Muerte siniestra
La parca quiso invitar
la noche de los difuntos
a muchos seres inmundos
a un restaurante a cenar.
Llegó primero un fascista
salido del camposanto
que daba susto y espanto
por ser tan supremacista.
“¡Que muera la inteligencia
y viva siempre la muerte!”
gritaba con insolencia
ese villano inclemente.
El racista alzó la copa
con desprecio a los meseros
y brindó por una Europa
en que no hubiera extranjeros.
De su imperio digital
llegó un señor muy oscuro
hablándoles de un futuro
con control tecnofeudal.
Se sentó junto al fascista
y le enseñó un algoritmo
que marcaba el nuevo ritmo
del poder capitalista:
“Para obtener sumisión
y secuestrar su deseo,
les vendo como trofeos
miseria y simulación”
El fascista, complacido,
le estrechó su ruda mano:
“Me gusta ver reprimido
y aturdido al ciudadano”.
En posición de tercero,
llegó un señor desalmado
con colorido sombrero
y un portafolio dorado.
Sacó entonces su chequera,
sobornó a un gobernador,
compró al juez y al senador
y hasta el himno y la bandera.
Catrina pidió la cuenta,
pero el magnate espetó:
“No se ponga usté opulenta,
que alguien todo ya pagó”.
Con una biblia en la mano
pero el semblante perverso
llegó por fin a este verso
uno que iba de cristiano.
Viajaba desde Brasil
prometiendo el paraíso
si pagaban lo preciso
por un sermón mercantil:
“Dios bendice al generoso
que comparte su riqueza”,
comentó con sutileza
simulando ser piadoso.
El magnate dio el dinero,
el pastor vendió el perdón,
con un apretón sincero
cerraron la transacción.
Llegaron más comensales
a esta gala excepcional
mostrando su credencial
de individuos infernales.
Acudió también el vato
que aprendió con el Temach
que, por no hacer un buen match,
hay que andar en celibato.
Este perdido muchacho
que por estoico se tiene
ni un argumento sostiene
cuando presume de macho.
Y se puso a dar consejos
a quien quisiera escuchar
sobre cómo conquistar
a muchachas en cortejos.
Calaca acabó su vino
y los dejó platicando,
un tenebroso destino
ya se estaba barruntando.
Cargando una motosierra,
vino, huyendo del Estado,
el campeón del mercado
para venderles su tierra.
No era otro que Milei,
que exclamando libertad
rompió la hospitalidad
imponiendo así su ley.
“El principio libertario
es hacer lo que me place,
y el que no lo acata, yace
bajo el yugo del salario”.
Comenzó la diversión
al aparecer Bukele,
pues prendieron una tele
para ver su gran prisión.
“¡Qué magnífica utopía!”,
celebraron los presentes:
“¡Reprimir a disidentes
e imponer la tiranía!”.
Con tanto ruido y clamor
ya nadie pudo escuchar
que acababa de llegar
el señor conservador.
Se sentó frente a la lumbre
soñando con el ayer,
sin poder reconocer
más valor que la costumbre.
La parca, muy enojada,
observó a los comensales
y concluyó la velada
harta de malos modales.
Entonces con su guadaña
en la tierra hizo una brecha,
empujó allá a la derecha
y esperó hasta la mañana.
Al salir el sol luciente,
vestida de bolchevique,
con su hoz resplandeciente
los mandó a todos a pique.
Y a quien trató de escapar
lo mandó a la guillotina,
puso mueca jacobina
y empezó a decapitar.
Ya nadie podrá negar
que la calaca es de izquierda,
pues en esto de matar
hasta del diestro se acuerda.
