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Después de una intensa polémica nacional —en la cual participaron militantes, representantes populares e intelectuales de Morena—, Miguel Ángel Yunes y Alejandro Murat se han afiliado al partido en el poder, en donde ocupan ahora un lugar estratégico. Ambos son figuras conocidas por su pasado en el PRI y el PAN en Veracruz y Oaxaca, respectivamente, y también por ser parte de las familias caciques de la política subnacional, las cuales lograron ejercer un control territorial echando mano de camarillas, clientelismo, represión, etc.

Aunque hasta la fecha hay expresiones de descontento entre la militancia, el tema ha pasado rápidamente a segundo plano, debido a la vorágine de noticias de interés nacional: la estrategia arancelaria de Donald Trump, la movilización contra la Ley del ISSSTE encabezada por el magisterio democrático, la violencia abrumadora del crimen organizado y las discusiones en torno al #8M.

Así, según parece, la inclusión de esos dos referentes de la partidocracia prianista al partido oficialista quedará tan sólo como un caso más en el proceso de estructuración de Morena, en el cual otrora adversarios políticos han logrado, de manera recurrente, pasar por encima de la militancia y sus años de lucha, para ubicarse en espacios de influencia al interior del partido del obradorismo. Esto, pues, pese a la abierta negativa de la militancia del partido —es decir, del pueblo circunscrito a la formación partidista—, tanto la cúpula del partido, como la propia presidenta Claudia Sheinbaum, en lugar de respaldar tal negativa, han considerado que el tema debe ser objeto de debate. Es cierto que el debate abierto puede parecer tanto la antesala como la garantía de la democracia. Sin embargo, en este caso puede convertirse en un mecanismo de legitimación de procesos inadmisibles.

En primer lugar, por más que haya un debate al interior del partido, el resultado no es vinculante respecto a la decisión sobre la permanencia (o no) de Yunes y Murat en las filas de Morena. En segundo lugar, se trata de un debate ya previamente marcado en favor de ambos personajes, quienes ya han cantado victoria y muestran como evidencia de su triunfo su afiliación, que no ha sido revocada. De esta forma, el debate abierto que se propone, en tanto estrategia de simulación y justificación, conlleva la descomposición del partido que, a manos del arribismo y el “pragmatismo”, ha perdido rumbo. No deja, pues, de ser una forma de nepotismo a los ojos de la militancia y del país.

Es sorprendente el descaro de estos próceres del transfuguismo político: al ser cuestionado por su afiliación a Morena, Alejandro Murat respondió: “los que tengan la piel delgada, pues que se hagan a un lado, nosotros estamos ocupados en lo importante, como es pasar todas estas reformas constitucionales, que están dando resultados a favor de México”. Ello concuerda con lo dicho por la entonces candidata Claudia Sheinbaum en septiembre de 2023: “No importa de dónde vienen, sino hacia dónde vamos”, en un evento en el cual se dio la bienvenida a Morena a más de cincuenta conocidos expriistas.

Además de un episodio éticamente cuestionable, y estratégicamente discutible, el affaire Yunes-Murat pudo haber sido una gran oportunidad para la militancia obradorista respecto a la democratización de su partido. Era la ocasión para plantearse qué prácticas se están admitiendo, y qué imagen se está ofreciendo al pueblo respecto a la integridad del proyecto obradorista. Esta oportunidad, a menos que suceda un evento extraordinario, ya se ha perdido. Lo anterior se debe a que, en gran medida, la respuesta crítica de la militancia se dirigió principalmente a la incorporación de ambos personajes indeseables, en lugar de situarse desde un análisis más profundo. No se trata, en ese sentido, del arribismo de unos cuantos supuestos “conversos”, sino de un proceso nodal  en la construcción de Morena como partido político, impulsado desde su inicio por el propio AMLO. De un “pragmatismo realista” orientado a alcanzar “un bien mayor”.

Con todo, y aunque la militancia de Morena esté dejando escapar tal oportunidad, considero que es momento de problematizar algunas cuestiones del autodenominado “progresismo gobernante”, particularmente su dinámica partidista. Asimismo, no olvidemos, que si este “pragmatismo” pasa de ser una estrategia y se convierte en una ideología —como de hecho está sucediendo—, puede conllevar consecuencias muy graves.

El pragmatismo es útil, ¿pero hasta qué punto?

En el proceso de conformación de Morena, cuando se buscaba armar un partido competitivo, el pragmatismo tenía mucha lógica. En cierto sentido, era la única vía mediante la cual se podía consolidar una fuerza política de izquierdas o progresista electoralmente fuerte y políticamente estable. AMLO sabía que era necesario consolidar una fuerza político-electoral que lograra avanzar posiciones, ganar representatividad institucional y, así, impulsar reformas. Un pacto entre viejas y nuevas élites, con el amparo de las clases dominantes, todo con un fin común: la transformación nacional.

Ese pacto permitió lograr avances significativos para las grandes mayorías del país: se redujo la pobreza, incrementaron los ingresos de sectores precarizados, disminuyó la desigualdad, el Estado logró recaudar más de lo que destinó a gasto público, así como a proyectos de infraestructura —si bien una parte de ellos han sido polémicos—. El rescate de cuadros políticos de otros partidos, cuyo barco comenzaba a hundirse, resultó en la acumulación de fuerzas necesaria para impulsar esas reformas y políticas.

No obstante, hoy las circunstancias son distintas y la correlación de fuerzas en el sistema político ha cambiado considerablemente. Así, dada situación actual de Morena, aquello que otrora fue una necesidad estratégica, se convierte cada vez más en un lastre en el proyecto de construir un nuevo “régimen político”.

El razonamiento sobre el cual se montó la opción pragmática era que se aceptaban personas y grupos indeseables a cambio de un mayor número de votos y de operación territorial en lugares donde previamente dominaban estructuras clientelares de otros partidos. Esos “impresentables”, claro, también resultaban beneficiados al mantener posiciones de influencia a nivel local. Pero todo parecía redundar en el avance del proyecto obradorista, a pesar de las cesiones al pragmatismo.

Esta política causó una gran desbandada en los partidos de oposición, particularmente en el PRI. En todo el país, líderes y “caciques” históricos priistas optaron por aceptar la “buena nueva” de la Cuarta Transformación y la retórica del cambio social. Ante esta tendencia, podría decirse que el salto de actores de otros partidos políticos a la 4T representa, en esencia, una desarticulación de las plataformas políticas de las que procedían. Que es, además, una confesión de parte de que el proyecto político neoliberal está muerto, y que, por lo tanto, es preciso abrazar la hegemonía obradorista, dejarse llevar por ella y retomar sus principios, con el fin de apuntalar las causas de la nueva fuerza política dominante, en favor del pueblo.

Lamentablemente, la realidad política es mucho más compleja que esto. La retórica de “desfondar al enemigo” parece que no funciona realmente. Observemos que en la política real, esto es, lo que acontece en cada “territorio”, por usar una noción de moda en la retórica obradorista, el arribo en masa de políticos priistas y de otros partidos a Morena no suele ser producto de una conversión política, sino una forma de saltar al barco a flote ante el hundimiento del propio. Esto significa que el incremento cuantitativo del partido no necesariamente conlleva un fortalecimiento en sus principios, en su proyecto, sino que puede significar, de hecho, lo contrario. Recordemos que el PRI no es, ni lo fue nunca, sólo un partido: es también una forma de hacer política, instaurada en el tuétano mismo del sistema político mexicano. Permitir que cuadros suyos se sumen a Morena sin más puede ser útil para desmantelar la estructura partidista del PRI o de otros partidos de la oposición, pero eso no significa que quienes arriban a nuestras playas dejen atrás sus hábitos y prácticas. En aras de desmantelar una estructura con la cual se compite, la cultura política del PRI comienza a extenderse en Morena, aunque reformulada según los nuevos tiempos y momentáneamente contenida por la “guía moral” del obradorismo y, sobre todo, por la juventud del partido.

Por otro lado, la inclusión de tales personajes con el fin de consolidar el proyecto obradorista a nivel electoral podría tener sentido en 2015, porque el partido enfrentaba su primera elección; o en 2018, cuando el PRI contaba con quince gubernaturas y el PAN con doce; y tal vez en 2024, con el fin de buscar consolidar a la 4T con un sexenio presidencial más. Pero, en las circunstancias actuales, con 24 estados gobernados, con una aprobación de la presidenta Sheinbaum del 85%, en un entorno político con indiscutible hegemonía obradorista y una oposición electoral y moralmente derrotada, ¿es realmente necesario seguir incorporando perfiles rodeados de desencanto popular? ¿Necesitamos “cobijarlos” y poner por delante su adhesión a la voluntad popular de las bases y los miembros históricos del partido? ¿Cuál va ser entonces el argumento para incluir perfiles indeseables y desplazar a la militancia en 2030? ¿La amenaza internacional? ¿El avance de la extrema derecha?

Insistir en la necesidad de ese pragmatismo representaría, cuando menos, una confesión de incompetencia. Sería afirmar que la revolución de las conciencias, decretada como algo ya existente, consiste realmente en el “cambio de color” de estructuras de control locales y operadores electorales, y que el trabajo territorial de la transformación es en esencia un simple salto de bando de los operadores, otrora del PRI o PAN, hoy de Morena, y mañana de algún otro partido. Es decir, sería confesar que la voluntad popular no basta, y que sigue siendo necesario controlar al pueblo desde estructuras jerárquicas que siguen manejando los hilos desde los intereses de las oligarquías dominantes.

El pragmatismo en Morena resultó exitoso sin lugar a dudas. En parte gracias a él, se han ganado votos y se han obtenido triunfos electorales. Articulado con una tendencia centrista, Morena ha logrado una mayor identificación con distintas fuerzas sociales, desde sectores populares hasta el empresariado, que, salvo algunas excepciones, ha arropado el proyecto de la presidenta Claudia Sheinbaum. Pero ahora resulta imprescindible caminar hacia la democratización del propio partido. Decía Gramsci que la mejor manera de predecir el futuro era trabajar para que sucediera. Si Morena busca consolidar su proyecto, es crucial apuntalar la democracia interna y la propia formación política, con el fin de construir una apertura real a las exigencias y demandas de los movimientos sociales.

El difícil equilibrio entre la eficacia y los principios

La estrategia de desfondar a los partidos políticos rivales, al dejarlos sin liderazgos ni control territorial, representa un problema a largo plazo. Aquellos recién integrados no ocupan únicamente espacios en el seno partidista al interior de Morena, sino que además desplazan a militantes con un mayor compromiso político y responsabilidad social, cuya participación implica tanto la democratización orgánica de la toma de decisiones, como la incorporación de las exigencias populares al bloque hegemónico obradorista.

Este pragmatismo tiende, así, a un paulatino y progresivo detrimento de los principios y valores sobre los que se fundó Morena. Esto puede verse en dos niveles: a) la representación orgánica de la sociedad en el partido, que se constituye nuevamente como un proceso de oligarquización, con lo cual el propósito original de Morena de ser una vía para la participación del pueblo en la toma de decisiones se desdibuja y b) las agendas políticas presentes en movimientos sociales, iniciativas populares o proyectos democratizadores, cercanos o no a la 4T, pierden su flujo de llegada al aparato estatal, debido a la existencia de otras agendas, otros intereses locales, otros poderes regionales, que poco tienen que ver con las necesidades del pueblo.

Esto pone en cuestión el objetivo mismo de Morena y de la 4T, el cual, además de la “moralización” de la vida pública del país, fue la construcción de un régimen político que diera nuevo aliento a la oxidada relación entre sociedad y Estado y que permitiera una democratización mayor, así como una mejor expresión política de las grandes mayorías excluidas por los partidos gobernantes.

El expresidente AMLO solía decir que la política consistía en el “equilibrio entre la eficacia y los principios”. No obstante, el pragmatismo tiene también límites claros, en particular cuando la eficacia electoral atenta contra la integridad programática.

Radicalizar la democracia en casa

Un elemento común en el argot obradorista es la crítica a la democracia liberal, particularmente por pretender que la participación de la ciudadanía debe limitarse al momento electoral, dejando de lado un ejercicio permanente de intervención popular en la toma de decisiones. La democracia liberal, además, está constituida por un conjunto de mecanismos que operan como un dispositivo de permanencia de un orden social específico. El marco liberal, hasta cierto punto, es el entorno institucional por excelencia en el cual se desarrolla el pragmatismo que incluso se ve incitado por la propia forma democrática.

Ante ello, la superación planteada del marco liberal de la democracia por parte de la 4T requiere tanto la ampliación de espacios de lo político, como la profundización en la participación popular respecto a la toma de decisiones importantes, la organización de lo común y la distribución de cargos directivos. Para ello, el proyecto de cambio de régimen requiere previamente un cambio político en la propia casa. No se puede predicar sin dar ejemplo, ya que es crucial mostrar coherencia entre lo que se propone y lo que se practica.

Aludiendo a lo planteado por la entonces candidata Claudia Sheinbaum, es importante saber hacia dónde se camina, pero también de dónde se viene. Resulta problemático abordar con ligereza la llegada en masa de militantes de otros partidos a posiciones influyentes al interior de Morena. Quienes han optado por “brincar” a la 4T, lo han hecho porque encuentran allí la posibilidad de mantenerse en la carrera política. No están replanteando necesariamente sus principios políticos, ni adoptando distintas bases teóricas, ni asimilando una nueva praxis. En estricto sentido, no son conversos sino arribistas. No intentan fortalecer la hegemonía obradorista, y tampoco se han convertido a la izquierda. Son tránsfugas, que han hecho de la política su modus vivendi.

Ya hace cinco años, Armando Bartra esbozó en un conocido artículo un conjunto de problemas que, consideraba, era necesario atender en Morena, entre los cuales identificaba el crecimiento oportunista de la militancia, el uso del partido como trampolín para cargos o puestos, el electoralismo y el distanciamiento de los movimientos sociales.

Ahora bien, ante la desbandada partidista hacia Morena y en medio de una campaña nacional por afiliar y credencializar a diez millones de personas, parece importante atender desde abajo dos dimensiones que la política del pragmatismo ha dejado de lado: a) la representación orgánica del pueblo y su diversidad en el partido y b) la expresión de la agenda de los movimientos sociales al interior del debate partidista.

Un logro del obradorismo como proyecto fue la activación de una gran parte del pueblo que se había quedado desarticulada, entendida como un objeto inerte con una presencia electoral inducida, por parte de los partidos del antiguo régimen. La figura de AMLO construyó un campo en el cual se constituyó un nuevo protagonismo popular. Así, tanto las masas como sus expresiones culturales tomaron el espacio público, para el asombro e incluso el pesar de gran parte de los sectores ilustrados de clase media. No obstante, el “chapulineo” ha disminuido esa diversidad, al permitir la presencia de “vino viejo en odres nuevos”.

Ante este escenario, es necesario consolidar la capacidad de liderazgo de los comités locales, por encima de los operadores electorales. Pero esto no consiste en un simple ajuste normativo, sino que se debe desarrollar en el plano político local. Los comités municipales de Morena deberían tener mayor capacidad política que los operadores electorales, al haber sido elegidos por la militancia de la circunscripción. Y en esa medida tener un mandato de representación.

Por otro lado, el programa de Morena, con el cual logró avanzar electoralmente, está en gran medida inspirado en exigencias históricas de diversos movimientos sociales. En algunos momentos, la política del partido ha tenido convergencia con la de los movimientos, como cuando en 2020 el pueblo de Mexicali mostró un gran rechazo respecto a la planta cervecera de Constellation Brands. No obstante, se ha producido un paulatino distanciamiento respecto a procesos organizativos que están fuera de la órbita partidista. Por ejemplo, respecto al movimiento feminista, el de la defensa de los bienes comunes y el territorio, así como el movimiento democrático magisterial.

Es verdad que Morena logró con éxito incorporar elementos y liderazgos de movimientos distintos a su plataforma política. Pero esto respondió más a un ejercicio de “transformismo”, y no a un intento serio y real de democratización interno. Los nuevos representantes populares y líderes tuvieron que adoptar prontamente la estrategia pragmática global, con lo cual se bloqueó el flujo de construcción de agendas desde los movimientos sociales al partido. En aras de una mayor democratización, es necesario considerar que la vida política en México y las agendas de transformación desbordan al progresismo obradorista. Y este es un elemento en el cual se tiene que construir más conciencia al interior de la militancia. Mientras más cercanía y conocimiento se tenga de la diversidad de los movimientos sociales, mayor será la posibilidad de radicalizar la democracia.

Conclusión

El pragmatismo tiene claroscuros. Puede ser una estrategia de crecimiento político y triunfo electoral a corto plazo que permita avanzar en la consecución de reformas normativas y políticas públicas estratégicas. No obstante, cuando se institucionaliza y se convierte en ideología, se abre una puerta a la legitimización y normalización de prácticas políticas nocivas. Morena se encuentra en un momento crucial en el cual puede discutirse ampliamente sobre la relevancia o no de dicha estrategia, así como sobre su temporalidad. De ello depende no únicamente el futuro del partido, sino el del sistema político mexicano.

Sin embargo, parece que algunos sectores en Morena y la 4T pasan por alto ciertos cambios significativos en la política nacional que se han consolidado a la luz del despliegue de su propio proyecto. Uno de ellos es la actitud de la gente, del pueblo, respecto a la función de los gobernantes. Muestra de ello es el reciente recibimiento crítico al gobernador de Oaxaca en la comunidad de Santiago Amoltepec, donde pobladores dejaron al descubierto las omisiones, mentiras e incompetencia del gobierno estatal para atender sus necesidades.

La mayoría de la gente en nuestro país sigue pensando que la 4T es un proyecto importante que vale la pena apoyar. Pero su respaldo no consiste en el cheque en blanco que algunos líderes parecen considerar que se les debe. Mientras la representación orgánica del pueblo en el partido y el gobierno se mantenga contenida por el arribismo y el cobijo cupular a los políticos de siempre en distintas instancias del partido, el descontento seguirá creciendo.

El pueblo no requiere sólo dinero y reconocimiento simbólico, sino también la posibilidad real de formar parte de la toma de decisiones claves sobre su comunidad, su territorio y su partido. En tanto las necesidades y exigencias de los movimientos sociales no sean escuchadas ni recuperadas en la agenda de gobierno, el partido sufrirá paulatinamente un vaciamiento ideológico, aunque enmascarado por un conjunto de ideas generales pero vagas como “humanismo”, “posneoliberalismo” o “transformación”.

En ese escenario, las fuerzas políticas que puedan abanderar ese descontento y ese vaciamiento ideológico, aunque no sean precisamente democráticas o progresistas, podrán crecer en los próximos años.

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