La confrontación entre sectores de la izquierda o progresistas no es nueva y la podemos rastrear en diferentes debates sobre procesos sociales en el mundo. Tenemos, por ejemplo, las discusiones entre Lenin y Rosa Luxemburgo, los intercambios entre marxistas venezolanos por si se respaldaba o no a la llamada revolución bolivariana dirigida por Hugo Chávez o las tensiones, en el caso chileno, entre la Unidad Popular y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria cuando era presidente Salvador Allende. En todos estos casos, y sin entrar a detalles, lo que salía a relucir era lo siguiente: la disputa de ideas y de proyectos.
No obstante, cuando las pugnas entre las izquierdas se limitan a las descalificaciones, a las hostilidades y no hay una intención por discutir las divergencias, es cuando podemos afirmar que existe una polarización entre sectores sociales donde, como lo afirma Ignacio Martín Baró, las posturas ante un determinado problema tienden a reducirse cada vez más a dos esquemas opuestos y excluyentes, por lo que se produce un rechazo activo del otro. En pocas palabras, la polarización se manifiesta cuando dos fuerzas sociales —muchas veces antagónicas— tienen posturas inamovibles sobre la realidad social, reducen sus marcos interpretativos a afirmaciones preestablecidas, rechazan todo lo que no sea propio de su grupo y, muchas veces, basan sus intercambios con “otro bando” en el desprestigio y la aversión.
En días recientes, hemos sido testigos de un ejemplo de lo anterior en el contexto mexicano, luego de los los comunicados firmados por El Capitán del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. En estos documentos, aparte de hacer un balance del sexenio del presidente Andrés Manuel López Obrador, se realizan una serie de afirmaciones que molestaron a más de una y un simpatizante o militante de la cuarta transformación. Esto ha desencadenado, sin obviar el oportunismo de las derechas, en una serie de debates y confrontaciones en redes sociales entre el obradorismo y el zapatismo.
Por lo anterior, y más allá de que cada postura tiene sus razones y de la innegable existencia de otras izquierdas que participan desde otro lugar en este debate, es importante mencionar que en el intercambio entre el obradorismo y los simpatizantes del zapatismo salen a relucir marcos de interpretación predefinidos, descalificaciones y confrontaciones hostiles. Dado este desencuentro que hay entre las posturas, y sin intención de dar la razón a una u otra, me propongo compartir algunas reflexiones de cómo opera está polarización entre estos dos grupos sociales.
La polarización en México, encarnada en días recientes entre estos dos actores sociales, y aunque implica un proceso más complejo que se mencionara más adelante, se puede caracterizar desde las siguientes claves: predisposición de argumentos, ausencia de espacio para el análisis de las particularidades sobre los procesos y criterios absolutos para interpretar al bando contrario.
En cuanto a la predisposición de argumentos, es un elemento visible en ambas posturas del debate que nos ocupa. De un lado se afirma que “el zapatismo aparece a conveniencia”, que “el EZLN es un invento del PRI” o que los zapatistas “le hacen el juego a la derecha”. Del otro lado se afirma que “no ha cambiado nada en el país”, que “las y los mexicanos siguen igual de pobres” o que “lo único que le interesa a AMLO es negociar con la burguesía y no mejorar la vida de la población”. Ambas posturas, esos prejuicios, más que promover el debate, sirven como descalificaciones que hace imposible el diálogo o el acercamiento al otro.
Lo anterior también provoca una ausencia de análisis sobre las particularidades de ambos procesos. Desconocer que el obradorismo “tiene mucho ya existiendo y construyendo su campo político” es negar el carácter histórico del mismo, como lo afirmaba hace unos días Diana Fuentes en una respuesta a una de mis publicaciones en Twitter (ahora x). Esto no quiere decir que esté exento de contradicciones y de personas impresentables. Por el contrario, la llamada cuarta transformación —la cual entrará pronto a su “segundo piso”— alberga alianzas con algunos sectores y fracciones de la burguesía, sin que ello anule su fuerte respaldo popular el cual, como se ha demostrado en varios espacios del Instituto Nacional de Formación Política, promueve discusiones y reflexiones para la superación de esas contradicciones.
Atribuirle a un solo militante, como lo han hecho algunos simpatizantes del zapatismo, el peso de las contradicciones y decisiones del gobierno es no entender las limitaciones y tensiones esperables en un proceso de esa naturaleza, y obviar que el obradorismo no comenzó en 2018 y que muchos de sus militantes, en su momento, tuvieron un acercamiento importante con el zapatismo, al menos desde la sexta declaración de la selva lacandona, sino es que desde inicios del levantamiento. Esto, claro está, no implica dejar de señalar las alianzas con las burguesías o el poco o mucho avance en la organización popular del obradorismo; por el contrario, lo que significa es mirar el panorama completo y no sólo al gobernante, así como analizar que la población y la organización no caminan al ritmo del “debería ser” —como tampoco sucede en ningún proceso social análogo—.
Por otro lado, el criticar al EZLN de “no estar a la altura” por no sumarse a la llamada cuarta transformación, es negar el carácter histórico y político que han construido desde hace décadas los pueblos zapatistas, así como los más de veinte años que se han organizado de manera autónoma lejos de cualquier partido político. Estas afirmaciones implican, a su vez, no reconocer el poder organizativo que tienen las comunidades zapatistas y la capacidad de análisis que han construido a lo largo de su historia. Centrar las críticas a la figura de El Capitán es ocultar los ataques y traiciones que han sufrido históricamente el EZLN y los pueblos indígenas del país, visibles, entre otras cosas, en la no aprobación de los acuerdos de San Andrés Larráinzar.
Por otro lado, sumada a la predisposición y ausencia de análisis, existe la construcción de criterios absolutos sobre el otro y la reducción de los debates a enfrentamientos entre bandos. “Ustedes no se sumaron a la cuarta transformación” o “sólo aparecen cada seis años y es para criticar”, por un lado, y “ustedes hacen alianzas con la burguesía” o “no critican a su propio gobierno”, por el otro, son algunas expresiones de esta oposición absoluta. Las afirmaciones sobre “buenos”, “malos”, “izquierda verdadera”, “los puros”, “izquierda de café”, etc., construyen posturas rígidas, simplistas y estereotipadas del otro, en donde lo único que persevera es una expresión de hostilidad y no un debate de ideas.
La predisposición de argumentos, la ausencia de espacio para el análisis de las particularidades sobre los procesos y los criterios absolutos son resultado del impacto que la polarización ha tenido en el debate entre estos sectores. En el caso del obradorismo y los simpatizantes del zapatismo, como he expuesto ya, se ha promovido un intercambio que se basa en meras descalificaciones que poco ayudan a la comprensión de lo que acontece en el país. Esta afirmación no significa dejar los debates a un lado; por el contrario, los sectores de izquierda tenemos que promover la reflexión, la confrontación de ideas y el (des)encuentro de análisis, pero esto se hace imposible si los argumentos sólo tienen la intención de desprestigiar al otro y negar el carácter histórico, las contradicciones y las aperturas de los movimientos.
La tensión entre “la revolución de las conciencias” y el “otro mundo es posible” pone en evidencia la necesidad de mirar las diferencias políticas entre quienes no quieren un “capataz” y quienes han luchado desde hace décadas por la llegada de su dirigente. Pone a discusión entre la visión de quienes afirman que “todo sigue igual porque es la continuidad de gobiernos anteriores” y de quienes notan una diferencia sustancial en su día a día. Asimismo, visibiliza el antagonismo de proyectos que, como parte de su lucha, apuestan por la disputa electoral como una herramienta y aquellos que consideran inservibles las elecciones. Estas tensiones no son cosas menores, ya que la diferencia no sólo se encuentra en lo ideológico, sino en lo práctico y en lo organizativo. Pero la profundidad de este debate no existe a gran escala, ya que los impactos de la polarización no permiten más que descalificaciones, desde un sentido común y de elementos “obvios” que rara vez son cuestionados, los cuales producen afirmaciones que muchas veces se encuentran infundadas.
Sumado a lo anterior, es necesario reconocer que ambos proyectos han avanzado a su ritmo, desde sus propias condiciones y desde sus propias apuestas políticas. Por un lado, aunque parezca que lo electoral es lo único que sale a relucir en el obradorismo, se sabe que dentro de su militancia —aunque no al 100%— existe una reflexión que pone en evidencia que la “toma del poder político del Estado” no es sinónimo de haber ganado las elecciones y, por lo tanto, es necesario profundizar los cambios sociales a partir de la organización popular. Por su parte, el EZLN y las comunidades zapatistas siguen construyendo su autonomía y fortaleciendo su tejido comunitario a través de cambios y ajustes para enfrentar los retos del contexto y la violencia sociopolítica por parte de empresas, de la economía criminal o de grupos paramilitares que disputan los territorios chiapanecos. Es decir, ninguno de los dos procesos se encuentra acabado y están en constante construcción.
Pese a que cada uno de estos proyectos camina desde sus propios horizontes y lógicas, las características de su enfrentamiento aquí descritas marcan que esta polarización no tendrá un pronto final. Mientras que cada posición discuta sólo desde las descalificaciones y las hostilidades, poco dialogo fructífero podrá existir. Y, dado el antagonismo de proyectos, no pretendo decir que estos actores deban estrechar una amistad o una alianza a futuro, pero centrar las discusiones en inhabilitar el carácter y transcendencia histórica de cada bando, poco ayuda a mirar las posibilidades de una transformación profunda que convoque a las grandes mayorías a luclar contra el actual sistema de opresión.
Pero esta polarización no se detiene ahí, sino que también ha generado impactos en otros sectores de izquierda que no militan o tienen una vinculación estrecha ni con el obradorismo, ni con el zapatismo. Esto se expresa, principalmente, cuando algún sector de la izquierda reconoce el posicionamiento o la importancia de alguna de las dos posturas y de inmediato recibe ataques del sector opuesto. Simplemente pronunciarse por los avances y los logros, ya sea del zapatismo o del obradorismo, de inmediato produce un encasillamiento que inhabilita el diálogo con alguno de los dos sectores.
Pero qué hacer si por el momento no podemos construir caracoles en todo el territorio nacional y aún no se conquista el poder político del Estado. Ante este contexto, y aunque pueda parecer imposible, es necesario que las izquierdas asumamos tareas de primer orden: dejar de sumar a la polarización, flexionar nuestra camisa de fuerza —que no significa abandonar principios o posiciones— y mirar el carácter popular o comunitario de los procesos según sea el caso. Centrarse en el ataque sobre la individualidad y las afirmaciones que hace El Capitán o López Obrador nubla el análisis y una adecuada valoración histórica de las cosas. Es no mirar que, en cada uno de estos “bandos”, existe organización y respaldo a los proyectos políticos que encabeza cada figura. No dejemos de criticar y confrontar ideas, pero no lo hagamos desde predisposiciones, reduccionismos y criterios absolutos. Le debemos mucho al zapatismo por enseñarnos a hacer y pensar en otro mundo posible, pero también al obradorismo que se ha convertido en un espacio vital de la política nacional para el mejoramiento en la vida de las personas.
