Horas y días después del primer debate presidencial sucedió lo impensable: hordas enteras de tuiteros y otros habitantes de las redes sociales la emprendieron contra personajes críticos de la llamada 4T. ¿Su pecado? Haber dicho, en mesas de análisis y columnas, que la triunfadora del debate había sido Claudia Sheinbaum, candidata de Morena. Los personajes blanco de la indignación eran, entre otros, Carlos Loret de Mola —famoso por los ataques que intercambia cotidianamente con el presidente López Obrador—, Denise Dresser —otra feroz crítica de él— y Xavier Tello —comentarista de Foro TV, quien no es simpatizante del gobierno, aunque no es tan efusivo como los anteriores personajes—. La última víctima de esa oleada de indignación fue Jesús Silva-Herzog Márquez quien, en su espacio en el diario Reforma, publicó el texto “Suspensión de la crítica”, en el cual se lamenta que los críticos deban sustituir el lápiz con la matraca. El dardo iba, por supuesto, dirigido a un buen número de periodistas y comunicadores afines a la campaña de Xóchitl Gálvez, quienes han abandonado, desde el inicio del ungimiento de la candidata, cualquier asomo de autocrítica para entregarse a los elogios desmedidos hacia ella. Una semana después tuvo que jugar para su tribuna y escribió un artículo con éxito garantizado, “Enfocar la alarma”: una caricatura sobre Claudia Sheinbaum. El politólogo advierte uno de los lugares comunes del credo opositor: un sexenio más de Morena es dinamita pura para el país, pues la candidata del gobierno es fría y calculadora; no detendrá la destrucción de la República, sino la disfrazará de un procedimiento sigiloso y tecnocrático. Por eso es peligroso ningunear el oficialismo.
Una secta es, en esencia, una comunidad en la que el individuo se desprende de la razón para seguir, acríticamente, los dictados del grupo. Es, también, una estructura vertical en la cual un grupo de iluminados manda la línea a seguir. La coacción más poderosa, una vez que el incauto cae en la trama, es que todo gira alrededor de la secta: familia, relaciones amorosas, laborales. Salir del hechizo implica perder la identidad y la seguridad económica. En México, la secta electoral —en este caso la conformada por los miembros más reaccionarios de la oposición y su correspondiente base de seguidores— ha creado una realidad alterna de tal calibre que se abrazan las contradicciones más evidentes y se repiten, sin miedo al ridículo, en las redes sociales. Aquél que ose dudar del triunfo indudable de Xóchitl Gálvez es acusado, sin empacho, de vendido al régimen. La disonancia cognitiva crea una suerte de mundo al revés. Si todas las encuestas dan como triunfadora a la candidata de Morena, entonces quiere decir que ellos van, en caballo de hacienda, a la silla presidencial. ¿La razón? El gobierno ha comprado a todos los llamados ejercicios demoscópicos sin importar que estas consultoras echen al basurero su reputación después de las elecciones. Sus tentáculos, incluso, han llegado a medios extranjeros como El País, cuya encuesta da una ventaja a Sheinbaum de dos dígitos. Increíble, pero cierto.
La secta electoral, por desgracia, también está del lado de muchos miembros de la llamada 4T. Ante la descarada inclusión de políticos que, meses antes, no sólo habían estado en el bando opositor, sino que habían llenado de insultos al presidente López Obrador, se recurrió a la fe ciega para apoyar a Morena. “Creo porque es absurdo”, es una famosa frase que se le atribuye a Tertuliano, uno de los padres fundadores de la Iglesia cristiana. En este caso la secta transforma al votante en una especie de soldado electoral que va a la casilla con los ojos vendados porque la misión es más grande que sus escrúpulos. Queda anulado como individuo para volverse un activo sin decisión en las altas esferas del partido. Los jerarcas de esa organización y sus sagrados designios son, por supuesto, inescrutables. ¿Para qué molestarse en el voto informado si el candidato puede ser cualquiera? Al igual que la secta opositora, la secta morenista tiene un prototipo de juicio final. Si unos apelan a la destrucción del país, los otros venden la idea de un triunfo aplastante porque, en caso contrario, la transformación será interrumpida.
Hace poco un militante de Morena me reclamaba por dudar del voto y de la democracia electoral de nuestro país. Es más digno —según pude entrever— pertenecer al bando enemigo, pero votar, que ser un tibio que no quiere participar en la elección y prefiere abstenerse o anular. Hay que escoger un bando en esta batalla. En una guerra el escenario es todo o nada; estás conmigo o contra mí. El pensamiento sectario, de esta forma, se introduce en nuestras sociedades impulsado por las coyunturas políticas, pero también por la crisis climática, de seguridad y económica.
