El 30 de octubre pasado, el escritor y director de la revista Nexos, Héctor Aguilar Camín, publicó una columna en el diario Milenio titulada “El PAN y Salinas Pliego”. En el texto, se presenta la siguiente tesis: Salinas Pliego, el oligarca dueño de Grupo Salinas, puede ser el antídoto de la llamada 4T. Es cierto, dice el escritor, el empresario tiene “una robusta mala prensa”, pero también posee un emporio televisivo y otros poderosos canales de comunicación. Por su parte, el Partido Acción Nacional (PAN) relanzó su imagen con el lema “Patria, Familia y Libertad”, afín a los principios de Salinas Pliego y también —aunque ello no aparece en la columna— a diferentes consignas usadas por gobiernos fascistas o cercanos a esta ideología a lo largo del tiempo. Según Aguilar Camín, el mexicano puede sentirse cercano a esta plataforma reaccionaria por “las creencias religiosas, la adhesión a la familia, el celo por la propiedad y por la libertad personal, el tradicional rechazo a la corrupción y a la demagogia del gobierno, y el miedo al crimen”.
Hay muy buenas razones para pensar que la propaganda ultraconservadora del PAN —imitación de la plataforma trumpista y de organizaciones políticas como el partido del presidente argentino Javier Milei, La Libertad Avanza— no tendrá el éxito que esperan Aguilar Camín y una buena parte de comentaristas que, anteriormente, habían fundado sus esperanzas en la candidatura opositora de Xóchitl Gálvez. De hecho, como mencionó recientemente la analista política Viridiana Ríos, el mexicano no se identifica mayoritariamente con la ultraderecha, incluso los mismos panistas. Por supuesto: el término muchas veces se sustituye con eufemismos para no asustar al electorado, pero la esencia se mantiene: “libertad” para el capital y la especulación financiera; “familia” para respaldar su organización “tradicional” y atacar a las minorías sexuales y al feminismo; “patria” para seguir impulsando el nacionalismo autoritario que se extiende por el mundo. ¿Por qué aún no tienen arrastre estas ideas en México? El partido en el gobierno ha logrado consolidar el apoyo popular gracias a una política de justicia social que no sólo se ha traducido en becas y pensiones, sino en una reivindicación simbólica e histórica del país. Es cierto: los triunfos de la 4T tienen muchos claroscuros, pero en términos generales una buena parte de la población se siente representada por un movimiento que plantea —con no pocas contradicciones, es cierto—, una respuesta al modelo neoliberal que aumentó la desigualdad en México y en el mundo.
La hipotética candidatura de Salinas Pliego, respaldada de forma cada vez más evidente por la oposición e intelectuales afines, es síntoma de un fenómeno que ocurre a nivel global: el corrimiento de la derecha liberal —aquella que respaldó el libre mercado y celebró el aparente triunfo de la democracia liberal en la década de los 90— a una posición cada vez más reaccionaria, influida por el triunfo del discurso de odio, la mercadotecnia emocional propia de las redes sociales, la fragmentación del mensaje y el revanchismo contra el poder establecido sin ninguna propuesta de fondo. Hay otra característica importante: la incoherencia entre las proclamas y los hechos en una puesta en escena que busca lo viral. De otra forma no se puede entender el apoyo de los defensores de la democracia, la pluralidad y los contrapesos a un personaje antidemocrático, autoritario y propagador de un lenguaje violento.
¿Cómo impulsar una candidatura como la de Salinas Pliego? Los opositores que veían con buenos ojos la campaña extravagante de Xóchitl Gálvez apuestan por una suerte de populismo renovado que planea llevar un paso más allá el concepto de “go negative” propuesto por el político, ahora convertido en columnista, Jorge G. Castañeda. El término es un eufemismo de “guerra sucia” y se implementó en los últimos meses de la campaña de la oposición en las pasadas elecciones, con los resultados que ya conocemos. El manual parece no haber cambiado: llenar el espacio mediático con un arsenal de noticias falsas, frases sacadas de contexto, ataques directos, e imágenes o videos hechos por Inteligencia Artificial. Como el fin justifica los medios, opositores como Aguilar Camín apoyarán la guerra de lodo, sin importar que hagan lo que critican al gobierno de la 4T, incluso desde las primeras campañas de López Obrador a quien calificaban como un personaje violento y polarizador. La estrategia para legitimar la violencia mediática que se agrava se repite constantemente en columnas y mesas redondas de medios como Latinus: el gobierno representa un mal tan absoluto que cualquier opción —por más mala prensa que tenga— es más digna. La República peligra, nos advierten, así que no conviene criticar a los únicos que, según ellos, pueden competir por el poder, aunque estos nuevos insurgentes evadan impuestos, hayan tomado de forma violenta un canal de televisión (Canal 40 en el 2002) y difundido mentiras en plena pandemia por el Covid usando una concesión del gobierno, como Salinas Pliego.
