A mis amigas
Esto que voy a decir ya lo han dicho otras personas en varias ocasiones, y probablemente lo han dicho de mejor manera, con mejores datos y argumentos sustentados en investigaciones científicas que no se quedan en la mera anécdota. Por lo mismo, si usted —perdónenme la formalidad, pero hasta a les estudiantes les hablo de usted—, que lee este intento de columna, considera por un momento dejarla de lado, hágalo con confianza. No traigo datos, traigo pláticas, sucesos, anécdotas que nos van forjando el presente de la precariedad y la negativa.
Ignoro quién bautiza a las generaciones; me queda claro que a los que nacimos en los años ochenta y principios de los noventa nos etiquetaron como millennials de cara al nuevo milenio. En los noventa parecía que el viejo mundo empezaba a morir y el nuevo no terminaba de nacer. Ahí seguimos, estancados en la decadencia de Occidente. Yo nací en 1987, en un mundo sin celulares ni computadoras en las casas. Dos años después cayó el Muro de Berlín y con él cualquier resquicio de lo que alguna vez se llamó esperanza. Pero no vengo a hablar de la nostalgia soviética (ostalgie) ni de los sueños derruidos de la Revolución cubana. De eso que sigan hablando nuestros padres: ésa es su derrota. En cambio, para nosotros la derrota es una forma de vida. Me explico: la derrota pasa por la negativa, por lo que no se consiguió, por lo que se perdió en la batalla. Nosotros lo perdimos todo antes de empezar a vivir. O lo perdieron por nosotros, no lo sé. De cualquier manera, no se trata de ir echando culpas, sino de denunciar el presente.
Hace unos días mi papá me invitó a comer unos tacos. Economista jubilado, marxista ¿arrepentido?, mi padre vive la vejez preguntándose qué pasará con sus hijos. Los padres y madres de mis amigas están igual. La charla se desvía a las preguntas de siempre: cuándo tendré un trabajo estable o compraré una casa. No se atreve a preguntarme cuándo tendré hijos, aunque las madres de mis amigas sí se los peguntan todo el tiempo.
Hay una frase que dice mi padre, que dicen todos los padres, para apuntarnos con el dedo acusatorio del fracaso: Yo a tu edad ya había… Termínenla como quieran: “conseguido un trabajo con todas las prestaciones”; “tenido hijos”; “comprado una casa”. Y es verdad, mis amigas y yo tenemos 37 años y no tenemos hijos, ni casa propia, ni empleo estable. Algunas ganamos menos de lo que requerimos para vivir en esta ciudad que cada día es más cara, y ninguna piensa que el futuro será distinto. Quiero aclarar que no hablo desde la marginalidad ni la pobreza, lo cual requeriría otro análisis y otro texto, sino desde esa clase media que en los años ochenta y noventa les prometió a sus hijos el ascenso social que no llegó nunca. Al contrario, vamos en declive.
Miro a mi padre con reproche: le hablo de las condiciones precarias de los trabajos por honorarios, de lo difícil que es hoy —con doctorado y todo— acceder a una plaza en la universidad, de lo caras que están las rentas, de lo difícil que es plantearse tener un hijo. Le cuento que mis amigos y amigas de la prepa están igual que yo y que los de la universidad lo mismo, y él parece tener ganas de decirme: “si todos tus amigos se tiran de un puente, ¿tú también te tiras?”.
Pero es que nos tiramos todos, papá, hace años, cuando éramos chicos y no entendíamos que el neoliberalismo nos canceló el futuro. Seguimos todos los pasos del mapa del ascenso social, y perdimos.
“Pero yo a tu edad…”, me repite ese hombre que nació en condiciones mucho más precarias que las mías y que logró en los ochenta entrar a la mal llamada clase media. Una casa, una familia, escuelas privadas para sus hijos, inglés para que pudiéramos viajar por el mundo. Y viajamos, hablamos inglés con acento californiano y en la escuela progre del sur de la ciudad nos convencieron de que podíamos comernos el mundo.
A pesar de ello, mis amigas y yo no podemos pagar la renta. Pensamos mucho en las cuentas antes de ir al médico. Subsistimos engordando la tarjeta de crédito. Así vivimos casi todos: en la pura simulación.
Por diversas circunstancias, varias de mis amigas están buscando departamento. El precio de la vivienda en la Ciudad de México se encuentra por las nubes. Divorciadas de los salarios reales, las rentas suben de manera desproporcionada, sin que el gobierno sea capaz de poner un alto. Llevan meses buscando: “no hay nada”; “todo es carísimo”; “tendría que compartir con otras cinco personas”.
Nos creímos el cuento de la autonomía y ahora somos incapaces de pagar la renta. Tendrían que mudarse a tres horas del trabajo, de lo que ha sido su vida, para poder subsistir medianamente. De adquirir una vivienda propia ni siquiera hablamos: no hay salario que alcance. O pagas renta o heredas: lo demás es imposible.
Lo que pasa, papá, es que nos atravesó el neoliberalismo.
Nos vamos llenando de negativas, un rotundo “NO” atraviesa nuestras posibilidades de sustento: no nos alcanza el dinero, no tenemos dónde vivir, no hay posibilidad de futuro. El “no” es el adverbio característico de nuestro lenguaje: “me dijo que no me lo renta porque no tengo aval”; “no me dan prestaciones porque, aunque es en el gobierno, es un trabajo por honorarios”; “dicen que no gané la plaza porque ya estaba cantada para otro”; “no tengo hijos porque no me alcanza”.
Yo a tu edad, dice mi padre…
“¿Y si nos apuntamos a una vivienda del gobierno?”, me dice una amiga en plan soñar no cuesta nada. Igual me río. Hace años que la 4T decretó “el fin del neoliberalismo” como consigna política, pero nada más. Si por decreto pararan el lucro con la vivienda, por decreto prohibieran los trabajos por honorarios, por decreto hicieran obligatoria la seguridad social, por decreto establecieran la renta básica universal…
Igual nos metemos a la página para consultar los trámites: en una de esas es verdad que soñar no cuesta nada. Una vez más aparece el “NO” como sino de nuestras vidas: la vivienda social es para jóvenes —y nosotras, según el gobierno, hace años dejamos de serlo—; para familias —y nosotras no tenemos hijos—; para adultos mayores —y pues todavía nos faltan algunas décadas—. Lo mismo pasa con otros programas sociales. Pareciera que no sólo fuimos educadas en el neoliberalismo, sino que éste se convirtió en nuestro único proyecto de futuro.
Además de ser un modelo económico y una lógica cultural que ha logrado instaurar una forma de sentido común, el neoliberalismo es también una condena para aquellos que tuvimos la mala suerte de nacer bajo sus políticas. Instalados en la lógica del éxito individual y la competencia, las personas de mi generación seguimos dándole vuelta a la rueda del laboratorio que no avanza hacia ningún lado. Cuando logramos bajarnos, extenuadas por el esfuerzo vano de la autoexplotación, constatamos que no hay alternativa. La única resistencia que se nos ocurre es negar el deseo.
“Yo ya no quiero tener hijos”, confiesa mi amiga. “¿Para qué comprarme una casa, si no tenerla me permite irme cuando yo quiera?”, afirma otra. (¿A dónde va a ir, me pregunto, si apenas le alcanza para pagar el mínimo de su tarjeta?) “Ya no quiero una plaza, el mundo académico es un mundo de mafias”, escribe alguien en la red social, rendido a la negativa.
Negar el deseo de una vida digna: asumir la resignación, la condena. Mientras tanto, el sistema se alimenta de deseos banales, aspiraciones de consumo y satisfacción inmediata: los únicos que sí podemos cumplir, aunque sea endeudándonos.
En otras palabras, el sistema se afianza en el consumo a través del cual paliamos la frustración de los otros deseos no cumplidos: esos que a nuestra edad nuestros padres ya habían alcanzado. Bien dice Martín Caparrós que hoy ya no luchamos por cambiar el mundo, sino por siquiera volver a lo que había antes, aunque estuviera jodido.
Me llega al correo otra negativa, esta vez de un puesto de trabajo: “Agradecemos mucho que haya aplicado para el puesto. En esta ocasión nos hemos decidido por otra propuesta, pero guardaremos su currículum para futuras colaboraciones”. El problema es que el pago de la renta no es futuro, sino presente. Un presente constante, inmediato, recurrente que reafirma una y otra vez nuestra condición en el mundo.
El neoliberalismo nos atravesó a todos, le digo a mi padre. Él me mira con preocupación y reproche. No está seguro de si lo que digo es verdad o si lo que pasa es que mis amigas y yo (mi generación entera) no hacemos lo suficiente.
Yo a su edad, asevera mi padre como un reclamo.
Ésta es una historia que se repite.
“Le quedamos grande al mundo”, les digo a mis amigas un domingo por la tarde, mientras nos tomamos un café a pesar de que no tenemos dinero. Mañana será lunes de despertar temprano, de terror laboral, de negativas. Está a punto de comenzar julio, y volverá el pago de la renta, los servicios, los médicos, la tarjeta. Falta, además, la despensa…
Pronto tendremos cuarenta y quién sabe si nos alcance para tener niñes y sacar una hipoteca. En realidad, quién sabe si el próximo mes tendremos salario, pero qué importa. Dicen que eso del neoliberalismo ya no existe.
Quién nos manda a nacer a finales de los ochenta: más que millennials, hijas del neoliberalismo.
Hoy, 30 de junio de 2025, el Estado genocida de Israel lleva 632 días masacrando al pueblo palestino.
¡Ni perdón ni olvido!
¡Viva Palestina Libre!
