Hace unos días se planteó la posibilidad de que el magnate Carlos Slim —quien ocupa el puesto número 14 entre los milmillonarios del mundo— invierta en el Centro Histórico de Puebla. La clase política poblana, como era de esperarse, ha visto con buenos ojos la intervención, pues muchas casas e inmuebles están abandonados. Algunos, incluso, están en riesgo de colapsar.
Me parece que la investigadora Assenet Valle —especialista en vivienda y en problemas urbanos— enlistó muy bien los problemas que generaría la inversión de Slim en el Centro Histórico poblano. En su artículo “La urgencia de invertir en vivienda social en el Centro Histórico”, describe los riesgos de usar la ciudad como botín para la especulación inmobiliaria y el uso mercantil. En primer lugar, Slim no participaría en el supuesto rescate para construir vivienda social. El objetivo —como sucedió en su intervención en el Centro Histórico de la Ciudad de México— sería expandir su emporio comercial por medio de tiendas y negocios. Por otro lado, prescindir de una planeación democrática en la ciudad sólo consigue que una visión prevalezca sobre las otras. Eso sucede cuando el rescate de zonas abandonadas se hace para integrarlas a una suerte de centro comercial al aire libre, con la complacencia de las autoridades, quienes delegan así la inversión que, originalmente, les correspondería. En tiempos en los que se privilegia —irracionalmente— la austeridad gubernamental, el capital privado tiene en consecuencia libertad para actuar.
Creo que hay poco que añadir al texto de Assenet Valle, participante del Observatorio Ciudadano Urbano y ambiental para el estado de Puebla, pues ofrece mucha información adicional sobre gentrificación y su relación con el capital privado. Lo que me gustaría describir es, más allá de datos y análisis técnicos, la filosofía mercantil atrás del mejoramiento de las áreas urbanas de muchos países y el sometimiento, o, mejor dicho, la alianza entre gobernantes y empresarios. Le mercantilización del espacio público y la transformación de los centros históricos de muchas ciudades en México ha ocurrido, muchas veces, en nombre del turismo. Se logra, de esta manera, una prosperidad artificial, pues provoca que los vecinos de las zonas rescatadas sufran el aumento de precios en sus rentas. Así, sin una regulación efectiva —más allá de seguir los criterios para que muchos centros históricos conserven el estatus de Patrimonio Mundial de la Humanidad—, la población que habitó por mucho tiempo esas calles es expulsada. Por supuesto: una mirada superficial a la zona vende la imagen de un lugar próspero, muy lejano a los edificios derruidos de antes. Sin embargo, atrás de ese espejismo, tenemos una zona muerta, pues la actividad se acaba una vez cerradas las tiendas. La ciudad no existe fuera del horario comercial.
El artista Kurt Hollander, en su libro Desde las entrañas. Ensayos autobiográficos de dos ciudades NYC/CDMX, narra el cambio en la ciudad cuando áreas con una vibrante vida cultural y, sobre todo, diversa, se convierten en botín de remodelaciones hechas por el capital. Eso pasó en Nueva York —ciudad de origen de Hollander— y en la zona Roma-Condesa de la CDMX —lugar que escogió para vivir una vez que el barrio de su infancia quedó en manos de las inmobiliarias que lo convirtieron en un lugar de moda—. En su momento, como narra el autor, se promovió la revitalización de barrios sin el consenso de la gente que vivía ahí y que había formado, a lo largo del tiempo, una comunidad diversa y, por supuesto, con formas de convivencia democráticas. La investigadora Leslie Kern, especialista en geografía urbana, describe en La gentrificación es inevitable y otras mentiras las diferentes maneras de excluir a la población cuando la clase empresarial, en alianza con el poder político, “mejora” un área de la ciudad. Y es que la uniformidad que busca el capital para extraer el máximo rendimiento extermina prácticas que no son comercializables. La población que no cumple su papel de cliente corre la misma suerte.
En la sociedad de hiperconsumo, el barrio sólo se entiende por la lógica del máximo beneficio económico. Por esta razón, Slim es visto como el mejor mecenas para recuperar el Centro Histórico de Puebla. Este caso es, por supuesto, la punta del iceberg: atrás de cierto discurso —en muchos casos dominante— que promueve el mejoramiento urbano (ciclovías, parques públicos, arbolado, peatonalización), hay una visión que no critica el capitalismo, un sistema que moldea nuestras ciudades erosionando cualquier práctica democrática que permita decidir a la gente cómo imaginar el lugar en donde vive. De esta manera, criticar este fenómeno no es, como piensan algunos activistas que no ven el contexto completo del problema, oponerse irracionalmente a las buenas intenciones empresariales. Criticar cómo el capital transforma las ciudades y cómo este proceso es vendido como un aparente progreso es recordar, sencillamente, que el fin (un fin que debemos poner en duda, como se ha visto) no puede justificar los medios.
