Gustavo Faverón Patriau (2019). Vivir abajo. Candaya (Narrativa 56).


Una novela recorta hechos, los ensambla y dice algo profundo sobre ellos a pesar de que éstos no sean del todo verdaderos. Así ocurre porque en la ficción es la comprensión de una historia y no la verdad de cada uno de los acontecimientos que se narran lo que resulta central. Hace varias décadas, la filósofa Catherine Z. Elgin (1996) explicó a fondo el fenómeno de la comprensión, el cual desborda la práctica de las artes, pues también las ciencias recurren a ella cuando utilizan artilugios como las metáforas, los modelos o los experimentos mentales para transmitir una comprensión compleja y sofisticada de las diversas parcelas que componen el mundo.

Rememoro estas reflexiones epistemológicas al terminar de leer Vivir abajo, la novela del escritor peruano Gustavo Faverón Patriau. Sobre la obra pueden decirse tantas cosas admirables como desafiantes. Su tejido estético pero también epistémico (y por tanto político) la convierten en una obra compleja en la que sus distintos planos encuentran equilibrio de manera simultánea. Los intrincados laberintos narrativos que presenta, sostenidos en una imaginación que a ratos parece inagotable, representan una invitación a explorar los territorios desolados en Latinoamérica y otras latitudes que, durante la segunda mitad del siglo XX, fueron avasallados por la vorágine de las violencias políticas, militares e ideológicas. En alguna medida, esta amplitud y equilibrio de sus planos auguran el fracaso a cualquier intento de hacerle justicia en unas cuantas líneas, dejando como mejor prolegómeno la invitación a su lectura.

Admitido lo anterior, vale la pena detenerse a explorar uno de los ejes en los que se sustenta el universo narrado. Y es que dentro de los principales artilugios de Vivir abajo se encuentra la narración de la travesía hacia el origen, que no es más que otra forma de plantear, con perspectivas y focos diversos, la reconstrucción del pasado que realizan varios de sus personajes. En el fondo, este artilugio bordea la vieja inquietud sobre cómo los seres humanos delinean su tiempo y comprenden, de a poco, que al transcurrir éste, hay una estela incandescente de recuerdos, malentendidos, suspicacias, pero también venganzas, reencuentros y búsquedas sin sentido. Vivir abajo aborda estos rostros del pasado haciendo uso de las herramientas que le brinda la ficción más que las del archivo histórico, aunque es la permanencia de este último lo que quizá despierte en ciertos públicos eruditos la inquietud sobre los usos que la ficción hace de la Historia para plantearnos interpretaciones de nuestro presente.

Enmarcada —principalmente, aunque no sólo— en el periodo de las posdictaduras en Paraguay, Chile y Argentina, Vivir abajo entreteje una historia coral a partir del viaje redentor que realiza hacia esos países George W. Bennet, hijo de un agente de la CIA obsesionado por la poesía y funcionario comprometido en su labor de asesorar a los gobiernos dictatoriales de la región en la instauración de sus políticas de tortura y terror durante las décadas previas. Alrededor de esta historia, Faverón estructura un panorama más amplio de la violencia humana, registrada en otras latitudes y otros momentos del siglo XX, con lo que construye una amalgama compleja de personajes secundarios que se difuminan una vez que han logrado su cometido: describir las erupciones intempestivas de las destrucciones humanas acontecidas en distintas épocas.

A lo largo de sus más de 600 páginas, Faverón recurre a las facetas del lenguaje melancólico para introducirnos en la vida de George, centro de gravedad, tenue y sombrío, de la obra. Su temperamento de vigía solitario responderá a las varias revelaciones que tuvo a muy corta edad, como cuando de forma clandestina accede a la colección de poesía del padre, acto premonitorio de su vida o la doble vida que llevaron a cuestas sus padres. También, a muy temprana edad encontrará en el cine documental una forma de registrar los aconteceres de su mundo cotidiano y, a partir de ese descubrimiento, la realidad narrada no será sólo aquélla que el personaje experimenta, sino la que permite el registro de los testimonios que a lo largo de su vida se le van presentando. Da lo mismo si son testimonios afligidos por la muerte que les espera o testimonios que naturalizan los actos de tortura realizados durante las dictaduras.

Este universo, que como ya dije, se expande hacia otros episodios violentos del siglo XX, sugiere que la densa historia que George trae a cuestas sea un detonante para la travesía emprendida, como si la errabunda tristeza que lo persigue desde pequeño no le brindara otra opción más que iniciar un periplo hacia los países del sur, en donde su padre y otros personajes que evito nombrar aquí fueron partícipes en el diseño de las políticas del terror. Su travesía, sin embargo, no busca resarcir los males políticos que aquéllos contribuyeron a instaurar en la región; en realidad, representa una búsqueda más simple, guiada por una pulsión vital de venganza. Irónicamente, esta pulsión terminará por confrontarlo con una realidad aún más cruel, dictada por el testimonio omnipresente que ofrecen las víctimas de la violencia de esas dictaduras.

Dicho todo lo anterior, Vivir abajo no es la evaluación erudita, en el sentido histórico, de los actos de desesperanza narrados —y que rebasan con mucho lo hasta aquí sintetizado—. Quizá por ello, ofrece a sus lectores una apuesta arriesgada, una ventana para interpretar el mundo más allá de los lugares comunes a los que el retrato de estas violencias nos podría orillar. Pienso que Vivir abajo comparte con otras tantas obras —Estrella distante de Roberto Bolaño, Jamás el fuego nunca de Diamela Eltit o Antígona González de Sara Uribe, por mencionar sólo algunas— un tipo de herramientas para el análisis que la ficción logra cuando se desentiende de la verdad y se compromete con develar el entendimiento de un horizonte de recovecos y planicies agrestes, que describen a su manera los claroscuros de las personas, a veces víctimas, a veces victimarios.

En años recientes, esta operación reflexiva que ofrecen las ficciones ha sido descrita magistralmente por la filósofa María Pía Lara. En su obra Narrar el mal (2009) —título que de forma deliberada aquí retomo— se propone explicar el modo en que colectivamente construimos juicios para evaluar aquellos actos que consideramos atroces. La construcción colectiva de estos marcos normativos es resultado de los ejercicios que las narraciones (ficticias o históricas) permiten poner en práctica. Esto es así ya que las narraciones van develando aquello que públicamente no había sido contemplado en determinado momento.

Un ejemplo de lo anterior, señala la autora, se encuentra en el proceso que antecedió a la confección y uso del término holocausto, el cual vino a cubrir un vacío detectado por la serie de reflexiones que el cine y las novelas de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial comenzaron a describir. Aunque tenues, las descripciones de estas narraciones apuntaban que el dolor de las víctimas provenía de un lugar distinto, uno que no podía descifrarse con las herramientas implementadas para describir el dolor y las calamidades derivadas de otros conflictos bélicos. En ese sentido, la autora nos insta a entender que las narraciones tienen ese poder de dar cuenta de lo inadvertido y, al hacerlo, ofrecen un espacio para la construcción de filtros morales con los que se evalúa en su particularidad los actos atroces narrados; es, pues, el desarrollo y puesta en práctica de un juicio reflexionante sobre el pasado.

El trabajo de María Pía Lara ofrece un contraste para calibrar el espacio de pertinencia que tienen novelas como Vivir abajo. La inquietud es pertinente, más aún cuando obras como ésta describen escenarios no muy alejados de las descripciones a las que nos hemos acostumbrado a recibir día a día en los noticieros de un país como el nuestro.

Al adoptar el planteamiento del juicio reflexionante, admitimos que obras como Vivir abajo ofrecen, además de un tejido estético complejo, la apertura de un filtro moral sobre el mal de los hechos narrados. Si bien este filtro moral requiere que la discusión transite hacia la esfera pública —cosa que evita una lectura ingenua sobre el poder de las narrativas—, su logro primero se encuentra en el efecto de develamiento y lo que a él se encadena. Para María Pía Lara, las narraciones tienen esa capacidad en la medida en que el lenguaje “reacomoda, con su elocuencia, el lugar que debe ocupar nuestra mirada crítica. El lenguaje produce el encuentro con lo no visto cuando es capaz de abrir las puertas de la conciencia moral”  (2009, p. 72).

Es también este poder del lenguaje el que permite a obras como Vivir abajo describir no sólo el horror, sino paradójicamente colindarlo con ciertos hilos de esperanza constituidos a partir de la reflexión de esas atrocidades políticas del pasado. Insisto, sin embargo, en que dicho alcance se limita a señalar una perspectiva desde la cual se atienda lo previamente inadvertido, más no trazar el camino de cómo llegar a él o resolverlo; esto último se obtiene cuando colectivamente se coincide en una tematización específica de lo narrado en el espacio de la esfera pública.

Al señalar lo anterior, me parece importante preguntarnos sobre qué hace distintas a las narraciones que, como Vivir abajo, retornan al tema de las dictaduras en Latinoamérica, toda vez que existe una tradición sobre la cuestión y sobre el exilio producida desde los años posteriores. Aventuro una hipótesis a manera de respuesta. Quizás este retorno (si es que realmente es un retorno) representa una forma peculiar de aproximarse a estos eventos, una en la cual el énfasis se encuentra en las conexiones que hay de las violencias padecidas en las dictaduras militares y clandestinas, en relación con otras de otros tantos conflictos. Este cruce revela que no son más que la misma guerra porque comparten ese intento por el dominio y el control de los demás, como si el tentáculo de la Historia se extendiera en la confección de los actos humanos que tienen el propósito único de anular la existencia de lxs otrxs. Esto hace que una buena parte del valor de estas narraciones se encuentre en la reconstrucción de los testimonios (aun sean ficticios), pues permiten rastrear los intersticios de esos capítulos que padecieron personas presas por los ideales del progreso, bandera pocas veces advertida que justifica el ideal de la guerra y la violencia.

Vivir abajo es, en última instancia, una visión panorámica de testimonios diseminados en distintas latitudes y temporalidades que han padecido las atrocidades. Es un ejercicio que conecta nuestra historia presente con aquella historia a veces empolvada en documentales o libros de texto; es un intento por demostrar mediante una narración sublime que la violencia está conectada más de lo creemos y ocurre a través de los tránsitos generacionales nada alejados de nuestras vidas cotidianas. Quizá por eso, una obra como ésta nos invita a prestarles atención a esas voces extraviadas en las frías estadísticas, que no es más que otra forma de cosechar la desesperanza.  

Durante las semanas en las que leía la novela, una coincidencia dejó algo más que una anécdota. Corría el mes de diciembre del año pasado y había recibido la invitación del historiador Fernando López de la Torre para moderar una de las mesas en un evento organizado por él y otros colegas en la Universidad Autónoma Chapingo, a propósito de los 50 años de los golpes de Estado en Chile y Uruguay. El evento, además de brindar extraordinarias ponencias e intervenciones del público asistente —en su mayoría estudiantes de bachillerato— tuvo, a manera de cierre, un conversatorio con tres exacadémicas de la misma universidad, quienes habían llegado a México décadas antes como exiliadas de las dictaduras. Con sus testimonios, describieron las afrentas que el exilio genera, y no olvidaron mencionar el motor que lleva a tomar una decisión tan drástica: el miedo a las desapariciones.

La vida de una de ellas se convirtió, enseguida de escucharla, en una sección impostada de la novela que estaba leyendo. Se trataba de una chilena que había aterrizado en México después de pasar algunas temporadas refugiada en países que hoy ya no existen como la URSS o Alemania Oriental. Su familia adoptó la decisión de venir a México una vez admitida la importancia y cercanía del lenguaje. Su voz pausada permitió la apertura de un laberinto en el tiempo, cuando contó a detalle la manera en que su padre, director por ese entonces de Radio Magallanes, había recibido una llamada el 11 de septiembre de 1973 desde un atrincherado Palacio de la Moneda. Se trataba del presidente Salvador Allende, quien se disponía a realizar la transmisión de su último discurso público. Radio Magallanes, uno de los pocos medios que no se había volcado en contra del gobierno de Allende, era en ese momento la única opción de transmisión, toda vez que un error de las acciones militares dedicadas a silenciar a los medios permitió que se mantuviera al aire. A la fortuna de este hecho, se sumó la valentía de lxs trabajadorxs de la radio para reproducir en cinta el discurso y enviarlo de manera clandestina a los corresponsales de otros medios internacionales, gracias a lo cual fue difundido y reproducido tantas veces.

Decido retomar los recuerdos de este testimonio como ejemplo de las conexiones que aún mantenemos con los hechos narrados en Vivir abajo. Conexiones a veces sombrías, y otras tantas, como ésta, con filos de esperanza, que no es más que el lado inverso de cuando narramos el mal y sus violencias.


Referencias

Elgin, Catherine (1999). Considered Judgement. Princeton University Press.

Lara, María Pía (2009). Narrar el mal: Una teoría postmetafísica del juicio reflexionante. Gedisa.

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