Lo que en otro contexto hubiera sido una proeza del boxeo olímpico se convirtió en un debate sobre género y competencia deportiva. La boxeadora argelina Imane Khelif derrotó a la italiana Angelia Carini durante los primeros 45 segundos del primer round. Carini decidió detener la pelea debido a los duros golpes de Khelif. Esta victoria desató otro tipo de combate: la discusión sobre el estatus de Khelif en la rama femenil, ya que se argumenta que no es una mujer, sino un hombre biológico.
El problema de que un hombre compita contra una mujer se basa en la creencia de que los hombres tienen una ventaja debido a sus mayores niveles de testosterona. Esta hormona está relacionada con el desarrollo de fuerza, masa muscular y ósea, entre otras cosas, por lo que, en principio, los hombres son más fuertes que las mujeres. Para asegurar una competencia justa y segura, los hombres no deberían competir contra mujeres. Así, el argumento central es que, si Khelif es un hombre biológico, no debería pelear contra las mujeres.
Me parece que el debate está mal enfocado. Primero, porque reduce los conceptos de hombre y de mujer; y segundo, porque asume erróneamente que los hombres son más fuertes y hábiles que las mujeres. Aunque casos como el de Khelif son complejos, no lo son por las razones que supone el debate.
Primero es importante aclarar algunos términos. Aunque la mayoría de los hombres tienen cromosomas XY y las mujeres XX, la biología reconoce variaciones genéticas y cromosómicas que no siguen este patrón: hay hombres XX y mujeres XY, hombres y mujeres con desarrollo sexual diferente (DSD), personas con un solo cromosoma X, entre otras variaciones. La sexualidad es un espectro más complejo que una clasificación binaria como hombre/mujer. Se afirma que Khelif es hombre porque se presume que tiene cromosomas XY. Sin que importe por ahora la situación de Khelif, decir que alguien es hombre sólo por tener cromosomas XY es incorrecto. Algunas personas con cromosomas XY y altos niveles de testosterona pueden ser mujeres, como en el caso de las mujeres XY con desarrollo sexual diferente (mujeres XY DSD). Este tipo de variaciones se conocen popularmente como intersex. Si los atletas deben de participar por género, ¿no bastaría con lo dicho por la biología para colocarlos en una u otra categoría?
Por otro lado, la idea de que los hombres tienen una ventaja biológica sobre las mujeres es una generalización indebida. Si bien la testosterona está relacionada con algunas ventajas competitivas como la fuerza, la masa muscular, la velocidad, etc., su importancia varía en función de la disciplina deportiva. En natación, el mejor récord de los hombres en juegos olímpicos tiene una ventaja de 9.1% sobre las mujeres. En contraste, en el tiro con rifle a 300 metros, la ventaja masculina es sólo del 0.76%, y a 25 metros es de 0.526%. Se observa una tendencia similar en la halterofilia o la carrera de 100 metros, en los cuales la diferencia es más pronunicada, frente al ping-pong o la equitación, donde los récords son bastante similares. Así, en disciplinas donde la testosterona cumple un papel importante en el desempeño atlético, parece justificarse una división entre hombres y mujeres para garantizar una competencia justa y segura.
La mayoría de los estudios sobre las ventajas competitivas han sido realizados entre hombres y mujeres aceptados ya en una categoría, así que no hay evidencia suficiente para la ventaja de atletas intersex sobre otras mujeres, quienes difícilmente han participado en competencias de alto rendimiento. Por otro lado, la división por género es entre hombres y mujeres. Si un hombre que compite en natación tiene alguna ventaja biológica como mayor longitud de brazos, hiperlaxitud, capacidad pulmonar superior al promedio, ninguna de estas ventajas es suficiente para descalificarlo, porque la categoría no distingue entre cualidades físicas, sino que se basa exclusivamente en el género. Así, un hombre con ventaja biológica de ese tipo es aceptado dentro de la categoría, porque lo que se mide es su desempeño atlético como hombre, no su desempeño atlético por longitud de brazos.
Si aceptamos que en disciplinas donde la testosterona es importante los hombres tienen una ventaja biológica sobre la mujer, debemos preguntarnos si esta ventaja es la misma entre mujeres con altos niveles de testosterona y mujeres “normales”. No parece ser así. Aunque las mujeres XY DSD tienen un alto nivel de testosterona, esta no se aprovecha de la misma manera que en los hombres. Para ello, hace falta el nivel adecuado de dihidrotestosterona. La carencia de esta hormona hace que las mujeres XY DSD estén, al parecer, por encima del desempeño atlético de las mujeres, pero por debajo del desempeño atlético de los hombres. Aunque no se conoce con exactitud la ventaja de las mujeres intersex sobre el resto de las mujeres ni si esta regla aplica en todo tipo de competencias, se les excluye de la categoría femenil por sus altos niveles de testosterona. Al mismo tiempo, tampoco se les permite competir contra hombres por la misma regla que las expulsó de la categoría femenil: es injusto para la mujer XY DSD competir contra hombres. Aquí comienzan varios problemas que el debate sobre género y la ventajas dejan de lado, problemas que considero más complejos: al no poder competir contra otras mujeres ni contra hombres, un grupo de mujeres es sistemáticamente discriminado por razones de género, por las mismas normas que pretenden asegurar una competencia justa y segura.
Como solución, World Athletics (anteriormente IAAF) exige que las mujeres con altos niveles de testosterona que quieran competir en la categoría femenina tomen supresores hormonales para igualar sus niveles con los de las demás competidoras. Esto plantea dos problemas. Primero, ¿tiene World Athletics la autoridad para forzar a las competidoras a modificar su composición hormonal sin razones médicas? Me parece que no, porque esta regla discrimina a las competidoras con base en su género, lo cual es injusto. Aunque podría parecer exagerado decir que son “forzadas” a tomar supresores, las atletas intersex que desean participar en competencias de élite no tienen otra opción: o toman supresores o quedan fuera. Segundo, ¿tiene World Athletics la autoridad para definir lo que significa ser mujer? Tampoco lo creo. Y sin embargo, con la pretensión de garantizar una competencia justa, la organización establece criterios biológicos que definen lo que es un hombre o una mujer. Si un atleta no cumple con estos criterios, no puede competir en la categoría masculina o femenina. Así, surge la contradicción de que una atleta haya nacido mujer, crecido como mujer, competido como mujer, pero no pueda competir con otras atletas mujeres de alto rendimiento.
Sin categoría para competir, se les fuerza a ajustarse a una u otra, por diversos métodos. Andreas Krieger, por ejemplo, quien presentaba una condición “ambigua” entre hombre y mujer, fue forzado a doparse para asignarle el género masculino, aún sin saber lo que él quería; Caster Semenya fue sometida a pruebas a las que no dio su consentimiento, así como a ingerir supresores de testosterona, aún sin aceptar las consecuencias que estos supresores tendrían sobre su salud y desempeño deportivo; y la lista podría continuar: Stanisława Walasiewicz, Maria Patino, Elena Goribol, Irena Szewińska, etc. En nombre de la competencia justa, hay una coerción enfocada en su sexualidad sobre atletas que no se ajustan a los estándares de género de la competencia deportiva.
El hecho de que sean mujeres, pero no puedan competir contra mujeres, por no cumplir el estándar biológico de ‘mujer’, alimenta el estigma contra estas atletas. Como en el caso de Imane, el mundo se pregunta por su sexualidad y las llama de cualquier manera (trans, hombres, no mujeres, etc.), excepto por como ellas se identifican y quieren ser nombradas: mujeres. El debate es complejo, pero no avanzaremos sin reconocer que la sexualidad es un espectro más amplio que el binarismo hombre/mujer y que las reglas de competencia y género pueden ser injustas para quienes no se ajustan a esta norma binaria. Un mayor trabajo se requiere para que las mujeres que han sido excluidas de su propia categoría puedan competir en condiciones de justicia, igualdad e integración.
