción social, con algo bueno al mundo, a pesar de que se realice con las peores condiciones laborales. 3) Sólo la participación política resucita intelectualmente a las clases populares. Son tres condiciones necesarias, pero ninguna suficiente por sí misma. Cooperación productiva y reproductiva, tiempo disponible y participación democrática —o la lucha por la democracia— son tres niveles que se han de articular en un proyecto postcapitalista. Estos tres elementos son compatibles con mercados, siempre que guarden la segunda y la tercera condición de Marx: una lógica productiva para la satisfacción de necesidades contra la producción para la maximización de beneficios y la ausencia de monopolios; ambas se compadecen, además, con los mercados de equilibrio walrasianos, porque el mercado se vacía e impide la especulación.

Hay otra condición que Marx y Engels no contemplan, aunque se deriva de su propuesta de reducción de la jornada laboral. Mejor dicho, la trasladan al futuro ubérrimo del comunismo: la posibilidad de una sociedad estacionaria. En la sociedad comunista todo principio de justicia contributivo pierde su razón de ser porque reina el fin del trabajo necesario y las fuerzas productivas libres se desarrollan sin las ataduras de la esclavitud capitalista y la escasez. Allí, los individuos pescan al amanecer, estudian a Leibniz por la tarde y danzan por la noche. Paradójicamente, esta consumación de la libertad suprime la tercera condición, puesto que vacía de contenido la política: hemos de aumentar la producción hasta lograr el reino de la abundancia. Esta postergación infinita, esta versión de “El acercamiento a Almotásim”, alentó la imposición de ritmos de trabajo en los países socialistas tan extenuantes como los de los países capitalistas. Una consigna como “revienta hoy para que tus bisnietos vivan en el paraíso en la tierra” no es la mejor para promover el socialismo.

La condición de la economía estacionaria, que el ecosocialismo ha rescatado de su olvido, estaba presente en autores de un socialismo liberal. John Stuart Mill en el capítulo VI del Libro IV de Principios de economía política defiende la posibilidad, que hace depender de la innovación tecnológica, de una sociedad estacionaria donde “el adelanto industrial produciría su legítimo: el de abreviar el trabajo humano”. Mill plantea una sociedad en la que nadie es pobre ni nadie es demasiado rico. Y, sobre todo, “nadie desea tampoco ser más rico”. En esta sociedad estacionaria, la idea de la maximización del beneficio ha desaparecido y la tecnología reduce el tiempo de trabajo en lugar de aumentar la producción. Además, se convertirán en propiedad común “las conquistas hechas sobre las fuerzas de la naturaleza por la inteligencia y la energía de los descubrimientos científicos”, que servirán “para elevar y mejorar la vida de la humanidad”. John Rawls retomará esta idea en Justicia como equidad para considerar la situación de equilibrio estable, esto es, sin necesidad de acumulación ampliada o tasa de ahorro, como una sociedad en la que hay una estructura básica justa y sostenible en el tiempo. No obstante, hay que despojar a John Stuart Mill tanto como a Marx y Engels de la fe en el progreso tecnológico; la crisis ecológica actual no aconseja postergar la reducción de la tasa de crecimiento a una imaginaria maquinización casi completa de la economía.

En conclusión, los mercados, en primer lugar, son instituciones imprescindibles, cuyo funcionamiento ilumina, en ocasiones, espacios ciegos para la intervención estatal y que conviven con intercambios no venales. El mercado, incluso el capitalista, no obtiene beneficios extraordinarios sin la intervención estatal. Por esto, Joseph Schumpeter afirma lo siguiente en Teoría del desenvolvimiento económico:

la producción debe fluir sin ganancias [ganancia aquí significa beneficio extraordinario que permite la reproducción ampliada, aquel que excede la retribución del factor capital]. Es una paradoja que el sistema económico deba operar, en condiciones perfectas, sin ganancias. […] Así como el valor es un síntoma de nuestra pobreza, las ganancias son un síntoma de imperfección.

O Immanuel Wallerstein (“Structural crisis, or why capitalists may no longer find capitalism rewarding”):

Para acumular cantidades significativas de capital, los productores necesitan un cuasimonopolio. Sólo si tienen un cuasimonopolio pueden vender sus productos a precios muy superiores a los costes de producción. En los sistemas verdaderamente competitivos con un flujo totalmente libre de los factores de producción, cualquier comprador inteligente puede encontrar vendedores que venderán los productos por el beneficio de un céntimo, o incluso por debajo del coste de producción.

Esa perfección no es espontáneamente asequible, pero corrompida por la acción estatal; por el contrario, requiere una supervisión e intervención política republicana similar a la que exige a los representantes políticos.

En segundo lugar, los mercados son imprescindibles para el socialismo si domina en ellos una racionalidad no basada en el beneficio. Ello permitiría una reorganización de las cargas productivas y reproductivas que el socialismo decimonónico identificaba con la reducción de la jornada laboral, si bien la reducción de ésta no es significativa sin la activación política, al menos en el caso de Marx y Engels. Ese cambio de racionalidad debe acompañarse, por el bien del planeta entre otros motivos, de una sociedad estacionaria o, incluso, de decrecimiento. Pensar un socialismo sin mercados, en cambio, no puede pasar de una fantasía utópica de realidades distópicas.

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