I. Arqueología de un inicio
Si Kant hubiera aplicado sus categorías de “tiempo” y “espacio” al fútbol, no se hubiera llamado Immanuel, ni tampoco hubiera nacido en Königsberg. Por el contrario, su nombre habría sido César Luis Menotti y, lejos de explorar la metafísica de las costumbres, hubiera sido un filósofo y poeta de la pelota. Sin embargo, el destino tenía otros planes y el Flaco vino a nacer un 22 de octubre de 1938 en Rosario, Argentina. Aunque oficialmente fue registrado el 5 de noviembre del mismo año, su leyenda terminó navegando entre dos nacimientos, como entre dos refundaciones.
Y lo mismo que muchos de su generación, él también decidió ser un mediocampista en una tierra emblemática, ésa que vio germinar el sueño revolucionario del Che o la magia épica de Messi. De ahí que Menotti tuviera esta aura del baqueano que conoce los caminos y sabe por dónde va. Una prueba de lo anterior son sus inicios en el Club Unión Americana de Fisherton, donde se inclinó por el fútbol, pese a que también se practicaba el básquet. Por esto y más, su debut en Rosario Central el 3 de julio de 1960 representó un hito, ya que El Canalla se impuso 3-1 a Boca Juniors, con un gol del Flaco, quien, jugando más como un medio ofensivo, ocupaba por momentos la posición de centrodelantero, hecho que le facilitó, en un momento de su carrera, jugar también de volante. No hay duda de que hasta para eso Menotti fue moderno. Sin embargo, lo realmente importante es que ahí aprendió un respeto por el juego que lo acompañó toda la vida. Quizá por eso solía decir: “en Rosario Central teníamos prohibido gritar un gol de penal, porque un gol de penal lo hace cualquiera” (cfr. Martínez, 2013).
Cabe decir que el debut del Flaco se dio en un contexto donde la pelota estaba sufriendo muchos cambios. Por ejemplo, aquello que Pablo Alabarces define como “la paulatina incorporación del fútbol al mundo televisivo” (2018, p. 221) es algo que Menotti vivió en carne propia. Para nosotros, que habitamos formas epistemológicas repletas de datos e imágenes, difícilmente alcanzamos a comprender una época donde el único registro del balompié latinoamericano era a través de la crónica deportiva o de la fotografía.
Estos cambios, por otra parte, influyeron en el peregrinaje del Flaco como jugador, pues lo llevaron de Rosario Central al Racing Club de los sesenta, equipo que venía de llevarse el campeonato de 1961. Después de ahí, pasó a poblar las filas del Boca Juniors entre 1965 y 1966. Para así terminar jugando en dos equipos que marcaron su camino en la dirección técnica, pero no de la forma en que sus biógrafos han pensado.
El primero fue el New York Generals, conjunto donde estuvo de 1967 a 1968; y el segundo, el Santos de Brasil, donde cerraría el mítico año de la primavera francesa. Podemos suponer que todas las travesías previas, pero particularmente su paso por Estados Unidos, impregnaron a Menotti de todos los nuevos discursos políticos y sociales que giraban alrededor de la pelota. Y algo que jamás olvidaría: el recuerdo de ver jugar a Pelé.
Al final de la década se retiró en la Juve, pero de Sao Paulo, un equipo que tenía el mismo nombre de la Vecchia Signora, pero que no jugaba en Turín. Un poco de realismo mágico, en una carrera profesional que, más que ser un acontecimiento deportivo, fue el principio de una gesta heroica.
II. De Kant a Marx, un viaje de ida y vuelta
No es casualidad que hayamos comenzado refiriéndonos a Kant; por el contrario, si hubo alguien alguna vez que supo de la validez del “tiempo” y el “espacio”, ése fue Menotti. Su táctica como director técnico fue un constante devenir entre estas dos categorías y entre la presuposición de que la estética futbolística precisa de este binomio sintético para fluir como el dasein en la cancha.
Es así que, después del trabajo que realizó en Newell’s, el Flaco dirigió el Globo a partir de 1971, equipo con el cual logró un campeonato de Primera División en el Torneo Metropolitano de 1973. En ese triunfo, las triangulaciones jugaron un papel fundamental, estrategia que revolucionó el juego. Adiós, Kant; hola, Marx. Las asociaciones cambiaban, y esto le permitió al conjunto de Menotti articularse en zonas esenciales del campo.
Su época con este equipo terminó en 1974 para dirigir la Albiceleste y al mismo tiempo refundar el sistema de selecciones de su país.
III. Alrededor de la selección del 78
Como menciona Ángela Urondo Raboy, de lo que se trata en todo posicionamiento político es de “buscar un lenguaje honesto. Algo que no sea una consigna, una pose, un eslogan repetido” (2022, p. 15). Para vislumbrar esto en Menotti, es preciso ver su desempeño durante la época en que fue director técnico de la selección argentina.
Por ejemplo, la refundación que realizó el Flaco al tomar las riendas del combinado nacional de 1974 a 1983 nos muestra una democratización al interior de la selección, pues él exigió más responsabilidades a los directivos y reivindicó el fútbol como una expresión de la clase popular. Además, fue de los primeros que comenzaron a mirar las categorías juveniles como un semillero de continuidad. En una entrevista con Clarín de 2018, Menotti recuerda las causas que lo llevaron a afiliarse al Partido Comunista, hecho que definitivamente influyó en su manera de abordar la pelota durante estos años de “alambradas culturales” (cfr. Cortázar, 2006).
Sin embargo, su vocación política no terminó ahí. Son memorables sus declaraciones al diario Corriere della Sera, donde reconoció que fue usado por la dictadura de Videla y la Junta Militar como un elemento propagandístico, tal como lo consigna el texto de Juan Manuel Vázquez en la Jornada. Sin embargo, el Flaco siempre estuvo del lado de las víctimas: denunció posteriormente el papel que el gobierno tuvo durante ese tiempo, transformando, así, su congruencia en un testamento moral que muy pocos ostentan.
Luego ya podemos hablar de Kempes y las jugadas de ajedrez, entre Argentina y Holanda en la final, durante un mundial marcado por la represión, donde el recuerdo de Menotti coronándose con su país sigue viajando a través de la historia, lo cual confirma lo que sostiene Alabarces: “En medio del dolor y la represión de las dictaduras, el fútbol funcionó a veces como un espacio de liberación” (2018, p. 239). Tanto así que el triunfo mundialista provocó movilizaciones masivas de otro modo impensables en esa época:
las celebraciones populares en la Argentina de 1978 fueron las únicas veces en que se pudieron ocupar las calles, en medio del terror dictatorial, celebrando un triunfo deportivo que no incluía a los opresores.
(Alabarces, 2018, p. 240) .
IV. A manera de epílogo
Estoy viendo una conferencia de prensa en YouTube, donde el Flaco habla sobre el peligro del éxito. Al parecer este video ocurre durante el proceso de la llamada segunda refundación del fútbol argentino que, según los analistas, pavimentó el camino del mundial del 2022. Lo escucho y es casi un pedagogo del balón. Aunque a él probablemente no le gustaría esa palabra, ni la de balón porque prefería decirle pelota. Siempre humilde, en su rostro se dibuja su paso por el Barcelona de 1983 a 1984, sus desencuentros con Bilardo, su amor de padre hacia sus jugadores. Y su mirada, esa mirada de baqueano que por un momento le hizo creer a un país como el mío que podía ganar un mundial. No hay duda, extraño a Menotti, sus discursos, su idea del juego. Su crítica al fútbol moderno, ése que nos despoja del espíritu colectivo que representa el deporte. Sé que ya no habrá nadie como él. Su honestidad fue algo de otro mundo. Como las jugadas de Pelé o Messi. Y acá nos quedamos nosotros, en este hondo espacio que deja su ausencia. Por eso, vuelvo a ver el video. Y otra vez. Y otra más…
Referencias
Alabarces, P. (2018). El futbol en América Latina. Ciudad de México, Colmex.
Cortázar, J. (2006). “Argentina: años de alambradas culturales”. En Cortázar, Obras completas VI: Obra crítica. Barcelona, Galaxia Gutemberg.
Martínez, R. (2013). Barçargentinos: Historia de los futbolistas argentinos del FC Barcelona. Barcelona, De vecchi.
Urondo Raboy, Á. (2022). “Voces que sobreviven”. En F. Urondo, Patria Fusilada. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Andrés Piña estudió la licenciatura y la maestría en Filosofía en la Universidad La Salle, donde ganó la Medalla Febres Cordero a la excelencia académica. Es miembro de la comunidad de hablantes de judeoespañol: Ladinokomunita, y miembro del Consejo Consultivo de la Facultad de Humanidades. Tiene cuatro libros publicados y ha colaborado con el Departamento de Escritura Creativa en la Universidad de Texas en El Paso. Actualmente escribe para los medios: Apuntes de Rabona y Revista Purgante.
