Marisol García Walls(2025). Comparecencia (in)voluntaria. U-tópicas.
Marisol García Walls ha publicado dos libros individuales: Atlas de rasgos familiares, en Colombia, y Comparecencia (in)voluntaria, que apareció primero en España y acaba de salir en México. Su escritura mezcla el ensayo personal con reflexiones sobre la memoria, utilizando como puntos de apoyo y de fuga referentes físicos o visuales de su propia historia, que se integran en la propia escritura. Tras una búsqueda de quince años, Comparecencia (in)voluntaria procesa la experiencia de haber sufrido un crimen en el propio hogar.
Además de elaborar ese pasado y tratar de conciliarlo con distintos presentes, el libro busca querellarse con la declaración oficial, la demanda levantada ante el Ministerio Público. ¿Cómo rebatirle al Estado la voz judicializada que imposta en un acto de ventriloquía institucional sobre la propia? Además, una vez registrados los hechos en sus términos se vuelve casi cómplice al no hacer más, al hacer como que hace. Se trata en muchos sentidos de una pelea de David contra Goliat. ¿Cómo llamar a David cuando es mujer? En esta lucha, la autora lanza palabras hondas, depuradas a lo largo del tiempo, para pelear contra la impunidad de su propio caso y desde allí representar a una parte inconmensurable de la población. Enunciar lo que ese documento calla, lo que promete sin conseguir; sortear el vacío entre el registro oficial y lo vivido, lo que se sigue viviendo.
En La política cultural de las emociones, Sara Ahmed cauciona sobre fetichizar las heridas vitales, sobre volverlas identidad. Hacerlo es problemático, porque separa a la herida de su propia historia; le da más presente en una especie de eternidad —pues el pasado vive en las heridas que se mantienen abiertas—, en vez de ubicarla en el tiempo y el espacio. Para Ahmed —como para bell hooks— la tarea es no olvidar el pasado, pero a la vez quitarle control sobre el presente. El intento de escribir sobre la visita de los heraldos negros esa noche, para sólo sacar espuma o enfrentarse con la nada, llevó a Marisol García Walls por una ruta visual: la de hablar a partir del silencio, lo negro, lo tachado. Al intervenir de manera gráfica el documento oficial para exorcizarlo, fetichiza el documento y no la herida, restándole cada vez más presente.
Es muy común que al sufrir un crimen o un accidente suframos también una distorsión temporal y el evento se convierta en un anzuelo para la memoria y las emociones durante años; a veces la parte más afilada de este gancho tiene que ver con la culpa irracional de lo que no hicimos o pudimos hacer de otra manera y los escenarios contrafactuales infinitos que de allí surgen. La vuelta del tiempo a su flujo cotidiano tiene que ver con su propio paso: con la necesidad de que transcurra para que sea posible hilvanarlo en una narrativa: una propia y conciliable no sólo con el presente, sino también con el futuro. En Comparecencia (in)voluntaria podemos ver el papel del tiempo y el tiempo sobre el papel, y cómo el trauma triangula entre ambos mediante la escritura.
Al final, este recorrido lleva a la autora, a ese “Yo” que se manifiesta y cobra fuerza mediante la palabra, a presentarse en las oficinas del Ministerio Público para declarar nuevamente: repetir el proceso burocrático de manera ahora sí voluntaria, para enunciar con la acción y el cuerpo lo que pasó, en sus términos. Como era de esperarse, a nivel burocrático o institucional no hay ni la disposición ni los mecanismos para recibir esa nueva declaración, pero el acto ante el Estado y el pasado es una resolución más genuina que la “justicia” ofrecida a la aplastante mayoría de los crímenes en nuestro país.
El libro utiliza referencias autorales muy precisas que permiten profundizar sobre varios de los temas que toca y acompañar a la voz de la autora en el proceso de hacerse oír. Hay una cita de Roxane Gay sobre cómo evitar que la peor cosa que hemos vivido nos defina, sin que ello implique guardar silencio. La cita me remite al magistral testimonio Una mujer en Berlín, escrito por una sobreviviente a la caída nazi al final de la Segunda Guerra Mundial y a la invasión del Ejército Rojo. El libro relata con valor y frontalidad las decisiones que otros tomaron sobre ella y las que ella se vio obligada a tomar. Su autora quiso contar lo que vivió, pero sin que su nombre se asociara a su testimonio. En la lógica de Roxane Gay, lo hizo desde el anonimato —aunque hoy es fácil encontrar su nombre en Internet.
El silencio es el principal mandato cultural que busca imponerse sobre la violencia, sobre todo en la que se ejerce contra las mujeres. Frente a las estadísticas en nuestro país y el mundo, urgen representaciones sobre cómo reaccionar en estos casos, qué hacer a continuación, cómo seguir. Es muy difícil que la voz de una mujer se escuche, sobre todo cuando contradice y le reclama al Estado. Casi imposible que permanezca. Por ello el libro de García Walls resulta fundamental. La autora se cuestiona en sus páginas si la escritura puede servir al mundo y cómo; si es posible intervenir sobre la realidad. Diseminar rutas como ésta puede ofrecer otras maneras de resistir. Puede abrir el futuro para más personas.
De cuestionamientos y tachaduras, de la oscuridad sembrada, termina surgiendo un libro luminoso que logra un punto de quiebre en su propia narrativa. Un punto y aparte. Y, ante todo, un punto de luz. Un punto final que resplandece.
