La violencia en México comenzó a acelerarse notoriamente hace casi dos décadas, a partir del gobierno de Felipe Calderón, y ha continuado agravándose. Guanajuato se apartaba de dicha tendencia, pero ahora varios recuentos lo consideran el estado más violento del país por acumular el mayor número de homicidios dolosos. Al hablar sobre la violencia letal en este estado, el experto en seguridad Alejandro Hope sugirió hace unos años que en su mayor parte los homicidios podrían suceder de manera muy localizada, concentrándose en tan sólo algunas calles de ciertas colonias.
Las cifras de la violencia implican un horror cotidiano silencioso y silenciado, del cual queda mucho por averiguar. Así como el feminicidio es un acto de poder patriarcal, también el concepto mismo, su uso en leyes y política pública, ha sido y sigue siendo disputado. Con frecuencia los gobiernos y autoridades federales, estatales y municipales, generalmente encarnados en funcionarios varones, se han resistido a adoptar el término o implementar políticas públicas que verdaderamente disminuyan el número de víctimas.
Para romper la normalización de la violencia, activistas y organizaciones nos recuerdan que una decena de mujeres son privadas de la vida cada día. Para comprender mejor el problema, verificar algunas de sus características y si la hipótesis de Hope se cumplía, llevamos a cabo una investigación que analiza el fenómeno en León, Guanajuato. Esta ciudad es un caso poco común con respecto al resto del país, ya que es la más poblada de la entidad sin ser su capital.
María Salguero ha contribuido a poner en el radar de la opinión pública la distribución geográfica de las muertes violentas de mujeres en México mediante su geolocalización a partir de notas periodísticas. Los datos georreferenciados por Salguero permiten ir más allá de los conteos y estadísticas agregados por estados o por municipios, para acercarnos con mayor precisión a la escala intraurbana, mediante orientación, longitud y extensión de los asesinatos de mujeres, así como su permanencia o cambio con el paso del tiempo. Aunque esto necesariamente conlleva un subregistro, pues no todos los crímenes son reportados por la prensa, lo que se pierde en cantidad de eventos se gana en datos y especificidad. La intención para el caso de León ha sido examinar las circunstancias de los asesinatos de mujeres para verlos y visibilizarlos a partir de sus patrones espacio-temporales, los puntos y momentos donde son cometidos y trazar una suerte de “huella espacial”.
Es importante mencionar que estos datos no permiten distinguir con claridad cuándo los asesinatos de mujeres se tratan de femicidios (asesinatos de mujeres) o feminicidios (asesinatos de mujeres cometidos expresamente por razones de género). Ante la imposibilidad de establecer esta distinción y para no faltar en justicia a las víctimas, utilizamos el término femi[ni]cidios. Asimismo, hay que resaltar la existencia de varios mapas nacionales al respecto. Además del ya mencionado que Salguero elaboró mediante Google Maps, de donde salen los datos que utilizamos, hubo otra iniciativa de la misma autora en la que cualquiera podía subir datos que posteriormente eran revisados para su inclusión, pero ya no se encuentra disponible. La Fiscalía de la Ciudad de México ha emulado esta iniciativa; también lo han hecho en Ciudad Juárez, Morelia y Tijuana.
Las preguntas que nos guiaron para el caso de León fueron las siguientes: ¿Siguen estos crímenes algún patrón de concentración o dispersión? ¿O, por el contrario, de aleatoriedad? ¿Tienden a anclarse en el espacio público o dentro de la esfera privada del hogar? ¿Su ocurrencia se concentra en algún momento del día? ¿Han variado en su distribución a lo largo del tiempo?
Los resultados permiten tener acceso a una primera fotografía que comienza a dibujar la dinámica espacio-temporal del femi[ni]cidio en León, aunque precisa mayor nitidez. La sugerencia de Hope fue que en su mayor parte los homicidios en Guanajuato podrían suceder de manera sumamente localizada, en tan sólo algunas calles de ciertas colonias. Los resultados del presente estudio indican que no es así, sobre todo en lo que respecta a los femi[ni]cidios.
En cada uno de los años del periodo de análisis (2016-2020) se registraron más en la vivienda que en lugares públicos. Cuando se distinguieron por tipo de lugar, los que se cometieron en la vía pública sí mostraron un patrón de concentración estadísticamente significativo, al contrario de los ocurridos dentro de los hogares. Los crímenes han tendido a suceder en zonas con un grado de marginación urbana medio y en zonas de transición entre grados alto y bajo. Hay una heterogeneidad de escenarios, como calles secundarias, vialidades principales y domicilios. La concentración que se notó tiene que ver con crímenes de este tipo cometidos por la noche en la vía pública y con mayor incidencia en algunas colonias.
Los perpetrados en domicilios presentan un patrón de aleatoriedad, lo que sugiere que cualquier hogar podría ser escenario de un feminicidio. Esto es un signo de alarma, pues indicaría que tales crímenes se estarían generalizando, sin importar condiciones materiales y factores ambientales. Esto apunta a factores más amplios donde cuestiones culturales de género, como la cultura machista imperante, forman un riesgo potencial inmanente para las mujeres sin importar el espacio donde vivan o transiten.
De acuerdo con Mariana Berlanga Gayón el feminicidio busca controlar a las mujeres, “estableciendo los límites a los que pueden llegar y la forma en que deben comportarse en público, un recordatorio de que el espacio público es masculino y la presencia de mujeres está condicionada a la aprobación de los hombres” (2019, p. 109). Asimismo, esta autora señala que con frecuencia aun el lugar acotado por el patriarcado para las mujeres, la casa, resulta ser el más letal para ellas cuando viven en núcleos familiares. Nuestros resultados brindan evidencia a lo mencionado por Berlanga sobre la asignación espacial de las mujeres al hogar en sociedades patriarcales, donde en vez de estar más protegidas, resultan más victimizadas.
Algunas calles son particularmente peligrosas, pero cualquier casa podría serlo y el peligro ronda a cualquier hora. Una posible medida para prevenir su ocurrencia en la vía pública sería atender puntos específicos de la ciudad. En lo que corresponde a los femi[ni]cidios en domicilios, los cuales mostraron una configuración espacial aleatoria, la única política pública posible es cultivar una cultura contra el machismo y la violencia de género, contrario al recurso performativo de incrementar la presencia policial y de las fuerzas armadas.
Referencia
Berlanga, M. (2019). “Feminicidio”. En H. Moreno & E. Alcántara (Coords.), Conceptos clave en los estudios de género (Vol. 1). Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG), Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), pp. 105-119.
