La cooperación Sur-Sur es un enfoque que plantea la necesidad de que los países en desarrollo, principalmente en África, Asia y América Latina, trabajen juntos para alcanzar un desarrollo más justo y solidario. Así, se promueve el intercambio de recursos, conocimientos y tecnologías entre naciones que enfrentan problemas y contextos similares. La idea es que esos países del Sur global dependan menos de las economías del Norte, y fomentar una mayor autosuficiencia, con base en principios de equidad, respeto mutuo y beneficio compartido. Todo lo anterior tiene sus raíces en los movimientos de descolonización del siglo pasado y en la búsqueda de una alternativa al desarrollo impuesto por las potencias coloniales.
Sin embargo, aunque sus objetivos pueden sonar nobles, la cooperación Sur-Sur enfrenta desafíos importantes. Uno de ellos está relacionado con un fenómeno llamado financiarización subordinada, el cual se refiere a cómo los países del Sur adoptan prácticas que, en lugar de promover su desarrollo autónomo, refuerzan la dependencia y la desigualdad económica. Por ejemplo: estos países dependen mucho del financiamiento externo, lo que los vuelve vulnerables a los vaivenes de los mercados globales y a las condiciones impuestas por los prestamistas internacionales. Y ello debilita, evidentemente, su soberanía económica. Entre las políticas dictadas por los prestamistas que los países del Sur se ven forzados a seguir, suelen encontrarse medidas de austeridad que afectan más a las personas vulnerables. Además, la apertura a flujos de capital a corto plazo puede causar inestabilidad económica, como se vio en la crisis financiera asiática de 1997. En este contexto, las élites nacionales y las grandes corporaciones suelen ser las principales beneficiarias, mientras que se limita el acceso a créditos para las pequeñas y medianas empresas, esenciales para el desarrollo económico local, con lo cual se agravan las desigualdades internas y se endurecen las condiciones de vulnerabilidad y precariedad de la población.
Un ejemplo de estas dinámicas es la relación financiera entre Brasil y Angola mediante el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), una gran herramienta que los brasileños han empleado para financiar proyectos de infraestructura en el país africano. Aunque estos han ayudado a mejorar la infraestructura angoleña, las condiciones del financiamiento han favorecido a las empresas brasileñas y a las élites de Angola, limitando las oportunidades para las empresas locales y agravando las desigualdades internas. Esta relación refleja lo que el teórico Marini llama “subimperialismo”; es decir, cuando un país del Sur actúa como dominador económico sobre otro país del Sur, imponiendo condiciones que benefician a sus propias élites y empresas, y relegando al otro país a un papel de subordinación.
La financiarización subordinada, al integrar a los países del Sur en los mercados financieros globales bajo condiciones desfavorables, crea y refuerza estructuras de dependencia. Esta dinámica no sólo perpetúa las desigualdades entre el Norte y el Sur, sino que también exacerba las desigualdades dentro del propio Sur Global. Además, las élites financieras y empresariales locales, que se benefician desproporcionadamente de las inversiones extranjeras y de las políticas neoliberales que acompañan la liberalización financiera, consolidan su poder económico a expensas de la mayoría de la población.
El caso de las relaciones entre Brasil y Angola por medio del BNDES muestra cómo los ideales de solidaridad pueden ser socavados por dinámicas de poder que replican estructuras de dominación económica. De tal suerte, aunque la cooperación Sur-Sur ha sido promovida como una herramienta para el desarrollo equitativo y solidario entre los países del Sur Global, las relaciones financieras reales entre ellos revelan complejidades que pueden tanto apoyar como traicionar estos objetivos. En este sentido, la financiarización subordinada se convierte en una trampa que aprisiona a los países en ciclos de vulnerabilidad y dependencia económica.
Para que la cooperación Sur-Sur cumpla su promesa de desarrollo inclusivo, es necesario reformar las políticas de financiamiento, mediante un compromiso con la innovación económica, y asegurar que todos los países del Sur global puedan participar en condiciones de igualdad. Sólo así será posible un futuro en el cual los países del Sur puedan desarrollarse de manera autónoma y sostenible; sólo así, los ríos de solidaridad podrán fluir sin ser atrapados en los mares de la dependencia y la subordinación económica, y podrá garantizarse un crecimiento más equitativo para todos los países del Sur Global.
