El asalto a la embajada mexicana ordenado por Daniel Noboa hace cerca de un año fue una señal inequívoca. Si el joven presidente ecuatoriano quebrantaba así el derecho internacional, ¿qué se podría esperar de su respeto a la institucionalidad democrática al interior del país? La multiplicación de decretos de estados de excepción y el tipo de militarización —reforzada con una consulta popular—, que ha desatado en nombre de una fallida y engañosa guerra contra organizaciones vinculadas a redes de narcotráfico (violencia oficializada, con reminiscencias de los años de Felipe Calderón en México), cuentan, entre sus resultados, la desaparición forzada de varios menores de edad pobres y racializados. El caso más conocido, que se volvió emblemático, ha sido el de los llamados “cuatro de Guayaquil”: Nehemías, Josué, Ismael y Steven, asesinados y calcinados en una base militar que Noboa ni siquiera pudo nombrar cuando fue instado a hacerlo en el reciente debate presidencial.

Con estas y otras relucientes credenciales antidemocráticas, casi de manera previsible, aunque no menos indignante, el advenedizo presidente atropelló una y otra vez las normas del proceso electoral. Con la complicidad del Consejo Nacional Electoral, fungió a la vez como candidato y presidente; designó de manera inconstitucional a una vicepresidenta (con lo cual quebrantó el reemplazo regular de sus funciones presidenciales, que deberían haber pasado a manos de su compañera de fórmula de hace un año, Verónica Abad, a quien muy pronto convirtió en objeto de una ensañada persecución); utilizó recursos públicos de ministerios —lo equivalente a las secretarías, como se las llama en México— para incidir con prebendas en el voto; y, desde luego, sobrepasó el límite permitido de gasto electoral (buena parte del cual fue vertido por millones en redes sociales, ese ámbito de la posverdad regido por tecno-oligarcas que, como sabemos, actualmente están al servicio de las nuevas ultra-derechas en el mundo).

Sin embargo, contra los pronósticos de muchos, toda esta andanada de ilegalidades y abusos, toda la propagación de falsedades tóxicas mediante las redes, junto con el previsible y agresivo apoyo de los grandes medios, no le alcanzaron a Noboa para obtener el triunfo en primera vuelta del que ya se jactaba. Muy lejos de eso, buena parte de la ciudadanía ecuatoriana parece haber expresado con su voto un “YA BASTA” a toda la impunidad abusiva de este joven nacido en Miami, heredero de un emporio económico surgido de las bananeras de su abuelo y que llegó a la presidencia en 2023 de manera imprevista, casi por accidente, en un contexto de turbulencia política desatada por el asesinato de un candidato presidencial en medio de un proceso de elecciones anticipadas.  

A pesar de la burda desventaja en la contienda, la candidata de la Revolución Ciudadana, Luisa González, no sólo consiguió un empate en la votación (las candidaturas de Luisa y Noboa alcanzaron, ambas, alrededor de un 44%), sino que, además, logró superar el límite alcanzado por la Revolución Ciudadana en las votaciones de primera vuelta registradas en los tres últimos comicios (2017, 2021 y 2023). Con esta tendencia, los buenos augurios de su candidatura para la segunda vuelta o balotaje no son para nada infundados. La continuidad del enquistamiento de una minoría oligárquica en la función ejecutiva del Estado ecuatoriano parecería estar en muy serios aprietos.

Pero hay otro fenómeno en estas elecciones que resulta incluso más significativo en términos de ampliación de horizontes democráticos. Bajo las mismas condiciones de flagrante asimetría antes descritas, la candidatura de Leonidas Iza, el nuevo líder de la izquierda del movimiento indígena (conocido por su decisivo rol en las movilizaciones sociales de 2019 y 2022 que revirtieron la derechización instalada en sectores de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador [Conaie] y confrontaron en las calles la revancha neoliberal desatada en Ecuador desde 2017) obtuvo el tercer lugar con el 5,3% de la votación. La contundencia de su aprobación como candidato por el Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik, brazo político de la Conaie que ha tenido un muy deslucido papel en el pasado reciente y que hoy parece retomar el rumbo con su liderazgo y el de Guillermo Churuchumbi, sólo se puede leer bien en contexto. El actual sistema de elecciones en Ecuador tiene el defecto de permitir la postulación de una exagerada cantidad de candidaturas. En este año, fueron dieciséis los binomios presidenciales. De ese total, sin contar a Noboa, por lo menos cinco candidaturas se situaron claramente en la extrema derecha (en la campaña y el debate desfilaron imitadores de pacotilla de Bukele, admiradores de Milei y, cómo no, incitadores al venenoso odio “anti-correísta”, estigmatización con la que desde hace años se ataca a las izquierdas en su conjunto). Ese polo extremo, en total, apenas obtuvo alrededor de un 3.5% de la votación. Por otro lado, otros tres binomios más moderados se podrían ubicar en la centro-derecha. Ese tramo del espectro político, en su conjunto, apenas alcanzó un 1.3% de apoyo. Vemos entonces que el compañero presidente Leo, como se le conoce cariñosamente a Leonidas Iza, derrotó en las urnas a todo el conjunto de esos rostros de las derechas ecuatorianas y a sus financistas. Asimismo, por fuera de su propia candidatura y la de Luisa González por la Revolución Ciudadana, otros cuatro binomios se autoidentificaron con la izquierda o la centroizquierda. Pues bien, el conjunto de todas estas opciones electorales apenas alcanzó un ínfimo 1,53%. Frente al total de esas candidaturas, la aprobación obtenida por Leo es, con holgura, tres veces mayor, hecho que lo confirma como la única opción convincente, junto con la Revolución Ciudadana, de ese costado del espectro político. Además de refrendar un amplio apoyo a la lucha social como freno a la violencia neoliberal, este triunfo sitúa al proyecto de la izquierda plurinacional y ecosocialista, liderada por Leonidas Iza, prácticamente como una fuerza política dirimente en la segunda vuelta.

Meses atrás, de cara a las elecciones, con el decidido apoyo de figuras de la Revolución Ciudadana como Andrés Arauz, excandidato presidencial y actual secretario general de ese partido quien además es miembro del consejo de la Internacional Progresista, se inició un proceso de diálogo para construir un proyecto de unidad entre las izquierdas. Aunque no se llegaron a establecer candidaturas unificadas, sí se alcanzaron unos acuerdos programáticos mínimos. El sólo hecho de honrar y retomar esos acuerdos bastaría para terciar en el balotaje en muy buenas condiciones para la izquierda y el conjunto de fuerzas democráticas ecuatorianas. En el mejor de los casos, la profundización de esos acuerdos, junto con la inclusión de más sectores que quizás no se identifiquen propiamente con las izquierdas (con sus trayectorias, estilos y liderazgos), pero sí con un proyecto de desarrollo con justicia social, podría sentar las bases de un frente amplio capaz de sostener e impulsar un urgente proceso de democratización en Ecuador. Sobre la amplitud de este anhelado frente, no hace falta identificarse con la izquierda para reconocer la catástrofe a la que ha conducido la desinversión estatal en salud, educación, productividad e infraestructura promovida por los gobiernos de Moreno, Lasso y ahora Noboa, su parco y agresivo continuador. Uno de los más rutilantes logros de este último ha sido agudizar la crisis económica, en un contexto de alarmantes niveles de desempleo y desigualdad, sumiendo al país en apagones eléctricos que alcanzaron hasta las catorce horas diarias. ¿La causa? Una criminal falta de mantenimiento del parque termoeléctrico instalado acompañada de la propaganda a favor de privatizar la generación de energía.

En el contexto continental, con el nuevo auge en esteroides del trumpismo en el norte (frente al que Noboa, estadounidense de nacimiento, ha remarcado su adhesión) y el catastrófico experimento seudo libertario en el sur, el posible cambio de rumbo en Ecuador, que el resultado de la primera vuelta electoral permite augurar, desde luego que no dejaría de ser una muy buena noticia. México, Honduras, Guatemala, Colombia, Brasil, Uruguay y Chile contarían con un nuevo aliado regional. Y no dejaría de ser un hecho de profundo contenido político que quien lidere el proceso de recuperación de las instituciones y el impulso de una democratización integral en Ecuador sea Luisa. Se trataría de la primera mujer presidenta en la historia del país. A la manera de una Claudia Sheinbaum, una Xiomara Castro o una Francia Márquez, Luisa podría habilitar, con su propia voz y estilo de conducción política, no sólo la necesaria transformación de la Revolución Ciudadana, sino otra ruptura y superación más de ese feminismo neoliberal epitomado por Hillary Clinton y sus diversos ecos latinoamericanos.

Sin embargo, nada está dicho. Aunque todavía no se conoce la conformación final de la Asamblea Nacional, la votación alcanzada por ADN —la plataforma electoral de Noboa— es alta. Además, la segunda vuelta de las elecciones presidenciales se celebrará dentro de dos largos meses. Las fuerzas de la reacción en Ecuador y sus padrinos extranjeros, desde luego, no se sentarán a esperar los resultados con los brazos cruzados.

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