Desde la primera campaña por la presidencia de Donald Trump, en 2016, había quedado claro que volvería a los migrantes, particularmente los mexicanos, uno de los intereses de su propaganda. La élite liberal que lo había antecedido —incluso el anterior presidente republicano, George W. Bush— mantuvo siempre un discurso de aparente fraternidad con México. Digo “aparente” porque, en la realidad, desde hace décadas el aparato de deportación, criminalización y explotación de los migrantes ilegales mexicanos ha funcionado con la venia del inquilino de la Casa Blanca, sin importar su partido de origen y de algunos detalles que puedan cambiar en función de ello. Trump continuó con esa política, y le añadió una fuerte dosis de violencia verbal, demonización y discursos de odio.

Con estos antecedentes, muchos pensamos que habría una condena unánime en México cuando Trump llegó al poder para su primer mandato. Y en efecto, gran parte de la opinión pública rechazó la política de odio de Trump. El entonces presidente del país, Andrés Manuel López Obrador, no respondió a las provocaciones que venían no sólo de Trump sino de su círculo cercano en el gobierno. Sin embargo, empezó a llamar la atención que un sector minoritario de la opinión pública mexicana —concentrada particularmente en las redes sociales— no sólo diera credibilidad a los dichos de Trump, sino también tomara al presidente de EE. UU. como modelo aspiracional. El segundo mandato de Trump —que terminará en enero del 2029, si el magnate convertido en político no cambia las reglas, apoyado por los republicanos— se ha distinguido por radicalizar las políticas de su primer periodo, entre ellas la xenofobia y el racismo. Al mismo tiempo, los trumpistas mexicanos —envalentonados por el regreso su líder— hacen más ruido en las redes sociales, aunque, según encuestas, hay una contundente mayoría (81%) que rechaza al presidente estadounidense.

Vale la pena analizar el fenómeno de los trumpistas mexicanos. Hay un sector —el de la oposición (PRI-PAN)— que le otorga credibilidad a Trump, en particular en el tema del fentanilo y el combate contra los cárteles de la droga. En el afán de golpear al gobierno mexicano, validan una estrategia de chantaje que no busca, en absoluto, remediar el problema del narcotráfico y sustancias ilegales. Por otro lado, personajes como Eduardo Verástegui actúan, sin ningún pudor, como voceros de grupos de ultraderecha estadounidenses e intentan, sobre todo en redes sociales, colocar en la discusión pública una agenda reaccionaria que fluctúa entre consignas libertarias pertenecientes al capitalismo extremo y una agenda conservadora católica que toma como bandera la llamada “guerra cultural” contra el feminismo, la diversidad sexual e, incluso, el ecologismo. Por ahora, Verástegui no ha logrado el arrastre popular suficiente para convertir a su movimiento, Viva México, en partido político. Sin embargo, no deja de haber alrededor suyo, y de otros actores políticos similares, mexicanos sin filiación partidista que difunden la agenda de Trump, Elon Musk, Steve Bannon y demás figuras de la ultraderecha estadounidense. Posan orgullosos con sus gorras del movimiento MAGA —Make America Great Again— y comparten en sus perfiles el evangelio de odio de sus líderes.

Es desconcertante ver que un mexicano, en particular uno que no pertenece a la élite del país, tenga como modelo a Trump, sobre todo porque su interés en el magnate no estaría motivado por una recompensa económica. ¿Por qué alguien seguiría a un personaje cuyo discurso lo demoniza? Recientemente, Daniel Martínez HoSang y Joseph E. Lowndes, de la Universidad de Yale y la Universidad de la Ciudad de Nueva York, fueron entrevistados por el periodista Eric Maroney para el portal Nueva Sociedad. La entrevista abordó un tema investigado por los académicos: la extrema derecha multirracial. El dilema que intentan analizar es, justamente, el éxito gradual de los reaccionarios estadounidenses en grupos étnicos históricamente alejados de ellos por su evidente racismo. Es, por supuesto, un tema complejo y atravesado por múltiples factores. Uno de ellos, descrito por otros investigadores, es la apropiación de lo radical por la ultraderecha global. Ante el abandono paulatino de las políticas sociales para la clase trabajadora por parte de los partidos liberales — incluida la socialdemocracia europea—, el vacío ha sido llenado por los radicales de derecha que mueven a los inconformes disfrazándose de revolucionarios. Daniel Martínez HoSang y Joseph E. Lowndes suman algo más a la captura de la rebelión por la ultraderecha: la apertura a militantes de minorías raciales, como los afroamericanos, sin perder la esencia racista de su ideología. ¿Cómo lo logran? Primero, ignorando cualquier asomo de coherencia, sobre todo en una época que se caracteriza por la flexibilidad de los principios; segundo, manteniendo a esas minorías alejadas de los puestos de decisión más importantes. Hay excepciones que pasan, forzosamente, por un asunto de clase: el exprimer ministro de Inglaterra, Rishi Sunak, tiene ascendencia india. Educado en las escuelas más prestigiosas del país, el político está casado con la hija de un multimillonario de la India. De tal suerte, algunos personajes como Sunak, pertenecientes a minorías étnicas o, por ejemplo, mujeres que dirigen países, como Giorgia Meloni en Italia, son presentados a la sociedad como avances de una derecha incluyente, aunque siempre sean representantes, por su origen, su educación o su “blanqueamiento”, de la élite global y sus intereses.

Hay, por último, un atractivo innegable del trumpismo que no distingue color de piel ni estrato socioeconómico: el culto al más fuerte y el exterminio del débil. En un mundo en el que gana fuerza la política de “sálvese quien pueda”, la víctima más inmediata —personas racializadas, minorías, ciudadanos de países como México— prefieren ponerse del lado del opresor —así sea en el ámbito del discurso y la propaganda— antes que articular una defensa política de sus intereses. Trump y su cúpula cercana podrán decir barbaridades sobre los mexicanos, pero representan el ideal del hombre fuerte que aplasta enemigos reales —el demonizado Medio Oriente y el Islam— e imaginarios —el comunismo malévolo y empobrecedor—. No importa que el Islam no deje de ser una curiosidad exótica para muchos mexicanos y que el comunismo haya desaparecido el siglo pasado. Tampoco importa que un mexicano trumpista caiga en desgracia y termine como migrante en el futuro cercano, expuesto a ser tratado como delincuente en los campos de concentración que construye Trump en Estados Unidos o preso en países asociados como El Salvador. Lo que importa es pertenecer al bando de los ganadores, aunque los ganadores te desprecien.

Author