El papel que juega Iztapalapa en su condición de la alcaldía más poblada en la Ciudad de México sigue despertando opiniones encontradas. A veces parece que todo está dicho cuando se invocan los lugares más comunes en el imaginario de los habitantes de este país, desde la inseguridad y la escasez de agua hasta alguna que otra muletilla sobre el carácter popular de esta demarcación. Todas esas perspectivas resultan insuficientes cuando se busca definir y adjetivar lo iztapalapense en discusiones mucho más amplias, especialmente si se requiere situar su espacialidad en función de si este enorme territorio corresponde o no a la periferia.
En alguna medida, el turismo ha contribuido a situar los confines de la urbe, sumándose a la opinión de otros tantos capitalinos, cuyas vidas a diario discurren en las zonas más céntricas y exclusivas; es decir, se difunde la creencia de que no se tiene que ir hacer nada allá, realidad que suelen compartir otras grandes extensiones de la CDMX. ¿Y entonces siempre ha sido así?
De ninguna manera. Es necesario remontarse varios siglos atrás para entender el lugar tan especial que Ixtapalapa tuvo para la sacralidad de los pueblos de la cuenca, como referente inconmensurable para la medición del tiempo y como espacio ritual prehispánico. Durante siglos, gran parte de los estómagos del corazón político novohispano, y más tarde de la joven nación, se saciaron gracias a aquellas tierras, pues de sus huertas y chinampas a diario solían ser trasladados vastos cargamentos de hortalizas, semillas y decenas de productos comestibles. No fue sino hasta mediados del siglo pasado que comenzaron a desaparecer aquellas relaciones productivas y económicas en las que el oriente de la ciudad tuvo un papel tan destacado.
Desde finales del siglo XIX, la antigua Ixtapalapa fue un destino turístico para los paseantes capitalinos, quienes encontraban, en su paisaje, en los remansos de sus canales y el verdor de sus chinampas, los resabios del apacible ambiente campirano. Pero también, en tierras iztapalapenses, privó una concentración desigual de la propiedad, a causa de la existencia de distintas haciendas que entraron en conflicto, como en muchas otras regiones del país, con la mano de obra campesina que, por aquellas épocas, se sumó al zapatismo y enarboló la bandera de Tierra y Libertad; una lucha que se vio reflejada en el reparto agrario que gozaron algunas de estas comunidades. Estos procesos compartidos con las zonas aledañas representaron un punto de inflexión que puso de manifiesto la realidad agraria y la poderosa identidad religiosa de estas comunidades, que muchas veces no alcanzaban siquiera los mil habitantes.
La indefinible Iztapalapa también tuvo un papel dual en la historia reciente, pues se constituyó en dos municipalidades hasta 1928: por un lado, la de Iztapalapa y, por otro, la de Aztahuacán. De este binomio deriva hasta nuestros días la concentración del poder político en el centro de la demarcación y sus denominados ocho barrios, frente a la inquebrantable resistencia de los pueblos del oriente. Algunos casos que ratifican esta política se han dado gracias a la creciente promoción cultural promovida desde los gobiernos centrales, que han conseguido regular con mayor eficacia la magna representación de la Pasión de Cristo, así como la consolidación de eventos como ferias, carreras atléticas, exposiciones y el resguardo más o menos exitoso del Cerro de la Estrella.
Contrariamente a esto, la otra Iztapalapa vive una realidad muy distinta, puesto que su grado de urbanización es menor a pesar de la reciente introducción de nuevos mecanismos de transporte masivo, como el trolebús elevado y el cablebús, así como la implementación de los denominados caminos seguros. En estas zonas, la presencia de la actividad minera en la Sierra de Santa Catarina no se ha detenido y amenaza con acabar de forma definitiva dentro de algunos años con algunas de sus elevaciones, como el Yuhualixqui y el volcán Xaltepec. El ritmo de la vida en los pueblos del oriente de Iztapalapa posee una mayor intensidad que en el centro de la demarcación, sobre todo a causa de su amplio calendario festivo, puesto que los carnavales, las fiestas cívicas y religiosas centellean y se anuncian con su música y pirotecnia durante todo el año.

Actualmente, ni siquiera se tiene un censo exacto que determine con precisión todas las festividades practicadas por los habitantes de los pueblos del oriente y del resto de la alcaldía, que lejos de amainar en su organización, han ampliado sus fechas, garantizando el acceso a la diversión dentro de las comunidades bajo un enfoque que conjuga la tradición con la modernidad, pero que al mismo tiempo es alternativo a la cultura dominante. Decenas de comparsas, asociaciones y mayordomías sostienen un entramado que se encarga de la logística que hace posible la organización de cientos de eventos al año en donde convergen miles de asistentes.
Esta situación ha desatado cierta tensión con las autoridades que, a diferencia de lo que han hecho con el centro iztapalapense, no han podido institucionalizar el resto de las prácticas culturales, y se han conformado con establecer ciertos acuerdos en materia de seguridad y control, con miras a salvaguardar la integridad de los asistentes. Es así que las calles de los pueblos y las grandes avenidas de la demarcación aún siguen siendo sitios en los que sus habitantes han podido desatar su júbilo ante la mirada absorta de quienes, sin ser de la zona, no logran entender el porqué de estas expresiones.
Tal es la fuerza de estas identidades que ninguno de los pueblos de Iztapalapa ha tenido el interés de legitimarse como pueblo dentro de las nuevas condiciones propuestas por la Secretaría de Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades Indígenas Residentes (SEPI) en su denominado Sistema de Registro. De forma simultánea es posible observar un fortalecimiento y arraigo en múltiples expresiones festivas y de religiosidad popular, ya que éstas han sido las vías idóneas para consolidar la identidad de los habitantes de los pueblos, que experimentan un orgullo explícito por sus tradiciones. Es así que en postales como el Paseo de Santa María Aztahuacán (segundo lunes de octubre) o el desfile del carnaval de Santa Cruz Meyehualco se pueden observar concentraciones multitudinarias.
Esta poderosa fórmula incluso se ha irradiado a otras colonias populares que rodean a los pueblos originarios y en las que múltiples fenómenos, como la migración, dotan a Iztapalapa de un rostro todavía más heterogéneo. Los confines marcados por los asentamientos irregulares también ponen de manifiesto que esta alcaldía posee múltiples contrastes internos. Por ejemplo, algunas de sus zonas habitacionales gozan plenamente de acceso a todos los servicios, mientras que otras ni siquiera cuentan con el pleno reconocimiento jurídico que acredite a sus habitantes como propietarios de las casas que habitan.
Se puede estar un día en la Valenciana y en la Unidad Peñón, pero también en Colonial Iztapalapa y en la Joya: los contrastes aparentemente suelen ser menos impactantes que en el resto de la ciudad, pero existen y sólo para los locales resultan entendibles. En las últimas décadas, algunos de los emplazamientos de vivienda popular que han levantado agrupaciones como el Frente Popular Francisco Villa (FPFV), la Unión Popular Revolucionaria Emiliano Zapata (UPREZ) o la Unión de Trabajadores de la Calle, prácticamente son inexpugnables, pues el acceso está reservado sólo para sus habitantes, quienes suelen practicar una especie de autogobierno en estos emplazamientos, donde no se suele vender alcohol como una de tantas medidas para el mantenimiento del orden en su interior.
Analizar a profundidad esta geografía rebasa las habilidades del peatón y viajero promedio, que a pesar de tener a su disposición tres líneas del metro que tocan y permiten adentrarse en la región, son complementadas por los ramales del transporte concesionado, microbuses y amplias flotillas de taxis independientes y mototaxis que realizan viajes individuales y colectivos para auxiliar en sus recorridos a los habitantes de la monstruosa alcaldía. Algunas de las facetas más complejas de esta circulación las impone la geografía escarpada de Xalpa, Teotongo, Lomas de la Estancia y El Paraíso, entre otras, pero también el laberíntico entramado de la Constitucionalista, Ejército de Oriente y la pequeña Cuba, mejor conocida como Ermita Zaragoza.

A pesar de que durante las últimas administraciones se ha impulsado el desarrollo cultural y económico en este territorio, aún es necesario ponderar que las relaciones sociales se rigen bajo dinámicas distintas, sobre todo si pensamos en la adquisición de bienes de consumo en los megatianguis que se instalan varias veces por semana en puntos como Las Torres, Santa Martha o Santa Cruz. La economía popular sigue abasteciendo de ropa, calzado y todo tipo de mercancías a los iztapalapenses, atrayendo la curiosidad de youtubers y gente venida de otras partes de la ciudad.
Lo que se quiere subrayar es que, lejos de idealizar y romantizar a Iztapalapa bajo el colorido manto proselitista del brugadismo, debe considerarse que hoy en día tenemos un territorio altamente desigual, donde la disputa del espacio público involucra a múltiples actores sociales, entre los que se hallan diversas organizaciones populares, de comerciantes, de pueblos indígenas, migrantes y colonos. Todos ellos han hecho extensiva la utopía de rehabitar este espacio aún con su poder político centralizado y de confines altamente marginados, al mismo tiempo golpeados por problemáticas sociales de toda índole en las que la violencia tiene un papel preponderante.
Sin menoscabar el alcance que la implementación de las UTOPÍAS (Unidades de Transformación y Organización para la Inclusión y Armonía Social) y PILARES (Puntos de Innovación, Libertad, Arte, Educación, y Saberes) como centros de recreación, enseñanza y promoción cultural han alcanzado en los últimos años, casi toda la zona sureste de la alcaldía permanece anclada a la periferia y a la espera de su dignificación. Por ello, es apremiante la creación de oportunidades reales de empleo y rutas estables para el desarrollo de sus jóvenes, cuyas esperanzas de forjar un patrimonio propio cada vez son más volátiles. Sin embargo, replicando la voz del diario habría que reafirmar que acá no nos quedamos de brazos cruzados, somos movidos y chambeadores, aguerridos y combativos; no por nada se sabe que la gente de Iztapalapa es la más pesada.
