Hace ya un par de semanas que veo corazones por todos lados. La puesta en escena del amor empieza a colarse en mis recorridos cotidianos, desde los puestos en el mercado que cruzo todos los días, hasta el punto más visible de la entrada del Walmart. Peluches, chocolates, vasos, tazas, platos, termos. Y en medio de todo este despliegue de rosas y de rojos pienso en que son tiempos inciertos para pensar en las relaciones afectivas. Hace unos años, antes de la pandemia por COVID-19, en medio del tsunami causado por el #MeToo y el activismo feminista en redes sociales, se introdujo en la discusión más mainstream el interés por encontrar alternativas a las formas en las que nos relacionamos sexoafectivamente. No es que esta discusión fuera nueva: distintas corrientes de los feminismos desde los años 70 habían ya abordado la crítica al matrimonio y a las relaciones monógamas heterosexuales desde el marxismo, el feminismo radical, el lesbianismo político, etc. Sin embargo, estas críticas, que hasta entonces ocupaban un lugar secundario en la esfera de la opinión pública, se volvieron importantes. El blanco de la crítica se fue desplazando del matrimonio al llamado “amor romántico”, para mostrar cómo esta forma de amor —machista, capitalista y heteronormada— es el caldo de cultivo para la violencia de género.

Seis años después, ya no escucho con tanta frecuencia debates sobre la monogamia y el amor romántico, o sobre la exploración de otras formas de vínculos sexoafectivos como las relaciones abiertas y el poliamor. Como si de pronto se hubiera instalado una especie de impasse o de fatiga colectiva por preguntarnos sobre las formas en la que amamos y nos relacionamos. Esta fatiga se da, por otro lado, en medio de una batalla cultural que la extrema derecha ha encauzado de manera global contra el feminismo y las diversidades y disidencias sexogenéricas, mientras se esgrime como la defensora de los “valores” tradicionales: Trump, Abascal, Milei, Bolsonaro o Meloni son conocidxs por su activismo contra el reconocimiento de derechos fundamentales, producto de las luchas de los movimientos feministas y de las disidencias sexogenéricas: el derecho al aborto, al matrimonio igualitario, a la adopción homoparental, al reconocimiento legal de la identidad de género, etc. Es conocido, por ejemplo, el vínculo que tiene el movimiento de las Tradwives (abreviatura de Tradicional Wives) con la Alt-right estadounidense, o la cercanía, incluso amistad, entre Agustín Laje y Javier Milei.

Este impasse llega también acompañado de una desesperanza (cada vez más generalizada) que también ha encontrado eco en las relaciones sexoafectivas, principalmente en las heterosexuales. Al respecto, Asa Seresin (2019) ha acuñado el término de “heteropesimismo” para dar cuenta de una mirada y actitud negativas sobre la heterosexualidad, visible en quejas (tanto en conversaciones privadas como en las redes sociales) con respecto a experiencias personales en las relaciones heterosexuales, que muestran arrepentimiento, vergüenza o desesperanza. Para Seresin, son pesimistas porque, a pesar de que el malestar se expresa públicamente, no hay voluntad, interés o posibilidad para cambiar esta situación. Este heteropesimismo está más presente en las mujeres, asociado a una crítica al amor romántico, a los estereotipos y roles de género o a la escasa participación de los hombres en las actividades domésticas y las tareas de cuidado. Sin embargo, el heteropesimismo no es exclusivo de las mujeres. Por ejemplo, la comunidad Incel (abreviación de involuntary celibate) o el de Men Going Their Own Way (este último también fuertemente vinculado con la Alt-right, el supremacismo masculino y los movimientos antiderechos) son ejemplos, desde una ideología totalmente opuesta al feminismo, de este pesimismo.

Ante tal panorama, me pregunto si podemos salir del impasse. Y si podemos hacerlo —quiero pensar que sí—, ¿qué significaría entender al amor y a los lazos sexo-afectivos en términos anti-patriarcales? ¿Podría ser esto una forma de pensar un nuevo pacto social?

En El pacto sexual (1988), Carol Pateman hace una revisión del “contrato social” —postulado por pensadores como Hobbes, Locke y Rousseau—, el cual está en la base del liberalismo político, para develar su dimensión patriarcal. Para Pateman, el contrato social, además de fundamentar el poder del Estado en un supuesto “pacto entre iguales” (que sólo otorga la igualdad a los varones como sujetos políticos, a partir de la idea de “fraternidad”), encubre al mismo tiempo un pacto o contrato sexual. En este pacto, que es implícito, se subordina a las mujeres al dominio y tutela de los hombres por medio del matrimonio. Es decir, la cara oculta del contrato social sería este pacto que implicó la subordinación doméstica de las mujeres, organizada en torno a la familia e instaurada mediante el matrimonio civil, en el cual las mujeres “ceden” su autonomía a cambio de seguridad y protección. En este sentido, el contrato sexual hizo que las mujeres quedasen sujetas a la tutela de los hombres: no podían heredar ni ser acreedoras de propiedad; no tenían acceso a la educación (sobre todo la profesional); eran las encargadas de la crianza de lxs hijxs, pero sin ningún poder de decisión, etc. Es por ello que, para Pateman, el matrimonio no es un contrato entre iguales —a pesar de que se postule como un acuerdo voluntario—, sino un dispositivo de poder patriarcal que legitima la dominación masculina. Esta dominación se mantiene en el presente: aun ahora, muchas mujeres, al casarse, no sólo están accediendo a un vínculo sexoafectivo, sino que se someten a un sistema de obligaciones y expectativas que las mantienen en una posición de subordinación, sobre todo en lo que respecta a la sexualidad y al trabajo doméstico (que recae enteramente en ellas y no es reconocido como trabajo).

La mirada que proyecta Pateman sobre el matrimonio tiene resonancias con una parte central de la crítica a la monogamia y al amor romántico, la cual hace visible cómo este modelo heteronormativo se sustenta en la idea de la propiedad privada (“eres mío/mía”, “me perteneces”), lo que conlleva, además de la idea de exclusividad, a situar al vínculo establecido con tu pareja por encima de otros, como las amistades o los vínculos comunitarios. Por otro lado, en su vertiente más tradicional, este modelo sigue manteniendo una jerarquización de los roles de género al interior de la pareja, donde las necesidades masculinas suelen considerarse más importantes, y donde el trabajo doméstico y de cuidados recae en las mujeres, muchas veces con base en una lógica que otorga ciertos atributos a la feminidad, como la abnegación, sustentada a su vez en la “naturaleza” afectiva y generosa de las mujeres, asociada con la maternidad.

En un mundo polarizado, donde impera la sospecha frente a la diferencia, donde nos cuesta cada vez más afrontar el conflicto sin caer en la lógica del culpable y de la víctima, donde el discurso del amigo/enemigo coloniza nuestra cotidianidad, construir otras lógicas para el amor resulta no sólo necesario sino apremiante. Y sí, es verdad también que, desde distintos espacios, han surgido propuestas para construir modelos alternativos a esta forma tradicional/patriarcal del amor: el poliamor y el anarquismo relacional, para explorar la posibilidad de vínculos más horizontales que no se basen en la exclusividad sexoafectiva; el feminismo de corte marxista, para el reconocimiento de los cuidados y del trabajo reproductivo como una parte fundamental de la sostenibilidad de la vida (como el propuesto por Silvia Federicci); o la colectivización de los afectos y la solidaridad en lugar de la posesión y la dependencia del modelo burgués del matrimonio (según lo plantea Alexandra Kollontai).

Por supuesto que no existe una fórmula mágica, porque el amor tiene mucho que ver con el deseo y con la vulnerabilidad, con la apertura y la confianza en otras personas. Es, sin duda, también una forma de entender nuestra propia existencia y precariedad. Habrá que seguir hablando y discutiendo sobre esto. No podemos dejar de ensayar otras formas de apertura a lo que no nos es tan familiar, o al reconocimiento de la diferencia y la vulnerabilidad de las demás personas. Hay que hablarlo y discutirlo mucho, pero tal vez el punto de partida sigue estando en pensar que las relaciones de pareja se insertan en una comunidad más amplia, que está formada, no por un nexo único, exclusivo y dominante, sino por una constelación de afectos más vasta, como las amistades, la familia extendida o elegida, los vínculos barriales o comunitarios, o cualquier otra relación que permita construir redes de apoyo y colectivizar los afectos. Debemos, pues, hacernos cargo colectivamente y no olvidar nuestra responsabilidad afectiva, la ternura radical, los círculos de auto cuidado y la reciprocidad.

La escritora argentina Tamara Tenembaum, en las páginas finales de El fin del amor: querer y coger en el siglo XXI (2019), resume perfectamente este horizonte: “la apuesta por la amistad como política, la construcción de lazos afectivos consensuados y serios (en el sentido de importantes) que, sin embargo, tengan cierta flexibilidad, en los que haya responsabilidad, pero también comprensión, en los que puede haber sexo o bien puede no haberlo. Construir comunidades de amor y amistad que sean contenedoras, sólidas, aunque acepten la condición precaria de la existencia y de los vínculos.” Este deseo no está lejos de lo que propone Brigitte Vasallo: una mirada amplia sobre el amor y los afectos anclada en la responsabilidad, la reciprocidad, el compromiso comunitario, los cuidados colectivos y la construcción de redes de apoyo.

Lo anterior revela la necesidad de ir mucho más a fondo: una crítica profunda al amor debe, por fuerza, dirigir su mirada a horizontes mucho más amplios. Pienso de nuevo en las luchas feministas de la década de los 60 y los 70, que pusieron en el centro de la discusión la importancia y la necesidad de la socialización de los cuidados y de la responsabilidad del Estado, así como de las instituciones en esta socialización (que por cierto, Alexandra Kollontai a inicios del siglo pasado ya había puesto sobre la mesa). Un ejemplo serían las guarderías públicas, que fueron sin duda un logro importante de estas luchas. Pienso en algunas pensadoras feministas, como Kathi Weeks, Alba Carosio y Nuria Alabao, que recientemente han abordado el papel que la Renta Básica Universal podría jugar en la construcción de relaciones no patriarcales y más libres.

Si, como propone bell hooks, empezamos a pensar en el amor más como una acción que como un sentimiento —pues pensarlo como acción implica responsabilizarnos por ella—, tal vez logremos entender que el amor no es eso que nos atraviesa y nos deja paralizados a merced de los encantos (y desencantos) de otra persona. El amor también es una fuerza política, una pasión y una acción que puede movernos al cambio. Colectivizar los afectos nos permitirá, sin duda, hacer de este mundo un espacio más habitable, en el que, como propone Judith Butler en un artículo reciente, escrito para hacer frente al sadismo político trumpista, “vivamos sin miedo sabiendo que nuestras vidas son interdependientes e igualmente valiosas”.

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