Si el comunismo es el fantasma que se desvanece en el aire, el capitalismo es un espectro que actúa por medio de cuerpos vivos. En el habla común y especializada, el capitalismo tiende a adquirir voluntad propia: omnipresente, tentacular, voraz. El capitalismo desea, nos obliga, nos atraviesa. Vivir bajo el capitalismo parece venir con las obligaciones de una relación impersonal. Su concepción como un organismo con cierta independencia de sus portadores —las clases sociales— es correlato de la autonomía de su sustancia: el capital. En el argot marxiano, el capital es el valor que se autovaloriza bajo sus propias necesidades de reproducción. Es, de tal manera, la lógica oculta del sistema que se impone como fuerza social a espaldas de sus productores.

Según Marx, el capital no es una cosa, sino una forma de riqueza en movimiento dentro de la sociedad, una relación social: el valor que aumenta por sí mismo al generar más valor mediante el uso del trabajo de otros. Conferirle subjetividad no supone, por lo tanto, un desplazamiento de las clases que mistifica al capitalismo. Ante la capacidad del sistema de sobrevivir las crisis y los embates sociales, autores marxistas contemporáneos han teorizado prolijamente sobre la lógica autorreproductiva del capital. Representan una corriente que toma en serio las audaces insinuaciones de Marx en el capítulo IV de El Capital y en los Grundisse sobre la existencia independiente, más allá del control de los individuos, que adquiere el capital en mandatos como el fetichismo de la mercancía y la naturaleza autoperpetuante de acumulación. Esta tradición, bajo tutela de teóricos como Moishe Postone, Werner Bonefeld y Michael Heinrich, comprende a las clases sociales como centrales en la vida productiva sin que su agencia necesariamente sea el fundamento primero de sus condiciones de posibilidad. En su lectura, el capitalismo es un modo de producción históricamente específico que se comporta de acuerdo con sus propias leyes de moción.

Postone (en su Time, Labor, and Social Domination…, 1993) hace un énfasis en la historicidad de la categoría ‘valor’ como el fundamento del tipo de riqueza específica del capitalismo. Define el valor como el regulador automático no-consciente de la distribución social de mercancías, servicios y trabajo. Uno podría argumentar que ungir al capital con autonomía termina por naturalizarlo. Pero la exégesis de Postone entraña justo lo contrario: para entender la especificidad histórica del capitalismo es necesario enfocarse en la estructura de trabajo cifrada en el proceso de valorización como una actividad autorrealizadora. En su lectura de El Capital, el capitalismo sólo puede ser analizado como una totalidad social alienada. La alienación, en sus términos, no es una categoría ideológica no específica, sino la dominación de estructuras sociales que tienen un carácter mediador como compulsiones “abstractas”, distintas de otras formas de opresión directas. Es decir, la apropiación del plusvalor no es el resultado de una dominación directa, sino que está mediada por la dominación abstracta del valor. Esto, argumenta, lleva a que la fuente de la plusvalía sea velada: la clase trabajadora. Aunque su enfoque autonomista descentra a las clases, ve en la potencia inmanente de la clase productiva la posibilidad de la negación del capitalismo y la transformación de la estructura del trabajo social. Podemos conjeturar, a partir de su formulación sobre la “consciencia que trasciende a la clase”, que el automatismo sólo es tal mientras permanezca inasible para los sujetos por medio de los cuales se reproduce y cuya actividad suplanta. Sin desterrar la lucha de clases, Bonefeld se posiciona críticamente frente al marxismo tradicional por ser un grillete que engarza la dominación a la actividad consciente de la clase propietaria. Su Critical Theory and the Critique of Political Economy (2014) se basa en la premisa constitutiva del capital como “sujeto automático” de un proceso implacable de acumulación de riqueza abstracta como fin en sí mismo. Más allá de naturalizar la realidad económica, su análisis saca a flote a las clases como relación entre personificaciones antagónicas de categorías económicas. De ello deduce que la clase no es sólo una forma de conciencia, sino una categoría que refleja una objetivación social perversa como manifestación del conflicto actual entre capital y trabajo. En su registro, la así llamada acumulación originaria es constitutiva de la relación actual entre trabajo y capital. A partir de la separación violenta del trabajador de los medios de vida, las relaciones sociales capitalistas aparecen en la forma de una estructura de mercado abstracta cuya realidad empírica está mediada por el antagonismo de clases. La dependencia al mercado en el capitalismo, por tanto, tuvo un origen violento. La historiografía sobre sistemas de producción esclavistas, feudales y coloniales documenta los métodos de dominación extraeconómicos empleados para extraer plusvalía o valor excedente del trabajador. La liberación de trabajadores por medio de procesos como cercamientos, expropiaciones y sometimiento resultó en una masa dependiente del trabajo asalariado. En un contexto donde el individuo es libre para vender su capacidad de trabajo, el mercado se erige como el mediador principal para acceder a los medios de vida. Para el funcionamiento del capitalismo y la generación de valor los métodos de dominación extraeconómicos ya no son esenciales, aunque en la realidad, como presenciamos en distintos puntos de Latinoamérica en procesos vigentes de despojo y proletarización, continúan contribuyendo constantemente a la expansión del capital. La imposición del mercado laboral, para Bonefeld, trae consigo una compulsión económica que puede reflejarse en formas antitéticas: la experiencia común que fomenta la unidad de clase y la acción colectiva; o la experiencia de desunión que ocurre cuando cada trabajador compite individualmente en el mercado laboral para conseguir empleo y así obtener medios de subsistencia. Esta apreciación permite dar cuenta de por qué la clase capitalista está sujeta a los imperativos impersonales de la acumulación de capital bajo la dinámica de la competencia. Llevada a sus últimas, es un argumento que da cuerpo a la máxima de que, si se descabezaran a las élites vigentes, el sistema persistiría en las relaciones de competencia que llevarían al reposicionamiento de una nueva élite.

El dominio silencioso del capital

Una obra reciente ha llamado la atención por sistematizar la teoría sobre la autonomía del capital en hombros de los autores antes glosados, especialmente en los de su tutor, Michael Heinrich. Su título, Compulsión muda. Una teoría marxista del poder económico del capital (2023), preludia su ánimo polemista: el poder también se despliega de manera impersonal por medio del capital. En ella, Søren Mau propone que el poder se ha teorizado en términos de relaciones verticales de clase ejercidos mediante la ideología y la violencia. Para el filósofo danés, la crítica de la economía política reconoce la existencia de una tercera forma de poder inmanente a la lógica del capital: la económica. Este acomodo taxonómico libera al capital de sus captores agenciales para reconstituirse como sujeto autónomo con la capacidad de ejercer sus necesidades de reproducción sin las mediaciones de poder de dominación personal. La mayor parte de los teóricos del poder, afirma Mau, comparten la premisa de que el poder presupone agencia humana. Ciertamente, la extensa tradición marxista sobre el estudio de la asimilación y sujeción a la economía capitalista —Gramsci y la hegemonía, Lukács y la reificación de la consciencia, Adorno y la industria cultural, el hombre unidimensional de Marcuse, la descolonización de Fanon, Echeverría y la blanquitud— suele articularse en el eje vertical de las relaciones de clases en que operan la ideología y la violencia. El capital se ha abierto paso, según se ha entendido, por medios extraeconómicos: la asimilación ideológica del nacionalismo, la discursividad cultural, los medios y la propaganda, o la violencia de la represión de Estado, de las guerras, de la desposesión territorial de los cuerpos policiales en el mantenimiento del orden. Mau demuestra, por medio de una prolija reconstrucción teórica, que una vez que la violencia ha hecho su trabajo somos coaccionados por el poder impersonal del capital mismo. El filósofo tiene cuidado de no plantear al capital como un sujeto vivo con consciencia, voluntad e intencionalidad. Lo conceptualiza, en cambio, como una propiedad emergente de las relaciones sociales al mismo tiempo que ejerce poder causal por derecho propio. Esta aclaración permite distinguir el poder como una relación entre actores y como una propiedad que surge de estas relaciones. El poder del capital entonces puede definirse, en palabras del autor, como “la capacidad del capital de imponer su lógica sobre la vida social”. Una vez consolidadas las relaciones capitalistas en la sociedad, la propiedad mediadora del capital entre la vida y sus condiciones hace que el uso de la violencia se vuelva menos necesario: el poder se trama en el tejido mismo del metabolismo social. La así llamada acumulación originaria —la separación radical entre la vida y sus condiciones— permite al capital insertarse a sí mismo como mediador. En estas condiciones, el trabajador libre, el proletario, sólo puede satisfacer sus necesidades vitales en medida que vende su fuerza de trabajo. Es impulsado a esta relación por interés propio, más que por una compulsión externa. La valorización del valor que arraiga en el metabolismo social hace que “la reproducción del capital sea la condición de la reproducción misma de la vida”. En el capitalismo, por tanto, la vida viene con la obligación de valorizar el valor. Por esta razón, deriva Mau, el trabajador le pertenece al capital antes de que se haya vendido al capitalista. Mau le llama a esto una “deuda trascendental”. Así pues, la creación histórica de la relación del capital puede ser vista como el convenio original de una deuda legada por cada nueva generación de proletarios. Si bien la ‘metafísica’ del capital como sujeto autónomo se reafirma en la existencia del capital financiero, esto aclara por qué el sujeto endeudado en el capitalismo financiero sólo representa la consumación de un principio en movimiento desde los albores mismos del capitalismo. Es por ello que las relaciones de mercado no pueden ser entendidas estrictamente sobre la base de relaciones verticales de dominación de clase. En palabras de Heinrich (en An Introduction to the Three Volumes of Karl Marx’s Capital, 2012), la unidad contradictoria de trabajo social y privado en el capitalismo somete a todos, sin importar su estatus de clase, al poder abstracto e impersonal de la ley del valor. Para Mau, las relaciones horizontales y verticales deben ser reconocidas como dos fuentes interrelacionadas pero distintas del poder del capital. Es decir, los proletarios están sometidos a los capitalistas por mecanismos verticales de dominación que a su vez someten a los capitalistas a los imperativos horizontales de competencia. En efecto, no son los sujetos quienes son liberados por la competencia; quien es libre para adquirir vida propia, por así decirlo, es el capital. La competencia tiene en el presente, en otras palabras, la misma función que la violencia tuvo en la creación del capitalismo. A partir de la definición más sucinta del poder económico del capital —la inserción de la lógica de la valorización entre la vida y sus condiciones—, Mau se permite dar un paso más allá de la abstracción pura y ve en la logística moderna un campo de acción de la compulsión muda. Para el teórico, los sistemas infraestructurales permiten al capital reemplazar la violencia y la ideología con el poder económico al inscribirse en la composición material de la reproducción social. Al ir más allá de la lógica abstracta del capital, Mau da con los fundamentos materiales de la resistencia a su poder. Hace bien en recordar que la acción política de las clases debe surgir de lo que Lenin llamó “el análisis concreto de la situación concreta”.

Colofón. El capital como sujeto estructurante en Latinoamérica

El análisis social de Latinoamérica ha tendido a centrarse en los arquitectos de la nación: figuras prominentes, con nombre y apellido, que han moldeado el destino de sus poblaciones por medio del Estado como aglutinador de voluntades. El enfoque Estado-céntrico ha enfatizado el poder de individuos prometeicos en la formación de las naciones latinoamericanas, dejando de lado las condiciones impersonales y estructurales del sistema que limitan y moldean sus decisiones. Ciertamente, la formación de Latinoamérica ha sido concebida como un proyecto mediado por esquemas de dominación basados en la ideología y la coerción de sujetos ilustres —ideólogos, libertadores, caciques y hacendados—, de naciones imperiales y déspotas nacionalistas. Sin embargo, este enfoque deja sin explorar el papel del capital como sujeto automático estructurante. Como vimos, el capital opera bajo sus propias necesidades y establece pautas y limitaciones dentro de las cuales los actores toman decisiones. Un concepto marxiano relevante en el cual se expresa la autonomía del capital es la subsunción formal y real del trabajo. La idea de la subsunción provee un marco para historiar las dimensiones del poder en distintas etapas de la consolidación del capitalismo en la región. La subsunción formal, que en América Latina tuvo lugar principalmente entre los siglos XVI y XVIII, implicó el despojo, el cercamiento y la liberación de la fuerza de trabajo por medio de la violencia, en una economía de enclave y plantación basada en el trabajo esclavo y semiforzado. Este periodo encontró su justificación ideológica en el racismo, mediante el cual indígenas y negros fueron integrados en el esquema de acumulación originaria. Con la subsunción real en el siglo XIX y XX, la gran industria se convirtió en el modelo básico de acumulación de capital, incorporando a una masa de trabajadores proletarios al mercado laboral asalariado. La integración de antiguos siervos y esclavos, ciudadanizados formalmente ante la ley, creó una nueva dinámica social y económica en que la hegemonía del consenso nacionalista fue la dimensión saliente de la asimilación. En la etapa actual de neoliberalismo, la financiarización de la economía ha introducido el crédito y el capital ficticio como formas especialmente desquiciadas de acumulación basadas en lógicas impersonales de la economía. Visto en su totalidad, no obstante la utilidad etapista, el poder económico del capital siempre está entrelazado con formas de dominación coercitivas e ideológicas.

Pensar en el poder económico del capital es pensar en la falta de libertad de las personas bajo este sistema. Nuestras vidas están endeudadas con el capital desde que nacemos, lo cual refleja la sujeción profunda de la organización social a la lógica del capital. Esta perspectiva crítica nos invita a reconsiderar los desafíos en la región como una compleja interacción de fuerzas económicas y sociales, personales e impersonales, que imponen su sello.

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