A partir de la irrupción de Donald Trump en la política en 2015, un discurso con claras connotaciones racistas amplió su camino en Estados Unidos. No era una nueva realidad —el racismo ha acompañado la política estadounidense desde los orígenes de la nación—; sin embargo, en las décadas pasadas había procurado formas más discretas, aunque siempre presentes. En aquel momento, harto de su secretismo, comenzó a mostrarse sin tapujos. Los migrantes fueron el blanco privilegiado de un racismo que recobraba vigor.

Yo leía, al otro lado de la frontera desde la Ciudad de México —aunque oriundo de un estado fronterizo— los reportajes sobre la verborrea del entonces candidato presidencial. El racismo en el país vecino me parecía, a la distancia, una realidad cotidiana que debía sobrellevar diariamente la población “latina” —especialmente los migrantes— y que, bajo la figura de Trump, se mostraban más evidentes que nunca.

Cuando el candidato republicano ganó las elecciones, las amenazas de deportación masiva incentivaron el encierro autoimpuesto. El miedo a ser detenidos y encerrados se apoderó de una amplia porción de la población que no contaba con documentos, e incluso también de aquella que tenía una residencia documentada. La estancia en Estados Unidos parecía pender de un hilo, pues se corría el riesgo de que, bajo cualquier excusa, el permiso de residencia pudiera ser revocado. La mayoría de los migrantes llevaba el estigma en su cuerpo —su color de piel, sus rasgos físicos—, en su idioma y en su historia. Pero el racismo no era una situación nueva para los migrantes. En toda Latinoamérica hay arraigado un profundo racismo y la discriminación en la región es una realidad cotidiana que cobra especial saña contra la población indígena y afrodescendiente.

A lo largo de décadas, miles de migrantes han regresado a su país de origen tras vivir en Estados Unidos, ya sea por una decisión propia u obligados por la deportación. En la coyuntura del primer mandato de Trump, me imaginaba que entre sus experiencias se encontraba la de haber sido discriminados, el haber sufrido en carne propia el racismo, por su hablar, por sus rasgos, por su piel. Me preguntaba si esas vivencias tendrían un efecto sobre cómo percibirían el racismo de su país de origen, y si lo que antes pudiera haber estado normalizado cobraría relieve tras lo vivido en el otro lado. En otras palabras, ¿la experiencia migratoria en Estados Unidos tendría un efecto en la percepción del racismo del país de origen? En 2018 entré al posgrado con un bosquejo de esta pregunta y tomé como caso de estudio el retorno guatemalteco. (La investigación se publicó posteriormente como libro y se puede descargar aquí.)

Al contrario de lo que había pensado, descubrí una realidad más compleja. Una encuesta de la Organización Internacional para las Migraciones reportaba que la mayoría de los retornados guatemaltecos —aproximadamente un 80%— señalaba no haber sido discriminados durante su estancia en Estados Unidos. Estos números coincidían con lo que me contaron la mayoría de mis entrevistados: ellos no se habían sentido discriminados. Esto me consternó, pues iba en contrasentido de la idea que me había impulsado a la investigación. Me preguntaba cómo era esto posible en un contexto donde los indicadores de bienestar —salud, educación, trabajo y un largo etcétera— mostraban una clara diferencia entre la población “hispana” y la población “blanca”, diferencia en la cual la discriminación juega un papel central. ¿Por qué esa discriminación y racismo que, según yo, eran una constante en la vida diaria de los migrantes parecía ser menor de lo que había imaginado en un inicio?

Indudablemente había sido sesgado en la formulación de mi hipótesis por lo que leía en las noticias, que privilegiaban los hechos impactantes y emocionales de las víctimas de discriminación. Pero también por los estudios académicos que se centraban en compendiar y analizar casos de racismo y que lo subrayaban como una realidad experimentada todos los días. Y si bien el racismo está siempre presente en su carácter estructural, esas realidades no necesariamente se traspasan a las experiencias vividas ni a las percepciones de todas las personas, especialmente de aquellos que nacieron y crecieron en otro país.

No me es posible dar cuenta pormenorizada de las respuestas de la investigación, la cual incluye muchos matices, pero intentaré dar unos puntos breves para explicar a qué se debe esta aparente discrepancia. En primer lugar, está el efecto de los contrastes. Los retornados hablaban desde un presente donde hacían frente a dificultades y obstáculos que no habían encontrado —o no en la misma escala— en Estados Unidos. Al mirar atrás, los migrantes evocaban oportunidades que habían tenido en Estados Unidos —tales como cierto acceso a educación, trabajo, vivienda y seguridad—, que no tenían ya de vuelta a sus países. Así pues, a pesar de estar entre los escalafones socioeconómicos relativamente más bajos en el país de destino, la situación se evaluaba como mejor que la que tenían en Guatemala antes de migrar y después de regresar a Guatemala.

Un segundo aspecto es la percepción. La discriminación y el racismo eran identificados cuando se vestían con sus atavíos clásicos; esto es, cuando un rubio, blanco, de ojo claro expresaba su desprecio debido al color de piel o la nacionalidad de la persona. Pero incluso en esas claras ocasiones llegaba a ser minimizado o matizado, pues esa afrenta coexistía con mayores posibilidades económicas. También influía el hecho de que la discriminación provenía, la más de las veces, no del “gabacho”, sino de una persona perteneciente al mismo “grupo étnico”: el “hispano”. En más de un caso, la deportación a la que habían sido sometidos, y durante la cual sufrieron humillaciones, tuvo como ejecutor principal un agente migratorio hispano. En ese momento de mayor vulnerabilidad, había sido una persona de su mismo origen y de su misma lengua la que les había roto la vida.

De igual manera, si bien los migrantes conocían que había quienes los señalaban como criminales, incivilizados, sucios, entre tantos otros insultos, sentían aquellos discursos como lejanos de su realidad cotidiana. Sí, aquello existía, pero en otros estados, en otros condados, no allí con ellos. El racista de pura cepa era una criatura de otros lares.

Por último, un aspecto que matiza la percepción del racismo y la discriminación es la aceptación de, precisamente, los discursos estigmatizantes. “Tiene razón, así somos los hispanos”, llegó a señalar una de las personas migrantes que entrevisté.

Los retornados con los que hablé cambiaron a causa de su experiencia migratoria: no eran los mismos al momento de su regreso que aquellos que años atrás partieron de Guatemala; no podían serlo después de tanto tiempo y tantas vivencias. Pero al regresar, fueron más abrumadoras las preocupaciones inmediatas, aquellas relacionadas con sobrevivir y sobrellevar la situación de estigma que recaía sobre ellos como “deportados”. La experiencia migratoria no incidió de manera notable con respecto a las ideas y prácticas del racismo y la discriminación de los retornados guatemaltecos frente a las que poseen los guatemaltecos que no han migrado. Hay diferencias en las posiciones e ideas, pero no detecté que estas se debieran a la migración.

Hoy el panorama es más crudo y me vuelve a carcomer la pregunta que le dio inicio a aquella investigación concluida hace más de cinco años. Trump llegó nuevamente al poder, pero no es el presidente estadounidense la raíz de la situación actual y quizá sólo sea su representación más visible. La discriminación y el racismo —que me parecían tan evidentes hace unos años—, no sólo continúan mostrándose sin ningún disfraz, sino que ahora se defienden como la posición correcta y se ataca a quienes sostienen posiciones antirracistas y antifascistas. ¿Será que esto producirá un cambio? ¿Un racismo más virulento, agresivo y grosero será raíz de una conciencia sobre este fenómeno más allá de las fronteras estadounidenses? ¿O estuve en un error al creer que las experiencias de vida en otro país se traducirían para incidir en los lugares de origen?

La investigación de Falla y Yojcom apunta a lo significativas que pueden ser las experiencias migratorias.[1] Los investigadores dieron cuenta de cómo los retornados que regresaban a su comunidad y la alimentaban con sus aprendizajes, fruto de haber vivido en el otro lado. Aunque su investigación se centró en pequeños pueblos rurales —en contraste con la mía, que tuvo como foco la capital guatemalteca—, los retornados pudieron incidir en sus comunidades porque no fueron rechazados, porque sabían que regresaban a casa, y así pudieron desplegar lo aprendido. Porque migrar es también tomar otra perspectiva, ver con otros ojos, desnaturalizar lo normalizado. Y el racismo y la discriminación, que han moldeado y condicionado nuestras sociedades, se mimetizan bien en las estructuras y dinámicas que damos por fijas.

Cuando estigmatizamos el retorno, no sólo perdemos “brazos” y mentes para el trabajo, sino también experiencias. Porque ante la impotencia que nos producen las acciones del norte, lo que podemos hacer es dar acogida a los nuestros, darles su espacio y darles nuestra escucha. Quizá, con su mirada migrante, logremos ver lo que no vemos y podamos aprender de ello. La pedagogía nos ha enseñado que, para que el aprendizaje tenga un sentido, tiene que desarrollarse en un contexto en que éste sea relevante y tenga posibilidad de ponerse en uso. Las experiencias migrantes no están exentas de esta lógica. Si queremos como sociedades hacer algo contra lo que pasa más allá de la frontera —pues se trata de algo que definitivamente nos afecta—, podríamos empezar por asegurar un retorno digno. Esto comienza por eliminar aquello que estigmatiza a los retornados, los decires y actos que les recuerdan que han regresado a una sociedad que ya no los considera como parte suya. Tal vez así, al aligerar el peso del retorno, demos espacio a sus miradas.


Nota

[1] Ricardo Falla y Elena Yojcom, El sueño del norte en Yalamjoch, Guatemala, AVANCSO, 2013.

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